27.6.17

¿Por qué seguir a Cristo?


Con todo lo que está pasando y todo lo que nos ofrece el mundo, uno se pregunta el por qué seguir a Cristo en la sociedad de hoy. Seamos francos: ser cristiano es "un rollo", tienes que hacer múltiples sacrificios, volverte pobre y humilde, no pecar, llevar una vida casta, no contaminarse con el mundo... Incluso si le hiciéramos caso a santos como San Juan Bautista María Vianney, ni siquiera salir de fiesta. Una "tortura", vamos, que por supuesto pocos están dispuestos a cumplir.

Por algo las iglesias cristianas están, en su mayoría, repletas de ancianos y los jóvenes salen en tropel tras terminar la misa dominical como si les hubieran contado un cuento chino.




Y no me estoy refiriendo a esas últimas modas de llenar la iglesia de marketing, presentar la vida cristiana como si todo fuera fiesta y felicidad (¡qué poco han leído esos curas que predican esas cosas las vidas de los santos!), o esas mezclas de misa-rockeras que intentan atraer a la juventud. Se ha llegado a decir que "la misa es una fiesta", como intentando aparentar que quien va a misa va de discoteca, y si la misa es una "fiesta" sería, en todo caso, "fiesta celestial", pero obviamente ese apelativo no lo mencionan.

Por supuesto, ninguna de esas estrategias funcionan bien a la larga porque tarde o temprano los que empiezan se encuentran en la tesitura de enfrentarse a un seguimiento comprometidos con Cristo, o dejar su vida en búsqueda del placer y la felicidad. Y es aquí cuando, sobra decirlo, la mayoría abandonan y siguen al mundo. O acuden a misa como una obligación, casi como una penitencia, como esclavos, y siguen al mundo. O acuden a misa solo "por si acaso hay algo", y siguen al mundo. Es decir, parecen que creen, pero no creen en nada. Son botarates, ridículas marionetas que ponen su mano en el arado y miran hacia atrás, que quisieran salvarse y alcanzar el Cielo llevando consigo una vida de servidumbre al demonio. Que quieren caminar y no moverse a la vez. Que son incongruentes consigo, con su fe, y encima creen ser tan listos que hasta presumen de engañar -sin querer o queriendo- al mismo Dios. Pero no, el camino del infierno está empedrado de su apariencia de buenas intenciones y de las almas de esos mismos tibios.

Aunque se predique que en Cristo está la felicidad, y la paz auténticas, no son como las del mundo, de hecho Cristo nos prometió lágrimas en esta vida ("el mundo se alegrará, y vosotros lloraréis", -Juan 16:20-), ¿y alguien duda de la palabra de Cristo? De manera que cuando te prometan diversión "a tope" en la iglesia, solo con el fin de atraerte, ten cuidado porque no será así. Y esa es la razón de que muchos acudan y salgan peor, porque además de descubrir que les mintieron, que no les contaron la verdad y de sentirse engañados, descubren que encima la realidad de un cristiano que quiere ser fiel a Jesucristo es muy diferente. La misma Virgen María se lo dijo a Santa Bernardette: "yo te prometo la felicidad, pero no en esta vida, sino en la otra". Y Bernardette experimentó esa realidad con la que todo cristiano convive: el sufrimiento. Tuvo que soportar un cáncer en una pierna, y una tuberculosis (de la cual murió), entre las burlas y desprecios de su superiora, que creía que todo eran invenciones de la muchacha para llamar la atención, obligándola a trabajar cuidando enfermos -que era a lo que se dedicaba su orden religiosa- cuando ni ella misma podía tenerse en pie. Es decir, no solo tuvo que soportar burlas de los no creyentes, que se supone era lógico e incluso comprensible, sino burlas incluso de sus propias hermanas de religión.


Eso, querido amigo, eso es ser cristiano, y tú verás lo que haces si te metes aquí. Ni glorias, ni honores, ni risas, ni placeres, y la mayoría de las ocasiones comer mal, vestir mal y tener mala salud. Eso es ser cristiano. Y que nadie te venga con cuentos raros diciéndote que ser cristiano es otra cosa. El problema de que haya tantos cristianos mediocres hoy en día es que se les ha inculcado una religión descafeinada, un sucedáneo entre cristiano-mundano que ni es lo uno, ni es lo otro. Una auténtica abominación de cristiano que surge entre mezcla de new-age, evangelistas, moda, distracción y una buena dosis de borreguismo. Así salen cristianos de esos -que siempre hubo, que siempre habrá- que en cuanto el gobernante de turno de los primeros tiempos les amenazaba con torturarles si no renegaban de su fe, salían por piernas.

Nuestro Señor JesuCristo sufrió oprobios y humillación, y una muerte como un criminal en la cruz, ¿es que algún cristiano auténtico -no esos de "plástico" que nos quieren hacer creer hoy- piensa que va a ser menos que su Señor? Cualquiera que lea los evangelios con honestidad verá claramente algo que repite el Señor para esta vida: sufrir, sufrir, y más sufrir. El cristianismo es una religión trascendente, y su felicidad es para la otra vida, no en esta. Al menos, no una felicidad tal como la entiende el mundo, obviamente. Porque aunque la gracia y consolaciones del Señor sean inigualables y superen en placer y felicidad a todos los goces terrenales habidos y por haber y que en el mundo pudiéramos hayar, la persona que se haga cristiano por ellas se equivoca rotundamente: no debemos buscar esos goces que, si nos los envía el Señor será magnífico, pero que no debemos detenernos ahí; el fin último del cristiano, y su aspiración real, es rendirle culto y amar a Dios, unirnos a los sufrimientos de Cristo sufriente, cumplir su voluntad con o sin goces, con o sin deleites, y tales deleites divinos han de ser secundarios. Si el Señor nos los quiere enviar, bien, y si su divina voluntad decide que debamos carecer de ellos, bien también.


Por regla general, esas satisfacciones son un regalo divino, un don, que Dios nos envía temporalmente cuando empezamos a seguirle para robustecernos y alejarnos del mundo, luego los retira o solo nos llegan en contadas ocasiones. Pero da lo mismo: el cristiano auténtico no debe fundamentar en ellos su vida, su vida es Cristo, no sus frutos ni sus inmensos placeres -infinitamente superiores a los que encontraremos en el mundo- por seguirle. No sea que, siguiendo los reflejos de la luz de la estrella, nos desviemos de la estrella misma.

Hoy no se lleva ésto, y como muchos se asustan cuando lo oyen, han surgido múltiples religiones que te ofrecen ser feliz ya, aquí. Yo he practicado unas cuantas: la meditación, el Zen (zazen), el evangelismo... Si hay tantas religiones, ¿por qué el cristianismo tiene que ser la verdadera? ¿Porque se aparecen visiones a algunos? También hay apariciones a los creyentes hindúes, y no dudo que hasta Mahoma se les aparezca a algunos creyentes del islám. ¿Milagros? Bueno, también hay milagros en los que creen en Buda, hay milagros hasta en los no creyentes.

Quizá la respuesta de por qué la religión cristiana enamoró a tantos hasta entregar su propia vida en el martirio, hasta a abandonarlo todo e irse a vivir miserablemente, esté desde hace mucho tiempo en los mismos evangelios. En concreto, en la respuesta de San Pedro: "Señor, ¿y a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna" -Juan 6:68-.


Fijémonos en una cosa: unas religiones te prometen una buena reencarnación; otras, ser feliz ya aquí, rico y famoso (los evangélicos) y, otras, ser fuerte y poderoso en esta vida (algunas religiones orientales, por ejemplo, y corrientes de meditación). Pero ninguna explica lo que ocurre ahora, el sinsentido de este mundo, la verdadera razón de este "valle de lágrimas", y ninguna nos promete la salvación eterna mostrada a través de tantos siglos y teniendo tantos testigos en santos, excepto la cristiana. Darle la espalda a este mundo de pecado no implica solo una ruptura con él, sino que es una consecuencia directa de nuestra fidelidad al evangelio que, aún en medio del mundo, deja al cristiano brillando como un foco de luz porque "cuando somos débiles y parecemos vencidos, la fuerza y presencia de Dios se hace más patente" -2 Corintios 12:9-.

En el evangelio se nos dice "esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque es ancho y espacioso el camino que va a la perdición, y son muchos los que van por él". El camino cristiano, esa "puerta estrecha", es un camino penitencial, de sacrificio. Para el no creyente el camino que lleva a la felicidad es el más fácil, el que se transita mejor a ojos mundanos, pero se equivocan. Es como creer que un estudiante que se encierra durante meses, o incluso años, entre cuatro paredes como un ermitaño para sacar adelante su carrera esta perdiendo el tiempo mientras que otro, divirtiéndose, le grita desde la calle que deje los libros y salga a bailar y a beber. Cuando los años transcurran, en un futuro el estudiante podrá tener una carrera que le hará poder ganarse la vida y lograr sus objetivos, mientras que el otro se arrepentirá del tiempo perdido que, creía, estaba disfrutando y en realidad solo estaba sentenciando su vida de adulto. El que parecía más sacrificado perseguía un bien mucho mayor, y por eso se encerraba a estudiar como un proscrito, mientras que el otro que le llamaba desde la algarabía de la falsa alegría solo estaba desperdiciando su oportunidad.


Tal ocurre con los cristianos: a ojos de los insensatos mundanos, sus sacrificios son estúpidos, queman su vida para nada. Pero ¿no será que ellos ven algo que los ateos no ven aunque esté ante sus propias narices? ¿No será que buscan un bien mayor que han descubierto, que los otros no atisban siquiera ni a percibir? ¿A qué sino tantos sacrificios y sinsabores? ¡Sería de tontos! Y, sin embargo, la historia ha demostrado que no lo eran, de hecho muchos eran grandes sabios, eruditos y ricos, y lo abandonaron todo para arrinconarse y esconder su vida en Cristo. ¿Qué habían encontrado? ¿Qué descubrieron para cambiar tan radical y profundamente su anterior forma de vida? ¿No será que dieron con aquella "perla valiosa" del evangelio -Mateo 13,44-45-, ante la cual todos los bienes, honores y riquezas de este mundo no son más que basura y asco? ¿No será que dieron con algo cuya importancia es muchísimo superior, bastante por encima, de todo lo material?

Y no me estoy refiriendo aquí como ejemplo de cristianos -al menos en un buen número- a los ancianos y ancianas que acuden habitualmente a nuestras iglesias. Muchos de ellos lo hacen porque se dan cuenta de que su vida está pasando, de lo caduca y efímera que es esta existencia terrenal y corren para intentar conseguir un sitio en la eternidad, aunque en gran medida todos ellos sigan atados al mundo, sigan con sus sueños de jóvenes y, si alguien les diera la posibilidad de regresar a sus años mozos, volverían a sus correrías y probablemente en gran número dejarían a la Iglesia, y a Cristo, de nuevo en un segundo plano. Muchos de ellos están apegados al dinero y a lo material tanto como los demás y, la única diferencia es que ven dramática y palpablemente que el tiempo, su tiempo, se les está acabando, y que a un paso de la tumba tienen que decidirse ya. Y corren a nuestros templos como almas en pena, asustados por ver tan de cerca el rostro de la muerte que, en muchas ocasiones, ya han atisbado con sus enfermedades o tras la partida de esposos, esposas o resto de familiares.

No, aunque muchos lo hacen con fe, otros de esos ancianitos no son más que unos pobres desgraciados que, gracias a la divina misericordia, Dios les ha permitido llegar al final de sus días para que intenten salvarse, sino como cristianos comprometidos y con una vida llena de frutos y buenas obras, al menos como fieles que, aunque tengan que pasar largo tiempo en el Purgatorio, puedan recibir los últimos auxilios de la Madre Iglesia para salvar sus almas.


Pero que nadie se engañe: no está segura la salvación de quien espere a la última hora para volver a los brazos de Dios. Puede que el Señor no les conceda a otros ese privilegio y ni siquiera lleguen a la ancianidad. Porque si bien Dios es benevolente, también es justo y, tras una vida de pecado y de darle la espalda, será muy complicado encontrarle entre las tinieblas de una existencia que ha transcurrido ignorándole. Y ya que has querido vivir sin él, probablemente Él, justamente, te deje que acabes tus días también sin Él.

El rico Epulón pedía desde su lugar en el averno: "padre Abraham, déjale a Lázaro ir a advertir a mi familia para que ellos no se condenen", obviamente Abraham no se lo permitió, respondiéndole que ya tenían a las Escrituras y a los profetas, pero el condenado insistía: "pues ordénale a un muerto -a un ángel- que vaya a advertirles, y así evitarán venir a este lugar de tormento", a lo que el patriarca le contesta: "si no creen en la ley y los profetas, aunque se presente un ángel tampoco le escucharán".


Imagínate a tus familiares fallecidos, tus padres, tus abuelos, a tus hermanos ya muertos, haciéndole la misma petición al Señor al descubrir que vives en pecado. "No, ya tienen a los santos, los sacramentos, las devociones y las predicaciones de mis siervos: que los escuchen a ellos". "No, Señor" -dirán tus familiares ya salvados- "pero si les envías un ángel, o a tu Santa madre, ellos creerán"."Si les envío a un ángel, e incluso aunque vaya Yo mismo, no nos escucharán". Y claro que no atenderán. Dirán que es una alucinación, un estado de ansiedad, o que tiene una explicación científica. De ninguna de las formas creerán. Preferirán recurrir a cualquier otra explicación que les evite sus remordimientos o un cambio de su estado, antes que renunciar a la oscuridad en la que están envueltos y a la depravación en la que están inmersos.

Ahí tenemos, sin ir más lejos, las apariciones de la Madre del Señor, públicas, en la iglesia copta egipcia, con vídeos y cientos de testigos, y ¿les ha servido eso para creer? O el milagro de la materialización de la Forma en la boca de una de las videntes en las apariciones marianas de Garabandal, de lo cual hay fotografías reales, y ocurrió ante miles de testigos. Tampoco eso ha servido para que crean. Y aunque el cielo se abriera y descendieran ángeles, muchos seguirían sin creer. Atados y cegados como están por la carne, darán millones de excusas antes de renunciar a sus placeres, su dinero y a sus ataduras carnales.


A San Juan Bosco se le reveló en una visión cómo hacían los demonios para atraer así a los mundanos y cegarlos: primero les ponía un lazo, el de la sensualidad, la gula, la avaricia, el lujo, el placer, la codicia... Según la debilidad de cada uno. Tras ese, los atraía para ponerles otro, y otro, y otro... Así es que muchas de esas personas -lo vemos en las noticias a diario- acaban enlodadas en los más pérfidos escándalos, entre la más cruel desdicha, muchos suicidándose porque no soportan más, tras una vida de placeres y de perseguir únicamente la satisfacción de sus apetencias carnales.

Puede que, por una inusual gracia divina, el mundano se convierta tras un milagro notorio: una visión, una revelación... Pero normalmente esto conlleva también duros trabajos que no todos podrían soportar, por eso cuanto menos facilidades tengas, menos te exigirá de ti Dios. Los grandes santos que fueron místicos y tuvieron grandes revelaciones y visiones, también fueron grandes sufrientes, padecieron innumerables dolores y angustias de todo tipo: físicos, morales, espirituales, e incluso de desprecio y humillación por parte de sus propios hermanos. Si el Señor no ha puesto eso sobre tus espaldas quizá sea porque sabe que no podrás soportarlo, de manera que no esperes sonoros y prodigiosos milagros y apariciones a tu alrededor, si el Señor ve que no tienes fortaleza para sobrellevarlo. Además, ¿puede existir mayor milagro que nuestra propia conversión? La salvación nuestra y nuestra redención ya es de por sí un milagro más que notorio, el milagro más grande, y lo tenemos ante nosotros, en cualquier misa podemos verlo, y quien no lo vea no solo es el más ciego de los hombres sino, además, el más desgraciado.


En resumen: ¿buscas placeres, ser famoso, ser rico, ser poderoso? ¿Que todo te vaya bien, gozar de salud y prestigio? Únete al mundo, ve con él, porque entonces no estás dispuesto a seguir a Cristo que mandó "negarse a uno mismo", ser el más miserable de los hombres, no servidor de uno sino "servidor de todos", y darlo todo, entregarle su corazón, y seguirle. El auténtico cristiano a de ser así de radical. Pero si no quieres eso, si quieres ser feliz aquí y ahora y "lo que venga me da igual", pues entrégate al mundo. Pero has de saber cómo actúa el mundo: tras prometerte todo, te despreciará y te tratará como un juguete, en cuanto te tenga atado, ya no le importarás para nada y te escupirá en su vertedero de depravación.

Ocurre en la mayoría de ocasiones -dice San Alfonso María de Ligorio- que quienes le dan la espalda al Señor, éste les deja en el mundo permitiendo que les sonría la vida, y gocen sin aparente castigo, llegando a afirmar: "no hay Dios", a sabiendas de que pasarán toda la eternidad en las torturas infernales. El éxito y la gloria mundana suele significar, por ello y en la mayoría de ocasiones, un signo de condenación o, al menos, es una muestra de que esa persona será reprobada. ¿Por qué ocurre -y esto es innegable- que, a pesar de tanto deseo que tienen los hombres de paz y prosperidad, haya siempre no solo más hambre y penurias, sino mas injusticia en el mundo? Porque cada uno nos buscamos a nosotros mismos, y no el bienestar y la salvación del prójimo. Esto conlleva un cambio del corazón que solo se puede realizar con la caridad cristiana, la ley del amor hasta el punto de "dar la vida por sus amigos". ¿Y quienes son sus amigos? "Vosotros, si hacéis lo que yo os mando" -Juan 15:14-16-.

Empieza hoy a ser un cristiano de verdad, vuélvete a Dios con franqueza, vete en su busca y Él te atraerá hacia sí, porque Él no rechaza a nadie. Empieza hoy porque mañana puede que sea ya muy tarde para ti puesto que, al final, a toda persona se le presentan dos alternativas: o ser del mundo, y seguir sus goces, anhelos y disfrutes, o ser de Cristo y disponerse a sufrir, ser humillado, despreciado y pobre. La elección parece fácil: seguir al mundo y sus alegrías. El problema radica en que seguir al mundo sabemos a qué nos lleva y en qué acaba, en corrupción, muerte y perdición eterna. Seguir a Cristo acaba en victoria, salvación y bienaventuranza futura. La carne da lo que es la carne, que es su naturaleza, y no puede dar más allá, sin embargo con Cristo sabemos que, por un corto periodo de sufrimiento y paciencia, obtendremos la corona de la vida verdadera.

El error radica en que muchos creen que esta vida es todo, porque no conocen nada más, y no conocen la vida auténtica porque no conocen a Cristo. Por eso, y aunque a ojos de los mundanos el cristiano sea el ser más digno de compasión, la realidad es que las personas más desdichadas son las que parecen estar gozando más con el mundo, porque no se dan cuenta de lo vana, caduca y superficial que es tal forma de gozar. Mira la de personas que se entierran a diario, ¿crees que no tuvieron los mismos sueños que tú? ¿Crees que no pensaban en conquistar el mundo también, en ser gente importante, respetable, en que todos les quisieran admirar? Mira en qué acabaron, cómo quedaron. Todo lo de aquí abajo tiene el mismo final, y a ese final nadie escapa.


¿No sería objeto de la compasión más ferviente el condenado que va totalmente alegre camino de la silla eléctrica, creyendo que la última comida que está disfrutando es lo mejor que puede obtener, a sabiendas de que luego va a ser ejecutado, y se comporta como si eso no fuera con él? ¿Cómo le llamaríamos a una persona así? ¿Estúpida? ¿Loca? ¿Ignorante? ¡Pues cuantos estúpidos hay por el mundo! Así son los mundanos que piensan que aquí abajo hayarán todo lo que satisface sus sueños y sus locas pasiones, y no se dan cuenta que se engañan a sí mismos.

¿Qué dicen ellos de nosotros, sin embargo? "Pobres cristianos, malgastando sus vidas en sacrificios y penitencias cuando podrían estar disfrutando de los placeres de la carne". ¡Admiremos ese espectáculo de ilusos, que para ser felices tienen que tener cosas y seguir las apetencias y voluptuosidades de sus caprichosos deseos! ¿No es esa la mayor tortura, que buscando su propio deleite nunca terminan por estar satisfechos? Quien tiene dinero siempre quiere tener más, quien tiene tierras nunca tiene bastantes, y quien disfruta de éxitos nunca tiene suficientes. No hay límites para el goce carnal y en el momento en que se empieza a gustar una cosa mínimamente, ya aspiran a deleitarse con otra. Apenas han probado una satisfacción, ya buscan otra distinta. Nada les llena a los mundanos, e ignoran que solo una cosa es necesaria -Lucas 10:42-, solo una no se acaba, se renueva, nunca cansa y no termina. Solo una no caduca, y ni el tiempo, la muerte, las desgracias, las penurias, el dolor o la miseria nos la puede arrebatar. Solo una cosa es necesaria, y ante ella el resto del mundo y su contenido solo es paja, solo polvo, solo cenizas que disipa el viento y desaparecen. Solo una y por ella no solo merece la pena dedicar todo nuestro ser, sino también dar por ella nuestra vida. Así mártires y santos lo entendieron, y ahora la cuestión es: ¿lo entiendes tú?


Ludobian de Bizance | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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