Desprecio de los bienes mundanos

17.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (181)



4. También porque en la mencionada unión a la que la dispone y encamina esta oscura noche, ha de estar el alma llena y dotada de cierta magnificencia gloriosa en la comunicación con Dios, que encierra en sí innumerables bienes de deleites que exceden toda la abundancia que el alma naturalmente puede poseer -ya que en tan débil e impuro natural no la puede recibir porque, según dice Isaías (64, 4), "ni ojo lo vio, ni oído lo oyó, ni cayó en corazón humano lo que aparejó", etc.-, conviene que primero sea puesta el alma en vacío y pobreza de espíritu, purgándola de todo apego, consuelo y aprensión natural acerca de todo lo de arriba y de abajo con el fin de que, así vacía, esté lo suficientemente pobre de espíritu y desnuda del hombre viejo para poder vivir aquella nueva y bienaventurada vida que por medio de esta noche se alcanza, que es el estado de la unión con Dios.

5. Y puesto que el alma ha de llegar a tener un sentido y comunicación divina muy generosa y sabrosa respecto de todas las cosas divinas y humanas que superan el común sentir y saber natural del alma (a las cuales mirará con ojos tan diferentes que antes como difiere el espíritu del sentido y lo divino de lo humano), le conviene al espíritu ejercitarse y curtirse para desprenderse del común y natural sentir, poniéndolo por medio de esta purgativa contemplación en una gran angustia y aprieto, y a la memoria muy lejos de toda amigable y pacífica noticia, con sentido interior y temple de peregrinación y migración de todas las cosas, en que le parece que todas son extrañas y de otra manera a como solían ser.

Y de esta forma en esto va sacando esta noche al espíritu de su ordinario y común sentir de las cosas, para llevarle a sentido divino, el cual es extraño y ajeno de toda humana manera. Aquí le parece al alma que anda fuera de sí en penas. Otras veces piensa si es encantamiento el que tiene o embelesamiento, y anda maravillada de las cosas que ve y oye, pareciéndole muy peregrinas y extrañas, siendo las mismas que solía tratar antes comúnmente. Estos síntomas son causa del irse ya haciendo remota el alma y ajena del común sentido y noticia respecto de las cosas comunes para que, aniquilada en éste aspecto, quede informada en el divino, que es más de la otra vida que de ésta.

6. Todas estas aflictivas purgaciones del espíritu para reengendrarlo en vida de espíritu por medio de esta divina influencia las padece el alma, y con estos dolores viene a parir el espíritu de salud. En este fin se cumple entonces la sentencia de Isaías (26, 17-18) que dice: "De tu faz, Señor, concebimos, y estuvimos con dolores de parto, y parimos el espíritu de salud".

Además de esto, debido a que por medio de esta noche contemplativa se dispone el alma para llegar a la tranquilidad y paz interior, que es tal y tan deleitable que, como dice la Iglesia, excede todo sentido (Flp. 4, 7), le conviene al alma que toda la paz primera -la cual, por cuanto estaba envuelta con imperfecciones, no era paz, aunque a la dicha alma le parecía serlo porque andaba a su sabor, que era paz, paz, como dos voces, esto es, que tenía ya adquirida la paz del sentido y del espíritu, según se veía llena de abundancias espirituales aunque esta paz del sentido y del espíritu aún es, como digo, imperfecta-, sea primero purgada en ella y quitada y perturbada de la paz, como lo sentía y lloraba Jeremías en el texto que de él mostramos para declarar las calamidades de esta noche pasada, diciendo: "Quitada y despedida está mi alma de la paz" (Lamentaciones. 3, 17).

7. Esta es una penosa turbación que trae consigo muchos recelos, imaginaciones y combates que tiene el alma dentro de sí en la cual, con la aprehensión y sentimiento de las miserias en que se ve, sospecha que está perdida y acabados sus bienes para siempre. De aquí es que trae en el espíritu un dolor y gemido tan profundo que le causa fuertes rugidos y bramidos espirituales, pronunciándolos a veces por la boca, y resolviéndose en lágrimas cuando hay fuerza y virtud para poderlo hacer, aunque las menos veces llega este alivio.

David declara muy bien esto, como quien tan bien lo experimentó, en un salmo (37, 9) diciendo: "Fui muy afligido y humillado, rugía del gemido de mi corazón". El cual rugido es cosa de gran dolor porque algunas veces, con la súbita y aguda memoria de estas miserias en que se ve el alma, tanto se levanta y se ve cercada en dolor y pena las afecciones del alma que no encuentro la forma en la que se podría dar a entender sino por la semejanza que el profeta Job (3, 24), estando en este mismo trabajo, por estas palabras dice: "De la manera que son las avenidas de las aguas, así el rugido mío". Porque así como algunas veces las aguas hacen tales avenidas que todo lo anegan y llenan, así este rugido y sentimiento del alma algunas veces aumenta tanto que, anegándola y traspasándola toda, llena de angustias y dolores espirituales todos sus afectos profundos y fuerzas de una forma que es superior a todo lo que se puede estimar.

8. Tal es la obra que en ella hace esta noche encubridora de las esperanzas de la luz del día. Porque a este propósito dice también el profeta Job (30, 17): "En la noche es horadada mi boca con dolores, y los que me comen no duermen". Y aquí por la boca se entiende la voluntad, la cual es traspasada con estos dolores que en su labor de despedazar al alma ni cesan ni duermen, porque las dudas y recelos que así traspasan al alma nunca duermen.

9. Profunda es esta guerra y combate, debido a que la paz que espera habrá de ser muy profunda también. Y asimismo el dolor espiritual es íntimo y afilado, porque el amor que ha de poseer ha de ser también muy íntimo y apurado. Esto se debe a que cuanto más íntima y esmerada ha de ser y quedar la obra, tanto más íntima, esmerada y pura ha de ser la labor, y tanto más fuerte cuando el edificio es más firme. Por eso, como dice Job (30, 16. 27), se está marchitando en sí misma el alma, e hirviendo sus interiores sin alguna esperanza.

Y ni más ni menos, porque el alma ha de llegar a poseer y gozar en el estado de perfección -al cual por medio de esta purgativa noche camina- a innumerables bienes de dones y virtudes, así según la sustancia del alma como también según las potencias de ella. Por lo tanto conviene que primero generalmente se vea y sienta ajena y privada de todos ellos y vacía y carente de ellos, y le parezca que de ellos está tan lejos que no se pueda persuadir que jamás ha de alcanzar esos dones y virtudes, sino que todo bien se le acabó, como también lo da a entender Jeremías en el mencionado texto (Lamentaciones. 3, 17), cuando dice: "Olvidado estoy de los bienes".

10. Pero veamos ahora cuál es la causa por la que siendo esta luz de contemplación tan suave y amigable para el alma, hasta tal punto que no es necesario desear más -pues, como arriba queda dicho, es la misma con que se ha de unir el alma y hallar en ella todos los bienes en el estado de la perfección que desea-, le cause con su influencia e impacto unos inicios tan penosos, así como unos esquivos efectos como aquí hemos dicho.

11. A esta duda fácilmente se responde diciendo lo que ya en parte hemos explicado, y es que la causa de esto se debe a que no hay de parte de la contemplación e infusión divina cosa que de suyo pueda dar pena, antes más bien mucha suavidad y deleite -como después se dirá-, sino que la causa de estas penurias que se sienten es debido a la flaqueza e imperfección que en ese momento tiene el alma, así como a las disposiciones que en sí tiene y los movimientos contrarios que ejerce para recibirlos, en los cuales impactando la dicha lumbre divina se produce entonces la confrontación en la cual ha de padecer el alma de la manera ya mencionada.


16.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (180)



CAPÍTULO 9
De qué manera aunque esta noche oscurece al espíritu, es para ilustrarle y darle luz.


1. Resta, pues, decir aquí que en esta dichosa noche, aunque oscurece el espíritu, no lo hace sino con el fin de darle luz en todas las cosas y, aunque lo humilla y pone miserable, no es sino para ensalzarle y levantarle. Además aunque le empobrece y vacía de toda posesión y afección natural, no es sino para que divinamente pueda extender a gozar y gustar de todas las cosas de arriba y de abajo, siendo con auténtica y general libertad de espíritu en todo.

Porque, así como los elementos para que se comuniquen en todos los compuestos y entes naturales, conviene que con ninguna particularidad de color, olor ni sabor estén afectados, para poder concurrir con todos los sabores, olores y colores, así al espíritu le conviene estar sencillo, puro y desnudo de todas formas de afecciones naturales, tanto actuales como habituales, para poder comunicar con libertad con la anchura del espíritu en la divina Sabiduría, en donde por su limpieza gusta todos los sabores de todas las cosas con cierta eminencia de excelencia. Y sin esta purgación de ninguna manera podrá sentir ni gustar la satisfacción de toda esta abundancia de sabores espirituales, porque una sola afición que tenga o particularidad a que esté el espíritu asido, actual o habitualmente, basta ya para no sentir ni gustar ni comunicar la delicadeza e íntimo sabor del espíritu de amor, que contiene en sí todos los sabores con gran eminencia [nota: también procede de la filosofía aristotélico-tomista la teoría sobre los elementos sin color, olor ni sabor: comentario de S. Tomás al "De generatione" de Aristóteles 2, 2.].

2. Porque, así como los hijos de Israel, sólo porque les había quedado una sola afición y recuerdo de las carnes y comidas de Egipto (Ex. 16, 3), no podían gustar del delicado pan de ángeles en el desierto, que era el maná, el cual, como dice la divina Escritura (Sab. 16, 21), tenía suavidad de todos los gustos y se convertía al agrado que cada uno quería, así no puede llegar a gustar los deleites del espíritu de libertad, según la voluntad desea, el espíritu que todavía estuviere afectado con alguna afición actual o habitual, o con particulares inteligencias o cualquiera otra aprehensión.

La razón de esto es porque las afecciones, sentimientos y aprehensiones del espíritu perfecto, puesto que son divinas, son de otra suerte y género tan diferente de lo natural y de lo evidente que, para poseer las unas actual y habitualmente, habitual y actualmente se han de expeler y aniquilar las otras, como hacen dos contrarios, que no pueden estar juntos en un mismo sujeto. Por tanto, conviene mucho y es necesario para que el alma haya de pasar a estas grandezas, que esta noche oscura de contemplación la aniquile y deshaga primero en sus bajezas, poniéndola a oscuras, seca, exprimida y vacía, ya que la luz que se le ha de comunicar es una altísima luz divina que excede toda luz natural, por lo que la cual no cabe naturalmente en el entendimiento.

3. Y por ello conviene que, para que el entendimiento pueda llegar a unirse con esa luz y hacerse divino en el estado de perfección, sea primero purgado y aniquilado en su lumbre natural, poniéndole actualmente a oscuras por medio de esta oscura contemplación. La cual tiniebla conviene que le dure tanto cuanto sea menester para expeler y aniquilar el hábito que de mucho tiempo tiene en sí formado sobre su manera de entender y, en su lugar, quede la ilustración y luz divina. Y con ello, por cuanto aquella fuerza que tenía de entender antes era natural, se sigue que las tinieblas que aquí padece son profundas y horribles y muy penosas puesto que, como se sienten en la profunda sustancia del espíritu, parecen tinieblas sustanciales.

Ni más ni menos, por cuanto la afección de amor que se le ha de dar en la divina unión de amor es divina, y por eso muy espiritual, sutil y delicada y muy interior, que excede a todo afecto y sentimiento de la voluntad y a todo apetito de ello, conviene que, para que la voluntad pueda llegar a sentir y gustar por unión de amor esta divina afección y deleite tan elevado que no cabe en la voluntad de forma natural, sea primero purgada y aniquilada en todas sus afecciones y sentimientos, dejándola en sequedad y vacío, tanto cuanto conviene según el hábito que tenía de naturales afecciones, así acerca de lo divino como de lo humano. Todo ello se realiza con el fin de que, extenuada y enjuta y bien exprimida en el fuego de esta divina contemplación de todo género de demonio, como el corazón del pez de Tobías en las brasas (Tb. 6, 19) tenga una disposición pura y sencilla y el paladar purgado y sano para sentir los sublimes y delicados toques del divino amor en que se verá transformada divinamente, expelidas ya todas las contrariedades actuales y habituales, como decimos, que antes tenía.


15.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (179)



CAPÍTULO 8
Otras penas que afligen al alma en este estado de noche oscura.


1. Pero hay aquí otra cosa que al alma aqueja y la desconsuela mucho y es que, como esta oscura noche la tiene impedidas las potencias y afecciones, ni puede levantar afecto ni mente a Dios, ni le puede rogar, pareciéndole lo que a Jeremías (Lamentaciones. 3, 44), que ha puesto Dios una nube delante para que no pase la oración. Porque esto quiere decir lo que en la autoridad mencionada (Lamentaciones. 3, 9) se muestra: "Atrancó y cerró mis vías con piedras cuadradas". Y si algunas veces ruega, es tan sin fuerza y sin sabor, que le parece que ni lo oye Dios ni hace caso de ello, como también este profeta da a entender en la misma Escritura (Lamentaciones. 3, 8): "Cuando clamare y rogare, ha excluído mi oración". A la verdad no es éste tiempo de hablar con Dios, sino de poner, como dice Jeremías (Lamentaciones. 3, 29), su boca en el polvo, si por ventura le viniese alguna actual esperanza, sufriendo con paciencia su purgación. Dios es el que opera aquí haciendo pasivamente la obra en el alma, por eso ella no puede nada. De donde ni rezar ni asistir con advertencia a las cosas divinas puede, ni menos en las demás cosas y tratos temporales. Tiene no sólo esto, sino también muchas veces tales enajenamientos y tan profundos olvidos en la memoria, que se le pasan muchos ratos sin saber lo que se hizo ni en qué pensó, ni qué es lo que hace ni qué va a hacer, ni puede advertir, aunque quiera, a nada de aquello en que está ocupada.

2. Que, por cuanto aquí no sólo se purga el entendimiento de su lumbre y la voluntad de sus afecciones, sino también la memoria de sus discursos y noticias, conviene también aniquilarla respecto de todas ellas, para que se cumpla lo que de sí dice David (Sal. 72, 22) en esta purgación: "Fui yo aniquilado y no supe". El cual "no saber" se refiere aquí a estas insipiencias y olvidos de la memoria, las cuales enajenaciones y olvidos son causados del interior recogimiento en que esta contemplación absorbe al alma. Porque, para que el alma quede dispuesta y templada a lo divino con sus potencias para la divina unión de amor, convenía que primero fuese absorta con todas ellas en esta divina y oscura luz espiritual de contemplación, y así fuese abstraída de todas las afecciones y aprensiones de criatura, lo cual es singularmente duradero según es la intención. Y así, cuanto esta divina luz impacta de manera más sencilla y pura en el alma, tanto más la oscurece, vacía y aniquila respecto de sus aprensiones y afecciones particulares, así de cosas de arriba como de abajo y también, cuanto menos sencilla y pura impacta, tanto menos la priva y menos oscura le resulta al alma. Que es cosa que parece increíble decir que la luz sobrenatural y divina tanto más oscurece al alma cuanto ella tiene más de claridad y pureza, y cuanto menos clara es sin embargo le parezca menos oscura. Lo cual se entiende bien si consideramos lo que arriba queda probado con la sentencia del Filósofo, conviene a saber: que las cosas sobrenaturales tanto son a nuestro entendimiento más oscuras, cuanto ellas en sí son más claras y manifiestas.

3. Y, para que más claramente se entienda, pondremos aquí una semejanza de la luz natural y común. Vemos que el rayo del sol que entra por la ventana, cuanto más limpio y puro es de átomos, tanto menos claramente se ve, y cuanto más de átomos y motas tiene el aire, tanto parece más claro al ojo y se hace visible. La causa es porque la luz no es la que por sí misma se ve, sino el medio con que se ven las demás cosas que embiste y entonces ella, por la reverberación que hace en ellas, también se la ve, y si no diese en ellas, ni ellas ni ella se verían. De tal manera que, si el rayo del sol entrase por la ventana de un aposento y pasase por otra de la otra parte por en medio del aposento, si no se encontrase con alguna cosa ni hubiese en el aire moléculas en las cuales reverberar, no tendría el aposento más luz que antes, ni el rayo se echaría de ver. Aún antes, si el rayo de luz se discerniese claramente, entonces es que hay más oscuridad por donde está el rayo, porque priva y oscurece algo de la otra luz, y si no hay objetos visibles en los que pueda reverberar entonces el mismo rayo no se vería (nota del actualizador: esta doctrina se fundamenta en Santo Tomas, "De veritate", y es bastante familiar con la de S. Teresa y utilizada por los espirituales de su tiempo).

4. Pues ni más ni menos hace este divino rayo de contemplación en el alma que, embistiendo en ella con su luz divina, excede la natural del alma, y en esto la oscurece y priva de todas las aprensiones y afecciones naturales que antes mediante la luz natural discernía. Y así, no sólo la deja oscura, sino también vacía según las potencias y apetitos, así espirituales como naturales y, dejándola de esta forma vacía y a oscuras, la purga e ilumina con divina luz espiritual. Todo ello se realiza sin pensar el alma que está siendo iluminada por esta luz, sino que está en tinieblas, como hemos dicho del rayo que, aunque está en medio del aposento, si está puro y no tiene en qué impactar no se ve. Pero en esta luz espiritual de la que está embestida el alma, cuando tiene en qué reverberar, esto es, cuando se ofrece alguna cosa que entender espiritual y de perfección o de imperfección, por mínimo átomo que sea, o juicio de lo que es falso o verdadero, luego lo ve y entiende mucho más claramente que antes de que se encontrase en estas oscuridades. Y ni más ni menos se da cuenta de la luz que tiene en su ser espiritual para conocer con facilidad la imperfección que se le ofrece, así como cuando el rayo que hemos dicho está oscuro en el aposento, aunque él no se vea, si se ofrece pasar por él una mano o cualquiera cosa se muestra y se ve la mano, conociendo entonces que estaba allí aquella luz del sol.

5. Por todo ello, por ser esta luz espiritual tan sencilla, pura y general, no afectada ni reducida a ningún particular inteligible natural ni divino -pues acerca de todas estas aprensiones tiene las potencias del alma vacías y aniquiladas-, ocurre que con gran agilidad y facilidad conoce y penetra el alma cualquier cosa de arriba o de abajo que se ofrece. Por eso mismo dijo el Apóstol (1 Cor. 2, 10) que el espiritual todas las cosas penetra, hasta los profundos de Dios. Porque de esta sabiduría general y sencilla se entiende lo que por el Sabio (Sab. 7, 24) dice el Espíritu Santo, es a saber: Que toca por doquier por su pureza, es decir, porque no se reduce a ningún particular inteligible ni afección.

Y ésta es la propiedad del espíritu purgado y aniquilado respecto de todas particulares afecciones e inteligencias que, en este no gustar nada ni entender nada en particular, morando en su vacío y tiniebla, lo abraza todo con gran disposición, para que se verifique en él lo de san Pablo (2 Cor. 6, 10): "Nihil habentes, et omnia possidentes" ("como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo"). Porque tal bienaventuranza se debe a tal pobreza de espíritu.


14.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (178)



4. Mas para lograrse alcanzar la meta, aunque sean fuertes estos sufrimientos no por ello son más rápidos, porque duran algunos años. Entretando se superponen en medio ciertos altibajos y alivios, en que por dispensación de Dios, dejando esta contemplación oscura de embestir en forma y modo purgativo, embiste iluminativa y amorosamente y en esos instantes el alma, como si le hubieran dado salida de tales mazmorras y tales prisiones y la hubiesen puesto en recreación de esplendor y libertad, siente y gusta gran suavidad de paz y cercanía amorosa con Dios, con abundancia de una fácil comunicación espiritual.

Lo cual es al alma indicio de la salud que va en ella obrando la dicha purgación y pre-anuncio de la abundancia que la espera. Y aún esto se da en tal grado a veces, que le parece al alma que ya han concluido sus trabajos. Porque de esta cualidad son las cosas espirituales en el alma, cuando son más puramente espirituales, en donde las cuales, cuando son trabajos, le parece al alma que nunca ha de salir de ellos y que se le acabaron ya los bienes, como se ha visto por las escrituras alegadas. Y a su vez, cuando son bienes espirituales también le parece al alma que ya se acabaron sus males, y que no le faltarán ya los bienes, como David (Sal. 29, 7), viéndose en ellos, lo confesó diciendo: "Yo dije en mi abundancia: No me moveré para siempre".

5. Y esto ocurre debido a que la posesión actual de un contrario en el espíritu de suyo remueve la actual posesión y sentimiento del otro contrario, lo cual no sucede así en la parte sensitiva del alma, por ser débil de aprensión. Mas, como quiera que el espíritu aún no está aquí bien purgado y limpio de las afecciones que de la parte inferior tiene contraídas, aunque en cuanto espíritu no se mude, en cuanto está afectado con ellas se podrá mudar en penas, como vemos que después se mudó David (Sal. 29, 7), sintiendo muchos males y penas, aunque en el tiempo de su abundancia le había parecido y dicho que no se había de mover jamás. Así el alma, como entonces se ve actuada con aquella abundancia de bienes espirituales, no echando de ver la raíz de imperfección e impureza que todavía le queda piensa que ya se acabaron sus trabajos.

6. Mas este pensamiento ocurre las menos de las veces porque, hasta que está terminada de hacer la purificación espiritual, muy raras veces suele ser la comunicación suave tan abundante que le cubra la raíz que queda, de manera que deje el alma de sentir allá en el interior un no sé qué sobre lo que le falta o lo que está aún por hacer, que no le deja cumplidamente gozar de aquel alivio, sintiendo ella dentro como un enemigo suyo que, aunque está como sosegado y dormido, se recela que volverá a revivir y hacer de las suyas. Y así es que, cuando más segura está y menos se da cuenta, vuelve a tragar y absorber el alma en otro grado peor y más duro, oscuro y lastimero que el pasado, el cual dura otra temporada, por ventura más larga que la primera. Y aquí el alma otra vez viene a creer que todos los bienes están acabados para siempre, que no le basta la experiencia que tuvo del bien pasado que gozó después del primer trabajo en que también pensaba que ya no había más que penar, para dejar de creer en este segundo grado de aprieto que ya todo está acabado y que no volverá a gozar como la vez pasada. Porque, como digo, esta creencia tan confirmada se causa en el alma de la actual aprensión del espíritu, que aniquila en él todo lo que a ella es contrario.

7. Esta es la causa por la que los que yacen en el purgatorio padecen grandes dudas de que han de salir de allí jamás y de que se han de acabar sus penas. Porque, aunque habitualmente tienen las tres virtudes teologales, que son fe, esperanza y caridad, la actualidad que tienen del sentimiento de las penas y privación de Dios no les deja gozar del bien actual y consuelo de estas virtudes. Porque, aunque ellos echan de ver que quieren bien a Dios, no les consuela esto dado que les parece que no les quiere Dios a ellos ni que de tal cosa son dignos. Por contra, como se ven privados de Él y puestos en sus miserias, les parece que con lógica y mucha razón tienen por qué ser aborrecidos y desechados de Dios para siempre.

Y así, el alma situada en esta purgación, aunque ella ve que quiere bien a Dios y que daría mil vidas por Él (como es así la verdad, porque en estos trabajos aman con mucha veracidad estas almas a su Dios), con todo no les es alivio esto, antes les causa más pena. Y es que, queriéndole ellas tanto hasta el punto en que no tienen otra cosa que les dé cuidado ni les preocupe, como se ven tan miserables no pudiendo creer que Dios las quiera a ellas ni que tienen ni tendrán jamás motivos por qué quererlas, sino antes encuentran muchos motivos y muestras de por qué ser aborrecidas no sólo de Él, sino de toda criatura para siempre, se duelen de ver en sí tantas causas por las cuales merezcan ser desechadas de quien ellas tanto quieren, anhelan y desean.


13.3.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (177)



CAPÍTULO 7
Continuación en la misma materia, respecto ahora a otras aflicciones y apuros de la voluntad.


1. Las aflicciones y apuros de la voluntad son aquí también inmensos y de manera que algunas veces traspasan al alma durante la súbita memoria de los males en los que se ve, con la incertidumbre de su remedio. Y se añade a esto la memoria de las prosperidades pasadas puesto que, habitualmente, quienes entran en esta noche han tenido muchos gustos en Dios y le han hecho muchos servicios, y esto les causa más dolor, puesto que ven que están ajenos de aquel bien y que ya no pueden entrar en él. Esto dice también Job (16, 13-17), puesto que lo experimentó, por aquellas palabras: "Yo, aquél que solía ser opulento y rico, de repente estoy deshecho y contrito; asióme la cerviz, quebrantóme y púsome como señuelo suyo para herir en mí; cercóme con sus lanzas, llagó todos mis lomos, no perdonó, derramó en la tierra mis entrañas, rompióme como llaga sobre llaga; embistió en mí como fuerte gigante; cosí saco sobre mi piel, y cubrí con ceniza mi carne; mi rostro se ha hinchado en llanto y cegándose mis ojos".

2. Tantas y tan graves son las penas de esta noche, y tantas referencias hay en la Escritura que a este propósito se podrían alegar, que nos faltaría tiempo y fuerzas escribiendo, porque sin duda todo lo que se puede decir es poco. Por las autoridades ya mencionadas se podrá barruntar algo de ello.

Y para ir concluyendo con este verso y dando a entender más lo que obra en el alma esta noche, diré lo que en ella siente Jeremías (Lm. 3, 1-20), la cual por ser tanto, lo dice y llora él con muchas palabras en esta manera: "Yo, varón, que veo mi pobreza en la vara de su indignación, hame amenazado, y trájome a las tinieblas, y no a la luz. ¡Tanto ha vuelto y convertido su mano sobre mí todo el día! Hizo vieja mi piel y mi carne, desmenuzó mis huesos; en rededor de mí hizo cerca, y cercóme de hiel y de trabajo; en tenebrosidades me colocó, como muertos sempiternos. Cercó en rededor contra mí porque no salga, agravóme las prisiones. Y también, cuando hubiere clamado y rogado, ha excluido mi oración. Cerrádome ha mis salidas y vías con piedras cuadradas: desbaratóme mis pasos. Oso acechador es hecho para mí, león en escondrijos. Mis pisadas trastornó y desmenuzóme, púsome desamparado, extendió su arco, y púsome a mi como señuelo a su saeta. Arrojó a mis entrañas las hijas de su aljaba. Hecho soy para escarnio de todo el pueblo, y para risa y mofa de ellos todo el día. Llenándome ha de amarguras, embriagóme con absintio. Por número me quebrantó mis dientes, apacentóme con ceniza. Arrojada está mi alma de la paz, olvidado estoy de los bienes. Y dije: frustrado y acabado está mi fin y pretensión y mi esperanza del Señor. Acuérdate de mi pobreza y de mi exceso, del absintio y de la hiel. Acordarme he con memoria, y mi alma en mí se deshará en penas".

3. Todos estos llantos hace Jeremías sobre este trabajo, con los que dibuja muy vivamente las pasiones del alma en esta purgación y noche espiritual. Por lo cual una gran compasión conviene tener hacia el alma que Dios pone en esta tempestuosa y horrenda noche porque, aunque le espera muy buena dicha por los grandes bienes que de ella le han de nacer cuando, como dice Job (12, 22), cuando levantare Dios en el alma desde las tinieblas profundos bienes y convierta en luz la sombra de muerte, de manera que, como dice David (Sal. 138, 12), venga a ser su luz como fueron sus tinieblas. Sin embargo y con todo eso, sufre vívidamente debido a la inmensa pena con que está sufriendo y por la gran incertidumbre que tiene de su remedio pues cree, como aquí dice este profeta, que no ha de acabarse su mal, pareciéndole, como también dice David (Sal. 142, 3-4), que la colocó Dios en las oscuridades como lo están los muertos del siglo, angustiándose por esto en ella su espíritu, y turbándose en ella su corazón. Con lo cual es de tenerle gran dolor y lástima.

Porque se añade a esto, a causa de la soledad y desamparo que en esta oscura noche se le produce, no hallar consuelo ni apoyo en ninguna doctrina ni en maestro espiritual puesto que, aunque por muchas vías le testifiquen las causas del consuelo que puede tener por los bienes que hay en estas penas, no lo puede creer. Esto es así debido a que ella está tan embebida e inmersa en aquel sentimiento de males en que ve tan claramente sus miserias que le parece que como quienes tratan de socorrerla no ven lo que ella ve y siente, no entendiéndola dicen aquello y, en vez de consuelo, antes recibe nuevo dolor, pareciéndole que no es aquél el remedio de su mal, y a la verdad así es. Porque hasta que el Señor acabe de purgarla de la manera que Él lo quiere hacer, ningún medio ni remedio le sirve ni aprovecha para su dolor. Y aún más, puesto que puede el alma tan poco en este estado como el que tienen aprisionado en una oscura mazmorra atado de pies y manos, sin poderse mover ni ver, ni sentir algún favor de arriba ni de abajo, hasta que aquí se humille, se someta y purifique el espíritu, y se ponga tan sutil y sencillo y tenue que pueda hacerse uno con el Espíritu de Dios, según el grado que Su Misericordia quisiere concederle de unión de amor, ya que conforme a esto es la purgación más o menos fuerte y de más o menos tiempo.