Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

2.6.18

Confianza: Su bondad


La verdad es que Nuestro Señor es adorablemente bueno: su Corazón no puede ver sufrir sin ser desgarrado. Esa piedad le hace operar algunos de sus mayores milagros, espontáneamente, e incluso antes de haber recibido cualquier súplica.

La multitud le sigue a través de las montañas desiertas de Palestina; durante tres días, se olvida, para oírle, de la necesidad de comer y de beber. Llama, sin embargo, el Maestro a los Apóstoles: "Tengo compasión de la muchedumbre –les dice- y si les envío a sus casas en ayunas desfallecerán en el camino". Y multiplica los pocos panes que les quedaban a los discípulos.




En otra ocasión, Él se dirigía a la pequeña ciudad de Naím, escoltado por una multitud. Casi al llegar a las puertas encuentra un cortejo fúnebre. Era un joven al que llevaban para la última morada: hijo único y su madre viuda. No esperando nada más de la vida, con profundo desaliento, seguía la triste mujer el cuerpo de su hijo. Ese dolor mudo compadeció vivamente al Maestro: se emocionó de misericordia por la pobre madre afligida y le dijo: "¡No llores más!". Y, acercándose a las angarillas donde yacía el cadáver, devolvió el joven vivo a su madre.

Almas heridas por las pruebas; conciencias turbadas por la duda o, tal vez, por el remordimiento; corazones torturados por la traición o por la muerte; ustedes que sufren, ¿creen acaso que Jesús no tiene piedad de sus dolores? Eso sería no comprender su inmenso amor. Él conoce sus miserias; Él las ve y su Corazón se compadece. Es por ustedes, hoy, que Él lanza ese grito de compasión; y es a ustedes a quien Él repite, como a la viuda de Naím: "¡No llores! Yo soy la Resignación, Yo soy la Paz. Yo soy la Resurrección y la Vida!".

Esa confianza, que naturalmente nos debería inspirar la divina bondad, Nuestro Señor nos la reclama explícitamente. Hace de ella condición esencial de sus favores. Lo vemos, en el Evangelio, exigir actos formales de esa confianza antes de obrar ciertos milagros.

¿Por qué Él, siempre tan tierno, se muestra tan duro en apariencia con la cananea, que le pide la cura de la hija? La rechaza varias veces; pero nada la desanima. Ella multiplica sus súplicas; nada disminuye su confianza inquebrantable. Eso era justamente lo que pretendía Jesús: "¡Mujer –exclama con alegre admiración- grande es tu Fe!". Y añade: "Hágase conforme tú lo deseas".

La confianza obtiene el cumplimiento de nuestros deseos: el mismo Nuestro Señor lo afirma.

¡Extraña aberración de la inteligencia humana! Creemos en los milagros del Evangelio, puesto que somos católicos convencidos; creemos que Cristo no perdió nada de su poder subiendo a los Cielos; creemos en su bondad, probada en toda su vida y, sin embargo, ¡no sabemos abandonarnos a la confianza en Él! Conocemos muy mal al Corazón de Jesús. Nos obstinamos en juzgarlo por nuestros débiles corazones: realmente parece que quisiéramos reducir su inmensidad a nuestras mezquinas proporciones. Nos cuesta admitir esa increíble misericordia para con los pecadores, porque somos vengativos y lentos en perdonar. Comparamos su infinita ternura con nuestros pequeños afectos. Nada podemos comprender de ese fuego devorador que hacía de Su Corazón un inmenso brasero de amor, de esa santa pasión por los hombres que le dominaba completamente, de esa caridad infinita que lo llevó de las humillaciones del Pesebre al sacrificio del Gólgota. Y no podemos decir con el Apóstol San Juan, en la plenitud de nuestra Fe: "¡Creemos, Señor, en tu amor! Credidimus caritati".

"Divino Maestro, de ahora en adelante, queremos abandonarnos enteramente a tu amorosa dirección.

Te confiamos el cuidado de nuestro futuro material. Ignoramos lo que nos reserva ese futuro cargado de amenazas. Pero nos abandonamos a las manos de tu Providencia.

Confiamos nuestros pesares a tu Corazón. A veces son muy crueles. Pero Tú estás con nosotros para suavizarlos.

Confiamos a tu misericordia nuestras miserias morales. La debilidad humana nos hace temer todos los desfallecimientos. Pero Tú, Señor, nos habrás de amparar y preservarás de caer.

Como el Apóstol preferido que descansó la cabeza sobre vuestro pecho, así descansaremos nosotros sobre tu Divino Corazón; y, según la palabra del Salmista, ahí dormiremos con deliciosa paz, porque estaremos -¡oh Jesús!- firmemente establecidos por Ti en una confianza inalterable".

P. Raymond de Thomas de Saint Laurent | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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