4.24.2017

¿Existe el Purgatorio?


Sí, menuda pregunta, ¿verdad? ¿Quién la es capaz de responder? "Sí", "no", "sí existe en parte", "no existe pero existe algo parecido"... Nadie actualmente se aclara a este respecto, sea cualquiera la confesión religiosa o cristiana que sea, no hay tema en el que no haya más confrontación, dudas, interrogantes, e incluso abierta incoherencia.

Y más aún últimamente, donde ha cobrado fuerza una corriente de opinión que niega la existencia del purgatorio, e incluso niega el mismo infierno. Esa creencia ha partido de influencias evangélicas, que rechazan el purgatorio, y ha cobrado gran fuerza por el apoyo de algunos papas. De hecho, Benedicto XVI ha llegado a negar el mismo infierno, afirmando que tanto el purgatorio como el infierno son simplemente "estados del alma". Ahora bien, ¿cómo se ha llegado a semejante disparate? Para entenderlo hay que entender qué es en lo que creen (más bien, en lo que no creen) los evangélicos y luteranos, que es de donde parte la raíz de todo esto embrollo.




Ellos -los evangélicos- afirman que no hay ninguna parte dentro de la Biblia en donde se hable explícitamente del purgatorio, y añaden que, dado que el sacrificio en la cruz de Cristo ya valió y pagó por todos nuestros pecados, pensar que tenemos que pagar con penas y sufrimientos por ellos nosotros es invalidar el sacrificio en la cruz.

De hecho este pensamiento para ellos es una constante sobre la que se asienta y sustenta todo el fundamento de su doctrina: estamos en este mundo para gozar, porque Cristo "ya pagó por todos" lo que había que "pagar" o el sacrificio de reparación que había de hacerse a Dios. Penas, tristezas y castigos que tengamos aquí no sirven para nada, "porque Cristo ya pagó por nosotros". Ante este panorama cualquier pecado que el cristiano cometa es inapreciable y sin importancia, y el cristiano es libre de hacer lo que se le antoje porque, de hecho, sus pecados están perdonados en el sacrificio de la cruz y aquí puede cometer cualquier acto delictivo que, salvo las penas civiles, no tendrá ningún castigo ni manchará su alma, "lavada en la sangre del Cordero de Dios" para siempre. Podríamos extendernos muchísimo comentando y mostrando los errores de semejantes barbaridades (que, para más asombro, muchos se las creen), pero solo diré, y será suficiente, que con esta filosofía los evangélicos niegan valor alguno a los mártires, a las ofrendas de olor agradable a Dios de los pobres y enfermos, e incluso llegan a quitarle el valor al martirio y muerte de los mismísimos apóstoles. Según ese pensamiento evangélico, los mismos apóstoles y primeros mártires cristianos habrían muerto "para nada", solamente "por divertimento para Dios", porque al Señor "le apetecía". Si quitan de buenas a primeras, como ellos hacen, el valor de las penas y el dolor, de la humildad y la sobriedad, le quitan la misma esencia de la creencia cristiana, ya que creemos en un crucificado. Pero qué puede esperarse de una religión -la evangélica- que tiene como eje central el poder, el placer y el dinero, y creen que todo cristiano debe ser rico y poderoso. Sirven al dinero, no a Dios (Lucas 16:13), y ante esa realidad poco se puede objetar.


Lo peor es que en nuestro tiempo esas sectas son tan poderosas que han llegado a influir en algunos papas, como Juan Pablo II y el mismo Ratzinger. Ellos afirman que el purgatorio son "estados del alma", pero bien, no pueden decir eso y quedarse tan anchos, antes conviene aclarar: ¿qué es un "estado del alma"?

Es crucial, por tanto, explicarlo. Todos nosotros en cualquier momento de nuestra vida terrenal podemos estar en tres estados del alma diferentes, y pasar de uno al otro en sucesivos momentos de la vida. Uno de los estados es el de santidad. Ese es el estado en el que nos encontramos inmediatamente después de una buena confesión o, en su caso, tras haber realizado actos de contricción y arrepentimiento de pecados veniales.


Un estado por debajo del de santidad es el estado de gracia. En este estado estamos la mayoría de cristianos. Se le llama "de gracia" porque las gracias divinas se derraman sobre nosotros diariamente (sí, cada día), y aún nos inspiran y nos inundan, aunque no estemos cien por cien libres de pecado.

Y el tercer y último estado es el estado de pecado mortal o de condena. Si muriésemos en ese estado, irremediablemente acabaríamos en el infierno y, para salir de él, además de un arrepentimiento necesitamos una confesión y un dolor de pecado. En este estado aún se pueden recibir las gracias divinas (porque Dios no abandona a nadie), pero no estamos con la misma claridad ni predisposición para recibirlas y aprovecharlas como en el estado de gracia. Por eso es mucho más difícil que una persona en pecado mortal se arrepienta sinceramente de sus pecados, a que lo haga una en estado de gracia.


El estado de pecado mortal es el que se incurre con graves pecados: el asesinato, el adulterio, o la negación de Dios y cerrazón a su bondad. Es, en otras palabras, un estado en el que nos negamos a nosotros mismos no solo a no reconocer a Cristo como nuestro Salvador y Redentor, ni siquiera la mayoría pueden oír o soportar hablar no solo de Dios, sino de su doctrina o de nada que haga referencia a la salvación. Es un estado de condenación absoluta.

En el estado de santidad, una vez muertos, directamente iríamos a la presencia de Dios, gozaríamos sin más ni más de las excelencias divinas. En éste estado es en el que han fallecido algunos santos y mártires.

En el estado de pecado mortal, el ánima iría directamente al infierno, y se perdería para siempre.


Ahora bien, en el estado de gracia, que es, insisto, el estado en el que casi todos los cristianos solemos estar, el cristiano no tiene el alma absolutamente limpia. Esto se explica porque, a diario, cientos de tentaciones y de amenazas tanto exteriores como interiores nos van dañando y empañan nuestra alma y, aunque la luz divina nos ayuda a evitarlas y a darnos cuenta de ellas, van creando en nuestra alma imperfecciones e impurezas que conviene limpiar, por confesión o, a veces, por contrición sincera, según el caso. Quien muera en ese estado no puede acceder directamente a Dios por pura y simple incompatibilidad de esencia: porque nada imperfecto, ni una mota de polvo, puede presentarse en la perfección absoluta que es el Señor Dios. Obviamente, esa ánima tampoco acudiría al infierno.

Si la comunión de los santos, en la que creemos y declaramos en el Símbolo, alcanza a todo el cuerpo místico cristiano de la iglesia, es lógico que, participando de la misma los santos que ya están en la gloria, y los cristianos sobre la tierra, lo hagan también los que aún están en camino para ir a Dios, contrinstándose por sus imperfecciones y purificándose, lo que se suele decir como purgando sus penas, o sea: en el Purgatorio.


Si negamos el purgatorio de un plumazo estaríamos tachando de mentiroso, e incluso más: de fraudulentos, a San Simón Stock, a Santa Faustina Kowalska, y tantos santos y santas, religiosos y religiosas que, a lo largo de muchos siglos, han presenciado y visto, así como testificado, la existencia del purgatorio.

Más aún: estaríamos negando las apariciones de la Virgen de Fátima, y de tantas otras, que han declarado también sobre el purgatorio dándonos motivos y pruebas de su existencia. Obviamente como los evangélicos no creen en nada de eso, tampoco creen en todos los mensajes que esas apariciones y santos y santas han dicho y, para ellos, todo eso no son más que burlas demoníacas o, simplemente, cuentos. Solo creen, eso sí, en el poder material, el poder que puedan ver y tocar. O, dicho de otro modo: no tienen fe, y sin fe, simplemente, andan cegados en estos mundos espirituales. Son como tantas otras herejías que a través de la historia ha tenido que enfrentar la misma Iglesia. No es nada nuevo, siempre ha pasado y siempre han tenido sus momentos de éxito y fama, hasta desaparecer en el tiempo, como muchas otras corrientes de pensamiento parecido antes. Solo la Iglesia permanece porque solo la Iglesia la sustenta Dios. Así de simple. El resto, como obra humana que es, acabará diluyéndose tal como apareció.


Una de las mayores controversias que Lutero denunció y que algunos de esa misma opinión esgrimen, es que si el purgatorio existiese y las ánimas del mismo se vieran recompensadas por las indulgencias que la iglesia les ofrece, los ricos y poderosos tendrían más ventaja que los pobres, porque podrían, por ejemplo, encargar más misas para sus familiares que los mismos pobres.

Por desgracia nadie dentro de la Iglesia cristiana ha entrado apenas a debatir ese extremo, y creo que conviene hacerlo y hacerlo con claridad, para que todo el mundo lo entienda. Si los ricos y los poderosos pueden encargar más misas, y hacer con ello uso a su favor de "la comunión de los santos", no debemos olvidar algo que mencionamos anteriormente: los sacrificios. Los pobres, con sus penas y sufrimientos agradabilísimas al Señor, tienen esa ventaja ya de por sí, sin necesidad de "ayuda externa", por decirlo así. En ese sentido, el Señor, en su gran bondad e inteligencia, ya preveyó y se cuidó de que esa alma no se viera en desigualdad frente a ánimas de ricos y poderosos, e incluso se viere con ventaja. Recordemos el pasaje evangélico de las ofrendas en el templo: Cristo explica en él que la anciana ha dado mucho más que todos los demás, más ricos, aunque su dinero materialmente valiera menos (Lucas 21:4). Por eso mismo podría decirse que una sola misa u oración, o acto de devoción, proveniente de una familia pobre, vale más ante los ojos del Señor que cien misas ofrecidas por una familia poderosa sin el mismo fervor o con mucha mayor riqueza. El sacrificio de la misa es infinitamente valioso para el Señor, pero aplicar cien misas por un rico que puede pagarlas, puede ser lo mismo ante el Señor que dos de un pobre que lo hace por devoción y sin poder pagar más. Hacer misas u oraciones como "intercambio de cromos" ante Dios no es solo negar su inteligencia, es burlarse de Él, es negar su bondad y, en última instancia, es, encima, un gran pecado.


Por otro lado, e insistiendo en el tema de las misas por los difuntos (por los que han partido a la casa del Padre), conviene recordar que hasta el más pobre puede ofrecerla a nivel individual, simplemente asistiendo a la misma y sin pagar nada de su bolsillo. ¿Puede alguien pensar que es menos valiosa esa oración y esa Eucaristía ante los ojos de Dios? Por supuesto que no. En último témino, y en definitiva, al final lo que importa es el espíritu y predisposición del hombre y, como en muchas partes de los evangelios queda en evidencia, Dios presta atención sobre todo al corazón (Juan 4:24), de manera que una misa ofrecida con verdadera intención de reparación para las almas purgantes tiene una fuerza descomunal tanto o más que cien ofrecidas tirando de bolsillo, de cheques, de influencias con obispos, de fama, de poder mundano y de monedas.

Asimismo, los remedios "gratuitos" que Dios ha previsto y nos ha ofrecido para todas las ánimas del purgatorio son tan numerosos y abundantes que solamente podrían provenir de la generosidad divina, que no conoce límites y que, por tanto, alcanza a todos, y a los más pobres con preferencia sobre todos los demás: la oración de Santa Gertrudis, que permite sacar del purgatorio a mil almas "ipso facto", las oraciones del rosario y diversas indulgencias gratuitas que cualquiera puede destinar a esas ánimas y, sobre todo, la promesa del santo escapulario, donde la mismísima Virgen María del Monte Carmelo intervendrá para llevarnos con ella y como eficaz y poderosa mediadora ante su Hijo para interceder por nosotros.


Con todo esto, ¿cómo algunos pueden pensar que Dios ha abandonado a su pueblo, o que solo unos pocos ricos pueden librarse del purgatorio? Más bien el pueblo ha abandonado a su Dios, por desgracia, e incluso ha ido en estos tiempos más allá: no solo niega la existencia de un mundo tras la muerte, sino que niega la mismísima bondad del Señor. El siguiente paso será entonces negar la misma vida eterna, la resurrección, y decir y defender que el único reino de Dios está aquí y ahora, como algunos ya están diciendo. Que Dios se apiade de todos los que se dejen influenciar por esa nueva corriente de herejía, una más de tantas entre las cuales los cristianos hemos tenido que convivir y a las que hemos tenido que enfrentarnos. Pero Cristo, siempre, siempre, resultará vencedor. Que nadie lo dude.

| Redacción: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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