5.05.2017

Cómo orar


Hay multitud de tratados sobre la oración, sesudos estudios con cientos y cientos de páginas, conferencias, charlas, cursos y cursillos... Teorías que nos enseñan fórmulas, jaculatorias, posturas... Todo eso está muy bien, pero se queda vacío sin lo básico: el amor.

La oración nace y se nutre del amor, de la necesidad de relacionarnos con el ser amado, con Dios. Sin este componente principal y fundamental, todo formulismo que nos enseñen, toda teoría que aprendamos, nos acaba aburriendo y se queda en nada.




De la misma manera que el amado quiere estar con su amada, la amada con el amado, o el amigo con su compañero del alma, de esa misma forma la oración es el acto natural que nace de querer relacionarse el alma con Dios en un mundo y en un entorno, como éste, material.

De esta forma podemos entender el que la oración sea un maravilloso regalo del Señor, puesto que sacia en parte nuestra necesidad imperiosa de estar con Él, de sentir su compañía, de unirnos a Él.

La oración y la comunión son, por lo tanto, dos de los elementos esenciales, dos de los pilares, de la vida cristiana.

Es erróneo, considerando lo anterior, que pensemos o juzguemos, o tratemos de analizar, si oramos bien o mal o qué hacemos bien o mal en la oración, porque el alma verdaderamente amante del Señor no necesita fórmulas, solo necesita amor y saciar ese ardoroso ímpetu que siente en lo más profundo hacia su amado, hacia su Señor.


Pero, obviamente, unas nociones básicas nos pueden ayudar a encendernos más en la oración, a fijarnos más en el destinatario, el Señor Jesús, y no en el medio en sí, o sea: en el acto de orar.

Un buen consejo es no usar una oración de petición todo el tiempo. Muchas personas creen erroneamente que orar es pedir, incluso las hay que se pasan toda su vida en ese error. Nada más lejos de la realidad. Imagínate que te encuentras con tu amigo más querido, o tu amiga, y siempre que le ves te detienes a pedirle algo durante horas y horas, ¿no acabaríais cansándoos mutuamente? Por supuesto, Dios nunca se cansa de nosotros, pero sí nos podemos acabar aburriendo nosotros simplemente al comprobar que no todos nuestros caprichos son atendidos ni satisfechos, y es un buen ejemplo para ilustrar lo que quiero explicar. Dios ya sabe nuestras necesidades, antes incluso de que se las pidamos. Es evidente que siempre es bueno pedirle lo que necesitemos, lo que nos hace falta, pero no debe ser eso el centro de nuestra oración. Debemos ante todo realizar oración de alabanza, diciéndole al Señor que no cumpla nuestros deseos sino, sobre todo, que nosotros cumplamos los suyos.

Mucha gente se pregunta: y bien, ¿de qué hablo, entonces? La respuesta es sencilla: deja que hable tu espíritu, deja que hable tu corazón, deja que hablen tus sentimientos. Dios es "Espíritu y Verdad" (Juan 4:24), de manera que debemos adorarle así, en espíritu y verdad. Mucha gente no entiende ésto, así que vamos a explicarlo un poco y brevemente. Cuando oras al Señor diciéndole que le quieres, que le amas, y al salir de la iglesia o del oratorio no cumples su voluntad, e incluso mientras se lo estás diciendo estás pensando en los guisos que vas a hacer, en el producto que vas a comprar en la tienda o en el programa de televisión que vas a ver esa noche, no estás demostrándole amor. No estás orándole en verdad, porque la verdad tiene que nacer de la sinceridad, no de realizar la práctica de la oración por rutina.

Cuando nuestra verdad sea auténtica, real, y cuando nuestro amor sea puro y sincero, podremos empezar a experimentar la auténtica oración, una oración "de relación", y no de simple trata de intereses entre un servidor y su Señor, entre un "aprendiz de cristiano" y su Dios.

Pero no se ama lo que no se conoce, así que empecemos a pensar, reflexionar y considerar la bondad, misericordia, dignidad y cariño del Buen Dios para con nosotros, que solo nos merecíamos el castigo y la muerte eterna, que somos nada, incluso menos que la nada puesto que, como decía San Antonio María Claret, ni la nada ha pecado, y nosotros sí.

Recapacitemos y meditemos en la mansedumbre de Cristo, su paso por este mundo haciendo el bien, trayéndonos su mensaje, revelándonos la salvación y, finalmente, muerto en una cruz sufriendo entre dolores indecibles por nosotros, por ayudarnos, rescatarnos y liberarnos. Cuando nos demos cuenta de todo eso, comenzaremos a amarle y la oración no será ya "un deber", "una obligación", sino que nacerá naturalmente de nosotros como una auténtica veneración, gratitud, alabanza y pasión desbordante que se eleva a raudales dirigiéndose hacia el ser amado. Hacia nuestro dulce salvador Jesucristo.

| Redacción: Ludobian de Bizance para el Oratorio Carmelitano

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