20.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (67)



5. De esta manera, pues, la va Dios instruyendo y haciendola espiritual, comenzándole a comunicar lo espiritual desde las cosas exteriores, palpables y acomodadas al sentido, según la pequeñez y poca capacidad del alma, para que mediante la corteza de aquellas cosas sensibles, que de suyo son buenas, vaya el espíritu haciendo actos particulares y recibiendo tantos bocados de comunicación espiritual que venga a hacer hábito en lo espiritual y llegue a la sustancia de espíritu, que es ajena de todo sentido al cual, como hemos dicho, no puede llegar el alma sino muy poco a poco, a su modo, por el mismo sentido al que siempre ha estado asida.
Y así, a la medida que va llegando más al espíritu acerca del trato con Dios, se va desnudando más y vaciando de las vías del sentido, que son las del discurrir y meditación imaginaria. De donde, cuando llegare perfectamente al trato con Dios de espíritu, necesariamente ha de haber evacuado todo lo que acerca de Dios podía caer en sentido (cf. 1 Cor. 13, 10), así como cuanto más una cosa se va arrimando más a un extremo, más se va alejando y enajenando del otro, y cuando perfectamente se arrimare, perfectamente se habrá tambien apartado del otro extremo. Por lo cual comúnmente se dice este adagio espiritual: "Gustato spiritu, desipit omnis caro", que quiere decir: "Una vez recibido el gusto y sabor del espíritu, toda carne es insípida". Esto es: no aprovechan ni entran en gusto todas las vías de la carne, en lo cual se entiende respecto a todo trato de sentido acerca de lo espiritual. Y está claro, porque si es espíritu, ya no cae en sentido, y si es que puede asimilarlo el sentido, ya no es puro espíritu. Porque cuanto más de ello puede saber el sentido y aprehensión natural, tanto menos tiene de espíritu y de sobrenatural, como hemos dado a entender líneas arriba.

6. Por tanto, el espíritu ya perfecto no hace caso del sentido, ni recibe por él, ni principalmente se sirve ni ha menester servirse de él para con Dios, como hacía antes cuando no había crecido en espíritu. Y esto es lo que quiere decir aquella autoridad de san Pablo a los Corintios (1 Cor. 13, 11), diciendo: "Cuando era yo pequeñuelo, sabía como pequeñuelo, hablaba como pequeñuelo, pensaba como pequeñuelo; pero cuando fui hecho varón, abandoné las cosas que eran de pequeñuelo".
Ya hemos dado a entender cómo las cosas del sentido y el conocimiento que el espíritu puede sacar por ellas son ejercicio de pequeñuelo. Y así, si el alma se quisiese siempre asir a ellas y no desarrimarse de ellas, nunca dejaría de ser un niño pequeñuelo, y siempre hablaría de Dios como pequeñuelo, y sabría de Dios como pequeñuelo, y pensaría de Dios como pequeñuelo. Porque agarrándose a la corteza del sentido, que es en este caso lo pequeñuelo, nunca vendría a la sustancia del espíritu, que es el varón perfecto. Y así, no ha de querer el alma admitir las dichas revelaciones para ir creciendo, aunque Dios se las ofrezca, así como el niño ha menester dejar el pecho con el fin de que su paladar se dé a manjar más sustancial y fuerte.

7. Pues luego diréis: ¿será menester que el alma, cuando es pequeñuelo, las quiera tomar, y las deje cuando es mayor, así como el niño es menester que quiera tomar el pecho para sustentarse, hasta que sea mayor para poderlo dejar?
Respondo que, acerca de la meditación y discurso natural en que comienza el alma a buscar a Dios, es verdad que no ha de dejar el pecho del sentido para irse alimentando del mismo hasta que llegue a sazón y tiempo que pueda dejarle, que es cuando Dios pone al alma en trato más espiritual, que es la contemplación, de lo cual dimos ya doctrina en el capítulo 13 de este libro. Pero cuando son visiones imaginarias u otras aprehensiones sobrenaturales que pueden caer en el sentido sin el albedrío del hombre, digo que en cualquier tiempo y sazón, ahora sea en estado perfecto, ahora en menos perfecto, aunque sean de parte de Dios, no las ha el alma de querer admitir, por dos cosas:
- La una porque Dios, como hemos dicho, hace en el alma su efecto sin que ella sea parte para impedirlo, aunque impida y pueda impedir la visión, lo cual acontece muchas veces. Y, por consiguiente, aquel efecto que había de causar en el alma mucho más se le comunica en sustancia, aunque no sea en aquella manera. Porque, como tambien dijimos, el alma no puede impedir los bienes que Dios le quiere comunicar, ni es parte para ello, si no es con alguna imperfección y propiedad. Y en renunciar a estas cosas con humildad y recelo ninguna imperfección ni propiedad hay.
- La segunda es por librarse del peligro y trabajo que hay en discernir las malas de las buenas, y conocer si es ángel de luz o de tinieblas (2 Cor. 11, 14); en lo cual no hay provecho ninguno, sino gastar tiempo y enredar el alma con aquello y ponerse en ocasiones de muchas imperfecciones y de no ir hacia adelante. Si esto ocurre acaba el alma por desviarse de lo importante, y no se pone el alma en lo que hace al caso, con lo cual es mejor desprenderse de menudencias de aprehensiones e inteligencias y opiniones particulares, según queda dicho de las visiones corporales y de las que se dirá más adelante.

8. Y téngase esto en cuenta: que si Nuestro Señor no hubiese de llevar el alma al modo de la misma alma, como aquí decimos, nunca le comunicaría la abundancia de su espíritu por esos arcaduces tan angostos de formas y figuras y particulares inteligencias, por medio de las cuales da el sustento al alma por migajas, en pequeñas gotas. Que por eso dijo David (Sal. 147, 17): "Envía su sabiduría a las almas como a bocados". Lo cual es harto de doler que, teniendo el alma capacidad infinita, la anden dando a comer por bocados del sentido, debido a su poco espíritu e inhabilidad sensual. Y por eso tambien a san Pablo le daba pena esta poca disposición y pequeñez para recibir el espíritu cuando, escribiendo a los de Corinto (1 Cor. 3, 1­2), dijo: "Yo, hermanos, como viniese a vosotros, no os pude hablar como a espirituales, sino como a carnales; porque no pudisteis recibirlo, ni tampoco ahora podéis". Esto es: Como a pequeñuelos en Cristo os di a beber leche y no a comer manjar sólido.

9. Falta, pues, ahora saber que el alma no ha de poner los ojos en aquella corteza de figuras y objetos que se le ponen frente a ella sobrenaturalmente, ahora sea acerca del sentido exterior, como son locuciones y palabras al oído y visiones de santos a los ojos, y resplandores hermosos, y olores a las narices, y gustos y suavidades en el paladar, y otros deleites en el tacto, que suelen proceder del espíritu, lo cual es más ordinario a los espirituales. Ni tampoco ha de poner atención en cualesquiera visiones del sentido interior, como son las imaginarias, antes debe renunciarlas todas. Sólo ha de poner los ojos en aquel buen espíritu que causan, procurando conservarle en obrar y poner por ejercicio lo que es de servicio de Dios ordenadamente, sin advertencia de aquellas representaciones ni de querer algún gusto sensible. Y así, se toma de estas cosas sólo lo que Dios pretende y quiere, que es el espíritu de devoción, puesto que no las da para otro fin principal, con lo cual se deja lo que Él dejaría de dar si se pudiesen recibir estas experiencias directamente en el espíritu sin ningún disfraz de ellas ni corteza (como hemos dicho, cual es el ejercicio y aprehensión del sentido material).


19.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (66)



CAPÍTULO 17.
Se explica la finalidad y el estilo que Dios tiene para comunicar al alma los bienes espirituales por medio de los sentidos, en lo cual se responde a la duda que se ha mencionado anteriormente.


1. Mucho hay que decir acerca del fin y estilo que Dios tiene en dar estas visiones, para levantar a una alma de su bajeza a su divina unión, de lo cual todos los libros espirituales tratan, y en este nuestro tratado también el estilo que llevamos es darlo a entender. Y por eso, en este capítulo solamente diré lo suficiente para responder a la duda planteada, la cual era: que, pues en estas visiones sobrenaturales hay tanto peligro y riesgo para ir avanzando, como hemos dicho, ¿por qué Dios, que es sapientísimo y amigo de apartar de las almas tropiezos y lazos, se las ofrece y comunica?

2. Para responder a esto, conviene primero poner tres fundamentos.
El primero es de san Pablo en los Romanos (13, 1), donde dice: "Las obras que son hechas, de Dios son ordenadas".
El segundo es del Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría (8, 1), diciendo: "La Sabiduría de Dios, aunque toca desde un fin hasta otro fin" -es a saber, desde un extremo hasta otro extremo- "dispone todas las cosas con suavidad".
El tercero es de los teólogos, que dicen que "omnia movet secundum modum eorum", esto es: Dios mueve todas las cosas al modo de ellas (o sea, de su naturaleza).

3. Según, pues, estos fundamentos, está claro que para mover Dios al alma y levantarla del fin y extremo de su bajeza al otro fin y extremo de su alteza en su divina unión, lo ha de hacer ordenadamente y suavemente y al modo de la misma alma. Pues, como quiera que el orden que tiene el alma de conocer es por las formas e imágenes de las cosas creadas, y el modo de su conocer y saber es por los sentidos, de aquí es que, para levantar Dios al alma al sumo conocimiento, para hacerlo suavemente ha de comenzar y tocar desde el bajo fin y extremo de los sentidos del alma, para así irla llevando al modo de ella hasta el otro fin de su sabiduría espiritual, que no cae en sentido material. Por lo cual, la lleva primero instruyendo por formas e imágenes y vías sensibles al modo de entender de esa alma, ahora naturales, ahora sobrenaturales, y por discursos, hasta llegar a ese sumo espíritu de Dios.

4. Y esta es la causa por la que Dios le da las visiones y formas, imágenes y las demás experiencias sensitivas e inteligibles espirituales, no porque no quisiera Dios darle luego en el primer acto la sabiduría del espíritu, si los dos extremos, cuales son humano y divino, sentido y espíritu, de vía ordinaria pudieran convenir y juntarse con un solo acto, sin que intervengan primero otros muchos actos de disposiciones que ordenada y suavemente convengan entre sí, siendo unas fundamento y disposición para las otras, así como en los agentes naturales unas cosas llevan a otras. Y así, las primeras sirven a las segundas, y las segundas a las terceras, y de ahí adelante, ni más ni menos. Y así va Dios perfeccionando a la persona al modo de la misma persona, por lo más bajo y exterior, hasta lo más alto e interior.
De donde primero le perfecciona el sentido corporal, moviendole a que use de buenos objetos naturales puros y edificantes exteriores, como oír sermones, misas, ver cosas santas, mortificar el gusto en la comida, macerar con penitencia y santo rigor el tacto...
Y cuando ya están estos sentidos algo dispuestos, los suele perfeccionar más, haciendoles algunos favores sobrenaturales y dándole algunas gracias para confirmarlos más en el bien, ofreciendoles algunas comunicaciones sobrenaturales, así como visiones de santos o cosas santas corporalmente, olores suavísimos y locuciones, y en el tacto grandísimo deleite con que se confirma mucho el sentido en la virtud y se enajena del apetito de los malos objetos.
Y luego de eso, los sentidos corporales interiores, de los que aquí vamos tratando, como son la imaginación y la fantasía, juntamente se los va perfeccionando y habituando al bien con consideraciones, meditaciones y discursos santos, y en todo esto instruyendo al espíritu.
Y ya todos estos sentidos dispuestos con este ejercicio natural, suele Dios ilustrarlos y espiritualizarlos más con algunas visiones sobrenaturales, que son las que aquí vamos llamando imaginarias, en las cuales juntamente y a la par, como hemos dicho, se aprovecha mucho el espíritu, el cual así en las unas como en las otras se va desenrudeciendo y reformando poco a poco. Y de esta manera va Dios llevando al alma de grado en grado hasta lo más interior. No porque sea siempre necesario guardar este orden de primero y postrero tan puntual como estricto, porque a veces hace Dios uno sin otro, y por lo más interior lo menos interior, y a veces todo junto, siempre todo ello como Dios ve que conviene al alma o como le quiere hacer las gracias. Pero la vía ordinaria y común es conforme a lo dicho.


18.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (65)



11. Donde se ve claro que, cuanto más el alma se desnudare con la voluntad y afecto de las aprehensiones de las manchas de aquellas formas, imágenes y figuras en que vienen envueltas las comunicaciones espirituales que hemos dicho, no sólo no se priva de estas comunicaciones y de los bienes que ellas causan, sino que además se dispone mucho más para recibirlas con más abundancia, claridad y libertad de espíritu y sencillez, dejadas aparte todas aquellas aprehensiones, que son las cortinas y velos que encubren lo espiritual que allí hay, y esas cortinas ocupan el espíritu y sentido si en ellas se quisiese cebar, de manera que sencilla y libremente no se pueda comunicar el espíritu. Porque, estando ocupada con ese tipo de llamemos "corteza", está claro que no tiene libertad el entendimiento para recibir su sustancia de una manera más intensa. De donde, si el alma entonces las quiere admitir y hacer caso de ellas, sería prenderse y contentarse con lo menos que hay en ellas, que es todo lo que el alma puede retener y reconocer de ellas, lo cual es aquella forma e imagen y particular inteligencia, y no el fondo de las mismas. Porque lo principal de ellas, que es lo espiritual que se le infunde, no sabe ella aprehender ni entender, ni sabe cómo es, ni lo sabría decir, porque es puro espiritual. Solamente lo que de ellas sabe, como decimos, es lo menos que hay en ellas a su modo de entender, que son las formas por el sentido. Y por eso digo que pasivamente, sin que ella ponga su obra de entender y sin saberla poner ni se esfuerce, se le comunica de aquellas visiones lo que ella no supiera entender ni imaginar.

12. Por tanto, siempre se han de apartar los ojos del alma de todas estas aprehensiones que ella puede ver y entender distintamente (ya que ellas se comunican en sentido y no hacen fundamento ni seguro de fe), y ponerlos en lo que no ve ni pertenece al sentido, sino al espíritu, que no cae en figura de sentido, que es lo que la lleva a la unión en fe, la cual es el propio medio, como está dicho, es decir: sólo arrojarse a la fe, sin más. Y así le aprovecharán al alma estas visiones en sustancia para fe, cuando bien supiere negar lo sensible e inteligible de ellas y usara bien del fin que Dios tiene en darlas al alma, que no es sino desechándolas, dejándolas que surtan su efecto sin tratar de retenerlas. Porque, como dijimos de las corporales, no las da Dios para que el alma las quiera tomar y poner su asimiento en ellas.

13. Pero nace aquí una duda, y es: si es verdad que Dios da al alma las visiones sobrenaturales, no para que ella las quiera tomar, ni arrimarse a ellas, ni hacer caso de ellas, ¿para que se las da, pues en ellas puede el alma caer en muchos errores y peligros, o por lo menos en los inconvenientes que aquí se escriben para ir avanzando? Sobre todo si tenemos en cuenta que mayormente puede Dios dar al alma y comunicarle espiritualmente y en sustancia, lo que le comunica por el sentido mediante las mencionadas visiones en sus formas sensibles.

14. Responderemos a esta duda en el siguiente capítulo, y es de harta doctrina y bien necesaria, a mi modo de ver, así para los espirituales como para los que los instruyen, porque se enseña el estilo y fin que Dios en ellas lleva, el cual por no saberlo muchos da como resultado que ni se saben gobernar, ni encaminar a sí ni a otros en estas experiencias hacia la unión. Que piensan que, por el mismo caso que conocen ser verdaderas y de Dios es bueno admitirlas, y se aseguran en ellas, no mirando que tambien en estas hallará el alma su propiedad, y asimiento y prendimiento, como en las cosas del mundo, si no las sabe renunciar como a esas mismas del mundo. Y así les parece que es bueno admitir las unas y reprobar las otras, metiéndose a sí mismos y a las almas en gran trabajo y peligro acerca del discernir entre la verdad y falsedad de ellas. Que ni Dios les manda ponerse en ese trabajo, ni que a las almas sencillas y simples las metan en ese peligro y contienda, pues tienen doctrina sana y segura, que es la fe, con la cual han de progresar hacia adelante.

15. Esta fe no puede darse sin cerrar los ojos a todo lo que es de sentido e inteligencia clara y personal. Porque, aun con estar san Pedro tan cierto de la visión de gloria que vio en Cristo en la transfiguración, después de haberlo contado en su Epístola 2ª canónica (1, 17­18), no quiso que lo tomasen por principal testimonio de firmeza sino, encaminándolos a la fe, dijo (1, 19): "Y tenemos más firme testimonio que esta visión del Tabor, que son los dichos y palabras de los profetas que dan testimonio de Cristo, a las cuales haceis bien de recurrir, como a la candela que da luz en el lugar oscuro". En esta comparación, si quisiesemos mirar, hallaremos la doctrina que vamos enseñando. Porque en decir que miremos a la fe que hablaron los profetas como "a candela que luce en lugar oscuro", es decir que nos quedemos a oscuras, cerrados los ojos a todas esas otras luces, y que en esta tiniebla sola la fe, que tambien es oscura, sea luz a la cual nos arrimemos. Porque si nos queremos arrimar a otras luces claras, distintas y de inteligencias varias, ya nos dejamos de arrimar a la oscura, que es la fe, y nos deja de dar la luz en el lugar oscuro que dice san Pedro, dicho lugar, que aquí significa el entendimiento que es el candelero donde se asienta esta candela de la fe, ha de estar oscuro "hasta que le amanezca" en la otra vida "el día" de la clara visión de Dios, y en esta vida el de la transformación y unión con la divinidad.


17.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (64)



5. No hay razón para que nos detengamos aquí en dar doctrina ni indicios para que se conozcan cuáles visiones son de Dios y cuáles no, y cuáles se nos muestran de determinada manera o de otra, pues mi intento en este punto no es ese, sino sólo instruir para que entendamos sobre ellas con el fin de que no nos embrollemos y se impida el llegar a la unión con la divina Sabiduría con las buenas, ni uno se engañe con las falsas.

6. Por tanto digo que, de todas estas aprehensiones y visiones imaginarias y otras cualesquiera formas o especies, como ellas se ofrezcan debajo de forma o imagen o alguna inteligencia particular, ahora sean falsas de parte del demonio, ahora se conozcan ser verdaderas de parte de Dios, el entendimiento no se ha de prendar ni cebar en ellas, ni las ha el alma de querer admitir ni tener, con el fin de que así pueda estar desasida, desnuda, pura y sencilla, libre por tanto de todo modo y manera, como se requiere para la unión.

7. La razón de esto es porque todas estas formas ya dichas siempre en su aprehensión se representan, según hemos dicho, debajo de algunas maneras y modos limitados, y la Sabiduría de Dios, en que se ha de unir el entendimiento, ningún modo ni manera tiene, ni cae debajo de algún límite ni inteligencia distinta y particularmente, porque es totalmente pura y sencilla. Y como quiera que, para juntarse dos extremos, cual es el alma y la divina Sabiduría, será necesario que vengan a convenir en cierto medio de semejanza entre sí, de aquí es que también el alma ha de estar pura y sencilla, no limitada ni atenida a alguna inteligencia particular, ni modificada con algún límite de forma, especie e imagen. Que, pues Dios no puede caber debajo de imagen ni forma, ni cabe debajo de inteligencia particular, tampoco el alma, para recalar en Dios, ha de caer debajo de forma e inteligencia distinta.

8. Y que en Dios no haya forma ni semejanza bien lo da a entender el Espíritu Santo en el Deuteronomio (4, 12), diciendo: "Oísteis la voz de sus palabras, y totalmente no visteis en Dios alguna forma". Pero dice que había allí tinieblas, y nube, y oscuridad, que es la experiencia confusa y oscura que de la que hemos hablado en que se une el alma con Dios. Y luego más adelante (4, 15) dice: "No visteis vosotros semejanza alguna en Dios en el día que os habló en medio del fuego, en el monte Horeb".

9. Y que el alma no pueda llegar a la altura de Dios, por lo menos todo lo que en esta vida se puede, por medio de algunas formas y figuras, también lo dice el mismo Espíritu Santo en los Números (12, 6­8) donde, reprendiendo Dios a Aarón y María, hermanos de Moises, porque murmuraban contra él, queriendo darles a entender el alto estado en que le había puesto de unión y amistad consigo, dijo: "Si entre vosotros hubiere algún profeta del Señor, se le apareceré en alguna visión o forma o hablaré con él entre sueños. Pero no hay tal como mi siervo Moises, que en toda mi casa es fidelísimo y hablo con él boca a boca, y no ve a Dios por comparaciones, semejanzas y figuras". En lo cual se da claramente a entender que en este alto estado de unión del que estamos hablando no se comunica Dios al alma mediante algún disfraz de visión imaginaria, o semejanza, o figura, ni la ha de haber, sino que boca a boca, esto es, esencia pura y desnuda de Dios, que es la boca de Dios en amor, con esencia pura y desnuda del alma, que es la boca del alma en amor de Dios.

10. Por tanto, para venir a esta unión esencial de amor de Dios ha de tener cuidado el alma de no irse arrimando a visiones imaginarias, ni formas, ni figuras, ni particulares inteligencias, pues no le pueden servir de medio proporcionado y próximo para tal efecto, sino que antes le harían estorbo, y por eso las ha de renunciar y procurar el no tenerlas. Porque, si por algún caso se hubiesen de admitir y apreciar, era por el provecho que las verdaderas hacen en el alma y su buen efecto. Pero para esto no es necesario admitirlas, antes conviene, para mejoría del efecto de dichos medios, siempre negarlas. Porque estas visiones imaginarias, el bien que pueden hacer al alma, así como las corporales exteriores que hemos dicho, es comunicarle inteligencia, o amor, o suavidad, pero para que causen este efecto en ella no es menester que el alma las quiera admitir porque, como también queda dicho arriba, en ese mismo punto que en la imaginación hacen presencia y se muestran, hacen su efecto en el alma e infunden sus operaciones a la inteligencia con amor, o con suavidad, o con lo que Dios quiere que causen.
Y no sólo juntamente, pero principalmente, aunque no en el mismo tiempo, hacen en el alma su efecto pasivamente, sin ser ella parte para poderlo impedir aunque quisiese, como tampoco lo fue para poderlo adquirir, aunque sí lo haya sido antes para disponerse a recibirlo. Porque, así como la vidriera no es parte para impedir el rayo del sol que da en ella, sino que pasivamente, estando ella dispuesta con limpieza, la esclarece sin su diligencia y ser, así tambien el alma, aunque ella quiera, no puede dejar de recibir en sí las influencias y comunicaciones de aquellas figuras, aunque más las quisiere resistir, porque a las infusiones sobrenaturales no las puede resistir la voluntad negativa con resignación humilde y amorosa, sino sola la impureza e imperfecciones del alma, como tambien en la vidriera impiden el paso de la claridad las manchas en la misma.


16.11.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (63)



CAPÍTULO 16.
Se explica cómo las aprehensiones imaginarias que sobrenaturalmente se representan en la fantasía no pueden servir al alma de medio para aproximarse a la unión con Dios.


1. Ya que hemos tratado de las aprehensiones que naturalmente pueden en sí recibir y en ellas obrar con su discurrir la fantasía e imaginación, conviene aquí tratar de las sobrenaturales, que se llaman visiones imaginarias, que también, por estar ellas debajo de imagen y forma y figura, pertenecen a este sentido, tal como lo son las naturales.

2. Y es de saber que, debajo de este nombre de visiones imaginarias, queremos entender todas las cosas en torno a una imagen, forma, y figura y toda especie de elemento sobrenatural que se puede representar a la imaginación. Porque todas las aprehensiones y especies que de todos los cinco sentidos corporales se representan en la imaginación y en ella hacen asiento por vía natural, pueden por vía sobrenatural tener lugar en esa misma imaginación y representársele sin ministerio alguno de los sentidos exteriores. Porque este sentido de la fantasía, junto con la memoria, es como un archivo y receptáculo del entendimiento, en que se reciben todas las formas e imágenes inteligibles y así, como si fuese un espejo, las tiene en sí archivadas, habiendolas recibido por vía de los cinco sentidos o, como decimos, sobrenaturalmente; y así las representa al entendimiento, y allí el entendimiento las considera y juzga de ellas. Y no sólo puede eso, mas aún puede componer e imaginar otras a la semejanza de aquellas que allí conoce.

3. Se debe pues saber, que así como los cinco sentidos exteriores representan las imágenes y especies de sus objetos a estos interiores, así sobrenaturalmente, como decimos, sin los sentidos exteriores puede Dios y el demonio representar las mismas imágenes y especies, y mucho más hermosas y refinadas. Por ello, debajo de estas imágenes muchas veces representa Dios al alma muchas cosas, y la enseña mucha sabiduría, como a cada paso se ve en la sagrada Escritura, como vio Isaías a Dios en su gloria debajo del humo que cubría el templo y de los serafines que cubrían con las alas el rostro y los pies (6, 2­4); Jeremías la vara que velaba (1, 11), Daniel multitud de visiones (7, 10), etc.
Y también el demonio procura con las suyas, aparentemente buenas, engañar al alma, como es de ver en el libro de los Reyes (3 Re. 22, 11), cuando engañó a todos los profetas de Acab, representándoles en la imaginación los cuernos con que dijo había de destruir a los asirios, y fue mentira. Y las visiones que tuvo la mujer de Pilatos (Mt. 27, 19) sobre que no condenase a Cristo, y otros muchos lugares. Donde se ve cómo, en este espejo de la fantasía e imaginativa, estas visiones imaginarias surgen a los iniciados más frecuentemente que las corporales exteriores. Estas, como decimos, no se diferencian de las que entran por los sentidos exteriores corporales en cuanto imágenes y especies pero, en cuanto al efecto que hacen y perfección de ellas, hay mucha diferencia, puesto que son más sutiles y hacen más efecto en el alma, por cuanto son sobrenaturales y más interiores que las sobrenaturales exteriores. Aunque eso no implica el que algunas visiones corporales de estas exteriores hagan más efecto puesto que, en fin, es como Dios quiere que sea la comunicación. Pero hablamos en cuanto es de parte de ellas, por cuanto son más espirituales.

4. Este sentido de la imaginación y fantasía es donde ordinariamente acude el demonio con sus ardides, ahora naturales, ahora sobrenaturales; porque esta es la puerta y entrada para el alma, y como hemos dicho, aquí viene el entendimiento a tomar y dejar, como a puerta o plaza de su provisión. Y por eso siempre Dios y también el demonio acuden aquí con sus joyas de imágenes y formas sobrenaturales para ofrecerlas al entendimiento, puesto que Dios no sólo se aprovecha de este medio para instruir al alma, pues mora sustancialmente en ella y puede operar por sí y por otros medios.


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