Desprecio de los bienes mundanos

14.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (91)



4. De donde, por cuanto no hay más artículos que revelar acerca de la sustancia de nuestra fe que los que ya están revelados a la Iglesia, no sólo no se ha de admitir lo que de nuevo se revelare al alma acerca de ella, sino que además le conviene, con el fin de tener cautela, el no ir admitiendo otras variedades envueltas entre las revelaciones que tuviere. Además, y con el fin de mantener la pureza del alma, que la conviene mantener en fe, aunque se le revelen de nuevo las ya reveladas no tiene que creerlas sin más porque se las revelasen de nuevo, sino porque ya están reveladas claramente a la Iglesia. Por todo ello, cerrando el entendimiento a cualquier novedad, sencillamente se arrime a la doctrina de la Iglesia y a su fe que, como dice san Pablo (Rm. 10, 17), entra por el oído, y no acomode el entendimiento ni dé crédito a estas cosas de fe reveladas de nuevo, aunque más conformes y verdaderas le parezcan, si no quiere ser engañado. Porque el demonio, para ir desviando e ingiriendo mentiras, primero ceba con verdades y cosas verosímiles y creíbles para asegurar y luego ir engañando, que es similar a la manera de la aguja del que cose el cuero, que primero entra la aguja afilada y tiesa y luego tras ella el hilo flojo, el cual no podría entrar si no le hiciera de guía y le abriese paso la aguja.

5. Y en todo esto hay que fijarse mucho porque, aunque fuese verdad que no hubiese peligro de dicho engaño, conviene notablemente al alma el no querer entender cosas claras acerca de la fe para conservar puro y entero el mérito de esa misma fe (sino, no sería fe propiamente dicha) y también para venir en esta noche del entendimiento -que es oscura- a la divina luz de la divina unión. E importa tanto esto de mantener los ojos cerrados a las profecías pasadas en cualquiera nueva revelación que, con haber el apóstol san Pedro visto incluso la gloria del Hijo de Dios de alguna manera en el monte Tabor, con todo, dijo en su canónica carta (2 Pe. 1, 19) estas palabras: "Aunque es verdad la visión que vimos de Cristo en el monte, más firme y cierta es la palabra de la profecía que nos es revelada, a la cual arrimando vuestra alma, hacéis bien".

6. Y si es cierto que por las causas ya dichas es conveniente cerrar los ojos a las ya mencionadas revelaciones que acontecen y tienen que ver acerca de las proposiciones de la fe, ¿cuánto más necesario será no admitir ni dar crédito a las demás revelaciones que son de cosas diferentes, en las cuales ordinariamente mete el demonio la mano tanto, que tengo por imposible que deje de ser engañado en muchas de ellas el que no procurase desecharlas, según la apariencia de verdad y asiento que el demonio mete en ellas? Porque junta tantas apariencias y conveniencias para que se crean, y las asienta tan fijamente en el sentido y la imaginación, que le parece a la persona que sin duda acontecerá así y que lo que supone entender será cierto. Y de tal manera hace asentar y aferrar en ello al alma, que si esa alma no tiene humildad a duras penas la sacarán de su error y la harán creer lo contrario. Por tanto, el alma pura, cauta, y sencilla y humilde, con tanta fuerza y cuidado ha de resistir y desechar las revelaciones y cualesquiera otras visiones, como si fueran tentaciones muy peligrosas, puesto que no hay necesidad de quererlas, sino precisamente de no quererlas para ir a la unión de amor. Que eso es lo que quiso decir Salomón (Ecli. 7, 1) cuando dijo: "¿Que necesidad tiene el hombre de querer y buscar las cosas que son sobre su capacidad natural?", que es como decir: "Ninguna necesidad tiene para ser perfecto el querer conocer cosas sobrenaturales por vía sobrenatural, lo cual supera su capacidad".

7. Y porque a las objeciones que contra esto se pudieran aducir está ya respondido en los capítulos 19 y 20 de este libro, remitiéndome a ellos sólo concluyo diciendo que de todas estas revelaciones y experiencias se guarde el alma para caminar pura y sin error en la noche de la fe a la divina unión.


13.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (90)



CAPÍTULO 27.
Se explica en qué consisten el segundo género de revelaciones, las cuales tratan sobre el descubrimiento de secretos y misterios ocultos. También se muestra la manera en que pueden servir para la unión con Dios, y en qué nos pueden dificultar, así cómo el demonio puede engañar mucho en esta materia.


1. El segundo género de revelaciones decíamos que eran las tocantes a la manifestación de secretos y misterios ocultos. Este puede ser de dos maneras:
La primera, acerca de lo que es Dios en sí, y en esta se incluye la revelación del misterio de la Santísima Trinidad y unidad de Dios.
La segunda es acerca de lo que es Dios en sus obras, y en esta se incluyen los demás artículos de nuestra fe católica y las proposiciones que explícitamente acerca de esas obras puede haber de realidades. En las cuales se incluyen y encierran mucho número de las revelaciones de los profetas, de promesas y amenazas de Dios, y otras cosas que habían y han de acontecer acerca de este negocio de fe.
Podemos también incluir dentro de esta segunda manera otros muchos aspectos particulares que Dios ordinariamente revela, así acerca del universo en general, como también en particular acerca de reinos, provincias y estados y familias y personas particulares.
De lo cual tenemos en las Divinas Letras ejemplos en abundancia, así de lo uno como de lo otro, mayormente en todos los Profetas en los cuales se hallan revelaciones de todas estas maneras. Que, por ser cosa clara y evidente, no quiero gastar tiempo en alegarlos aquí, sino decir que estas revelaciones no sólo acontecen de palabra, sino que las hace Dios de muchos modos y maneras: a veces con palabras solas, a veces simplemente por señales, a veces tan sólo por figuras e imágenes y semejanzas, a veces juntamente con lo uno y con lo otro, como también es de ver en los Profetas, particularmente en todo el Apocalipsis, donde no solamente se hallan todos los géneros de revelaciones que hemos dicho, ya que también en él se encuentran los modos y maneras que acabamos de mencionar.

2. De estas revelaciones que se incluyen en la segunda manera, todavía las hace Dios en este tiempo a quien quiere. Porque suele revelar a algunas personas los días que han de vivir, o los trabajos que han de tener, o lo que ha de pasar por tal o tal persona, o por tal o tal reino, etc. Y aun acerca de los misterios de nuestra fe, descubrir y declarar al espíritu las verdades de ellos, aunque en realidad esto no se llama propiamente revelación, por cuanto ya está revelado, antes sería más bien manifestación o declaración de lo ya revelado.

3. Acerca de este género de revelaciones puede el demonio interferir mucho porque, como las revelaciones de este género ordinariamente son por palabras, figuras y semejanzas, etc., puede el demonio muy bien fingir otro tanto, mucho más que cuando las revelaciones los son sólo en espíritu. Y, por tanto, si acerca de la primera manera y la segunda que decíamos, en cuanto a lo que toca a nuestra fe se nos revelase algo novedoso o cosa diferente, de ningún modo hemos de dar el consentimiento, aunque tuviesemos evidencia que aquel que lo decía era un ángel del cielo, porque así lo dice san Pablo (Gl. 1, 8) claramente: "Aunque nosotros o un ángel del cielo os declare o predique otra cosa fuera de la que os hemos predicado, sea anatema".


12.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (89)



15. Y de que también de los hechos y casos de los hombres puedan tener los espirituales noticia aunque estén ausentes, tenemos testimonio y ejemplo en el cuarto libro de los Reyes (5, 26) donde, queriendo Giezi, siervo de nuestro Padre Eliseo, encubrirle el dinero que había recibido de Naamán Siro, dijo Eliseo: "¿Por ventura mi corazón no estaba presente cuando Naamán revolvió de su carro y te salió al encuentro?", lo cual aconteció espiritualmente, viendolo con el espíritu como si pasase en su presencia. Y lo mismo se prueba en el mismo libro (4 Re. 6, 11­12), donde se lee también del mismo Eliseo que, sabiendo todo lo que el rey de Siria trataba con sus príncipes en su secreto, lo decía al rey de Israel, y así no tenían efecto sus consejos, hasta tal punto que viendo el rey de Siria que todo se sabía, dijo a su gente: "¿Por qué no me decís quién de vosotros me es traidor acerca del rey de Israel?". Y entonces le dijo uno de sus siervos: "No es así, señor mío, mi rey, sino que Eliseo profeta, que está en Israel, manifiesta al rey de Israel todas las palabras que en tu secreto hablas".

16. La una y la otra manera de estas noticias y experiencias, también como de las otras, acontecen en el alma pasivamente, sin hacer ella nada de su parte. Porque ocurrirá que, estando la persona descuidada y remota, se le pondrá en el espíritu la inteligencia viva de lo que oye o lee, mucho más claro que el sonido de la palabra y, a veces, aunque no entienda las palabras si son en latín o en otro idioma y no lo sabe, se le representa el significado de esas palabras aunque no hable ese idioma.

17. Acerca de los engaños que el demonio puede hacer y hace en esta manera de noticias e inteligencias habría mucho que decir, porque son grandes los engaños y muy encubiertos que de este tipo de experiencias hace, por cuanto por sugestión puede representar al alma muchas noticias intelectuales y ponerlas con tanto asiento, que parezca que no hay otra cosa y, si el alma no es humilde y recelosa, sin duda la hará creer mil mentiras. Porque la sugestión hace a veces mucha fuerza en el alma, mayormente cuando participa algo en la flaqueza del sentido, en que hace pegar la noticia con tanta fuerza, persuasión y asiento, que tiene que ejercer el alma entonces harta oración y fuerza para echarla de sí. Porque a veces suele representar pecados ajenos, y conciencias malas, y malas almas, falsamente y con mucha luz, todo con la intención de difamar y con gana de que se descubra aquello, para que se lleven a cabo pecados, poniendo celo en el alma de que es para que los encomiende a Dios o disfrazándolos y vistiéndolos de apariencia de bondad. Que, aunque es verdad que Dios algunas veces representa a las almas santas necesidad, si es de sus prójimos es para que las encomienden a Dios o las remedien, así como leemos que descubrió a Jeremías la flaqueza del profeta Baruc (Jr. 45, 3) para que le diese acerca de ella doctrina. El demonio falsamente simula algo parecido muy muchas veces para inducir en difamación, pecados, tropiezos y desconsuelos, de lo cual muchos tenemos muy mucha experiencia. Y otras veces pone con gran ímpetu otras noticias y las hace creer.

18. Todas estas noticias, ahora sean de Dios, ahora no, muy poco pueden servir al provecho del alma para ir a Dios si el alma se quisiese sujetar a ellas. Más aún, antes si no tuviese cuidado de negarlas en sí, no sólo la estorbarían, sino aún la dañarían harto y harían errar mucho. Porque todos los peligros e inconvenientes que hemos mencionado, puede haber en las aprehensiones sobrenaturales de las que hasta aquí hemos tratado, y más aún en este tipo de experiencias sobrenaturales. Por tanto, no me alargaré más aquí en esto, pues en renglones pasados hemos dado bastante doctrina, sino sólo diré que debe haber gran cuidado en negarlas siempre, queriendo caminar a Dios por el no saber, y siempre dando cuenta de estas experiencias a su confesor (o maestro) espiritual, estando siempre a lo que éste dispusiere respecto de las mismas. El cual debe hacer pasar al alma espiritual muy de paso por todo este tipo de experiencias, como de refilón, no haciéndola cargar con nada para así poder avanzar en su camino de unión; pues de estas cosas que pasivamente se dan al alma siempre se queda en ella el efecto que Dios quiere, sin que el alma ponga su diligencia para lograrlo. Y así, no me parece hay por qué explicar aquí el efecto que hacen las experiencias verdaderas ni el que hacen las falsas, porque sería cansar y un no acabar, ya que los efectos de estas no se pueden cobijar bajo una doctrina superflua y fugaz por cuanto, como estas experiencias son muchas y muy variadas, también lo son sus efectos, pues que las buenas los hacen buenos, y las malas, causan malos, etc. Así que diciendo que absolutamente todas se nieguen, queda dicho lo suficiente para no arriesgarse a errar.


11.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (88)



12. De lo uno y de lo otro tenemos testimonios claros en la sagrada Escritura. Porque, acerca del conocimiento espiritual que se puede tener de las cosas, dice el Sabio (Sab. 7, 17­21) estas palabras: "Me dio Dios ciencia verdadera de las cosas que son: la constitución del universo y las propiedades de los elementos, el comienzo, el fin y el entretiempo; las posiciones del sol y la alternancia de las estaciones, los ciclos del año y el movimiento de las estrellas; las diferentes especies y el comportamiento de las fieras salvajes; el poder de los espíritus y los problemas de los hombres; la variedad de las plantas y las propiedades de sus raíces. Supe, pues, todo lo que está oculto y todo lo que se ve, puesto que la sabiduría que lo ha hecho todo me lo enseñaba. En ella se encuentra un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, ágil, móvil, penetrante, puro, límpido, no puede corromperse, orientado al bien y eficaz".
Y, aunque este conocimiento que dice aquí el Sabio que le dio Dios de todas las cosas fue infuso y general, por esta autoridad se prueban suficientemente todas las experiencias que particularmente infunde Dios en las almas por vía sobrenatural cuando Él quiere. No porque les de hábito general de ciencia, como se dio a Salomón en lo mencionado anteriormente, sino descubriendoles a veces algunas verdades acerca de cualesquiera de todas estas cosas que aquí cuenta el Sabio.
Cierto es que Nuestro Señor acerca de muchas cosas infunde hábitos a muchas almas (aunque nunca tan generales como el de Salomón), tal como aquellas diferencias de dones que cuenta san Pablo (1 Cor. 12, 8­10) que reparte Dios, entre los cuales pone sabiduría, ciencia, fe, profecía, discreción o conocimiento de espíritus, inteligencia de lenguas, declaración de las palabras, etc. Todas esas destrezas o conocimientos son hábitos infusos, que gratis los da Dios a quien quiere, ahora natural, ahora sobrenaturalmente. En forma natural como a Balam y otros profetas idólatras y muchas sibilas a quien dio espíritu de profecía; y sobrenaturalmente, como a los santos Profetas y Apóstoles y otros santos.

Pero, aparte de estos hábitos o gracias "gratis data", lo que decimos es que las personas perfectas o las que ya van avanzando en perfección, muy ordinariamente suelen tener ilustración y noticia de las cosas presentes o ausentes, lo cual conocen por el espíritu que tienen ya ilustrado y purgado. Acerca de esto podemos entender aquella autoridad de los Proverbios (27, 19), que dice: "De la manera que en las aguas se reflejan los rostros de los que en ellas se miran, así los corazones de los hombres son manifiestos a los prudentes", por lo que se entiende referirse a aquellos que tienen ya sabiduría de santos, de lo cual dice la sagrada Escritura que es prudencia (Pv. 9, 10). Y a este modo, también estos espíritus conocen a veces sobre las demás cosas, aunque no siempre que ellos quieren, que eso es sólo para los que tienen el hábito, y aun esos no tampoco siempre en todo, porque es como Dios quiere dotarles.

14. Pero es de saber que estos que tienen el espíritu purgado, con mucha facilidad llegan a tener la habilidad natural para conocer, y unos más que otros, lo que hay en el corazón o espíritu interior, y las inclinaciones y talentos de las personas, siendo esto por indicios exteriores, aunque sean muy pequeños, como por palabras, movimientos y otras muestras. Porque, así como el demonio puede esto, porque es espíritu, así también lo puede el espiritual, según el dicho del Apóstol (1 Cor. 2, 15) que dice: "El espiritual todas las cosas juzga". Y otra vez (1 Cor. 2, 10) dice: "El espíritu todas las cosas penetra, hasta las cosas profundas de Dios". De donde, aunque materialmente no pueden los espirituales conocer los pensamientos o lo que hay en el interior de las personas, por ilustración sobrenatural del Espíritu Santo o por indicios bien lo pueden entender. Y aunque en el conocimiento hecho por los indicios que les llegan muchas veces se pueden engañar, la mayoría de las veces aciertan. Mas ni de lo uno ni de lo otro hay que fiarse, porque el demonio se entromete aquí enormemente y con mucha sutileza, como luego diremos, y así siempre se han de renunciar y rechazar las tales inteligencias y noticias.


10.12.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (87)



5. Estas comunicaciones divinas que son acerca de Dios nunca son de cosas particulares, por cuanto son acerca del Sumo Principio y, por eso, no se pueden transmitir en personal si no fuese en alguna manera alguna realidad de cosa menos que Dios, que juntamente se mostrase en ver allí; mas las comunicaciones divinas no, en ninguna manera, porque alcanzan elementos muy elevados. Y estas altas noticias no las puede tener sino el alma que llega a unión de Dios, porque ellas mismas son la misma unión, puesto que consiste el tenerlas en cierto toque que se hace del alma en la Divinidad, y así el mismo Dios es el que allí es sentido y gustado. Y, aunque no se manifiesta tan claramente como en la gloria, es tan sublime y alto toque esta experiencia y su sabor que penetra la sustancia del alma, por lo que el demonio no se puede entrometer ni simular algo semejante, porque no existe cosa alguna que se compare, ni infundir sabor ni deleite semejante. Porque esas experiencias saben a esencia divina y vida eterna, y el demonio no puede fingir cosa tan elevada.

6. Podría él, empero, hacer alguna apariencia similar, representando al alma algunas grandezas y henchimientos muy sensibles, procurando persuadir al alma que aquello es Dios, más de ninguna manera que podrían acceder a la sustancia del alma y renovándola y enamorándola súbitamente, como hacen las que proceden de Dios. Porque hay algunas experiencias y toques de este tipo que hace Dios en la sustancia del alma que de tal manera la enriquecen, que no sólo basta una de ellas para quitar al alma de una vez todas las imperfecciones que ella no había podido quitar en toda la vida, sino que además es capaz de dejarla llena de virtudes y bienes de Dios.

7. Y le son al alma tan sabrosos y tan íntimo deleite estos toques, que con uno de ellos se daría por bien pagada de todos los trabajos que en su vida hubiese padecido, aunque fuesen innumerables, y queda tan animada y con tanto brío para padecer muchas cosas por Dios, que le es particular tortura ver que no padece mucho.

8. Y a estas altas experiencias no puede el alma llegar por alguna comparación ni imaginación suya, porque son sobre todo eso y así, sin la habilidad del alma las obra Dios en ella. De donde, a veces, cuando ella menos piensa y menos lo pretende suele Dios dar al alma estos divinos toques, en que le causa ciertos recuerdos de Dios. Y estos a veces se causan súbitamente en ella sólo en acordarse de algunas cosas, y a veces harto mínimas. Y son tan sensibles, que algunas veces no sólo al alma, sino tambien al cuerpo hacen estremecer. Pero otras veces acontecen en el espíritu muy sosegado sin estremecimiento alguno, con súbito sentimiento del deleite y refrigerio interiormente, en el mismo espíritu.

9. Otras veces surgen en alguna palabra que dicen u oyen decir, ahora de la sagrada Escritura, ahora de otra cosa. Mas no siempre son de una misma eficacia y sentimiento, porque muchas veces son experiencias enormemente discretas pero, por mucho que sean, vale más uno de estos recuerdos y toques de Dios al alma que otras muchas comunicaciones y consideraciones de las criaturas y obras de Dios. Y por cuanto estas noticias se dan al alma de repente y sin albedrío de ella, no tiene el alma que hacer en ellas en quererlas o no quererlas, sino hayarse humilde y resignadamente respecto a ellas, que Dios hará su obra cómo y cuándo el quisiese.

10. Y de este tipo de experiencias no digo que se tenga que actuar negándolas, como ocurre en las demás aprehensiones, porque ellas son parte de la unión, como hemos dicho, en que vamos encaminando al alma, por la cual la enseñamos a desnudarse y desasirse de todas las otras. Y el medio para que Dios lo haga es el de la humildad y el padecimiento por amor de Dios con resignación de toda retribución, porque estas gracias no se hacen al alma propietaria y cerrada, por cuanto son hechas con muy particular amor de Dios que tiene con la tal alma, y por tanto dicha alma también le tiene un amor a Dios totalmente incondicional. Esto es lo que quiso decir el Hijo de Dios por san Juan (14, 21), cuando dijo: "El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo a él". En lo cual se incluyen las experiencias y toques que vamos mencionando que manifiesta Dios al alma que se acerca a Él y que de veras le ama sin paliativos.

11. La segunda manera de experiencias o visiones de verdades interiores es muy diferente de esta que hemos explicado, porque es de cosas más bajas que Dios y en estas se encierra el conocimiento de la verdad de las cosas en sí y el de los hechos y casos que acontecen entre los hombres. Y es de tal manera este conocimiento que, cuando se le dan al alma a conocer estas verdades, de tal manera se le asientan en el interior sin que nadie la diga nada que, aunque la digan otra cosa, no puede dar a cambiar su parecer y mudar su interior a otras cuestiones, aunque se quiera hacer fuerza para hacerlo, porque está el espíritu conociendo otra cosa en el conocimiento que con su espíritu tiene presente, lo cual es como verlo mucho más claro y patente. Esto pertenece al espíritu de profecía y a la gracia que llama san Pablo (1 Cor. 12, 10) "don de discreción de espíritus". Y aunque el alma tiene aquello que entiende por tan cierto y verdadero como hemos dicho, y no puede dejar de tener aquel consentimiento interior pasivo, no por eso ha de dejar de creer y dar el consentimiento de la razón a lo que le dijere y mandare su maestro espiritual, aunque sea muy contrario a aquello que siente, para enderezar de esta manera el alma en fe a la divina unión, a la cual ha de caminar el alma más creyendo que entendiendo.