Desprecio de los bienes mundanos

7.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (115)



CAPÍTULO 14.
Se explican ciertas nociones sobre las comunicacioens espirituales que pueden llegarnos a la memoria.


1. Las noticias o comunicaciones espirituales son las que pusimos por tercer género de aprehensiones de la memoria, no porque ellas pertenezcan al sentido corporal de la fantasía como las demás (pues no tienen imagen y forma corporal), sino porque también llegan a estar debajo de reminiscencia (o recuerdo) y memoria espiritual. Es así puesto que, después de haber recalado en el alma alguna de ellas se puede, cuando quisiere, acordarse de ella. Y esto acontece no por la efigie e imagen que dejase la tal aprehensión en el sentido corporal -porque, por ser corporal, como decimos, no tiene capacidad para formas espirituales-, sino que intelectual y espiritualmente se acuerda de ella por la forma que en el alma de sí misma -o de su paso- dejó impresa, que también es forma o noticia, o imagen espiritual o formal, por lo cual uno se acuerda de esta manera, o bien por el efecto que causó. Por eso pongo estas aprehensiones entre las de la memoria, aunque no pertenezcan a las de la fantasía.

2. Cuáles son estas noticias y cómo tiene que actuar en ellas el alma para ir a la unión de Dios ya está suficientemente explicado en el capítulo 24 del libro segundo, donde las tratamos como aprehensiones del entendimiento. Veanse allí, porque allí dijimos cómo eran en sus dos maneras: unas increadas y otras de criaturas.
Sólo puntualizar en lo que toca al propósito de cómo debe la memoria actuar acerca de ellas para ir a la unión, que como acabo de decir de las formas en el precedente capítulo, de cuyo género son también estas que son de cosas creadas (o sea, de criaturas), cuando le hicieren buen efecto se puede uno acordar de ellas, no para quererlas retener en sí, sino para avivar el amor y noticia de Dios. Pero si no le causa el acordarse de ellas buen efecto, nunca quiera pasarlas por la memoria ni recurrir a ellas ni recordarlas.
Mas de las comunicaciones de tipo increadas digo que se procure acordar las veces que se pudiere, porque le harán gran efecto pues, como allí dijimos, son toques y sentimientos de unión de Dios, que es precisamente donde vamos encaminando al alma. Y de esto no se acuerda la memoria por alguna forma, imagen o figura que imprimiesen en el alma, porque no la tienen aquellos toques y sentimientos de unión del Creador, sino por el efecto que en ella hicieron la luz, amor, deleite y renovación espiritual, etc., de las cuales cada vez que se acuerda, se renueva algo de todo ello.


6.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (114)



4. Que sea una obra más baja tambien está claro, porque las potencias del alma no pueden de suyo hacer reflexión y operación, sino sobre alguna forma, figura e imagen que previamente hayan recibido, y esta es su materia y la sustancia de su espíritu, que viene a ser el sustrato interior del que se forman luego las interpretaciones de quienes tratan de retener estas comunicaciones. La auténtica sustancia o espíritu no se une con las potencias del alma en verdadera inteligencia y amor, si no es cuando ya cesa la operación de esas mismas potencias, dado que la pretensión y fin de la tal operación no es sino venir a recibir en el alma la sustancia entendida y amada de aquellas formas, o sea, su ser íntimo. De donde la diferencia que hay entre la operación activa y el mantenerse pasivamente, así entendida como sus provechos, es la que hay entre lo que se está haciendo y lo que ya está hecho, que es como entre lo que se pretende conseguir y alcanzar -tratar de actuar activamente- y entre lo que está ya conseguido y alcanzado -la obra ya realizada pasivamente-.
De donde también se concluye que, si el alma quiere emplear activamente sus potencias en las tales aprehensiones sobrenaturales (en que, como hemos dicho, le da Dios el espíritu de ellas pasivamente), no sería menos que dejar lo hecho para volverlo a hacer, y ni gozaría lo hecho ni con sus acciones haría nada sino impedir los efectos de lo ya concluido y de la obra terminada porque, como decimos, no pueden llegar de suyo propio y por sus propios medios al espíritu que Dios daba al alma sin el ejercicio de las potencias activamente. Con lo cual ciertamente sería apagar el espíritu que de las dichas aprehensiones imaginarias Dios infunde, si el alma hiciese caudal de ellas para tratar de retenerlas. Más bien las ha de dejar hacer sus efectos disponiéndose en ellas pasiva y negativamente -es decir, sin tratar de reafirmarlas o afianzarlas-, porque entonces Dios mueve al alma a más de lo que ella pudiera ni supiera llegar. Que, por eso mismo, dijo el profeta (Hab. 2, 1): "Estaré en pie sobre mi custodia y afirmaré el paso sobre mi munición, y contemplaré lo que se me dijere", que es como si dijera: "levantado estaré sobre toda la guardia de mis potencias, y no daré paso adelante en mis operaciones, y así podre contemplar lo que se me dijere", esto es, "entenderé y gustaré lo que se me comunicare sobrenaturalmente".

5. Y lo que también se alega del Esposo (Ct. 8, 6) se entiende aquello del amor que pide a la Esposa, que tiene por oficio entre los amados de asimilar el uno al otro como parte principal de su unión. Y por eso él le dice a ella que le ponga en su corazón por señuelo (Ct. 8, 6), donde todas las saetas de amor de la aljaba vienen a dar, que son las acciones e ímpetus de amor, con el fin de que todas den en el blanco de dicho corazón estando allí por señuelo de ellas, y así todas sean para Él, y así se asemeja el alma a Él por las acciones y movimientos de amor, hasta transformarse finalmente en Él. Y dice que le ponga también como señuelo en el brazo, porque en él está el ejercicio de amor, pues en él se sustenta y regala el Amado.

6. Por tanto, de todo lo que el alma ha de procurar en todas las aprehensiones que de la divinidad le vinieren (así imaginarias como de otro cualquier género, da lo mismo visiones que locuciones, o sentimientos, o revelaciones) es no haciendo caso de la letra y corteza, esto es, de lo que significa o representa o de lo que da a entender, sólo advertir en tener el amor de Dios que interiormente le causan al alma. Y de esta manera han de hacer caso de los sentimientos no de su sabor, ni de su suavidad, ni de sus figuras, sino de los sentimientos de amor que le causan.
Y para sólo este efecto bien podrá algunas veces acordarse de aquella imagen y aprehensión que le causó el amor, para poner el espíritu en motivo y enfocado hacia ese amor porque, aunque no hace después tanto efecto cuando se acuerda como la primera vez que se le comunicó, todavía cuando se acuerda se renueva el amor, y hay levantamiento de mente en Dios, mayormente cuando es el recuerdo de algunas figuras, imágenes o sentimientos sobrenaturales que suelen sellarse e imprimirse en el alma, de manera que duran mucho tiempo, y algunas nunca se quitan del alma. Y estas que así se sellan en el alma, casi cada vez que el alma advierte en ellas le hacen divinos efectos de amor, suavidad, luz, etc., unas veces más, otras menos, porque para esto se las imprimieron. Y así, es una gran gracia a quien Dios le hace esto, porque es tener en sí una mina de bienes a los cuales recurrir.

7. Estas figuras que hacen los tales efectos están asentadas vivamente en el alma, que no son como las otras imágenes y formas que se conservan en la fantasía y así, no tiene por qué ni le es necesario al alma acudir a su imaginación para hacerse con ellas cuando se quisiere acordar, porque ve que las tiene en sí misma, como se ve la imagen en el espejo. Cuando acaeciere a alguna alma tener en sí las dichas figuras formalmente, bien podrá acordarse de ellas para el efecto de amor que dije, porque no le estorbarán para la unión de amor en fe, como no quiera embeberse en la figura en sí, sino aprovecharse del amor -o sea, de sus efectos-, dejando luego la figura, con lo cual y teniendo presente esta premisa, le ayudará.

8. Dificultosamente se puede conocer cuándo estas imágenes están impresas en el alma y cuándo en la fantasía, porque las de la fantasía también suelen ser muy frecuentes. Y es que algunas personas suelen ordinariamente traer en la imaginación y fantasía visiones imaginarias y con gran frecuencia se las representan de una determinada manera, bien porque estén dadas a fantasear, con lo cual por poco que piensan enseguida se les representa y dibuja aquella figura ordinaria en la fantasía, o bien porque se las pone el demonio, aunque también puede ocurrir que sea porque se las pone Dios, sin que se impriman en el alma formalmente.
Pero se pueden conocer de qué clase de estos tipos son por los efectos, porque las que son naturales o del demonio, por más que se acuerden de ellas, no ejercen ningún efecto bueno ni producen un buen fruto ni llevan a renovación espiritual en el alma, sino que secamente las miran. Pero las que son buenas, al menos, acordándose de ellas hacen algún efecto bueno del mismo tipo que aquel que hizo al alma la primera vez que las recibió. Finalmente las formales que se imprimen en el alma, casi siempre que las advierte o las revive le hacen algún efecto.

9. El que hubiere tenido estas comunicaciones y experiencias conocerá fácilmente las unas y las otras, porque está muy clara la enorme diferencia al que posee experiencia. Sólo digo que las que se imprimen formalmente en el alma con duración, ocurren más raras veces. Pero en cualquier caso sean de estas, o de otro tipo, bueno le es al alma no querer comprehender nada, sino a Dios por fe en esperanza.
Y respecto a lo mencionado sobre la objeción, esto es, que puede parecer soberbia desechar estas cosas si son buenas, digo que antes es prudente humildad aprovecharse de ellas en el mejor modo, como ya queda dicho y ya hemos explicado cuál es, y guiarse por tanto por lo que sea más seguro, como también explicamos.


5.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (113)




CAPÍTULO 13.
Se explican los provechos que saca el alma en apartar de sí las aprehensiones de la imaginación, y se responde a cierta objeción, aclarando asimismo una diferencia existente entre las aprehensiones imaginarias naturales y las de origen sobrenatural.


1. Los provechos que se obtienen vaciando la mente de las formas imaginarias se muestran bastante claramente por los cinco daños a los que previamente nos hemos referido, los cuales le causan al alma si quiere retener en sí estas comunicaciones, como también dijimos de las formas naturales.
Pero, además de estos, hay otros provechos de gran descanso y quietud para el espíritu. Porque, aparte de que naturalmente le viene ese descanso y quietud cuando está libre de imágenes y formas, está libre también del cuidado de si son buenas o malas, y de cómo se ha de mostrar en las unas y cómo en las otras. También se libera de ese trabajo y tiempo que había de gastar en los maestros espirituales queriendo que se las averigüen si son buenas o malas, o si de un género o del otro, lo cual no es necesario querer saber, pues de ninguna ha de hacer caso. Y así el tiempo y dedicación del alma que había de gastar en todo eso y en entender con ellas, lo puede emplear en otro mejor y más provechoso ejercicio, que es el disponerse a la voluntad para con Dios y en cuidar de buscar la desnudez y pobreza espiritual y sensitiva, que consiste en querer de veras carecer de todo arrimo consolatorio y aprehensivo, así interior como exterior. Lo cual se ejercita muy bien queriendo y procurando desprenderse y alejarse de estas formas, pues que de ahí se le seguirá un tan gran provecho, como es acercarse a Dios que no tiene imagen, ni forma, ni figura, tanto cuanto más se enajenare de todas formas e imágenes y figuras imaginarias.

2. Pero alguien tal vez se preguntará: ¿por qué muchos espirituales dan por consejo que se procuren aprovechar las almas de las comunicaciones y sentimientos de Dios, y que los quieran recibir de Él para tener así qué darle, pues si Él no nos da, no le damos nada? Y que san Pablo (1 Tes. 5, 19) dice: "No queráis apagar el espíritu". Y el Esposo a la Esposa (Ct. 8, 6): "Ponme como señuelo sobre tu corazón, como señuelo sobre tu brazo", lo cual ya es de alguna forma una aprehensión. Todo lo cual, según la doctrina arriba dicha, no sólo no se ha de procurar, mas, aunque Dios lo envíe, se ha de desechar y desviar. Y claro está que, pues Dios lo da, para bien lo da y buen efecto hará, dado que no hemos de arrojar las margaritas a mal. Y aún es genero de soberbia no querer admitir las cosas de Dios, como que sin ellas, por nosotros mismos, nos pudiésemos valer.

3. Para responder a esta pregunta debemos advertir lo que dijimos en los capítulos 15 y 16 del segundo libro, donde se responde en buena parte a esta duda. Porque allí dijimos que el bien que redunda en el alma de las aprehensiones sobrenaturales, cuando son de buena procedencia, pasivamente se obra en el alma en aquel mismo instante que se representan al sentido, sin que las potencias de suyo hagan alguna operación ni esfuerzo. De donde no es menester que la voluntad haga acto de admitirlas porque, como también hemos dicho, si el alma entonces quiere obrar con sus potencias, antes con su baja operación natural impediría la sobrenatural que por medio de estas aprehensiones obra Dios entonces en ella, en lugar de poder sacar algún provecho de su ejercicio de obra sino que, así como se le da al alma pasivamente el espíritu de aquellas aprehensiones imaginarias, así pasivamente se ha de encontrar y recibir en ellas el alma, sin poner sus acciones interiores o exteriores en nada.
Y esto es guardar los sentimientos de Dios, porque de esta manera no los pierde por su forma baja de obrar. Y esto es también no apagar el espíritu, porque apagarle sería si el alma se quisiese poner de otra manera de la que Dios la lleva. Lo cual haría si, dándole Dios el espíritu pasivamente, como hace en estas aprehensiones, ella entonces se quisiese disponer en ellas activamente, obrando con el entendimiento o queriendo algo en ellas o actuando a su parecer según entiende de ellas.
Y esto está claro, porque si el alma entonces quiere obrar por fuerza, no ha de ser su obra más que natural, porque de suyo no puede más. Esto es así porque a la manera sobrenatural no se mueve ella ni se puede mover, sino la mueve antes Dios y la pone en ella (nota del corrector: es decir, es ese estado o disposición). Y así, si entonces el alma quiere obrar a la fuerza, en cuanto en sí es, acaba impidiendo con su obra activa la pasiva que Dios le está comunicando, que es el espíritu, porque se pone en su propia obra, que es de otro género, material y más baja que la que Dios la comunica. Porque la de Dios es pasiva y sobrenatural y la del alma, en esto que estamos explicando, activa y natural. Y esto sería en definitiva apagar el espíritu.


4.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (112)



CAPÍTULO 12.
Se explica el daño que el alma puede sufrir referente a las formas y aprehensiones imaginarias sobrenaturales, el cual es juzgar de Dios baja e impropiamente.


1. No le es al alma menor el quinto daño que se le sigue de querer retener en la memoria y en la imaginación las dichas formas e imágenes de las cosas que sobrenaturalmente se le comunican, mayormente si quiere tomarlas por medio para llegar a la divina unión, porque es cosa muy fácil juzgar del ser y alteza de Dios menos digna y altamente de lo que conviene a su incomprehensibilidad. Porque, aunque la razón y juicio no haga expreso concepto de que Dios será semejante a algo de aquello, todavía la misma estimación de aquellas aprehensiones -si finalmente las estimase- hace y causa en el alma a su vez el no estimar y sentir de Dios tan elevadamente como enseña la fe, que nos dice ser incomparable, incomprehensible, etc.
Porque no solo es que de todo lo que el alma pone en la criatura quita de Dios, sino que de forma consecuente y natural se hace en el interior de esa alma, por medio de la estimación de aquellas cosas aprehensibles, cierta comparación de ellas a Dios que no deja juzgar ni estimar de Dios tan altamente como debe. Porque las criaturas, ahora terrenas, ahora celestiales, y todas las noticias e imágenes distintas, naturales y sobrenaturales, que pueden llegar a las potencias del alma, por altas que sean ellas en esta vida, ninguna comparación ni proporción tienen con el ser de Dios, por cuanto a Dios no se le puede contener debajo de ningún género y especie, y ellas sí, como dicen los teólogos. Y el alma en esta vida no es capaz de recibir clara y específicamente sino lo que se contiene debajo de género y especie. Por eso mismo dice san Juan (1, 18) que ninguno jamás vio a Dios. E Isaías (64, 4), que no alcanza el corazón de hombre a valorar cómo es Dios. Y Dios dijo a Moises (Ex. 33, 20) que no le podía ver en este estado de vida. Por tanto, el que aprisiona la memoria y las demás potencias del alma con lo que ellas pueden comprender y/o entender, no puede estimar a Dios ni sentir de Él como debe (nota del corrector: puesto que Dios es mucho más superior y sublime de lo que somos capaces de abarcar).

2. Pongamos una simple comparación: es evidente que cuanto más uno pusiese los ojos en los criados del rey y en su servidumbre, y más reparase y atendiese en ellos, menos caso hará del rey y en tanto menos le estimará. Y es que aunque el aprecio no esté formal y distintamente en el entendimiento, lo está en la obra, pues cuanto más pone atención y cuidado en los criados, tanto más quita de su señor -puesto que se dedica a los criados-. Por ello no juzgará del rey muy altamente, pues los criados le parecen algo delante del rey, su señor. Así acontece al alma para con su Dios cuando hace caso de las dichas criaturas. Aunque esta comparación es muy baja, porque Dios es de otro ser que sus criaturas, ya que dista de todas ellas de una forma infinitamente más perfecta. Por ello, todas las criaturas han de quedar perdidas de vista, y en ninguna forma de ellas ha de poner el alma los ojos, para poderlos poner sólo en Dios por fe y esperanza.

3. De donde los que no solamente hacen caso de las dichas aprehensiones imaginarias, sino que piensan que Dios será semejante a alguna de ellas y que por ellas podrán ir a unión de Dios, ya estos yerran mucho. Como consecuencia siempre irán perdiendo la luz de la fe mientras se van fijando en el entendimiento, por medio de la cual fe es como se puede unir con Dios, y también no crecerán en la sublime virtud de la esperanza, por medio de la cual la memoria se une con Dios en esa misma esperanza, lo que debe ocurrir desuniéndose pues de todo lo imaginario.


3.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (111)




CAPÍTULO 11.
Se explica el cuarto daño que se le produce al alma sobre las distintas aprehensiones sobrenaturales de la memoria, dicho daño consiste en impedirle la unión.


1. De este cuarto daño no hay mucho que decir, por cuanto está ya declarado a cada paso en este tercer libro, en el cual hemos explicado y mostrado cómo, para que el alma se venga a unir con Dios en esperanza, ha de renunciar a toda posesión de la memoria pues que, para que la esperanza sea entera de Dios, nada ha de haber en la memoria que no sea Dios. Y asimismo, como también hemos dicho, en ninguna forma ha de quedarse retenida, ni figura, ni imagen, ni otra noticia que pueda caer en la memoria, sea Dios ni semejante a Él, ahora celestial, ahora terrena, natural o sobrenatural, según enseña David (Sal. 85, 8), diciendo: "Señor, en los dioses ninguno hay semejante a ti", de aquí se concluye que, si la memoria quiere hacer alguna presa de algo de todo esto, se impide a sí misma el dirigirse a Dios. Por una parte, porque se aprisiona y, por la otra, porque mientras más tiene de posesión, tanto menos tiene de esperanza.

2. Luego le es necesario al alma quedarse desnuda y olvidada de distintas formas y noticias de cosas sobrenaturales para no impedir la unión, según la memoria, en esperanza perfecta con Dios.