El mes de noviembre es un tiempo de gracia en el que nuestro Oratorio Carmelitano se vuelve un remanso de esperanza y memoria agradecida. Como devotos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, no podemos permanecer indiferentes ante el dolor y el anhelo de nuestros hermanos que, en el Purgatorio, aguardan el momento definitivo de entrar en el Reino Eterno del Padre.
La oración en comunidad y en plena comunión de los santos posee una fuerza transformadora ante el trono de Dios. Por ello, este mes nos invita a detenernos y sostenerlos con nuestra fe y oración. Interceder por ellos no es solo un acto de profunda caridad y misericordia; es, sobre todo, una obligación moral y edificante para todo cristiano que desea vivir con coherencia la fe que profesa. Son nuestros hermanos y hermanas, aquellos que esperan con gran anhelo nuestro consuelo para el alivio de su sufrimiento y la mayor gloria del Señor.
Que este tiempo en el Oratorio sea para todos nosotros una escuela de amor desinteresado. Acompáñanos a ofrecer cada día un susurro, una súplica y un pensamiento por sus almas, sabiendo que cada gesto de intercesión nos une más a ellos y nos prepara, a su vez, para acoger la Vida Eterna.