Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

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29.12.19

Oración de San Alfonso María de Ligorio para la Epifanía (fiesta de la Sagrada Familia)


Mi amado Jesús, tú eres el rey del cielo, y ahora te veo como un fugitivo errante bajo los rasgos de un niño. ¿Qué buscas? Dímelo. Estoy emocionado y conmovido viendo tu pobreza y tu anonadamiento; pero lo que más profundamente me aflige es la negra ingratitud con la que eres tratado por los mismos que tú has venido a salvar. Lloras, y yo también lloro por haber sido uno de los que te han menospreciado y perseguido; pero quiero que sepas que ahora más prefiero tu gracia que todos los reinos del mundo.

Perdóname todos los ultrajes que te he hecho. En el viaje que hago desde esta vida hasta la eternidad permíteme llevarte en mi corazón, siguiendo el ejemplo de María que te llevó en sus brazos en el camino de huída a Egipto. Mi amado Redentor, a menudo te he echado fuera de mi alma, pero ahora tengo la confianza que eres tú quien has tomado posesión de ella. Te lo suplico: únela estrechamente a ti con las dulces cadenas de tu amor


San Alfonso María de Ligorio.

29.1.18

Ya puedes descargar el libro "Preparación para la muerte" al completo y gratis


Como bien sabéis los que nos leéis habiualmente, durante estos últimos meses hemos estado publicando una revisión del interesantísimo tratado de San Alfonso María de Ligorio, "Preparación para la muerte". Se trata de una serie de reflexiones sobre la importancia de tener en cuenta, y bien presente, que nuestro paso por este mundo es temporal, de modo que cualquier apego a él es una estupidez, pues acabaremos dejándolo todo.

Ahora hemos recopilado todos sus capítulos y os los ofrecemos en un volumen al completo, con el fin de que podáis conservarlo y consultarlo (y releerlo) en cualquier momento. Lo podéis encontrar comprimido en zip y bajo el nombre "preparacion_muerte_ligorio" en la sección de libros de nuestro Drive, a la que podéis acceder mediante este link.

| Redacción: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

28.1.18

Paz del que ama a Dios a la hora de la muerte


Justorum animae in manu Dei sunt; non tanget illos tormentum mortis; vlsí sunt oculis insipientium morí, illi autem sunt in pace.
Las almas de los justos están en la mano de Dios y no los tocará tormento de muerte. Pareció que morían a los ojos de los insensatos, mas ellos están en paz. (Sb., 3, 1).


"Justorum animae in manu Dei sunt" ("el alma del justo está en las manos de Dios"). Si Dios tiene en sus manos las almas de los justos, ¿quién podrá arrebatárselas? Cierto es que el infierno no deja de tentar y perseguir hasta a los Santos en la hora de la muerte, pero Dios, dice San Ambrosio, no cesa de asistirlos y de aumentar su socorro a medida que crece el peligro de sus fieles siervos (Jos., 5).

Aterrado se quedó el criado de Elíseo cuando vio la ciudad cercada de enemigos. Pero el Santo le animó, diciéndole: "No temas, porque muchos más son con nosotros que con ellos" (2 R., 6,16), y le hizo ver un ejército de ángeles enviados por Dios para defenderle.

26.1.18

Cómo tienes que prepararte para la muerte


Memorare novissima tua, et in aeternum non peccabis.
Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás. (Ecl., 7, 40).


Todos reconocemos que hemos de morir, que sólo una vez hemos de morir, y que no hay cosa más importante que ésta, porque del trance de la muerte dependen la eterna bienaventuranza o la eterna desdicha.

Todos sabemos también que de vivir bien o mal procede el tener buena o mala muerte. ¿Por qué acaece, pues, que la mayor parte de los cristianos viven como si nunca hubiesen de morir, o como si el morir bien o mal importase poco? Se vive mal porque no se piensa en la muerte: "Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás".

24.1.18

Malicia del pecado mortal


Filias enutrivi et exaltavi; ipsi autem spreverunt me.
Hijos crié y engrandecí; mas ellos me despreciaron. (Is., 1. 4).


¿Qué hace quien comete un pecado mortal? Injuria a Dios, le deshonra y, en cuanto está de su parte, le colma de amargura.

Primeramente, el pecado mortal es una ofensa grave que se hace a Dios. La malicia de una ofensa, como dice Santo Tomás, se aprecia atendiendo a la persona que la recibe y a la persona que la hace. Una ofensa hecha a un simple particular es, sin duda, un mal; pero es mayor delito si se le hace a una persona de alta dignidad, y mucho más grave si se dirige al rey... ¿Y quién es Dios? Es el Rey de los reyes (Ap., 17, 14). Dios es la Majestad infinita, respecto de la cual todos los príncipes de la tierra y todos los Santos y ángeles del Cielo son menores que un grano de arena (Is., 40, 15). Ante la grandeza de Dios, todas las criaturas son como si no fuesen (Is., 40, 17). Eso es Dios.

Y el hombre, ¿qué es? Responde San Bernardo: "saco de gusanos, manjar de gusanos, que en breve le devorarán". El hombre es un miserable, que nada puede; un ciego, que no sabe ver nada; pobre y desnudo, que nada tiene (Ap., 3, 17). ¿Y este mísero gusanillo se atreve a injuriar a Dios? -dice el mismo San Bernardo-. Con razón, pues, afirma el Angélico Doctor (p. 3, q. 2, a. 2) que el pecado del hombre contiene una malicia casi infinita.

22.1.18

Así es la muerte del pecador


Angustia superveniente, requirtrit pacem et non erit; conturbatio super conturbationem veniet.
Sobreviniendo la aflicción, buscarán la paz y no la habrá; turbación sobre turbación vendrá. (Ez., 7, 25-26).


Rechazan los pecadores la memoria y el pensamiento de la muerte, y procuran hallar la paz (aunque jamás la obtienen) viviendo en pecado. Mas cuando se ven cerca de la eternidad y con las angustias de la muerte, no les es dado huir del tormento de la mala conciencia, ni hallar la paz que buscan, porque ¿cómo ha de hallarla un alma llena de culpas, que como víboras la muerden? ("angustia superveniente, requirent pacem et non erit"). ¿De qué paz podrán gozar pensando que en breve van a comparecer ante Cristo Juez, cuya ley y amistad han despreciado? Turbación sobre turbación vendrá (Ez. 7, 26).

El anuncio de la muerte ya recibido, la idea de que ha de abandonar para siempre todas las cosas de este mundo, el remordimiento de la conciencia, el tiempo perdido, el tiempo que falta, el rigor del juicio de Dios, la infeliz eternidad que espera al pecador, todo esto forma tempestades horribles, que abruman y confunden el espíritu y aumentan la desconfianza. Y así, confuso y desesperado, pasará el moribundo a la otra vida.

17.1.18

¡La gran locura del pecador!


Sapientla enim huíus mundi stultitia est apud Deum.
La sabiduría de este mundo, locura es delante de Dios. (1 Cor. 3, 19).


El Santo Maestro Juan de Ávila decía que en el mundo debería haber dos grandes cárceles: una para los que no tienen fe, y otra para los que, teniéndola, viven en pecado y alejados de Dios. A éstos, añadía, les conviniera la casa de locos. Mas la mayor desdicha de estos miserables consiste en que, con ser los más ciegos e insensatos del mundo, se tienen por sabios y prudentes. Y lo peor es que su número es grandísimo (Ecl., 1, 15).

Hay quien enloquece por las honras; otros, por los placeres; no pocos, por las naderías de la tierra. Y luego se atreven a tener por locos a los Santos, que menospreciaron los vanos bienes del mundo para conquistar la salvación eterna y el Sumo Bien, que es Dios. Llaman locura el abrazar los desprecios y perdonar las ofensas; locura el privarse de los placeres sensuales y preferir la mortificación; locura renunciar a las honras y riquezas y amar la soledad, la vida humilde y escondida. Pero no advierten que a esa su sabiduría mundana la llama Dios necedad (1 Co., 3, 19): "La sabiduría de este mundo locura es ante Dios".

14.1.18

Incertidumbre de la hora de la muerte


Estote praemonuisse, quia qua hora non putatis, filius hominis veniet.
Estad prevenidos, porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del Hombre. (Lc., 12, 40).


Certísimo es que todos hemos de morir, mas no sabemos cuándo. Nada hay más cierto que la muerte, pero nada más incierto que la hora de la muerte. Determinados están, hermano mío, el año, el mes, el día, la hora y el momento en que tendrás que dejar este mundo y entrar en la eternidad; pero nosotros lo ignoramos.

Nuestro Señor Jesucristo, con el fin de que estemos siempre bien preparados, nos dice que la muerte vendrá como ladrón oculto y de noche (1 Ts., 5, 2). Otras veces nos exhorta a que estemos vigilantes, porque cuando menos lo pensemos vendrá Él mismo a juzgarnos (Lc., 12,40).

11.1.18

Del inefable bien de la gracia divina y del gran error de enemistarnos con Dios


Nescit homo pretium eius.
No comprende el hombre su precio. (Job, 28, 13).


Dice el Señor que quien sabe apartar lo precioso de lo vil es semejante a Dios, que sabe desechar el mal y escoger el bien (Jer., 15, 19). Veamos cuán gran bien es la gracia divina, y qué mal inmenso la enemistad con Dios.

No conocen los hombres el valor de la divina gracia (Jb., 28, 13). De aquí que la cambien por naderías, por humo sutil, por un poco de tierra, por un irracional deleite. Y, sin embargo, es un tesoro de infinito valor que nos hace dignos de la amistad de Dios (Sb., 7, 14) de suerte que el alma que está en gracia es regalada amiga del Señor.

6.1.18

Certidumbre de la muerte


Statutum est homínibus semel morí.
Establecido está a los hombres que mueren sólo una vez. (He. 9, 27).


Escrita está la sentencia de muerte para todo el humano linaje. El hombre ha de morir. Decía San Agustín (In Salm. 12): La muerte sólo es segura; los demás bienes y males nuestros, inciertos son.

No se puede saber si aquel niño que acaba de nacer será rico o pobre, si tendrá buena o mala salud, si morirá joven o viejo. Todo ello es incierto, pero es cosa indudable que ha de morir. Magnates y reyes serán también segados por la hoz de la muerte, a cuyo poder no hay fuerza que resista. Posible es resistir al fuego, al agua, al hierro, a la potestad de los príncipes, mas no a la muerte.

3.1.18

Vida infeliz de los pecadores, en comparación con la vida dichosa del que ama a Dios


Non est pax impiis, dicit Dominus.
No hay paz para los impíos, dice el Señor. (ls., 48, 22).



Pax mulla diligentibus legem tuam.
Mucha paz para los que aman tu ley. (Sal. 118. 165).


Se afanan en esta vida todos los hombres para hallar la paz. Trabajan el mercader, el soldado, el litigante, porque piensan que con la hacienda, el lauro merecido o el pleito ganado obtendrán los favores de la fortuna y alcanzarán la paz. Mas, ¡ah, pobres mundanos, que buscáis en el mundo la paz que no puede daros! Dios sólo puede dárnosla. Da a tus siervos -dice la Iglesia en sus preces- aquella paz que el mundo no puede dar.

No, no puede el mundo, con todos sus bienes, satisfacer el corazón del hombre, porque el hombre no fue creado para este linaje de bienes, sino únicamente para Dios; de suerte que sólo en Dios puede hallar ventura y reposo.

28.12.17

Todo acaba con la muerte


Finís venit; venit finís.
El fin llega; llega el fin. (Ez., 7).


Llaman los mundanos feliz solamente a quien goza de los bienes de este mundo: honras, placeres y riquezas. Pero la muerte acaba con toda esta ventura terrenal. ¿Qué es vuestra vida? Es un vapor que aparece por un poco (Stg., 4, 15).

Los vapores que la tierra exhala, si acaso, se alzan por el aire, y la luz del sol los dora con sus rayos, tal vez forman vistosísimas apariencias, mas, ¿cuánto dura su brillante aspecto? Sopla una ráfaga de viento, y todo desaparece. Aquel prepotente, hoy tan alabado, tan temido y casi adorado, mañana, cuando haya muerto, será despreciado, hollado y maldito. Con la muerte hemos de dejarlo todo.

23.12.17

El juicio al que nos enfrentaremos


Omnes enim nos manifestari oportet ante tribunal Christi.
Porque es necesario que todos nosotros seamos manifestados ante el tribunal de Cristo. (II Cor., 5, 10).


Consideremos la presentación del reo, acusación, examen y sentencia de este juicio. Primeramente, en cuanto a la presentación del alma ante el Juez, dicen comúnmente los teólogos que el juicio particular se verifica en el mismo instante en que el hombre expira, y que en el propio lugar donde el alma se separa del cuerpo es juzgada por nuestro Señor Jesucristo, el cual no delegará su poder, sino que por Sí mismo vendrá a juzgar esta causa. "A la hora que no penséis vendrá el Hijo del Hombre" (Lc., 12, 40). "Vendrá con amor para los buenos -dice San Agustín-, y con terror para los malos".

¡Oh, qué espantoso temor sentirá el que, al ver por vez primera al Redentor, vea también la indignación divina! ¿Quién podrá subsistir ante la faz de su indignación? (Nah., 1,6).

19.12.17

El peligro de abusar de la divina misericordia


Ignoras quoniam benignitas Dei ad poenitentiam te adducit?
¿No sabes que la benignidad de Dios te convida a penitencia? (Ro., 2, 4).


Se cuenta en la parábola de la cizaña que, habiendo crecido en un campo esa mala hierba mezclada con el buen grano, querían los criados ir a arrancarla. Pero el amo les replicó: "Dejadla crecer: después la arrancaremos para echarla al fuego" (Mi., 13, 29, 30). Se deduce de esta parábola, por una parte, la paciencia de Dios para con los pecadores, y por otra, su rigor con los obstinados.

Dice San Agustín que el enemigo engaña de dos maneras a los hombres: "Con desesperación y con esperanza". Cuando el pecador ha pecado ya, le mueve a desesperarse por el temor de la divina justicia; pero antes de pecar le anima a que caiga en tentación por la esperanza de la divina misericordia. Por eso el Santo nos amonesta diciendo: "Después del pecado ten esperanza en la misericordia; antes del pecado teme la divina justicia". Y así es, en efecto. Porque no merece la misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misericordia se usa con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la justicia -dice el Abulense-, puede acudir a la misericordia; mas el que ofende a la misericordia, ¿a quién acudirá?

16.12.17

La importancia de la confianza en nuestra Santa Madre María del Carmelo


Qui me invenerlit inveniet vitam, et hauriet salutem a Domino.
Quien me hallare, hallará la vida, y alcanzará del Señor la salud. (Pr., 8, 35).


¡Cuántas gracias debemos dar a la misericordia de Dios, exclama San Buenaventura ("o certe Dei nostri mira benignitas, qui suis reis te Dominam tribuit advocatam ut auxilio tuo quod volueris valeas impetrare". In Salve Reg.), por habernos concedido como abogada a la Virgen María, cuyas súplicas pueden alcanzarnos todas las mercedes que deseemos!

¡Pecadores y hermanos míos!, aunque seamos culpables ante la divina justicia, y nos consideremos por nuestras maldades ya condenados al infierno, no desesperemos todavía. Acudamos a esta divina Madre, amparémonos bajo su manto, y Ella nos salvará. Exige de nosotros la resolución de mudar de vida. Formémosla, pues; confiemos verdaderamente en María Santísima, y Ella nos alcanzará la salvación. Porque María es abogada poderosa, abogada piadosísima, abogada que desea salvarnos a todos.

13.12.17

La importancia de la oración


Petite et dabitur vobis ..., omnís enim qui petlt, accipit.
Pedid y se os dará..., porque todo aquel que pide, recibe. (Lc., 11, 9-10).


No sólo en éstos, sino en otros muchos lugares del Antiguo y Nuevo Testamento promete Dios oír a los que se encomiendan a Él: Clama a Mi, y te oiré (Jer., 33, 3). Invócame..., y te libraré (Sal. 49, 15). "Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré" (Jn., 14, 14). "Pediréis lo que quisiereis, y se os otorgará" (Jn., 15, 7). Y otros varios textos semejantes.

La oración es una, dice Teodoreto; y, sin embargo, puede alcanzarnos todas las cosas; pues, como afirma San Bernardo (Serm. 5, in Fer. Ciner.), el Señor nos da, o lo que pedimos en la oración, u otra gracia para nosotros más conveniente.

11.12.17

Brevedad de la vida presente


Quae est vita vestra? Vapor est ad módícum parens.
¿Qué es vuestra vida? Es vapor que aparece por un poco tiempo. (Santiago 4, 15)..


¿Qué es nuestra vida? Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar. Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: "el hombre viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita".

Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama -le dice- que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es él pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is., 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos.

6.12.17

La gloria eterna


Tristitia vestra vertatur in gaudium.
Vuestra tristeza se convertirá en alegría. (Jn., 16, 20).


Procuremos ahora sufrir con paciencia las tribulaciones de esta vida, ofreciéndolas a Dios, en unión de los dolores que Jesucristo sufrió por nuestro amor, y alentémonos con la esperanza de la gloria. Algún día acabarán estos trabajos, penas, angustias, persecuciones y temores, y si nos salvamos, se nos convertirá en gozo y alegría inefables en el reino de los bienaventurados.

Así nos alienta y reanima el Señor (Jn., 16, 20): "Vuestra tristeza se convertirá en alegría". Meditemos, pues, sobre la felicidad de la gloria.

4.12.17

Pecar también tiene un límite


Quia non profertur cito contra malos sententia, ideo fílii Hominum perpetrant mala.
Por cuanto la sentencia no es proferida de manera inmediata contra los malos, los hijos de los hombres cometen males sin temor alguno. (Ecl., 8, 2).


Si Dios castigase inmediatamente a quien le ofendiese, no se viera, sin duda, tan ultrajado como se ve. Mas porque el Señor no suele castigar en seguida, sino que espera benignamente, los pecadores cobran ánimos para ofenderle más.

Preciso es que entendamos que Dios espera y es pacientísimo, más no para siempre; y que es opinión de muchos Santos Padres (de San Basilio, San Jerónimo, San Ambrosio, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, San Agustín y otros) que, así como Dios tiene determinado para cada hombre el número de días que ha de vivir y los dones de salud y de talento que ha de otorgarle (Sb., 11, 21), así también tiene contado y fijo el número de pecados que le ha de perdonar. Y completado ese número, no perdona más, dice San Agustín (De vita Christi, c. 3.). Lo mismo afirman Eusebio de Cesárea (lib. 7, cap. 3) y los otros Padres antes nombrados.

30.11.17

Conformidad con la voluntad de Dios


Et vita in voluntate eius.
Y la vida, en su voluntad. (Sal. 29, 6).


Todo el fundamento de la salud y perfección de nuestras almas consiste en el amor de Dios. "Quien no ama está en la muerte. La caridad es el vínculo de la perfección" (1 Jn., 3, 14; Col, 3, 14). Mas la perfección del amor es la unión de nuestra propia voluntad con la voluntad divina, porque en esto se cifra -como dice el Areopagita- el principal efecto del amor, en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer.

En tanto, pues, agradan al Señor nuestras obras, penitencias, limosnas, comuniones, en cuanto se conforman con su divina voluntad, pues de otra manera no serían virtuosas, sino viciosísimas y dignas de castigo.