7.6.18

El combate espiritual: no engañarse con las devociones


- Del modo de defendernos de los artificios del demonio, cuando procura engañarnos con devociones indiscretas. -

Cuando la serpiente antigua ve que caminamos derechamente a la perfección, y con vivos y bien ordenados deseos, reconociendo que no puede atraernos a sí con engaños declarados, se transfigura en ángel de luz (II Cor. XI) y entonces con pensamientos devotos, conceptos agradables, sentencias y textos de la Sagrada Escritura, y ejemplos de los mayores Santos, nos solicita y persuade inoportunamente a que con fervor indiscreto procuremos remontarnos sobre la capacidad y medida de nuestro espíritu, para precipitarnos después en un abismo de males.

Por ejemplo: este astuto enemigo nos incita a que castiguemos ásperamente el cuerpo con disciplinas, abstinencias, cilicios y otras mortificaciones semejantes; pero el fin que su malicia se propone es que, persuadiéndonos que hacemos cosas grandes, nos llenemos de vanagloria (lo cual sucede particularmente a las mujeres); o que, quebrantados con penitencias rigurosas y superiores a nuestras fuerzas, quedemos inhábiles para las buenas obras; o que no pudiendo sufrir los trabajos de una vida austera y penitente, cobremos hastío y aburrimiento de los ejercicios espirituales; o finalmente, que resfriándonos en la virtud, busquemos con mayor ardor y apetito que antes los placeres y vanos divertimientos del mundo.




¿Quién podrá contar el sinnúmero de quienes, siguiendo con presunción de espíritu el ímpetu de un fervor indiscreto y precipitado, y excediendo con los rigores exteriores la capacidad y medida de su propia virtud, cayeron infelizmente en el lazo que se habían tendido a sí mismos con sus propias manos, haciéndose así juguete de los demonios? No hay duda, hija mía, que semejantes almas se hubieran preservado de un mal tan grave si hubiesen considerado que estos ejercicios de mortificación, aunque útiles y provechosos a los que tienen fuerza y robustez de cuerpo, y humildad de espíritu, requieren siempre, no obstante, temperamento conforme y proporcionado a la calidad y naturaleza de cada uno.

No todos, hija mía, pueden practicar las mismas austeridades que han practicado algunos grandes Santos; pero todos pueden imitar a los mayores santos en muchas cosas. Podemos formar en nuestro corazón deseos ardientes y eficaces de participar de las gloriosas coronas que obtienen los verdaderos soldados de Jesucristo en los combates espirituales: podemos a su imitación y ejemplo menospreciar el mundo y menospreciarnos a nosotros mismos, amar el retiro y el silencio, ser humildes y caritativos con todos, sufrir pacientemente las injurias, hacer bien a los que nos hacen mal, evitar los menores defectos; cosas de mucho mayor mérito a los ojos de Dios que todas las penitencias y maceraciones del cuerpo.

También te advierto que en el principio siempre es mejor usar de moderación en las penitencias exteriores (a fin de que puedas aumentarlas después, si fuere necesario), que por querer obrar mucho, ponerte en peligro de no poder después obrar nada. Esta enseñanza te doy, hija mía, en el supuesto de que te halles libre del engaño en que incurren algunos que pasan en el mundo por espirituales y devotos, y seducidos de la naturaleza y del amor propio cuidan con tan exacta y escrupulosa puntualidad de la salud del cuerpo, que temen perderla por la más ligera mortificación exterior. No hay cosa en que tanto se ocupen, ni de que hablen con tanta frecuencia, como el régimen de vida que deben guardar; tienen en la elección de los manjares una suma delicadeza, que no sirve sino de enflaquecerlos y debilitarlos; prefieren ordinariamente los que deleitan más el gusto y son más agradables al paladar, a los que son mejores y más provechosos para el estómago; y con todo eso, si hubiésemos de creer lo que dicen, su fin no es otro que tener vigor y fuerzas para servir mejor a Dios.

Este es el pretexto con que disfrazan y cubren su sensualidad; pero verdaderamente su intento no es otro que unir y concordar dos enemigos irreconciliables, que son la carne y el espíritu (Galat. V, 17), de lo cual resulta infaliblemente la ruina de entrambos; pues a un mismo tiempo aquélla pierde la salud, y éste la devoción. Por esta causa un modo de vida menos delicado, menos escrupuloso y menos inquieto es siempre el más fácil, el más útil y el más seguro, como sea regulado por las reglas de la prudencia que te he dado; porque no siendo todas las complexiones igualmente vigorosas y fuertes, no son todas igualmente capaces de sufrir los mismos trabajos. Y añado que conviene usar la discreción y regla, no solamente para moderar los ejercicios exteriores, sino también para adquirir las virtudes interiores, como ya lo mostré anteriormente (Cap. 34), explicando el modo de adquirir estas virtudes por grados.

Lorenzo Scúpoli C. R. | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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