Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

26.5.17

Sobre el pensamiento de la muerte


Cum appropinquaret portae civitatis, ecce dejunctus efferebatur filius unicus matris suae: et haec vidua erat.
(Al acercarse Jesús a las puertas de la ciudad (de Naim), vio que llevaban a enterrar al hijo único de una mujer que era viuda).
San Lucas, VII,12.


Nada tan eficaz, hermanos míos, para quitarnos la afición a esta vida y a los placeres del mundo, y para llevarnos a pensar seriamente en aquel momento terrible que debe decidir nuestra eternidad, como la vista de un cadáver que llevan a enterrar. Por esto la Iglesia, siempre atenta y ocupada en proporcionarnos los medios más adecuados para inducirnos a trabajar por nuestra salvación, nos evoca, tres veces al año, el recuerdo de los muertos que Jesucristo resucitó (en la domínica XXIIIa después de Pentecostés, leemos en el Evangelio de la Misa la resurrección de la hija de Jairo; el jueves de la IVa semana de Cuaresma y la domínica XVa después de Pentecostés, la del hijo de la viuda de Naim, y el viernes de la IVa semana de Cuaresma, la resurrección de Lázaro.); a fin de forzarnos, en alguna manera, a preparar tan temible viaje. En un pasaje del Evangelio, nos presenta a una niña de doce años solamente, o sea de aquella edad en que apenas se ha comenzado a gozar de placer alguno.

Con todo y ser hija única, muy rica, y amada con ternura por sus padres, a pesar de todo esto, la muerte la hiere y la arrebata del mundo de los vivientes. En otro pasaje, vemos a un joven de unos veinticinco años, en la flor de su edad, el cual constituía el mayor y casi único apoyo y el solo consuelo de una madre viuda; sin embargo, ni las lágrimas ni la ternura de aquella madre desolada pueden impedir que la muerte, esa implacable muerte, haga presa en aquella naturaleza joven. En otra parte del Evangelio, hallamos a otro joven, a Lázaro. Este joven hacía las veces de padre respecto a sus dos hermanas, Marta y Magdalena, bien parece que la muerte debiera haberlo tenido en consideración; mas no, la muerte cruel siega aquella vida, y condena sus despojos a la sepultura para ser allí pasto de gusanos. Fue necesario que Jesús obrase tres milagros para devolverlos a los tres a la vida. Abramos los ojos, H. M., y contemplemos por un momento ese conmovedor espectáculo, el cual nos demostrará en forma irrebatible la fragilidad de nuestra vida, y la necesidad de despegarnos de ella, antes que la inexorable muerte nos arranque a pesar nuestro del mundo. "Joven o viejo, decía el santo rey David, pensaré con frecuencia que he de morir, y me prepararé a ello con tiempo". A fin de animaros a hacer lo mismo, voy ahora a mostraros cuán necesario nos sea el pensamiento de la muerte para desengañarnos de la vida y para aficionarnos a solo Dios.




Vemos, H. M., que, a pesar del deplorable grado de impiedad e incredulidad a que han llegado los hombres de este desgraciado siglo en que vivimos, no se han atrevido aún a negar la certeza de la muerte; limítanse a dirigir todos sus esfuerzos a desterrar su pensamiento, cual si se tratase de un vecino que podría inquietarlos en sus placeres y turbarlos en sus desórdenes. Pero vemos también en el Evangelio que Nuestro Señor Jesucristo quiere que nunca perdamos de vista la consideración de la salida de este mundo para la eternidad ("videte, vigitate, et orate: nescitis quando tempus sit". (Marcos, XIII,33)). Para darnos claramente a entender que podemos morir en todas edades, vemos que no resucita ni a tiernos niños, insensibles aún a los goces de la vida, ni a ancianos decrépitos, quienes, a pesar de su afición a la tierra, han de pensar ya que no tardará mucho en llegar la hora de su partida. Solo resucita a los que se hallan en aquellas edades en que más fácilmente olvidamos este saludable pensamiento: a saber, desde los doce hasta los cuarenta años. En efecto, pasados los cuarenta años, parece que la muerte nos persigue rápidamente; cada día experimentamos alguna pérdida que es presagio de nuestra pronta salida del mundo; cada día vemos disminuir nuestras fuerzas, encanecerse los cabellos, volverse calva la cabeza, caerse los dientes, debilitarse la voz todo esto nos dice adiós para siempre, y nos es forzoso reconocer que no somos ya lo que en otro tiempo. No, H. M., nadie se atreve a dudar de todo esto. Sí, H. M., es cierto que llegará un día en que ya no perteneceremos al mundo de los vivos, y en que nadie pensará en nosotros, cual si nunca hubiésemos existido. Aquí tenéis a aquella joven mundana que tanto se esforzó en ataviarse para llamar la atención del mundo: vedla ahora convertida en un puñado de polvo, hollada bajo los pies de los viandantes. Aquí tenéis a aquel orgulloso que tan pagado estaba de su talento, de sus riquezas, de su crédito y de su oficio: vedlo metido en una estrecha sepultura, convertido en comida de gusanos, y echado al olvido hasta el fin del inundo; es decir, hasta el día de la resurrección general en que le volveremos a ver con todo el bagaje de las obras por él realizadas durante su desgraciada vida.

Mas, tal vez me preguntaréis, ¿qué viene a ser ese momento de la muerte, en el cual debemos siempre pensar y que por sí solo es capaz de convertirnos? -Es un instante, H. M., que, no siendo de duración muy perceptible, nos es poco conocido, y, sin embargo, él es el que determina nuestro paso de este mundo a la eternidad. Momento espantoso en sí mismo, H. M., en el que todo cuanto hay en el mundo muere para el hombre, y el hombre muere para todo cuanto le pertenece aquí en la tierra. Momento terrible, H. M., en el que nuestra alma, a pesar de su unión íntima con el cuerpo, se ve separada de su compañía por la violencia de la enfermedad; después del cual el hombre, despojado ya de todo, deja solamente a la vista del mundo una imagen asquerosa de sí mismo, con los ojos sin expresión, la boca muda, las manos yertas, los pies sin movimiento, el rostro desfigurado, y un cuerpo que presto comienza a corromperse y que ya no es más que objeto de horror. Momento implacable, H. M., en el que los más poderosos y ricos pierden todas sus riquezas, toda su gloria, y sólo les queda por herencia la ceniza de los sepulcros. Momento altamente humillante, H. M., en el que lo más grande queda confundido con lo más miserable de la tierra. Se acabaron los honores y las distinciones, todos quedan a un mismo nivel. Pero momento, H. M., mil veces aún más terrible por sus consecuencias que por su misma realidad presente, pues las pérdidas que en él nos sobrevienen son irreparables. "El hombre, nos dice el Espíritu Santo hablando del moribundo, irá a la mansión de su eternidad" ("quoniam ibit homo in domum aeternitatis suae". (Eccles., XII,5)).

Momento breve, es cierto, H. M., pero decisivo, después del cual ni el pecador puede esperar ya misericordia, ni el justo adquirir nuevos méritos. Instante cuyo solo pensamiento ha llenado los monasterios de grandezas mundanas que abandonaron el siglo para no pensar más que en aquel terrible tránsito de este mundo al otro. Momento, H. M., cuyo solo pensamiento ha poblado los desiertos de santos, entregados continuamente a todos aquellos rigores y penitencias que su amor a Dios supo inspirarles. Momento terrible, aunque breve, H. M., el cual, sin embargo, lo decide todo por una eternidad.

Y siendo esto así, H. M., ¿cómo es posible que dejemos de pensar en él, o le dediquemos una atención tau secundaria y débil? ¡Ay! H. M., ¡cuántas almas están ahora ardiendo por haber desechado ese saludable pensamiento! Olvidemos, H. M., olvidemos un poco el mundo, sus riquezas y sus placeres, para ocuparnos en aquel terrible momento. Imitemos, H. M., a los santos, que hacían de ello su principal ocupación; dejemos perecer lo que con el tiempo perece, y cuidemos de lo que es permanente y eterno. Sí, H. M., nada tan eficaz como el pensamiento de la muerte para hacernos abandonar la vida de pecado, para hacer temblar a los reyes en sus tronos, a los jueces y a los libertinos en medio de sus placeres. Os recordaré un ejemplo, H. M., que os mostrará cómo nada resiste a este pensamiento cuando se medita seriamente. Nos refiere San Gregorio que había un joven, por cuya alma se interesaba mucho, el cual estaba ardientemente apasionado por una joven, hasta el punto de que, al morir ésta, quedó poseído de una tristeza tal que nada era capaz de consolarle. El Papa San Gregorio, después de muchas oraciones y penitencias, fuése al encuentro del joven aquel y le dijo: "Amigo mío, sígueme, y podrás ver aún a aquella que te hace exhalar tantos suspiros y derramar tantas lágrimas". Y tomándole de la mano, le condujo ante la sepultura de la joven. Allí hizo levantar la tapa que cerraba la tumba, y aquel joven, al ver un cuerpo tan horrible, tan hediondo, lleno de gusanos, es decir, que otra cosa no era ya sino una masa corrupta, retrocedió lleno de horror. "No, no, amigo mío, le dijo San Gregorio, acércate, y fija por un momento tu atención en ese espectáculo que la muerte te ofrece. Mira, amigo mío, contempla lo que ha sido de aquella hermosura deleznable a la cual tan aficionado estabas. ¿No ves ese cráneo descarnado, esos ojos sin vida, esa osamenta lívida, esa amalgama horrible de cenizas, de podredumbre y de gusanos? He aquí, amigo mío, el objeto de tu pasión, por el cual tantos suspiros has exhalado, sacrificando tu alma, tu salvación, tu Dios y tu eternidad". Aquellas conmovedoras palabras, aquel triste espectáculo causaron una tan viva impresión en el corazón del joven, que, reconociendo desde entonces la nada de este mundo y la fragilidad de toda belleza perecedera, renunció al momento a las vanidades terrenas, no pensó ya en otra cosa que en morir bien, y a este fin huyó del mundo para ir a pasar su vida en un monasterio y llorar, por el resto de sus días, los extravíos de su juventud, y al fin morir como un santo. ¡Qué dicha, H. M., la de aquel joven! Imitémosle, H. M., puesto que nada es tan eficaz para desarraigarnos de esta vida y determinarnos a dejar el pecado como este feliz pensamiento de la muerte.

¡Ah! H. M., ¡cuán distintos son los pensamientos que nos vienen a la hora de la muerte de los que nos ocurren durante la vida! Ved aquí un ejemplo. Refiérese en la historia, que había una dama adornada de todas aquellas cualidades que tanto agradan al mundo, a cuyos placeres era ella muy aficionada. ¡Mas, ay! H. M., esto no impidió que, como los demás, llegase a sus postreros momentos, por cierto, mucho antes de lo que ella deseara. Al principio de su enfermedad le ocultaron el peligro en que se hallaba, cosa que se acostumbra en la mayoría de los casos. No obstante, el mal iba progresando cada día y fué necesario advertirle que había llegado la hora de prepararse para la eternidad. Entonces tuvo que hacer aquello que nunca había hecho, y hubo de pensar en lo que jamás había pensado; de todo lo cual quedó en extremo atemorizada. "No creo, decía ella a los que le dieron tan saludable advertencia, que mi enfermedad sea tan peligrosa, aun me queda tiempo"; mas volvieron a conminarla diciéndole que el médico la creía en peligro. Púsose a llorar, lamentando tener que dejar la vida en una edad en que aún podía disfrutar de muchos placeres. Pero, a pesar de su llanto, le hicieron presente que en este mundo no había nadie inmortal, y que, si escapaba de aquella enfermedad, más tarde vendría otra y se la llevaría de este mundo; que lo que debía hacer, pues, era poner en orden su conciencia, a fin de poder comparecer confiadamente ante el tribunal de Dios. Poco a poco fue entrando en sí misma, y, como no le faltaba instrucción, pronto quedó convencida de lo que le decían; comenzó a derramar lágrimas por sus pecados; pidió un confesor, para declararle sus culpas, las cuales no quisiera haber jamás cometido. Ofreció ella misma el sacrificio de su vida; confesó sus culpas con gran dolor y abundancia de lágrimas; rogó a sus compañeras o amigas que fuesen a visitarla antes no saliese de este mundo, lo cual se apresuraron ellas a cumplir. Una vez las tuvo alrededor de su cama, díjoles llorando: "Ya veis, estimadas amigas, en qué estado me hallo; he de comparecer ante Jesucristo para darle cuenta de todos los actos de mi vida; no ignoráis cuán mal he servido a Dios, y, por lo tanto, cuánto tengo ahora que temer; sin embargo, voy a abandonarme en brazos de su misericordia. El gran consejo que quiero daros en esta hora, mis buenas amigas, es de que, si queréis convertiros de veras, no esperéis a aquel momento en que ya nada se puede, y en que, a pesar de las lágrimas y del arrepentimiento, se corre gran peligro de perderse por toda una eternidad. Al veros hoy por última vez, os conjuro a que no perdáis ni un momento del tiempo que Dios os concede, y que tanta falta me está haciendo ahora a mí. Adiós, amigas mías, voy a partir para la eternidad; no me olvidéis en vuestras oraciones, a fin de que, si tengo la dicha de ser perdonada, podáis ayudarme a salir del purgatorio". Aquellas compañeras de la moribunda, que ciertamente no aguardaban un tal discurso, se retiraron derramando lágrimas y animadas de un gran deseo de prepararse para aquel momento en que tanto atormenta el pesar de haber perdido un tiempo tan precioso.

¡Oh! H. M., ¡cuán dichosos, si el pensamiento de la muerte y la presencia de un cadáver nos causasen la misma impresión y obrasen en nosotros idéntica transformación! Y no obstante, al igual que aquellas personas que se convirtieron viendo la muerte de aquella joven, tenemos nosotros también un alma por salvar; y tenernos también a nuestra disposición las mismas gracias, si queremos aprovecharnos de ellas. ¡Ay, Dios mío!, ¿por qué aficionarnos tan perdidamente a la vida, cuando sabemos que participamos de ella sólo un instante, pasado el cual deberemos dejarlo todo, para no llevarnos otra cosa que el bien o el mal que hayamos hecho?... ¿Por qué, H. M., unirnos tan débilmente a Dios, cuando El hasta en este mundo constituye toda nuestra felicidad, para continuarla después eternamente? ¿Cómo podríamos aficionamos a los bienes y placeres de este mundo, si tuviésemos fuertemente grabadas en el corazón estas palabras: "Venimos al mundo desnudos, y salimos de la misma manera"?. Sin embargo, sabemos, y lo vemos todos los días, que el más rico no se lleva de aquí más que el más pobre. El gran Saladino, aquel sultán que por la magnitud de sus victorias hiciera temblar el universo entero, hubo de reconocerlo así antes de morir. Al ver llegada su última hora, reconociendo mejor que nunca el vacío de las grandezas humanas, ordenó al que acostumbraba a precederle llevando su estandarte, que tomase un pedazo de tela de la que estaba preparada para amortajarle, la colocase en la punta de una pica y recorriese las calles de la ciudad, gritando lo más alto posible: "Ved todo lo que el gran Saladillo, vencedor del Oriente y señor del Occidente, se lleva de entre todos sus tesoros y victorias: un sudario". ¡Oh, Dios mío!, cuán prudentes seríamos si este pensamiento de la muerte no nos abandonase jamás.

En efecto, H. M., si el avaro, en los momentos en que no repara en injusticias ni engaños para atesorar riquezas, pensase que pronto lo habrá de dejar todo, ¿podría aficionarse tan fuertemente a los objetos que han de labrar su perdición eterna? Mas no, H. M., al ver nuestra manera de vivir, creeríase que nunca debemos dejar este mundo. ¡Ay! ¡Cuánto es de temer que, si nos obstinamos en vivir en la ceguera, muramos también del mismo modo! Oíd un espantoso ejemplo de lo que os digo.

Leemos en la historia que el cardenal Belarmino, de la Compañía de Jesús, fué llamado a la cabecera de un enfermo que había sido procurador, y que, durante su vida, había por desgracia preferido el dinero a la salvación del alma. Creyendo que le llamaba sólo para arreglar los asuntos de su conciencia, se apresuró a complacerle. Al entrar, comenzó a hablarle del estado de su alma; mas pronto el enfermo le atajó diciendo: "Padre, no os he llamado por esto, sino solamente para consolar a mi mujer que está desolada al ver mi muerte inminente; por lo que a mí se refiere, voy derecho al infierno". Refiere el Cardenal que estaba tan ciego y endurecido aquel hombre, que pronunció aquellas palabras con la misma tranquilidad y frescura que si hubiese anunciado que se iba a pasar un buen rato con sus amigos. "Hijo mío -le dijo el Cardenal, profundamente apenado al ver que aquella alma iba realmente a bajar al infierno-, tened a bien pedir a Dios perdón de vuestros pecados, confesaos, y el Señor os perdonará". Aquel miserable le dijo que no había por qué perder el tiempo, pues no recordaba sus pecados ni quería recordarlos; tiempo tendría de conocerlos y recordarlos en el infierno. En vano el cardenal le suplicó, le pidió encarecidamente que no quisiese perderse por toda una eternidad, cuando estaban aún en su mano los medios de ganar el cielo; en vano le prometió que le ayudaría a satisfacer a la divina justicia, añadiendo que tenía la certeza de que Dios se apiadaría aún de él. Nada fué bastante a moverle, y murió sin dar señal alguna de arrepentimiento.


¡Ay! H. M., quien durante su vida no piensa en la muerte, pónese en gran peligro de no pensar jamás en ella, o bien de no querer reparar el mal sino citando no haya ya remedio. ¡Oh, Dios mío! ¡Cuántos pecados evitan en su vida, y de cuántos pesares se libran en la eternidad, aquellos que nunca pierden dé vista el pensamiento de la muerte! Refiere el mismo Cardenal que, yendo a visitar a un amigo suyo enfermo, víctima de sus desórdenes, quiso exhortarle a que se arrepintiese y confesase sus culpas, o a lo menos a que hiciese un acto de contrición. Mas el enfermo le contestó: "Padre mío, ¿qué es eso de un acto de contrición? Nunca he oído hablar de tal cosa". En vano el Cardenal se esforzó en darle a entender que era un pesar de haber pecado, para que Dios nos perdone. -"Padre, dejadme, me estáis inquietando, dejadme tranquilo". Y murió sin querer formular un acto de contrición, sumido en su endurecimiento y en su ceguera. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué desgracia la de una persona que ha perdido la fe! ¡Ay! ¡No le queda ya recurso alguno! ¡Ah! H. M., cuán cierto es aquello de: "Tal la vida, tal la muerte". ¡Ay! H. M., si aquel borracho reflexionase un poco sobre ese momento de la muerte, el cual debe dar fin a todas sus disoluciones y desórdenes; momento en que su cuerpo será entregado a los gusanos, mientras su pobre alma irá a abrasarse en el infierno; ¡Ah! H. M., ¿tendría valor para continuar en sus excesos? Pero, no, cuando se lo hacen presente, ríese de ello; no piensa en otra cosa que en divertirse, en dar satisfacción a su cuerpo, como si todo debiese acabar con él, dice el profeta Isaías.

¡Ah! H. M., el demonio pone gran cuidado en hacernos perder tal recuerdo, pues mejor que nosotros sabe cuán saludable sea para librarnos del pecado y conducirnos a Dios. Los santos, que tan a pechos tomaban la salvación de su alma, cuidaban de no perder jamás de vista dicho pensamiento. San Guillermo, arzobispo de Bourges, siempre que le era posible asistía a los entierros, a fin de penetrarse bien del pensamiento de la muerte. Y en su interior ponderaba cuán miserables somos al aficionarnos a una vida tan desdichada y llena de tales peligros que pueden perdernos por toda tina eternidad. Hubo otro que permaneció en un bosque durante un año, para tener allí ocasión de prepararse a bien morir; "puesto que, decía, al llegar la hora aquella, no es ya tiempo a propósito". No hay duda que a dichos santos no les faltaba razón, H. M., puesto que todo depende de aquella hora, y no es raro el caso en que, esperando a pensar en la muerte cuando ella venga a herirnos, nuestros buenos deseos resultan ya inútiles.

¡Oh! ¡Cuán poderoso es el pensamiento de la muerte para librarnos del pecado e inducirnos al bien! ¡Ay! H. M., si aquel desgraciado que se está revolcando en el fango de la impureza, pensase seriamente en la hora de la muerte, en que su cuerpo, al que procura satisfacer con tanto cuidado, será entregado a la tierra para pudrirse allí, ¡ah!, por poco que reflexionase sobre aquellos huesos secos y áridos amontonados en el cementerio; por poco que se tomase la molestia de detenerse ante los sepulcros, para contemplar allí aquellos cadáveres hediondos y corrompidos, aquellos cráneos medio roídos por los gusanos, ¿no se sentiría conmovido ante tal espectáculo? ¿Acaso podría pensar en otra cosa que en llorar sus pecados y su ceguera, si considerase el remordimiento que tendrá a la hora de la muerte por haber profanado un cuerpo que es "templo del Espíritu Santo, y cuyos miembros son miembros de Jesucristo"? ¿Queréis saber, H. M., el desastroso fin del impúdico que no ha querido hacer memoria de la muerte durante su vida? Refiere San Pedro Damián que cierto inglés, para lograr los medios encaminados a satisfacer su vergonzosa pasión, se entregó al demonio, con la condición de que tres días antes de morir se lo advertiría, contando que así le iba a quedar tiempo para convertirse. ¡Ay! ¡Cuán ciego es el hombre una vez engolfado en la culpa! Así pues, cuando se hubo arrastrado, revolcado y sumido en el cenagal de sus impurezas, llegó la hora de su partida de este mundo. El demonio, con ser tan mentiroso, cumplió su palabra. Mas el inglés quedó muy engañado en su cuenta, pues sucedió que, con suma admiración y espanto de cuantos lo presenciaron, apenas se le hablaba de su salvación, quedaba como dormido, y no daba respuesta alguna; mas, si se hablaba de negocios temporales, daba muestras de un pleno conocimiento; de manera que murió en medio de sus impurezas, tal como había vivido. Para darnos a entender su reprobación, permitió Dios que apareciesen en la cabecera de su cama unos grandes perros negros, en actitud de arrojarse sobre su presa; los cuales fueron también vistos sobre el sepulcro de aquel desgraciado, como si guardasen tan abominable depósito. ¡Ay! H. M., ¡cuántos ejemplos tan espantosos como éste podría yo citaros!...

Decidme, si aquel ambicioso pensase seriamente en la hora de la muerte, aquella hora que tan claramente le hará conocer la nada de las glorias humanas, ¿podría sustraerse a considerar el destino que le espera, cuando, sepultado en la tierra y hollado bajo las plantas de los viandantes, no le quede otro signo de su grandeza que esas pocas palabras: "Aquí descansa fulano"? ¡Oh, Dios mío! ¡Cuán ciego es el hombre! Leemos en la historia que hubo un cierto hombre el cual durante su vida entera anduvo totalmente distraído respecto al negocio de su salvación, pensando solamente en divertirse y en atesorar riquezas. Cuando halló próximo a morir, hubo de reconocer su ceguera al no haber jamás procurado prepararse para una buena muerte. Entonces encargó que se pusiese en su sepulcro la siguiente inscripción: "Aquí descansa un insensato, que salió de este mundo sin saber por qué le había puesto Dios en él". Sí, H. M., si esos pecadores que desprecian las gracias que Dios les concede para romper con el pecado, pensasen que, llegada la hora de salir de este mundo, aquellas gracias les serán ya denegadas y que Dios, de quien huyeron, huirá a su vez de ellos y los dejará morir en medio de sus pecados, decidme, ¿tendrían ahora valor para despreciar tantas y tantas gracias como Dios les ofrece para salvar su pobre alma?


¡Ah! H. M., ¡cuántos pecados dejaríamos de cometer si pensásemos con frecuencia en la muerte! Por esta razón el Espíritu Santo nos recomienda con insistencia que no olvidemos nunca nuestras postrimerías como medio de no pecar jamás ("memorare novissima tua, et in aeternum non peccabis. (Eccli., VII,40)). Tal pensamiento fué el que determinó la conversión de San Francisco de Borja. Cuando vivía aún en el mundo, hailóse en la corte de España a la sazón de la muerte de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V. Debiendo ser el cadáver enterrado en el sepulcro de sus antecesores, que estaba en Granada, se encomendó a Francisco de Borja la custodia y conducción de los despojos de la emperatriz hasta dicha ciudad. Al llegar a Granada, en cumplimiento del ceremonial, abrieron el ataúd que encerraba el cadáver. Francisco de Borja debía certificar ser aquél el mismo cuerpo que, a la salida se había colocado en el ataúd. Aquel rostro, que tan bello era en vida, apareció negro y medio corrompido; los ojos estaban hundidos en sus órbitas; el cuerpo despedía un hedor insoportable. Entonces dijo Francisco: "Sí, juro que éste es el cuerpo que fué depositado en el ataúd, y que es el de la princesa; mas ahora está desconocido para mí". Desde entonces, comenzó a reflexionar sobre la insignificancia y la nada de las humanas grandezas; y formó el propósito de dejar el mundo para pensar solamente en la salvación del alma. "¡Ah!, decía, ¿qué ha sido de la belleza de esta mujer, que era la más hermosa criatura del mundo? ¡Oh Dios mío! ¡Cuán ciego es el hombre, al perder su alma para aficionarse a viles criaturas!" ¡Pensamiento feliz, H. M., el cual valió el cielo a aquel cortesano!

¿Por qué, H. M., nos olvidamos de esa muerte, cuando su pensamiento nos tendría siempre dispuestos a bien morir? ¡Ay! Nadie quiere pensar en ella, la gente se muere sin pensar en la muerte, mirámosla siempre como cosa lejana. El demonio no nos dice como a nuestros primeros padres: "No moriréis"; pues sería una tentación demasiado burda, y con ella a nadie engañaría, pero nos dice "no moriréis todavía"; y, con esta idea, dilatamos nuestra conversión para la última enfermedad, cuando no estaremos ya en disposición de hacer nada bueno. Por esto, H. M., la muerte ha sorprendido a tantos, y sorprenderá a otros muchos antes que el mundo no acabe. Es, sin embargo, este pensamiento de la muerte lo que ha sacado a muchos del pecado; escuchad un conmovedor ejemplo de ello. Refiérese en la historia que hubo un joven y una joven que mantuvieron relaciones infames. Aconteció que, pasando aquel joven por un bosque, fué asesinado por unos malhechores. Un perro de su pertenencia, que le seguía, al ver muerto a su amo, corrió al encuentro de aquella desgraciada joven que con él tenía relaciones, y, tomando con la boca el extremo de su delantal, tiraba de él como indicando que le siguiese. Admirada de aquella insistencia, siguió al perrito, el cual la condujo hasta el lugar donde yacía su mancebo, y se detuvo junto a un montón de hojarasca. Removiendo la joven el montón, vio que yacía allí ensangrentado y destrozado el cadáver del joven: los ladrones le habían apuñalado. Entrando entonces en sí misma, rompió a llorar, diciéndose: "iAh!, desgraciada, si esto te hubiese ocurrido a ti, ¿dónde estarías a estas horas? ¡Ay! Arderías ya en el infierno. ¡Tal vez este joven está ahora ardiendo en los abismos por tu culpa!... ¡Ah! desgraciada, ¿cómo has podido llevar una vida tan criminal? ¡Ah! ¡En qué estado se halla tu pobre alma!... ¡Dios mío! ¡Os doy gracias por no haberme destinado a servir de ejemplo a los demás!". Aquella joven abandonó el mundo, para sepultarse por el resto de su vida en un monasterio, donde murió como una santa. ¡Ah! H. M., ¡cuántos pecadores se han convertido ante ejemplos tales! ¡Oh, Dios mío! ¡Cuán duros e insensibles han de ser nuestros corazones para no conmoverse por nada, y vivir en el pecado, tal vez sin pensar en salir nunca de él!

¡Ay! H. M., mucho hemos de temer que, cuando queramos volver a Dios, no nos sea ya posible hacerlo; el Señor, en castigo de nuestros pecados, nos habrá abandonado. Voy a mostraron esto con un ejemplo. Leemos en la historia el caso de un hombre que por mucho tiempo vivió en el desorden. Después de haberse convertido, recayó nuevamente en sus anteriores pecados. Sus amigos, que lamentaban de veras su extravío, hicieron todo lo posible para volverle a Dios; cada día prometía él complacerles, mas nunca lo cumplía. Anunciáronle que se celebraban Santos Ejercicios en una parroquia vecina, que se preparase para asistir a ellos, pues irían a buscarle para acompañarle allí. El otro, que desde hacía mucho tiempo se burlaba de Dios y de los consejos de sus amigos, les respondió riendo que asistiría, que no tenían más que ir a buscarle por la mañana del día en que los Ejercicios comenzasen, y partirían juntos. Sus amigos no dejaron de acudir, confiando volverle a Dios; mas, al entrar, le hallaron tendido en medio de su casa: había fallecido aquella noche, de muerte repentina, sin haber tenido tiempo de confesarse ni de dar el menor signo de arrepentimiento. ¡Ay! H. M., ¿dónde fué a parar aquella alma miserable, que tanto había despreciado las gracias que Dios le ofreciera?

Hemos dicho que es muy útil pensar a menudo en la muerte: 1º, para con ello evitar el pecado, y expiar los que hemos tenido la desgracia de cometer, y 2.° para desprendemos de la afición a esta vida. Nos dice San Agustín que no debemos pensar sólo en la muerte de los mártires, para quienes, en virtud de una gracia admirable, la pena del pecado se convierte en instrumento de mérito, sino que hemos de pensar en la muerte de todos los hombres. Este pensamiento de la muerte sería para nosotros uno de los más eficaces medios de salvación, y uno de los más decisivos remedios para nuestros males, si supiésemos sacar el provecho que la divina misericordia tiene a bien procurarnos, junto con el castigo que su justicia exige de nosotros. Si estamos castigados a morir es porque hemos pecado; pero, para no volver a pecar, según nos dice el Espíritu Santo, nos bastaría pensar seriamente en la muerte ("per unum hominem peccatum in hunc mundum intravit, et pet peccatum mors". (Rom., V, 12)).


Decimos, H. M., que el pensamiento de la muerte produce en nosotros tres efectos: 1.° nos induce a desprendernos del mundo; 2º, modera nuestras pasiones; 3.° nos anima a llevar una vida más santa. Si el mundo llega a engañarnos por algún tiempo, no durará ello mucho, pues es muy cierto que todas sus cosas poca fuerza tienen ante el pensamiento de la muerte. Si consideramos que dentro breves momentos nos habremos despedido ya de la vida ¡para no recobrarla jamás!... Quien tiene siempre a la muerte presente en su espíritu, no puede dejar de considerarse como un viajero sobre la tierra, en la que está sólo de paso, y abandona sin pesar alguno cuanto halla en el camino, pues se dirige hacia otro término y camina hacia otra patria. Tales fueron las disposiciones de San Jerónimo: viendo este santo que después de muerto no podría ya animar a sus discípulos con los ejemplos de secretas virtudes, quiso, al morir, dejarles estas santas instrucciones: "Hijos míos, les dijo, si queréis, como yo, no tener remordimiento ni tristeza en la hora de la muerte, acostumbraos a deshaceros de todo en vida. ¿Queréis, además, no abrigar temor alguno en aquel terrible momento? No os aficionéis a nada de lo que tendréis que dejar. Cuando uno se ha desengañado totalmente del mundo y de sus ilusiones, cuando se han despreciado sus bienes, sus falsas dulzuras y sus locas promesas; cuando no se cifra la felicidad en el goce de las criaturas, ninguna pena causa tener que separarse de ellas y dejarlas para siempre". ¡Oh dichoso estado, exclamaba aquel gran Santo, el del hombre, que, lleno de una justa confianza en Dios, no se halla retenido por afición alguna al mundo ni a los bienes de la tierra! Estas son las disposiciones, H. M., a que nos conduce el pensamiento de la muerte.

El segundo efecto que en nosotros produce el pensamiento de la muerte, es moderar nuestras pasiones. Sí, H. M., al sentirnos tentados, no tenemos más que pensar al momento en la muerte, y pronto sentiremos decaer la pasión: ésta era la práctica de los santos. Nos dice San Pablo que moría todos los días. Nuestro Señor Jesucristo, mientras estaba en la tierra, hablaba con frecuencia de su pasión. Santa María Egipcíaca, al sentirse tentada, pensaba al momento en la muerte, en seguida cesaba la tentación. San Jerónimo procuraba tanto no perder ese pensamiento como procuraba no perder la respiración. Refiérese en la "Vida de los Padres del desierto" que un solitario que había pasado buena parte de sus años en medio del gran mundo, al ser tocado de la gracia fué a sepultarse en un desierto. El demonio no dejó de recordarle aquella joven por la cual había sentido un amor criminal. Momentos antes de que ella muriese, Dios lo dio a conocer al joven aquel; el cual dejó al momento su soledad, y fué a verla: estaba ya a punto de ser depositada en la tierra; acercóse al ataúd, descubrióle el rostro y tomó con el pañuelo una postema que por la boca le salía. Hecho esto regresó a su soledad y, en cuanto se sentía tentado, tomaba aquel pañuelo y representándose en su memoria la hediondez de aquella criatura, decíase a sí mismo: "Insensato, he aquí el dulce favor del objeto que tanto amaste en daño de tu alma; si ahora no puedes sufrir el hedor procedente del cuerpo de aquella criatura, ¡cuál no fué tu locura al amarla en vida, en daño de tu salvación; pero cuánta tu ceguera si aun pensases en ella después de muerta!". Dice San Agustín que, cuando se sentía violentamente inducido al mal, la sola cosa que le detenía era pensar que un día había de morir y después de su muerte ser juzgado. "Cuando conversábamos con mi caro amigo Alipio acerca de lo que debía constituir el patrimonio de los buenos y el de los malos, yo le confesaba que, a pesar de cuanto pudieran decir los impíos, siempre había creído que, a la hora de la muerte, Dios nos exigirá cuenta de todo el mal que hayamos hecho durante nuestra vida".

Refiérese en la historia de los Padres del desierto que cierto joven solitario decía a un anciano: "Padre mío, ¿qué debo hacer cuando me siento tentado, sobre todo contra la santa virtud de la pureza?". -"Hijo mío, le dijo el santo, piensa al momento en la muerte y en los tormentos reservados a los deshonestos en el infierno, y está seguro de que ese pensamiento alejará al demonio de tu lado". Nos dice San Juan Clímaco de un solitario que tenía siempre el pensamiento de la muerte grabado en su espíritu, y que, cuando el demonio le tentaba invitándole a una vida relajada, exclamaba: "¡Ah, desgraciado! Vas a morir, y aún no has hecho nada digno de ser ofrecido a Dios". Sí, H. M., el que quiera salvar su alma, nunca debe abandonar el pensamiento de la muerte.

Además, el pensamiento de la muerte nos sugiere piadosas reflexiones: nos pone delante de los ojos toda nuestra vida, y entonces pensamos que todo aquello que nos regocija según el mundo durante nuestra vida, nos hará derramar lágrimas en la hora de la muerte; nuestros pecados, que nunca deben borrársenos de la memoria, son otras tantas serpientes que nos devoran; el tiempo que perdimos, las gracias que despreciamos: todo ello se nos representará a la hora de la muerte. Y al considerar esto, es imposible que dejemos de encaminar todos nuestros esfuerzos a vivir mejor y a dejar de obrar el mal. Refiérese que un moribundo, antes de exhalar su último suspiro, hizo llamar a su príncipe, a cuya persona había sido muy fiel durante muchos años. El príncipe acudió solícito y le dijo: "Pídeme lo que quieras, y está seguro que lo tendrás". -"Príncipe, le dijo aquel pobre moribundo, sólo una cosa tengo que pediros y es un cuarto de hora de vida". -"Ay, amigo mío, contestó el príncipe, esto no está en mis manos; pídeme cualquiera otra cosa, a fin de que te la pueda conceder". -"¡Ay!, exclamó el enfermo, si hubiese servido a Dios tan fielmente como os he servido a vos, no sólo tendría un cuarto de hora de vida, sino toda una eternidad". Los mismos remordimientos sentía un hombre de leyes, cuando estuvo a punto de salir de esta vida y vio que aún no había pensado en salvar su alma: "¡Ah!, insensato de mí, yo que tanto he escrito para el mundo, nada escribí para mi alma; debo morir y nada he hecho aún que pueda darme seguridad alguna, mas ahora no hay ya remedio; nada hallo en mi vida digno de ser ofrecido a Dios". Feliz él, H. M., si a lo menos se aprovechó de esto, es decir, de sus buenos sentimientos.


Ved cuáles son las reflexiones que el pensamiento de la muerte debe sugerirnos: Si somos negligentes en prepararnos para la muerte, durante toda la eternidad estaremos apartados de la compañía de Jesucristo, de la Santísima Virgen, de los ángeles y de los santos, y nos veremos forzados a pasar toda nuestra eternidad en compañía de los demonios y abrasarnos con ellos. Leemos en la vida de San Jerónimo, a quien una larga experiencia tan sabio hiciera en la ciencia de la salvación, que, estando el Santo en su lecho de muerte, sus discípulos le suplicaron que les dejase, como por testamento, aquella de entre todas las verdades cristianas de que estaba más persuadido. ¿Qué pensáis, H. M., les respondió el santo doctor? "Voy a morir, les dijo, el alma está ya al borde de mis labios; mas os declaro que, de todas las verdades de la moral cristiana, aquella de que estoy más convencido, es la de que apenas, entre cien mil personas que hayan vivido mal, se hallará una que tenga buena muerte y se salve, puesto que, para bien morir, es preciso pensar en aquel trance todos los días de nuestra vida. Y no creáis que estas ideas sean efecto de mi enfermedad; hablo de ello por una experiencia de más de sesenta años. Sí, hijos míos, entre cien mil personas que hayan vivido mal, apenas habrá una que tenga buena muerte. ¡No, hijos míos, nada nos inclinará tan eficazmente a vivir bien como el pensamiento de la muerte!".

¿Qué hemos de sacar de todo esto? Vedlo aquí, H. M.: si pensamos a menudo en la muerte, pondremos gran cuidado en conservar la gracia de Dios; si por desdicha perdiésemos esta gracia, nos daremos prisa a recobrarla, perderemos nuestra afición a los bienes y placeres del mundo, soportaremos las miserias de la vida con espíritu de penitencia y reconoceremos que Nuestro Señor es quien nos la envía para expiación de nuestros pecados. ¡Ay!, hemos de decir para nosotros mismos: "estoy corriendo a grandes pasos hacia la eternidad, dentro poco tiempo ya no seré de este mundo... Después de esta vida, ¿dónde iré a pasar mi eternidad? ... ¿Iré al cielo o al infierno?... Eso dependerá de la vida que haya llevado; así, joven o viejo, pensaré con frecuencia en la muerte, a fin de prepararme a ella con tiempo".

¡Dichoso, H. M., el que esté siempre dispuesto! ¡Esta es la gracia que os deseo!

San Juan Bautista María Vianney (Cura de Ars). | Preparación: Oratorio Carmelitano.

2 comentarios:

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  2. Muy buena reflexión, poco más que añadir.

    Ver, sentir y oler la muerte de los seres queridos representa un punto de inflexión brutal a nivel existencial, para los creyentes nos da ánimo para confiar si cabe todavía con más fuerza en Nuestro Señor Jesucristo y ser mejores cristianos, pero para los no creyentes es un momento importante para replantearse su vida y darle una oportunidad a la VERDAD en CRISTO, solo tienen que dejar de lado el EGO e intentar darse una oportunidad de salvación dejándose llevar por él Espíritu Santo, siempre dispuesto a salvar a todos los que lo pidan de corazón.

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