Desprecio de los bienes mundanos

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27.2.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (164)



CAPÍTULO 10
Se muestra el modo en el que se han de disponer los que transitan por el camino de esta noche y purgación sensitiva.


1. En el tiempo, pues, de las sequedades de esta noche sensitiva (en la cual hace Dios la transformacion de la que hemos tratado líneas arriba), sacando Dios al alma de la vida del sentido a la del espíritu que es de la meditación a contemplación, donde ya no hay poder obrar ni discurrir en las cosas de Dios el alma con sus potencias, como también explicamos, es en ese tiempo, decimos, en el que padecen los espirituales grandes penas, no tanto por las sequedades que sufren como por el recelo que tienen de que van perdidos en el camino, pensando que se les ha acabo el bien espiritual y que los ha dejado Dios, pues no hallan apoyo ni gusto en cosa buena. Entonces se fatigan y procuran, como lo han hecho por costumbre, acercar con algún gusto las potencias a algún objeto de discurso, pensando ellos que, cuando no hacen esto y se sienten obrar, no se hace nada. Esta forma de actuar no se lleva a cabo sin harta desgana y repugnancia interior del alma, que gustaba de estarse en aquella quietud y ocio, sin obrar con las potencias. En lo cual, agobiándose en lo uno, no aprovechan en lo otro. Y es que, por buscar espíritu, pierden el espíritu que tenían de tranquilidad y de paz. Y así son semejantes al que deja lo hecho para volverlo a hacer, o al que se sale de la ciudad para volver a entrar en ella, o al que deja la presa que tiene ya cazada para volver a andar a la caza. Y esto en esta parte de su progreso hacia la perfecta contemplación es excusado, porque no hallará nada ya por aquel primer estilo de proceder, como queda dicho.

2. Estos, en este tiempo, si no hay quien los entienda ni los asesore, vuelven atrás, dejando el camino, aflojando o, a lo menos, se dificultan a sí mismos el ir adelante, por las muchas diligencias que ponen de ir por el camino de meditación y discurso, fatigando y trabajando demasiadamente el ser natural, imaginando que se quedan así por su negligencia o pecados. Lo cual les es excusado y es comprensible porque los lleva ya Dios por otro camino, que es de la contemplación, muy diferente del primero dado que el uno es de meditación y discurso, y el otro no es a cuenta de la imaginación ni del discurrir.

3. Los que de esta manera se encuentren les conviene que se consuelen perseverando con paciencia, no teniendo pena, y confiando en Dios, que no deja a los que con sencillo y recto corazón le buscan, ni los dejará de dar lo necesario para el camino hasta llevarlos a la clara y pura luz de amor, que les dará por medio de la noche oscura del espíritu (si merecen que Dios los ponga en ella).

4. El estilo que han de tener en ésta noche del sentido es que no dediquen nada de esfuerzos por el discurso y meditación, pues ya no es tiempo de eso, sino que dejen estar el alma en sosiego y quietud, aunque les parezca claro que no hacen nada y que pierden tiempo, y aunque les parezca que por su debilidad no tienen ganas de pensar nada en ese estado, que sin embargo harán mucho con tener paciencia en perseverar en la oración sin hacer ellos nada. Sólo lo que aquí han de hacer es dejar el alma libre, desprendida y descansada de todas las noticias y pensamientos que les vengan, no teniendo cuidado allí de qué pensarán ni qué meditarán, contentándose sólo con una advertencia (nota del actualizador: "advertencia", es decir, estar en la presencia o bajo la mirada, sin más) amorosa y sosegada en Dios, y estar sin cuidado, sin esmerarse en lograr eficacia, y sin empeño o ahínco por gustar al Señor o de sentirle, ya que todas estas pretensiones desconcentran y distraen el alma de la sosegada quietud y ocio suave de contemplación que aquí se da.


30.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (46)



CAPÍTULO 7.
Se explica lo angosta que es la senda que lleva a la vida eterna y lo desnudos y liberados que conviene que estén los que han de caminar por ella. Se comienza a hablar sobre la desnudez del entendimiento.


1. Para poder ahora tratar de la desnudez y pureza de las tres potencias del alma, sería necesario otro mayor saber y espíritu que el mío, con que pudiese bien dar a entender a los espirituales cuán angosto es este camino que dijo nuestro Salvador que guía a la vida para que, persuadidos en esto, no se maravillen del vacío y desnudez en que en esta noche hemos de dejar las facultades del alma.

2. Para lo cual se deben notar con advertencia las palabras que por san Mateo, en el capítulo 7 (v. 14), nuestro Salvador dijo de este camino: "¡Cuán angosta es la puerta y estrecho el camino que guía a la vida, y qué pocos los que van por él!". En latín sería: "Quam angusta porta, et arcta via est, quae ducit ad vitam, et pauci sunt qui inveniunt eam", po lo que debemos prestar mucha atención a la importancia y encarecimiento que contiene en sí la partícula "quam" porque es como si dijera: "de verdad es mucho más angosta de lo que pensáis". Y también hay que destacar que primero dice que es angosta la puerta, para dar a entender que para entrar el alma por esta puerta de Cristo, que es el principio del camino, primero se ha de angostar y desnudar la voluntad que tengamos puesta en todas las cosas sensuales y temporales, amando a Dios sobre todas ellas, lo cual pertenece a la noche del sentido de la que ya hemos hablado con anterioridad.

3. Y luego dice que es estrecho el camino, conviene a saber: de la perfección, para dar a entender que, para ir por el camino de perfección, no sólo se ha de acceder por la puerta angosta, vaciándose de lo sensitivo, sino también se ha de estrechar, desapropiándose y desanudándose específicamente en lo que es de parte del espíritu. Y así, lo que dice de la puerta angosta podemos referirlo a la parte sensitiva del hombre; y lo que dice del camino estrecho, podemos entender se refiere a la parte espiritual o racional; y lo que dice sobre que pocos son los que hallan ese camino se debe notar la causa, que es porque pocos hay que sepan y quieran entrar en esta suma desnudez y vacío de espíritu. Porque esta senda del alto monte de perfección, como quiera que ella vaya hacia arriba y sea angosta, requiere unos guías que ni lleven carga que les haga peso cuanto a lo inferior ni cosa alguna que les haga engancharse en cuanto a lo superior ya que, pues de lo que se trata aquí es a sólo Dios buscar y aspirar, ninguna otra cosa y nada más que a Dios es el que se ha de buscar y granjear.

4. De esto se ve claro que no sólo de todo lo que es de parte de las criaturas ha de ir el alma desembarazada, mas también de todo lo que es de parte de su espíritu ha de caminar desapropiada y aniquilada. De donde, instruyendonos e induciendonos nuestro Señor en este camino, dijo por san Marcos, capítulo 8 (v. 34­35) aquella tan admirable doctrina, no se si diré tanto menos ejercitada de los espirituales cuanto les es más necesaria la cual, por serlo tanto y tan a nuestro propósito, la referiré aquí al completo, y declararé según el humano y espiritual sentido de ella. Dice, pues, así: "Si alguno quiere seguir mi camino, nieguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Porque el que quisiere salvar su alma, la perderá, pero el que por mí la perdiere, la ganará".


5.2.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (143)



CAPÍTULO 39.
Se muestra cómo debe ser el correcto uso de los lugares de oración, oratorios y templos, para encaminar el espíritu a Dios por ellos.


1. Para encaminar a Dios el espíritu en este género, conviene advertir que a los principiantes bien se les permite y aun les conviene tener algún gusto y néctar sensible respecto de las imágenes, paisajes, decoraciones, oratorios y otras cosas devotas visibles, por cuanto aún no tienen destetado y desarrimado el paladar de las cosas del siglo, con el fin de que con este gusto dejen los placeres mundanos. Como al niño que, al quitarle de la mano una cosa, se la ocupan con otra para que no llore si le dejasen las manos vacías.
Pero para ir avanzando también se ha de desnudar el espiritual de todos esos gustos y apetitos en que la voluntad puede gozarse, porque el puro espíritu muy poco se ata a nada de esos objetos, sino tan sólo se ocupa en el recogimiento interior y el trato mental con Dios que, aunque se aprovecha de las imágenes y oratorios, es muy de pasada, yendo rápido a poner en Dios su espíritu, olvidándose de todo lo sensible.

2. Por tanto, aunque es mejor orar donde más decencia hubiere, con todo y no obstante esto, el lugar de oración se ha de escoger donde menos se embelese y se distraiga el sentido y el espíritu de ir a Dios, que debe ser su ocupación principal. En lo cual nos conviene tomar aquello que responde nuestro Salvador a la mujer samaritana, cuando le preguntó que cuál era más acomodado lugar para orar, el templo o el monte. El Señor le respondió que no estaba la verdadera oración aneja al monte ni al templo, sino que los adoradores de que se agradaba el Padre son los que le adoran en espíritu y verdad (Jn. 4, 23­24) (nota del corrector: es decir, sin importar el lugar, sino su disposición interior).
De donde se desprende que, aunque los templos y lugares apacibles son dedicados y acomodados a la oración, ya que el templo no se ha de usar para otra cosa excepto para el negocio del trato tan interior como este que se hace con Dios, se debe escoger aquel lugar que menos ocupe y lleve tras de sí el sentido. Y así no ha de ser lugar ameno y deleitable al sentido, como suelen procurar algunos, porque en vez de recoger a Dios el espíritu acaba siendo un sitio de recreación y gusto y sabor del sentido. Y por eso es bueno un lugar solitario, y aun áspero, para que el espíritu sólida y derechamente suba a Dios, no impedido ni detenido en las cosas visibles ni en sus comodidades. Cierto que lugares cómodos alguna vez ayudan a levantar el espíritu, mas esto siempre que sea olvidando todo gusto y recreación y quedándose sólo en Dios. Por lo cual nuestro Salvador escogía lugares solitarios para orar (Mt. 14, 24), y aquellos que no distrajeran mucho los sentidos, para darnos ejemplo, siendo lugares que levantasen el alma a Dios, como eran los montes (Lc. 6, 12; 19, 28), que se levantan de la tierra y ordinariamente sus peladas cumbres carecen de sensitiva recreación.

3. De todo esto se desprende que el verdadero espiritual nunca se ata ni mira en que el lugar para orar sea de tal o tal comodidad, porque esto todavía es estar atado al sentido, sino sólo al recogimiento interior, en olvido de lo uno y de lo otro, escogiendo para su oración el lugar más libre de objetos y elementos sensibles, retirando de enmedio la presencia o la influencia de todo eso para poder gozarse más a solas de criaturas con su Dios. Porque es cosa notable ver algunos espirituales que todo se les va en componer oratorios y acomodar lugares agradables a su condición o inclinación y del recogimiento interior, que es lo más importante del caso, tienen menos cuidado y se preocupan muy poco de él porque, si lo tuviesen, no podrían tener gusto en aquellos modos y maneras, antes les cansarían.


9.2.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (147)



CAPÍTULO 43.
Se explica la necesidad de poner atención sobre los erróneos motivos de orar que usan muchas personas, utilizando en ellos una gran variedad de ceremonias.


1. Los gozos inútiles y la propiedad imperfecta que acerca de las cosas que hemos dicho muchas personas tienen, puede que en ocasiones sean algo tolerables por ir esos devotos en este tipo de prácticas de forma un tanto inocentemente. Asimismo, el gran apego que algunos tienen a muchas maneras de ceremonias introducidas por gente poco ilustrada y falta en la sencillez de la fe, es insufrible.
Dejemos ahora aquellas que en sí llevan envueltos algunos nombres extraordinarios o términos que no significan nada, y otras cosas no sacras, que gente necia y de alma ruda y sospechosa suele interponer en sus oraciones que, por ser claramente malas e incluso en que hay pecado y hasta en muchas de ellas pacto oculto con el demonio (con las cuales provocan a Dios a ira y no a misericordia), las dejo aquí de tratar.

2. Pero de aquellas otras maneras de ceremonias o costumbres sólo quiero decir que, por no tener en sí esas formas sospechosas entrepuestas con las cuales quedaría patente su ineficacia o/y su error, muchas personas el día de hoy con devoción indiscreta las usan, poniendo tanta eficacia y fe en aquellos modos y maneras con que quieren cumplir sus devociones y oraciones que entienden que si en un punto faltan y salen de aquellos límites no aprovecha ni la oirá Dios, poniendo más fiducia en aquellos modos y maneras que en lo vivo de la oración, no sin gran desagrado y agravio de Dios. Así por ejemplo, cosas como que sea la misa con tantas candelas y no más ni menos, y que la diga sacerdote de tal o tal suerte, y que sea a tal hora y no antes ni después, y que sea después de tal día según su parecer y no otro, y que las oraciones y estaciones sean tantas y tales y a tales tiempos, y con tales y tales ceremonias, y no antes ni después ni de otra manera, y que la persona que las hiciere tenga tales partes y tales propiedades. Y piensan que, si falta algo de lo que ellos llevan propuesto, no se hace nada. Y de este tipo y semejantes hay muchas costumbres de otras mil cosas y maneras que se ofrecen y usan.

3. Y lo que es peor (e intolerable) es que algunos quieren sentir algún efecto en sí, o cumplirse lo que piden, o saber que se cumple al tal fin por el que hacen aquellas sus oraciones ceremoniáticas. Con todo ello resulta que lo único que logran no es menos que tentar a Dios y enojarle gravemente. Tanto es así que algunas veces el Señor da licencia al demonio para que los engañe, haciendolos sentir y entender cosas harto ajenas del provecho de su alma, mereciendolo ellos por la propiedad e intenciones vanales y estéticas que llevan en sus oraciones, no deseando más que se haga antes lo que ellos pretenden, y no lo que Dios quiere. Y así, porque no ponen toda su confianza en Dios, nada les sucede bien.


10.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (118)



CAPÍTULO 17.
Se aborda la primera afección de la voluntad, mostrando qué es el gozo y haciendo distinción de los diferentes aspectos en los que la voluntad puede gozar.


1. La primera de las pasiones del alma y afecciones de la voluntad es el gozo, el cual, en cuanto toca a lo que de él vamos a explicar, no es otra cosa que un contentamiento de la voluntad con estimación de alguna cosa que tiene por conveniente o agradable, porque nunca la voluntad se goza sino cuando la cosa le hace aprecio y da contento.
Esto es cuanto al gozo activo, que es cuando el alma entiende distinta y claramente de lo que se goza, y está en su mano gozarse y no gozarse. Porque hay otro gozo pasivo en que se puede hallar la voluntad gozando sin entender cosa clara y distinta, y a veces entendiendo que sea este tal gozo pero sin estar en su mano tenerlo o no tenerlo. Y de este trataremos después. Ahora diremos del gozo en cuanto es activo y voluntario de cosas distintas y claras.

2. El gozo puede nacer de seis géneros de elementos o bienes, conviene a saber: temporales, naturales, sensuales, morales, sobrenaturales y espirituales, acerca de los cuales hemos de ir por su orden poniendo la voluntad en razón, para que no se quede apresada por ellos y deje entonces de poner la fuerza de su gozo en Dios. Para todo ello conviene presuponer un fundamento, que será como un báculo en que nos hemos de ir siempre acompañando y apoyando. Y conviene llevar esto bien entendido, porque es la luz por donde nos hemos de guiar y entender en esta doctrina y enderezar en todos estos bienes en cuanto el gozo a Dios, y es el siguiente: que la voluntad no se debe gozar sino sólo de aquello que es gloria y honra de Dios, y que la mayor honra que le podemos dar es servirle según la perfección evangélica. Con lo cual, todo lo que sea fuera de esto es de ningún valor y provecho para el hombre.


19.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (35)



CAPÍTULO 14.
En el cual se explica el segundo verso de la canción.


Con ansias en amores inflamada.

1. Ya que hemos explicado el primer verso de esta canción, que trata de la noche sensitiva, dando a entender qué tipo de noche es esta del sentido y por qué se le denomina "noche", y también habiendo dado el orden y el modo que se ha de tener para entrar en ella activamente, se sigue ahora por su orden tratar de las propiedades y efectos de ella, que son admirables, los cuales se contienen en los versos siguientes de la mencionada canción, los cuales yo apuntaré brevemente en gracia de declarar los dichos versos, como en el prólogo lo prometí, y pasaré luego avanzando al segundo libro, el cual trata de la otra parte de esta noche que es la espiritual.

2. Dice, pues, el alma que "con ansias, en amores inflamada" pasó y salió en esta noche oscura del sentido a la unión del Amado. Porque para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo para que, teniendo su gusto y fuerza en este, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros. Y no solamente era menester para vencer la fuerza de los apetitos sensitivos tener amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con ansias. Porque acontece, y así es realmente, que la sensualidad con tantas ansias de apetitos es movida y atraída a las cosas sensitivas que, si la parte espiritual no está inflamada con otras ansias mayores de lo que es espiritual, no podrá vencer el yugo natural que la ata a lo sensitivo, ni entrar en esta noche del sentido, ni tendrá ánimo para quedarse a oscuras de todas las cosas, privándose del apetito de todas ellas.

3. Y cómo y de cuántas maneras sean estas ansias de amor que las almas tienen en los principios de este camino de unión, y las diligencias e invenciones que hacen para salir de su casa, que es la propia voluntad en la noche de la mortificación de sus sentidos, así como cuán fáciles y aun dulces y sabrosos les hacen parecer estas ansias del Esposo frente a todos los trabajos y peligros de esta noche, no es este el lugar para explicarlo, ni siquiera se puede decir, porque es mejor vivirlo y considerarlo que escribirlo. Y así, pasaremos a declarar los demás versos en el siguiente capítulo.


11.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (175)



5. Cuanto a lo primero, debido a que la luz y sabiduría de esta contemplación es muy clara y pura y el alma en que ella impacta está oscura e impura, da como resultado que el alma pena mucho recibiéndola en sí, como cuando los ojos están dañados, impuros y enfermos, y se ven desbordados del deslumbramiento de la clara luz, con lo cual reciben pena.

Y esta pena en el alma, a causa de su impureza, es inmensa cuando de veras es embestida de esta divina luz, porque impactando en el alma esta luz pura a fin de expeler la impureza del alma se siente el alma tan impura y miserable que le parece estar Dios contra ella y que ella está hecha contraria a Dios. Lo cual es de tanto sentimiento y pena para el alma, porque le parece aquí que la ha arrojado Dios de sí, el cual era uno de los mayores disgustos que sentía Job (7, 20) cuando Dios le tenía en este ejercicio, diciendo: "¿Por qué me has puesto contrario a ti, y soy grave y pesado para mí mismo?". Y es que viendo el alma claramente aquí por medio de esta pura luz, aunque a oscuras, su impureza, conoce claro que no es digna de Dios ni de criatura alguna. Y lo que más le entristece es que piensa que nunca lo será, y que ya se le acabaron sus bienes. Esto le causa también pesadumbre por la profunda inmersión que tiene de la gente en el conocimiento y sentimiento de sus males y miserias, porque aquí se las muestra todas al entendimiento esta divina y oscura luz, y de modo que vea claro cómo de suyo propio no podría tener ya otra cosa que miserias. Podemos entender en este sentido aquellas palabras de David (Sal. 38, 12): "Por la iniquidad corregiste al hombre, e hiciste deshacer y consumirse su alma; como la araña se desentraña" (nota del actualizador: dado que en la tradición Septuaginta/Vulgata el salmo 9 y el 10 del hebreo forman uno solo, a partir del 11 todos los salmos tienen un número menos que la numeración hebrea, de manera que este salmo correspondería al 39 actual que, en la traducción Reina-Valera de 1960 se leería de la siguiente manera: "Con castigos por el pecado corriges al hombre, y deshaces como polilla lo más estimado de él").

6. La segunda manera en que pena el alma es a causa de su flaqueza natural, moral y espiritual porque, como esta divina contemplación embiste en el alma con cierta fuerza al fin de irla robusteciendo y amansando, de tal manera infiere en su flaqueza que poco menos se siente desfallecer, particularmente algunas veces cuando con cierta intensidad embiste. Y es que el sentido y el espíritu, así como si estuviese debajo de una inmensa y oscura carga, está penando y agonizando tanto que tomaría por alivio y recompensa el morir. Lo cual habiendo experimentado el profeta Job (23, 6), decía: "No quiero que trate conmigo con mucha fortaleza, para que no me oprima con el peso de su grandeza".

7. En la fuerza de esta opresión y peso se siente el alma tan ajena de ser favorecida y agraciada que le parece, y así es, que aun en lo que solía hallar algún apoyo se acabó junto con todo lo demás, y que no hay quien se compadezca de ella. A cuyo propósito dice también Job (19, 21): "Compadeceos de mí, a lo menos vosotros mis amigos, porque me ha tocado la mano del Señor".

¡Cosa de gran maravilla y también lástima que sea aquí tanta la flaqueza e impureza del alma que, siendo la mano de Dios de suyo tan blanda y suave, la sienta el alma aquí tan pesada, contundente y contraria, y con todo aún sin colisionar ni asentarse con todo su peso, sino solamente tocando, y eso misericordiosamente, pues lo lleva a cabo a fin de hacer favores al alma y no de castigarla!


14.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (30)



CAPÍTULO 11.
Se explica que, para llegar a la divina unión, es necesario que el alma se encuentre libre de todos los apetitos, por mínimos que sean.


1. Parece que muchos desean preguntar que si por fuerza, para llegar a este alto estado de perfección, ha de haber precedido mortificación total en todos los apetitos, pequeños y grandes, y que si bastará mortificar algunos de ellos y dejar otros, a lo menos aquellos que parecen de poca importancia; porque parece cosa recia y muy dificultosa poder llegar el alma a tanta pureza y desnudez, al nivel de no tener voluntad de deseo ni afición a ninguna cosa.

2. A esto respondo: lo primero que, aunque es verdad que no todos los apetitos son tan perjudiciales unos como otros ni aprisionan al alma, todos en igual manera se han de mortificar. Hablo de los voluntarios, porque los apetitos naturales poco o nada impiden para la unión al alma cuando no son consentidos, ni pasan de primeros movimientos todos aquellos en que la voluntad racional ni antes ni después tuvo parte; porque quitar estos, que es mortificarlos del todo, en esta vida es imposible, y estos no impiden de manera que no se pueda llegar a la divina unión, aunque del todo no estén, como digo, mortificados. Porque bien los puede tener de forma natural, y estar el alma, según el espíritu racional, muy libre de ellos, porque aún acontecerá a veces, que esté el alma en harta unión de oración de quietud en la voluntad, y que a la misma vez moren estos apetitos en la parte sensitiva de la persona, no teniendo en ellos parte la voluntad superior que está en oración. Pero todos los demás apetitos voluntarios, ahora sean de pecado mortal, que son los más graves, ahora de pecado venial, que son menos graves, ahora sean solamente de imperfecciones, que son los menores, todos se han de vaciar y de todos se ha de desprender el alma para llegar a esta total unión, por mínimos que sean. Y la razón es porque el estado de esta divina unión consiste en tener el alma, según la voluntad, con tal transformación en la voluntad de Dios, de manera que no haya en ella cosa contraria a la voluntad de Dios, sino que en todo y por todo su movimiento sea voluntad solamente de Dios.

3. Que esta es la causa porque en este estado llamamos estar hecha una única voluntad con Dios, la cual es voluntad de Dios, y esta voluntad de Dios es también voluntad del alma. Pues si esta alma quisiese alguna imperfección que no quiere Dios, no estaría hecha una voluntad de Dios, pues el alma tenía voluntad de lo que no la tenía Dios. Luego claro está que, para venir el alma a unirse con Dios perfectamente por amor y por voluntad, ha de carecer primero de todo apetito de voluntad, por mínimo que sea; esto es, que advertidamente y con conocimiento no consienta con la voluntad en imperfección, y venga a tener poder y libertad para poder desprenderse de cualquier imperfección en cuanto la advierta.
Y digo que es algo que ha de hacer con conocimiento porque, sin advertirlo y conocerlo, o sin estar a su mano, bien caerá en imperfecciones y pecados veniales y en los apetitos naturales que hemos dicho; porque de estos tales pecados no tan voluntarios y subrepticios está escrito (Pv. 24, 16) que el justo caerá siete veces en el día y se levantará. Mas de los apetitos voluntarios, que son pecados veniales de advertencia, aunque sean de mínimas cosas, como he dicho, basta uno que no se venza para impedir la unión con la divinidad.
Digo no mortificando el tal hábito, porque algunos actos, a veces, de diferentes apetitos, no llegan aún a hacer tanto cuando los hábitos están mortificados; aunque tambien estos se ha de tratar de hacerlos desaparecer, porque también proceden de hábito de imperfección; pero algunos hábitos de voluntarias imperfecciones, en que nunca acaban de vencerse, estos por sí solos no impiden la divina unión, ni el ir adelante en la perfección.


24.9.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (10)



PRÓLOGO

1. Para poder explicar y hacer entender esta noche oscura por la cual pasa el alma para llegar a la divina luz de la unión perfecta del amor de Dios, o al menos todo lo que se pueda lograr sobre ello en esta vida, sería necesaria otra mayor luz de ciencia y experiencia que la mía; porque son tantas y tan profundas las tinieblas y trabajos, así espirituales como temporales, por los que ordinariamente suelen pasar las dichosas almas para poder llegar a este alto estado de perfección, que ni basta ciencia humana que lo pueda hacer entender, ni experiencia que lo pueda explicar, ya que sólo el que por ello pasa sabrá sentirlo, pero no explicarlo.

2. Y, por lo tanto, para decir algo de esta noche oscura, no me dejaré llevar ni de experiencia ni de ciencia, porque lo uno y lo otro puede faltar y engañar. No obstante, aunque sin dejar de recurrir en todo lo que me fuera posible a estas dos cosas (la experiencia y el conocimiento), me aprovecharé, con la ayuda divina, para todo lo que he de explicar -al menos para lo más importante y oscuro de entender- de la divina Escritura, por la cual guiándonos no podremos errar, dado que el que en ella habla es el Espíritu Santo. Y si yo en algo errare por no entender al completo lo que en ella se dice, no es mi intención apartarme del sano sentido y doctrina de la santa Madre Iglesia Católica, porque en tal caso totalmente me sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que con conocimiento de esta experiencia en mejor razón juzgare que yo.

3. Para hacer todo este tratado me ha movido no la posibilidad que veo en mí para tarea tan ardua, sino la confianza que en el Señor tengo de que me ayudará a decir algo por la enorme necesidad que tienen muchas almas de guía, las cuales, comenzando el camino de la virtud, y queriendo Nuestro Señor ponerlas en esta noche oscura para que por ella pasen a la divina unión, ellas no logran avanzar. A veces esto les ocurre por no querer entrar o dejarse entrar en esta noche oscura; a veces, por no entenderlo y carecer de guías idóneos y despiertos que las dirijan hasta la cumbre. Y así, es una lástima ver a muchas almas a quien Dios da talento y favor para avanzar que, si ellas quisiesen animarse, llegarían a este alto estado, quedarse sin embargo en un bajo modo de trato con Dios, por no querer, o no saber, o no tener quien las dirija y enseñe a desasirse de aquellos principios. Y aunque Nuestro Señor las favorezca tanto, que aún a pesar de todo ello las haga avanzar, llegan muy tarde y con más trabajo y con menos merecimiento, por no haberse acomodado a Dios, dejándose colocar libremente en el puro y cierto camino de la unión. Porque, aunque es verdad que Dios las lleva -que puede hacerlo aunque ni ellas se esfuercen-, no se dejan ellas llevar; y así por tanto se avanza menos, puesto que se resisten a ser manejadas y, en fin, no logran tantos merecimientos al no poner en esta obra su voluntad, dando como resultado que sufren y padecen más. Porque hay almas que, en vez de dejarse en manos de Dios y permitir que las ayude, en su lugar estorban los planes de Dios, poniéndoles impedimentos por su indiscreto obrar y su rechazo, haciéndose semejantes a los niños que, queriendo sus madres llevarlos cómodamente en brazos, ellos van pateando y llorando tratando de caminar por su propio pie y solo consiguiendo con ello andar de mala manera, o incluso no andar o, si caminasen, sería al paso de un niño, es decir, avanzando muy lentamente y con mucho esfuerzo y agotamiento.

2.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (49)



CAPÍTULO 8.
Se explica cómo, de manera general, ninguna criatura ni noticia alguna que llegue al entendimiento le puede servir de próximo medio para la divina unión con Dios.


1. Antes que tratemos del propio y acomodado medio para la unión de Dios, que es la fe, conviene que mostremos cómo ninguna cosa criada ni pensada puede servir al entendimiento de propio medio para unirse con Dios, y cómo todo lo que el entendimiento puede alcanzar, más que de medio le sirve de impedimento, si a ello se quisiese sujetar.
Y ahora, en este capítulo, mostraremos esto de una forma general, y después iremos hablando más explícitamente, descendiendo por todas las noticias que el entendimiento puede recibir de parte de cualquier sentido exterior e interior, y los inconvenientes y daños que puede recibir de todos estos conocimientos interiores y exteriores por no ir avanzando de la mano del propio medio, que es la fe.

2. Es, pues, de saber que, según regla de filosofía, todos los medios han de ser proporcionados al fin, es a saber: que han de tener alguna conveniencia y semejanza con el fin, tal que baste y sea suficiente para que por ellos se pueda conseguir el fin que se pretende. Por ejemplo: quiere uno llegar a una ciudad. Necesariamente ha de ir por el camino, que es el medio que dirije y junta con la misma ciudad. Otro ejemplo: se ha de mezclar y unir el fuego en el madero. Es necesario que el calor, que es el medio, disponga al madero primero con tantos grados de calor que tenga gran semejanza y proporción con el fuego. De donde, si quisiesen disponer al madero con otro medio que el propio, que es el calor, así como con aire, o agua, o tierra, sería imposible que el madero se pudiera unir con el fuego; así como tambien lo sería llegar a la ciudad si no se va por el propio camino que va hacia ella. De donde, para que el entendimiento se venga a unir en esta vida con Dios, según se pueda, necesariamente ha de tomar aquel medio que junta con el fin y tiene con ese fin su próxima semejanza.

3. En lo cual hemos de advertir que, de entre todas las criaturas superiores ni inferiores, ninguna hay que próximamente una con Dios ni tenga semejanza con su ser. Porque, aunque es verdad que todas ellas tienen, como dicen los teólogos, cierta relación a Dios y rastro de Dios -unas más y otras menos, según su más principal o menos principal ser-, de Dios a ellas ningún respecto hay ni semejanza esencial, antes la distancia que hay entre su divino ser y el de ellas es infinita, y por eso es imposible que el entendimiento pueda llegar a Dios por medio de las criaturas, ahora sean celestiales, ahora terrenas, por cuanto no hay proporción de semejanza.
De donde, hablando David (Sal. 85, 8) de las celestiales, dice: "No hay semejante a ti en los dioses, Señor", llamando dioses a los ángeles y almas santas. Y en otra parte (Sal. 76, 14): "Dios, tu camino está en lo santo; ¿qué dios grande hay como nuestro Dios?". Que es como si dijera: el camino para venir a ti, Dios, es camino santo, esto es, pureza de fe. Porque ¿qué dios habrá tan grande, es a saber, qué ángel tan levantado en ser y qué santo tan levantado en gloria será tan grande, que sea camino proporcionado y magnificado para venir a ti? Y hablando tambien el mismo David (Sal. 137, 6) de las terrenales y celestiales juntamente, dice: "Alto es el Señor y mira las cosas bajas, y las cosas altas conoce desde lejos". Como diciendo: siendo Él alto en su ser, son de muy bajo el ser de las cosas de acá abajo, comparándolas con su alto ser; y las cosas altas, que son las criaturas celestiales, las ve y las conoce estar de su ser muy lejos. Luego todas las criaturas no pueden servir de proporcionado medio al entendimiento para dar en Dios.


5.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (52)



CAPÍTULO 10.
Se hace distinción de todas las aprehensiones e inteligencias que pueden recabar en el entendimiento.


1. Para poder tratar en particular del provecho y daño que pueden hacer al alma, acerca de este medio que hemos dicho de fe para la divina unión, las noticias y aprehensiones del entendimiento, es necesario poner aquí una distinción de todas las aprehensiones, así naturales como sobrenaturales que puede recibir, para que luego por su orden más específicamente vayamos enderezando en ellas al entendimiento en la noche y oscuridad de la fe, lo cual será con la mayor brevedad que se pueda.

2. Es, pues, de saber que por dos vías puede el entendimiento recibir noticias e inteligencias: la una es natural y la otra sobrenatural. La natural es todo aquello que el entendimiento puede entender, ahora por vía de los sentidos corporales, ahora por sí mismo. La sobrenatural es todo aquello que se da al entendimiento sobre su capacidad y habilidad natural.

3. De estas noticias sobrenaturales unas son corporales, otras son espirituales. Las corporales son de dos maneras: unas las que por vía de los sentidos corporales exteriores las recibe, y otras por vía de los sentidos corporales interiores, en que se incluye todo lo que la imaginación puede conjeturar, fingir y fabricar.

4. Las espirituales son también de dos maneras: una es distinta e individual, y otra es confusa, oscura y general. Entre las distintas e individuales entran cuatro maneras de aprehensiones particulares, que se comunican al espíritu no mediante algún sentido corporal, y son: visiones, revelaciones, locuciones y sentimientos espirituales. La inteligencia oscura y general está en una sola, que es la contemplación que se da en fe. En esta hemos de poner al alma, encaminándola a ella por todas las otras, comenzando por las primeras, y desnudándola de ellas.


13.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (90)



CAPÍTULO 27.
Se explica en qué consisten el segundo género de revelaciones, las cuales tratan sobre el descubrimiento de secretos y misterios ocultos. También se muestra la manera en que pueden servir para la unión con Dios, y en qué nos pueden dificultar, así cómo el demonio puede engañar mucho en esta materia.


1. El segundo género de revelaciones decíamos que eran las tocantes a la manifestación de secretos y misterios ocultos. Este puede ser de dos maneras:
La primera, acerca de lo que es Dios en sí, y en esta se incluye la revelación del misterio de la Santísima Trinidad y unidad de Dios.
La segunda es acerca de lo que es Dios en sus obras, y en esta se incluyen los demás artículos de nuestra fe católica y las proposiciones que explícitamente acerca de esas obras puede haber de realidades. En las cuales se incluyen y encierran mucho número de las revelaciones de los profetas, de promesas y amenazas de Dios, y otras cosas que habían y han de acontecer acerca de este negocio de fe.
Podemos también incluir dentro de esta segunda manera otros muchos aspectos particulares que Dios ordinariamente revela, así acerca del universo en general, como también en particular acerca de reinos, provincias y estados y familias y personas particulares.
De lo cual tenemos en las Divinas Letras ejemplos en abundancia, así de lo uno como de lo otro, mayormente en todos los Profetas en los cuales se hallan revelaciones de todas estas maneras. Que, por ser cosa clara y evidente, no quiero gastar tiempo en alegarlos aquí, sino decir que estas revelaciones no sólo acontecen de palabra, sino que las hace Dios de muchos modos y maneras: a veces con palabras solas, a veces simplemente por señales, a veces tan sólo por figuras e imágenes y semejanzas, a veces juntamente con lo uno y con lo otro, como también es de ver en los Profetas, particularmente en todo el Apocalipsis, donde no solamente se hallan todos los géneros de revelaciones que hemos dicho, ya que también en él se encuentran los modos y maneras que acabamos de mencionar.

2. De estas revelaciones que se incluyen en la segunda manera, todavía las hace Dios en este tiempo a quien quiere. Porque suele revelar a algunas personas los días que han de vivir, o los trabajos que han de tener, o lo que ha de pasar por tal o tal persona, o por tal o tal reino, etc. Y aun acerca de los misterios de nuestra fe, descubrir y declarar al espíritu las verdades de ellos, aunque en realidad esto no se llama propiamente revelación, por cuanto ya está revelado, antes sería más bien manifestación o declaración de lo ya revelado.

3. Acerca de este género de revelaciones puede el demonio interferir mucho porque, como las revelaciones de este género ordinariamente son por palabras, figuras y semejanzas, etc., puede el demonio muy bien fingir otro tanto, mucho más que cuando las revelaciones los son sólo en espíritu. Y, por tanto, si acerca de la primera manera y la segunda que decíamos, en cuanto a lo que toca a nuestra fe se nos revelase algo novedoso o cosa diferente, de ningún modo hemos de dar el consentimiento, aunque tuviesemos evidencia que aquel que lo decía era un ángel del cielo, porque así lo dice san Pablo (Gl. 1, 8) claramente: "Aunque nosotros o un ángel del cielo os declare o predique otra cosa fuera de la que os hemos predicado, sea anatema".


1.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (109)



CAPÍTULO 9.
Se explica el segundo genero de daños, consistente en el peligro de caer en propia estimación y vana presunción.


1. Las aprehensiones sobrenaturales ya dichas de la memoria son también a los espirituales un gran riesgo de caer en alguna presunción o vanidad, si hacen caso de ellas para estimarlas en algo. Porque, así como está muy libre de caer en este vicio el que no tiene nada de este tipo de comunicaciones, pues no ve en sí de qué presumir, así por el contrario el que experimenta estas cosas tiene la ocasión en la mano de pensar que ya es algo, pues tiene aquellas comunicaciones sobrenaturales. Porque, aunque es verdad que lo pueden atribuir a Dios y darle gracias teniendose por indignos, con todo eso se suele quedar cierta satisfacción oculta en el espíritu y estimación sobre aquello que le ha llegado y sobre sí mismo con lo cual, incluso sin notarlo, les hace harta soberbia espiritual.

2. Esto lo pueden ver ellos bien claramente en el disgusto que les produce y el desconcierto que les provoca con quien no les alaba su espíritu ni les estima esas comunicaciones que tienen, y la pena que les da cuando piensan o les dicen que otros tienen las mismas experiencias o mejores. Todo lo cual nace de secreta estimación y soberbia, y ellos no acaban de entender que como consecuencia están metidos en esta vanagloria hasta los ojos. Y se piensan que basta cierta manera de conocimiento de su miseria, estando juntamente con esto llenos de oculta estimación y satisfacción de sí mismos, agradándose más de su espíritu y bienes espirituales que del ajeno, como el fariseo que daba gracias a Dios que no era como los otros hombres y que tenía tales y tales virtudes, en lo cual tenía satisfacción de sí y presunción (Lc. 18, 11­12). Estas personas, aunque abiertamente no lo digan como este fariseo, lo tienen habitualmente en el espíritu. Y aun algunos llegan a ser tan soberbios que son peores que el demonio, que como ellos ven en sí algunas aprehensiones y sentimientos devotos y suaves de Dios, a su parecer ya se satisfacen de manera que piensan están muy cerca de Dios, y aún que los que no tienen aquello están muy bajos, y los desestiman como el fariseo al publicano.

3. Para huir de este pestífero daño, a los ojos de Dios aborrecible, han de considerar dos cosas. La primera, que la virtud no está en las aprehensiones y sentimientos de Dios, por elevados que sean, ni en nada de lo que a este talle puedan sentir en sí sino, por el contrario, está en lo que no sienten sobre su ser, que es en mucha humildad y desprecio de sí y de todas sus cosas -muy formado, sincero y sensible en el alma-, y gustar de que los demás sientan de él su misma miseria y desprecio, no queriendo valer nada en el corazón ajeno.

4. Lo segundo, se hace necesario advertir que todas las visiones y revelaciones y sentimientos del cielo y cuanto más sobre ellos o de su tipo se quiera pensar, no valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene los efectos de la caridad, que no estima sus cosas ni las procura, ni piensa mal sino de sí, y de sí ningún bien piensa, sino que ese bien y valía lo piensa de los demás (1 Cor. 13, 4­7). Pues, según esto, conviene que no les hinchan el ego estas aprehensiones sobrenaturales, sino que las procuren olvidar para quedar libres y sin ataduras.


20.2.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (157)



CAPÍTULO 5
Se abordan ahora las imperfecciones en las que caen los principiantes respecto del vicio de la ira.


1. Por causa de la concupiscencia que tienen muchos principiantes en los gustos espirituales, son poseídos muy de ordinario por muchas imperfecciones del vicio de la ira ya que, cuando se les acaba el sabor y gusto en las cosas espirituales, en su ser natural se hallan desabridos y, con aquel sinsabor que traen consigo, traen mala gracia y desgana en las cosas que tratan, y se aíran muy fácilmente por cualquier cosilla, y aun a veces no hay quien los sufra. Lo cual muchas veces acontece después que han tenido algún muy gustoso recogimiento sensible en la oración que, como se les acaba aquel gusto y sabor, en su parte material les queda el cuerpo desabrido y desganado, similar a lo que le ocurre a un niño cuando le apartan del pecho del que estaba gustando a su sabor. En lo que respecta a su ser natural, cuando de esto no se dejan llevar por la desgana, no hay culpa, sino imperfección que se ha de purgar por la sequedad, las estrecheces y el aprieto de la noche oscura.

2. También hay otros de estos espirituales que caen en otra manera de ira espiritual, y es que se enfadan contra los vicios ajenos con cierto celo desasosegado, haciendo notar los defectos de los otros. Llega a veces a darles ímpetus de reprenderles enojosamente, y aun lo llevan a cabo en algunas ocasiones, como si ellos fueran dueños de la virtud. Todo lo cual es contra la mansedumbre espiritual.

3. Hay otros que, cuando se ven imperfectos, con impaciencia no humilde se enfadan y se enojan contra sí mismos. Llegan a tener tanta impaciencia por ser perfectos que querrían ser santos en un día. De éstos hay muchos que se levantan muchas metas y hacen grandes propósitos, y como no son humildes ni desconfían de sí mismos y de sus fuerzas y capacidades, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan, no teniendo paciencia para esperar a que se lo dé Dios cuando Él fuere servido y cuando Él disponga. Esta forma de obrar también es contra la dicha mansedumbre espiritual, y en este sentido es una imperfección que del todo no se puede remediar sino por la purgación de la noche oscura. Aunque algunos tienen por el contrario tanta paciencia en esto del querer progresar, que les ocurre al contrario y tampoco querría Dios que lo que en unos sea grave por exceso, en los otros lo sea por escasez.


3.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (111)




CAPÍTULO 11.
Se explica el cuarto daño que se le produce al alma sobre las distintas aprehensiones sobrenaturales de la memoria, dicho daño consiste en impedirle la unión.


1. De este cuarto daño no hay mucho que decir, por cuanto está ya declarado a cada paso en este tercer libro, en el cual hemos explicado y mostrado cómo, para que el alma se venga a unir con Dios en esperanza, ha de renunciar a toda posesión de la memoria pues que, para que la esperanza sea entera de Dios, nada ha de haber en la memoria que no sea Dios. Y asimismo, como también hemos dicho, en ninguna forma ha de quedarse retenida, ni figura, ni imagen, ni otra noticia que pueda caer en la memoria, sea Dios ni semejante a Él, ahora celestial, ahora terrena, natural o sobrenatural, según enseña David (Sal. 85, 8), diciendo: "Señor, en los dioses ninguno hay semejante a ti", de aquí se concluye que, si la memoria quiere hacer alguna presa de algo de todo esto, se impide a sí misma el dirigirse a Dios. Por una parte, porque se aprisiona y, por la otra, porque mientras más tiene de posesión, tanto menos tiene de esperanza.

2. Luego le es necesario al alma quedarse desnuda y olvidada de distintas formas y noticias de cosas sobrenaturales para no impedir la unión, según la memoria, en esperanza perfecta con Dios.


26.9.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (12)



LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO 1.

Primera parte de la poesía o canción, que hace referencia a las dos noches diferentes por las que pasan los espirituales, según son las dos partes del hombre: la inferior y la superior. Esta parte de la poesía dice:

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

1. En esta primera estrofa canta el alma la dichosa suerte y ventura que tuvo por salir fuera de todas las cosas, y de los apetitos e imperfecciones que hay en la parte sensitiva del hombre, por el desorden que tiene de la razón. Para cuyo conocimiento es de saber que, para que una alma llegue al estado de perfección, ordinariamente ha de pasar primero por dos formas principales de noches, que los espirituales llaman purgaciones o purificaciones del alma, y aquí las llamamos noches, porque el alma, así en la una como en la otra, camina como de noche, o sea, a oscuras.

2. La primera noche o purgación es de la parte sensitiva del alma, de la cual se trata en la presente estrofa, y se tratará en la primera parte de este libro. Y la segunda es de la parte espiritual, de la cual habla la segunda estrofa que sigue; de esta también trataremos en la segunda y tercera parte del libro, cuanto a lo activo; porque, en cuanto a lo pasivo, será en la cuarta parte del libro.

3. Y esta primera noche pertenece a los principiantes en el tiempo en que Dios los comienza a poner en el estado de contemplación; de dicha noche tambien participa el espíritu, según diremos a su debido tiempo.

Y la segunda noche o purificación pertenece a los ya avanzados, al tiempo que Dios los quiere ya poner en el estado de la unión con Dios; y esta es más oscura y tenebrosa y de terrible purgación, según se dirá después.

6.2.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (144)




CAPÍTULO 40.
Se sigue mostrando cómo dirigir el espíritu al recogimiento interior respecto de las influencias exteriores de lugares, edificios y figuras.


1. La causa, pues, por la que algunos espirituales nunca acaban de entrar en los gozos verdaderos del espíritu, es porque nunca acaban ellos de alzar el apetito del gozo de estas cosas exteriores y visibles. Adviertan estos tales que, aunque el lugar decente y dedicado para oración es el templo y oratorio visible, y la imagen o escultura sea para motivarlos a elevar su espíritu, no ha de llegar a ser esto hasta tal punto que de alguna manera se emplee el fruto y sabor del alma en el templo visible y palpable y se olvide de orar en el templo vivo, que es el recogimiento interior del alma. Porque para advertirnos sobre esto dijo el Apóstol (1 Cor. 3, 6; 6, 19): "Mirad, que vuestros cuerpos son templos vivos del Espíritu Santo, que mora en vosotros". Y a esta consideración nos envía la Escritura que hemos alegado de Cristo (Jn. 4, 24), es a saber: a los verdaderos adoradores conviene adorar en espíritu y verdad. Porque muy poco caso hace Dios de tus oratorios y lugares acomodados si, por tener el apetito y gusto anclado a ellos, tienes algo menos de desnudez interior, que es la pobreza espiritual en negación de todas las cosas que puedes tener o poseer.

2. Debes, pues, para purgar la voluntad del gozo y apetito vano en esto y enderezarlo a Dios en tu oración, sólo mirar que tu conciencia esté pura y tu voluntad entera en Dios, y la mente puesta de veras en Él. Y, como ya he dicho, escoger el lugar más apartado y solitario que pudieres, y convertir y dedicar todo el gozo de la voluntad en invocar y glorificar a Dios, mientras que de esos otros gustillos del exterior no hagas caso, antes mejor los procures negar. Porque, si se hace el alma al sabor de la devoción sensible, nunca atinará a pasar a la fuerza del deleite del espíritu, que se halla en la desnudez espiritual mediante el recogimiento interior.


3.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (168)



CAPÍTULO 13
Se explican otros provechos que causa en el alma esta noche oscura del sentido.


1. Acerca de las imperfecciones que en la avaricia espiritual tenía, en que codiciaba unas y otras cosas espirituales y nunca se veía satisfecha el alma de unos y otros ejercicios debido a la codicia del apetito y gusto que hallaba en ellos, ahora en esta noche seca y oscura anda bien reformada porque, como no halla el gusto y sabor que solía (más bien halla en ella sinsabor y trabajo), con tanta templanza usa de los elementos espirituales que por ventura lo que perdía largamente en el anterior estado, ahora es más difícil echarlo a perder. Aunque a los que Dios pone en esta noche comúnmente les da humildad y prontitud -ciertamente puede que con sinsabor-, tiene su fin en que sólo por Dios hagan aquello que se les manda, y no deteniéndose en muchas cosas al no encontrar agrado en ellas.

2. Respecto a la lujuria espiritual también se ve claro que, por esta sequedad y sinsabor de sentido que halla el alma en las cosas espirituales se librará de aquellas impurezas que allí mencionamos pues, comúnmente, ya dijimos que procedían del gusto que proveniente del espíritu redundaba en el sentido.

3. Sobre las imperfecciones de las que se libra el alma en esta noche oscura acerca del cuarto vicio, que es el de la gula espiritual, se pueden ver allí - aunque no están mostradas todas, puesto que son innumerables-. Por lo tanto aquí no las referiré, porque querría ya concluir con esta noche para pasar a la otra, de la cual tenemos que dar importante palabra y doctrina.

Baste, para entender los innumerables provechos que además de los dichos gana el alma en esta noche acerca de este vicio de la gula espiritual, decir que de todas aquellas imperfecciones que allí quedan dichas se libra, y de otros muchos y mayores males y feas abominaciones que, como digo, allí no están escritas, en que vinieron a dar muchos de los que hemos tenido experiencia, por no tener ellos reformado el apetito en esta golosina espiritual. Porque, como Dios en esta seca y oscura noche en que pone al alma tiene refrenada la concupiscencia y echado el freno del apetito de manera que no se puede cebar de ningún gusto ni sabor sensible de cosa de arriba ni de abajo (y esto lo va continuando de tal manera que queda incrustada en el alma, reformada y frenada según la concupiscencia y apetito), pierde la fuerza de las pasiones y concupiscencia y se hace en ese aspecto estéril, no usándose el gusto, lo mismo que cuando se cesa de sacar leche de la ubre se secan los conductos lácteos y finaliza su producción. Y, atrofiados de esta manera los apetitos del alma se consigue, además de las ventajas mencionadas, admirables provechos por medio de esta sobriedad espiritual. La razón es que, apagados los apetitos y concupiscencias, vive el alma en paz y tranquilidad espiritual, ya que donde no reina apetito y concupiscencia no hay perturbación, sino paz y consuelo de Dios.

4. Surge de aquí otro segundo provecho, y es que no trae a la mente una ordinaria memoria de Dios, con temor y recelo de volver atrás en el camino espiritual, como hemos dicho. Éste es un beneficio muy grande, siendo a su vez sin embargo de los menores en esta sequedad y purgación del apetito, ya que se purifica el alma y limpia de las imperfecciones que se le adherían por medio de los apetitos y afecciones contaminantes, que de suyo embotan y ofuscan el ánima.


9.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (86)



CAPÍTULO 26.
Se aborda el conocimiento de las verdades desnudas en el entendimiento, se explican de dos maneras y se muestra cómo se ha de comportar el alma acerca de ellas.


1. Para hablar propiamente de este conocimiento de verdades desnudas que se da al entendimiento, era necesario que Dios tomase la mano y moviese la pluma, porque sepa el lector que excede toda palabra lo que ellas son para el alma en sí mismas. Mas, pues yo no hablo aquí de ellas de propósito, sino sólo para ilustrar y dirigir el alma en ellas a la divina unión, deberemos abordar la difícil cuestión de hablar de ellas aquí breve y modificadamente, por lo menos cuanto baste para el dicho intento.

2. Esta manera de visiones o, por decirlo mejor, de ilustraciones de verdades desnudas, es muy diferente de la que acabamos de decir en el capítulo 24, porque no es como ver las cosas corporales con el entendimiento, sino que consiste en entender y ver verdades de Dios o de las cosas que son, fueron y serán, lo cual es muy conforme al espíritu de profecía, como por ventura se declarará después.

3. De donde es de notar que este género de conocimientos se distinguen de dos formas: unos abordan el alma con elementos acerca del Creador, otras acerca de las criaturas, como hemos dicho. Y aunque las unas y las otras son muy sabrosas para el alma, el deleite que causan en ella las que son de Dios no hay cosa a que se le pueda comparar, ni vocablos ni términos con qué describirlo, porque son conocimiento del mismo Dios y deleite del mismo Dios que, como dice David (Sal. 39, 6), no hay como Él ninguna otra cosa. Y es que estas experiencias nos llegan directamente con conocimiento acerca de Dios, sintiendo altísimamente de algún atributo de Dios, ahora de su omnipotencia, ahora de su fortaleza, ahora de su bondad y dulzura, etc., y todas las veces que se siente, se impregna en el alma aquello que se siente. Que, por cuanto es pura contemplación, ve claro el alma que no hay cómo se podría explicar algo de ello, si no fuese decir algunos términos generales que la abundancia del deleite y bien que allí sintieron les hace decir a las almas a quienes les ocurre, mas no lo suficiente como para terminar de entender por completo lo que allí el alma gustó y sintió.

4. Y así David (Sal. 18, 10­11), tras haber pasado algo de esto, sólo dijo de ello con palabras comunes y generales: "Los juicios de Dios" -esto es, las virtudes y atributos que sentimos en Dios-, "son verdaderos, en sí mismos justificados, mucho más deseables que el oro y que la piedra preciosa, y sobradamente más dulces que el panal y la miel". Y de Moises leemos (Ex. 34, 6­7) que en una altísima noticia que Dios le dio de sí, una vez que pasó delante de el, sólo dijo lo que se puede decir por los mencionados términos comunes y fue que, pasando el Señor por él en aquella experiencia, se postró Moises muy aprisa en la tierra, diciendo: "Emperador, Señor, Dios misericordioso y clemente; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares". Donde se ve que, no pudiendo Moises declarar lo que en Dios conoció en una sola comunicación, lo dijo y rebosó por todas aquellas palabras.
Y aunque a veces sobre las tales comunicaciones se dicen palabras, bien ve el alma que no ha dicho nada de lo que sintió, porque ve que no hay palabra acomodada para poder nombrar aquello. Y así san Pablo (2 Cor. 12, 4), cuando tuvo aquella suprema comunicación de Dios, procuró no decir nada, solo decir que no era lícito al hombre tratar de ello.


23.2.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (160)



CAPÍTULO 7
Se muestran las imperfecciones respecto de la envidia y hastío espiritual.


1. Acerca también de los otros dos vicios, que son envidia y acidia espiritual (nota del actualizador: "acidia" o "acedia" es una palabra del castellano antiguo, que se refiere a hastío o tibieza en el cumplimiento de las obligaciones religiosas), no dejan estos principiantes de tener notables imperfecciones. Porque acerca de la envidia muchos de éstos suelen tener movimientos de molestarles el bien espiritual de los otros, dándoles alguna pena sensible en el caso que les lleven ventaja en este camino, y no querrían ver que a los otros los alaben o feliciten en este aspecto. Debido a ello se entristecen de las virtudes ajenas, y a veces no lo pueden sufrir sin decir ellos lo contrario, deshaciendo aquellas alabanzas como pueden, y se remueven por dentro cuando no hacen con ellos otro tanto, porque querrían ellos ser preferidos en todo. Todo lo cual es muy contrario a la caridad ya que esta virtud, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 6), se goza de la verdad y, si alguna envidia tiene, es envidia santa, pesándole de no tener las virtudes del otro, con gozo de que el otro las tenga, y agradándole el que todos le lleven la ventaja porque sirven a Dios, siendo que esa persona está tan falto en ello (nota del actualizador: puesto que el principiante auténticamente devoto cree no poder ser tan perfecto como los demás, se alegra de que al menos los demás sean en ese aspecto mejores que él, puesto que así sirven mejor también a Dios, que es lo importante).

2. También, acerca de la tibieza espiritual, suelen tener tedio en las cosas que son más espirituales y huyen de ellas, como son aquellas que contradicen al gusto sensible puesto que, como ellos están tan endulzados en las cosas espirituales, en no hallando sabor en ellas las aborrecen. De esta manera, si una vez no hallaron en la oración la satisfacción que pedía su gusto (porque en realidad les conviene que Dios les retire el gozo para probarlos), no querrían volver a ella, o a veces la dejan o van de mala gana. Y así, por este tedio, posponen el camino de perfección, que es el de la negación de su voluntad y gusto por amor a Dios, al gusto y sabor de la voluntad divina, y no de la de ellos, a la cual en esta manera de obrar andan ellos por satisfacer más que a la de Dios.

3. Y muchos de éstos querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les surge que, muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto llegan a pensar que no es voluntad de Dios. Por el contrario cuando ellos se satisfacen creen que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo mismos y bajo sus medidas, y no a sí mismos con Dios, siendo muy al contrario lo que el mismo Señor enseñó en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo que el que perdiese su voluntad por Él, ese la ganaría, y la persona que la quisiese ganar, ése la perdería.

4. Estos también tienen tedio cuando les mandan lo que no tiene gusto para ellos. Ocurre así porque se andan al regalo y sabor del espíritu, con lo cual son muy flojos para la fortaleza y trabajo de perfección, hechos semejantes a los que se crían en regalo, que huyen con tristeza de toda cosa áspera. Este tipo de principiantes se ofenden de la cruz, en la cual están los deleites del espíritu, y en las cosas que son más espirituales más tedio tienen porque, como ellos pretenden andar en las cosas espirituales a sus anchuras y a gusto de su voluntad, se les produce una gran tristeza y repugnancia entrar por el camino estrecho, que dice Cristo (Mt. 7, 14), es el camino que lleva a la vida (nota del actualizador: a este respecto se puede ver la carta a Ana de S. Alberto, de 1582).