Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

12.6.18

De las virtudes y de los vicios: Contemplación


La Contemplación ya no constituye una escalera corno la Meditación y la Oración, sino que supone el último peldaño de la escalera, que es la Unión.

El alma entra ya de lleno a un cielo que existe en la tierra, y que es desconocido para la mayor parte de las almas.

Es la Contemplación una gracia especialísima del Espíritu Santo, que da a quien le place; pero, generalmente, a las almas muy ejercitadas en todas las virtudes y muy crucificadas.

Casi nunca pone el Espíritu Santo el Don especial de la Contemplación, sino sobre este cimiento de sólidas virtudes morales y en una alma pura o muy purificada.




¡Es gracia muy grande la de la Contemplación, y no sólo escala el cielo, sino que se presenta, diré, ante él y descubre con más o menos claridad los tesoros y secretos mismos de la Divinidad! Solo separa de Dios al alma contemplativa un velo más o menos denso que se rasgará solamente con la muerte.

La muerte conducirá a estas almas a tomar posesión de la Vida que acá en el mundo vislumbraron por la gracia inapreciable de la Contemplación.

Muchos grados, sin embargo, tiene esta gracia de la Contemplación, y todos ellos son ricos, preciosos y admirables por los purísimos y aquilatados efectos que producen en el alma.

La misma Divinidad ilumina y calienta este florido campo de la Contemplación.

La Divinidad es el sol, pero este sol también permite que las nubes interceptan u oscurezcan para las almas sus resplandores. A veces y con frecuencia, llega también a eclipsarse totalmente, dejando al alma en completas tinieblas.

También la Contemplación tiene sus crisoles, y muy finos, para las almas predilectas que por ella cruzan. Existen mil clases de terribles luchas, desolaciones y desamparos tan crueles y penosos, que el alma sucumbiera si una gracia poderosa no la sostuviera entonces. Tiene desamparos terribles y purificativos en todas las potencias y sentidos. Las desolaciones en esta alma llegan a un grado tal que rayan casi en la locura y desesperación. Siente el alma contemplativa como si estuviera dentro de unas manos de hierro que la despedazan; como si se encontrara sin salida, entre una valla de fieras que, abalanzándose sobre ella, la destrozan entre sus garras.

Con frecuencia también se le esconde el Amado, y tan penosas y dolorosa es entonces su ausencia, cuanto ha aumentado su amor, que no tiene medida. Se le esconde el que es su Vida, ¡y se queda sin vida! Se oscurece su Sol, ¡y se queda en tinieblas! Como esta alma dichosa no vive ya en sí misma, sino en el Amado y dentro del Amado, cuando se ve apartada de su centro, se pone en un estado de tan cruel sufrimiento que, si Dios no la sostuviera con su gracia, sin duda sucumbiría.

Todas las especies de Oraciones que explicaré las tiene el alma contemplativa, pero en lo más subido de su perfección; con otro color más vivo, sumergidas, diré, en aquel otro líquido de donde salen aquilatadas, con un valor que sólo Yo puedo apreciar.

Igualmente crecen las virtudes, rayando en lo sublime de la perfección, dentro de esta gracia de la Contemplación; pero de la misma manera que crecen en brillo las virtudes, aquilatándose dentro de esa fuente de oro líquido de la Contemplación, crecen también, en intensidad y dolor, las pruebas alambicadas por las que el alma pasa, se limpia y se purifica más y más.

Estas pruebas son muy numerosas y más o menos interiores, pero todas crueles. Existen unas que purifican la voluntad directamente con desatadas tempestades y luchas terribilísimas de la Imaginación.

Hay también unas purificaciones internas en la sustancia misma del alma que no se diferencian de las penas del infierno, sino en la duración. El cuerpo entonces pierde las fuerzas y sus movimientos, pero está en su conocimiento, sufriendo aquella atroz agonía del alma sin poderse mover, ni quejar, ni luchar; sino que tiene que dejarse despedazar y quemar interiormente en el espíritu sin la menor resistencia.

A veces el alma comprende perfectamente que el Demonio se está cebando y gozando en atormentarla, ¡y ella también de este cruel enemigo se deja hacer...!

Mas tan repentinamente como la acomete este espantoso sufrimiento, de la misma manera la deja en un instante, sin poder pasar una sola línea del límite que Dios le marca. ¡Terribles e imponderables son estos pasos internos desgarradores!

Pero aun ahí en el profundo fondo de estos purgatorios interiores, el alma puede merecer, y merecer, conformándose con la crueldad de este paso y recibiéndolo con paciencia, y hasta con gozo, (que cabe, sí, en tan angustioso trance), complaciéndose en la Voluntad de Dios, aún dentro de la agonía que este tormento le produce.

En cambio, después de estas noches oscuras, vuelve el día de las misericordias divinas, y a medida de los sufrimientos y de la purificación interna, resplandece después nuevamente el espléndido Sol de la Divinidad. Y como Dios no puede acercarse a nada impuro, porque lo manchado repele a la infinita Blancura, mientras más transparente y limpia encuentra al alma purificada, más se descubre a ella, descorriendo ante su vista y potencias interiores, (y a la medida de la purificación que hayan sufrido), los velos que cubren a la Divinidad.

Hieren los rayos divinos directamente al alma purificada en las desolaciones y desamparos interiores, de una manera tan viva, que llenan de un alto conocimiento de las cosas de Dios. La calienta en el fuego caldeado, diré, en el Corazón de Dios, y se le infunde al mismo tiempo con este calor ardiente una Luz inmensa y desconocida., con la cual distingue, ¡oh dignación soberana!, distingue, digo a las Tres divinas Personas en su Generación eterna.

Admirada y arrobada dentro de este altísimo conocimiento, se interna dentro de los secretos de la felicidad eterna del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y vislumbra con aquella Luz divina las infinitas perfecciones, los atributos sublimes y el Amor inmenso de Aquel que es todo Caridad. Vislumbra también cómo brotó de aquella Caridad la Redención, la Eucaristía, y otros muchos Misterios que la extasían. Se siente sumergida esta dichosa alma en un océano insondable de felicidad, de paz, de inefables y purísimas delicias, nadando, diré, como dentro de un lago inmenso de luz, con un bienestar indecible y sobre toda ponderación admirable. Ella recorre en un instante distancias inmensas, se sumerge en insondables arcanos que no alcanza a comprender; vuela dentro de aquellas alturas inconmensurables, henchida de un gozo sobre todo gozo, de una felicidad toda sobrenatural y divina y de una paz que el mundo apenas conoce. Ama entonces el alma con una pureza y en una intensidad nunca experimentada. Se contempla cubierta con una vestidura de gracia y de luz jamás imaginadas.

Tiene aquí el alma un conocimiento claro de que está en gracia y purificada delante de Dios, sin poderlo dudar; pero este conocimiento, lejos de enaltecerla a sus propios ojos, la humilla y la pone en una especie de vergonzoso agradecimiento que la hace prorrumpir interiormente en actos de amorosa gratitud.

El calor en estos pasos a veces sube a tal grado, que hace palpitar el corazón, enardeciendo el rostro... (Este efecto también lo experimenta el alma algunas veces en la Oración amorosa, con más o menos intensidad). A veces llega a tal grado este ardor contemplativo en el alma pura, que cual pluma ligera, levanta al cuerpo de la tierra a más o menos altura, comunicándole además una agilidad tal, que con el menor movimiento sube y sube, por más que quisiera detenerse. Este efecto de levantamiento viene al alma a la hora menos pensada, pero siempre precedido de un gran fuego en el corazón.

Para librarse en la Contemplación de mil artificios engañosos del Demonio, se necesita un Director sabio y santo, que sepa por experiencia lo que son estos caminos, sus escollos y tropiezos; necesita también de una claridad, sencillez y franqueza a toda prueba.

Sólo Dios conoce las riquezas que están encerradas en la Contemplación, así como sus grandes peligros.

¿Sabes dónde pone el Espíritu Santo la gracia altísima de la Contemplación? ¿Sabes en dónde coloca estas encumbradas alturas?

- En la profunda humillación, ocultamiento y oscuridad de una alma purísima y sacrificadísima. Sin estas condiciones indispensables, no baja el Espíritu Santo sobre las almas con gracia tan especial; y toda Contemplación que no lleve en sí estos divinos caracteres, es nula, falsa y de numerosísimos peligros.

v. Concepción Cabrera de Armida | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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