Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

23.12.17

El juicio al que nos enfrentaremos


Omnes enim nos manifestari oportet ante tribunal Christi.
Porque es necesario que todos nosotros seamos manifestados ante el tribunal de Cristo. (II Cor., 5, 10).


Consideremos la presentación del reo, acusación, examen y sentencia de este juicio. Primeramente, en cuanto a la presentación del alma ante el Juez, dicen comúnmente los teólogos que el juicio particular se verifica en el mismo instante en que el hombre expira, y que en el propio lugar donde el alma se separa del cuerpo es juzgada por nuestro Señor Jesucristo, el cual no delegará su poder, sino que por Sí mismo vendrá a juzgar esta causa. "A la hora que no penséis vendrá el Hijo del Hombre" (Lc., 12, 40). "Vendrá con amor para los buenos -dice San Agustín-, y con terror para los malos".

¡Oh, qué espantoso temor sentirá el que, al ver por vez primera al Redentor, vea también la indignación divina! ¿Quién podrá subsistir ante la faz de su indignación? (Nah., 1,6).




Meditando en esto, el P. Luis de la Fuente temblaba de tal modo que la celda en que estaba se estremecía. El V. P. Juvenal Ancina se convirtió oyendo cantar el Dies Irae, porque al considerar el terror que tendrá el alma cuando vaya al juicio, resolvió apartarse del mundo; y así, en efecto, lo abandonó.

El enojo del Juez, nuncio será de eterna desventura (Pr., 16, 14); y hará padecer más a las almas que las mismas penas del infierno, dice San Bernardo.

Causa a veces el miedo sudor glacial en los criminales presentados ante los jueces de la tierra. Pisón, con traje de reo, comparece ante el Senado, y es tal su confusión y vergüenza, que allí mismo se da muerte. ¡Qué aflicción profunda siente un hijo o un buen vasallo cuando ve al padre o a su señor gravemente enojado!

¡Pues mucha mayor pena sentirá el alma cuando vea indignado a Jesucristo, a quien despreció! (Jn., 19, 37). Airado e implacable, se le presentará entonces este Cordero divino, que fue en el mundo tan paciente y amoroso, y el alma, sin esperanza, clamará a los montes que caigan sobre ella y la oculten al enojo de Dios (Ap., 6, 16).

Hablando del juicio, dice San Lucas (21, 27): "Entonces verán el Hijo del Hombre". Ver a su Juez en forma humana acrecentará el dolor de los pecadores, porque la presencia de aquel Hombre que murió por salvarlos les recordará vivamente la ingratitud con que le ofendieron.

Después de la gloriosa Ascensión del Señor, los ángeles dijeron a los discípulos (Hch., 1, 11): "Este Jesús, que ante vuestra vista ha subido a la gloria, así vendrá como le habéis visto ir al Cielo". Vendrá, pues, el Salvador a juzgarnos ostentando aquellas mismas sagradas llagas que tenía cuando dejó la tierra. "Grande gozo para los que le contemplen, temor grande para los que esperan", dice Ruperto. Esas benditas llagas consolarán a los justos e infundirán espanto a los pecadores.

Cuando José dijo a sus hermanos (Gn., 45, 3): Yo soy José, a quien vendisteis, quedaron ellos -dice la Escritura- mudos e inmóviles de terror. ¿Qué responderá el pecador a Jesucristo? ¿Podrá acaso pedirle misericordia cuando antes le habrá dado cuenta de lo mucho que despreció esa misma clemencia? (Qua fronte misericordiam petes, primum de misericordiae contemptu iudicandus? Eus. Emlss). ¿Qué hará, pues -dice San Agustín-, adonde huirá cuando vea al Juez enojado, debajo el infierno abierto, a un lado los pecados acusadores, al otro al demonio dispuesto a ejecutar la sentencia, y dentro de sí mismo la conciencia que remuerde y castiga?

Oración:

iOh, Jesús mío! Así quiero siempre llamaros, pues vuestro nombre me consuela y reanima, recordándome que fuisteis mi Salvador y que moristeis por redimirme.
A vuestras plantas me humillo, y reconozco que soy reo de tantos infiernos cuantas veces os ofendí con pecados mortales. No merezco perdón, ¡pero Vos habéis muerto para perdonarme! "Recordare, Jesu pie, quod sum causa tuae viae" ("recuerda, Jesús piadoso, que muriste por mi causa").
Perdóname, ¡oh Jesús!, ahora, antes que vengas a juzgarme. Entonces no me será dado pediros clemencia; ahora puedo implorarla y la espero. Entonces vuestras llagas me atemorizarán; ahora me infunden esperanza.
Amadísimo Redentor mío, me arrepiento sobre todo mal de haber injuriado a vuestra Bondad infinita. Propongo sufrir cualquier trabajo, cualquier tribulación, antes que perder vuestra gracia, porque os amo con todo mi corazón. Tened misericordia de mí. "Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam".
¡Oh María, Madre de misericordia y Abogada de pecadores!, alcanzadme gran dolor de mis culpas, el perdón de ellas y la perseverancia en el divino amor. Os amo, Reina mía, y en Vos confío.



Considera la acusación y examen: "Comenzó el juicio y los libros fueron abiertos" (Dn., 7, 10). Dos serán estos libros: el Evangelio y la conciencia. En aquél se leerá lo que el reo debió hacer; en ésta, lo que hizo. En el peso de la divina Justicia no entrarán las riquezas, dignidades y nobleza de los hombres, sino sus obras no más. "Has sido pesado en la balanza -dice Daniel (5, 27) al rey Baltasar-, y has sido hallado falto".

Es decir, según comentario del Padre Álvarez, que "no fueron puestos en el peso el oro y las riquezas, sino sólo el rey".

Llegarán luego los acusadores, y el demonio ante todos. "Estará el enemigo ante el tribunal de Cristo -dice San Agustín (San Aug., Cont. Iud.)-, y referirá las palabras de tu profesión". "Nos recordará cuanto hemos hecho, el día, la hora en que hemos pecado". Referir las palabras de nuestra profesión significa que presentará todas las promesas que hicimos, olvidadas y no cumplidas después, y aducirá nuestras culpas, designando los días y horas en que las hayamos cometido.

Luego dirá al Juez: "Señor, yo nada he padecido por este reo; pero él os dejó a Vos, que disteis la vida por salvarle, y se hizo esclavo mío. A mí me pertenece". Serán también acusadores los ángeles custodios, como dice Orígenes (Hom. 66), y "darán testimonio de los años en que procuraron la salvación del pecador, aunque éste despreció todas las inspiraciones y avisos". Entonces, "todos sus amigos le despreciarán" (Lm., 1, 2).

Hasta las paredes que vieron pecar al reo serán acusadoras (Hab., 2, 11); y acusadora será la misma conciencia (Ro., 2, 15-16). Los pecados -dice San Bernardo (Lib. Med., c. 2.)- clamarán diciendo: "Tú nos hiciste, tus obras somos, y no te abandonaremos".
Acusadoras, por último, serán, como escribe San Juan Crisóstomo (Hom. in Matth.), las llagas del Señor: "Los clavos se quejarán de tí; las cicatrices contra ti hablarán; la cruz de Cristo clamará en contra tuya".

Después se hará el examen. Dice el Señor (Sof., 1, 12): "Con la luz en la mano escudriñaré a Jerusalén". La luz de la lámpara penetra todos los rincones de la casa, escribe Mendoza. Y Cornelio a Lápide, comentando la palabra in lucernis del texto, dice que Dios presentará ante el reo los ejemplos de los Santos, todas las luces e inspiraciones que le dio, todos los años de vida que le concedió para que practicase el bien. Hasta de las miradas tendrás que dar cuenta, exclama San Anselmo.

Y así como se purifica y aquilata el oro separándole de la escoria, así se aquilatarán y examinarán las confesiones, comuniones y otras buenas obras (Mal., 3, 3). "Cuando tomare el tiempo, juzgaré las justicias" (Cum accepero tempus, ego iustitias iudicabo). En suma, dice San Pedro (1 P., 4, 18) que en el juicio apenas si el justo se salvará.

Si se ha de dar cuenta de toda palabra ociosa, ¿qué cuenta no se dará de tanto mal pensamiento consentido, de tantas palabras impuras? (Si de verbo otioso ratio poscitur, quid de verbo impuritatis?). Especialmente hablando de los escandalosos, que le roban innumerables almas, dice el Señor (Os., 13, 8): "Los asaltaré como la osa a quien han robado los cachorros". Y, finalmente, refiriéndose a las acciones del reo, dirá el Juez Supremo (Pr., 31, 31): "Dadle el fruto de sus manos", es decir, pagadle según sus obras.

Oración:

¡Ah, Jesús mió! Si quisieras pagarme ahora según las obras que he hecho, el infierno seria mi recompensa. ¡Cuántas veces, oh Dios, escribí mi propia condena a esa cárcel de tormentos! Inmensa es mi gratitud por la paciencia con que me habéis sufrido.
¡Oh Señor!, si ahora tuviese que presentarme a vuestro Tribunal, ¿qué cuenta daría de mi vida? Esperadme, Dios mío, un poco más, no me juzguéis aún (Sal. 142, 2). ¿Qué sería de mí si en este momento me juzgaseis? Aguardad, Señor, y ya que habéis usado conmigo de tanta clemencia, sed todavía tan misericordioso que me deis gran dolor de mis pecados.
Me arrepiento, ¡oh Bien Sumo!, de haberos menospreciado tantas veces, y os amo sobre todas las cosas. Eterno Padre, perdonadme por amor de Jesucristo, y por sus méritos concededme la santa perseverancia.
Jesús mío, todo lo espero del infinito valer de vuestra Sangre. María Santísima, en Vos confío. Eia, ergo, advócata nostra, illos tuos miserícordes óculos ad nos converte (ea pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos). Mirad mi gran miseria, y compadeceos de mí.



En suma: para que el alma consiga la salvación eterna, el juicio ha de patentizar que la vida de esa alma ha sido conforme a la vida de Cristo (Ro., 8, 29). Por este motivo temblaba Job, y exclamaba (31, 14): "¿Qué haré cuando Dios se levante a juzgar? Y cuando me preguntare, ¿qué le responderé?". Reprendiendo Felipe II a uno de sus servidores, que había tratado de engañarle, le dijo severamente no más que estas palabras: "¿Y así me engañáis?". Aquel infeliz se marchó a su casa y murió de pena.

¿Qué hará, pues, qué responderá el pecador a Jesucristo Juez? Hará lo que aquel hombre del que hablan los Evangelios (Mt., 22, 12), que acudió al banquete sin traje de boda. No supo qué contestar, y enmudeció. Las mismas culpas le cerrarán la boca (Sal. 106, 42). La vergüenza -dice San Basilio- dará al pecador mayor tormento que las mismas llamas infernales.

Por último, el Juez dictará la sentencia: "Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno". ¡ Oh! Cuán terriblemente resonará aquel trueno -dice Dionisio el Cartujo-. "Quien no tiembla por ese horrendo tronar -exclama San Anselmo-, no está dormido, sino muerto"; y San Eusebio añade que será tan inmenso el terror de los pecadores al oír su sentencia, que si no fueran ya inmortales, al punto morirían.

Entonces, como escribe Santo Tomás de Villanueva, ya no será tiempo de suplicar, ya no habrá intercesores a quienes recurrir. ¿Y a quién acudirán? ¿Tal vez a su Dios, que despreciaron? (S. Basil. 4 de poenit.). ¿Tal vez a los Santos, a la Virgen María? ¡Ah, no! Porque entonces las estrellas (que son los santos abogados) caerán del Cielo, y la luna (que es María Santísima) no alumbrará (Mt., 24, 29). "María -dice San Agustín (Serm. 3 ad fratres.)- huirá de las puertas de la gloria".

"¡Oh Dios! -exclama el ya citado Santo Tomás de Villanueva-, con qué indiferencia oímos hablar del juicio, como si no pudiésemos merecer la sentencia de condenación, o como si no hubiéramos de ser juzgados. ¡Qué locura estar tranquilos en medio de tal riesgo!" No digas, hermano mío -nos advierte San Agustín-: ¡Ah! ¿Querrá Dios enviarme al infierno? No lo digas jamás.

Tampoco los hebreos querían convencerse de que serían exterminados, y muchos réprobos blasonaban de que no recibirían las penas eternas. Pero al fin llegó el castigo: "El fin llega, llega el fin...; ahora enviaré mi furor sobre ti, y te juzgaré" (Ez., 7, 6-8).

Pues eso mismo te acontecerá a ti. "Llegará el día del juicio y verás lo ciertas que son las amenazas de Dios".

Ahora todavía nos es dado a nosotros escoger la sentencia que prefiramos. Y para ello debemos ajustar nuestras cuentas del alma antes que llegue el juicio (Ecl., 18, 19), porque, como dice San Buenaventura, los negociantes prudentes, para no errar, revisan y ajustan sus cuentas a menudo: "Antes del juicio podemos aplacar al Juez; mas en el juicio, no".

Digamos, pues, al Señor lo que San Bernardo decía: "Quiero presentarme a Vos juzgado ya y no por juzgar". Quiero, ¡oh Juez de mi alma!, que en esta vida me juzguéis y castiguéis, que ahora es tiempo de misericordia y de perdón; después de la muerte sólo será tiempo de justicia.

Oración:

Si ahora, Dios mío, no aplaco vuestro enojo, luego no será posible aplacaros. Mas ¿cómo lo conseguiré, habiendo tantas veces despreciado vuestra amistad por viles y míseros placeres? Con ingratitud pagué vuestro inmenso amor. ¿Qué satisfacción meritoria puede ofrecer la criatura por las ofensas que hizo a su Creador?
¡Ah, Señor mío! ¿Cómo daros dignamente gracias por esa vuestra misericordia, que me dispuso medios infalibles de satisfaceros y aplacaros? Os ofrezco la Sangre y la muerte de Jesucristo, vuestro Hijo, y queda aplacada y superabundantemente satisfecha vuestra justicia. Necesario es, además, mi arrepentimiento.
Sí, Dios mío; me arrepiento de todo corazón de cuantas ofensas os hice. Juzgadme ahora, Redentor mío. Detesto mis culpas sobre todo mal, y os amo sobre todas las cosas con toda mi alma; propongo amaros siempre, y preferir la muerte a ofenderos otra vez. Habéis prometido perdonar al que se arrepiente. Juzgadme, pues, ahora, y perdonadme mis pecados. Acepto la pena que merezco; pero volvedme vuestra gracia, y conservadla en mí hasta la muerte.
¡Oh María Carmelitana, Madre nuestra! Gracias por tantos dones como para mí habéis alcanzado de la divina clemencia. Seguid protegiéndome hasta el fin de mi vida.
Amén.


San Alfonso María de Ligorio | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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