Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

2.5.21

Vanidad de vanidades



Vidi cuncta quae fiunt sub fole, et ecce universa vanitas, et afflictio spiritus. (Eccles. I, 14).

Vi todo lo que se hace debajo del sol, y he aquí que todo es vanidad y aflicción de espíritu.



Vanos son, caducos y pasajeros todos los gustos de la tierra. Vanos los deseos, los cuidados, los pensamientos de los hombres. Vanidad de vanidades todo. Desdichado de aquel que, confiando en las vanas promesas de este mundo, vive entre tanto separado de Dios. Nada hay tan frágil y voluble como las cosas de la tierra. ¿Quién pensara que se habían de acabar tan presto aquellos grandes imperios de la antigüedad? ¿El de un Nabucodonosor, tan colosal a los ojos humanos, que parecía que el tiempo no había de tener jurisdicción sobre él? Y sin embargo, aquel Rey que presumía ser un dios, y que queriendo hacerse adorar como tal, mandó que lo representaran en una estatua de forma colosal, cuya cabeza era de oro, pero tenía una parte de los pies de hierro y la otra de barro, y con una piedrecita, que simbolizaba a Jesucristo, desprendida de lo alto de un monte, dio en tierra con la estatua, la cual quedó enteramente desmenuzada.

Poco tiempo después de lo dicho, Nabucodonosor perdida la razón se retiró a un monte solitario, donde por espacio de siete años estuvo comiendo heno, como un buey, mientras que su cuerpo era bañado con el rocío de lo alto, hasta que alzó los ojos al cielo, y bendiciendo al Altísimo le fue restituido el juicio y con él el trono.




El emperador romano Andrónico, al tercer año de su imperio fue preso de sus mismos vasallos, y echándole fuertes cadenas y argollas al cuello y grillos en los pies, le dieron cuantos baldones quisieron hombres muy ordinarios, dándole de bofetadas y golpes crueles. Le sacaron los dientes, y lo expusieron al público para que todos los que quisieran le ultrajasen. Le cortaron la mano derecha y le hicieron saltar un ojo de la cara. Después lo metieron en la cárcel en compañía de ladrones y asesinos, y casi muerto de hambre, de golpes y heridas, raída la cabeza y arrancada toda la barba, poco menos que desnudo lo montaron sobre un camello sarnoso, vuelto hacia atrás, de suerte que llevase en la mano la cola en lugar de cetro, y por corona una soga. Las ignominias y oprobios que pasó no son para contar. Finalmente le colgaron de los pies entre dos columnas hasta que murió. Vitelio, Valeriano y otros emperadores sufrieron igual destino.

Si de los hombres pasamos a los pueblos, veremos su semejanza. La ciudad de Tebas, que era una de las siete maravillas del mundo, tenía cien puertas, por cada una de las cuales salían diez mil hombres armados, que venían a ser todos un millón de soldados. Para tener este número de soldados, ¿cuál sería el de sus habitantes? No se sabe, pero por lo menos debemos creer que tendría cien millones de almas, cuando hoy la mayor ciudad del mundo no pasará de cuatro a seis millones. Pues a pesar de todo, esta ciudad tan populosa pereció. Nínive, ciudad grande, como la llama la Escritura por cuatro veces en la breve profecía de Jonás; ciudad inmensa, capital de la gentilidad, que tendría de circuito como unas veinte leguas de las nuestras, Nínive igualmente pereció. Babilonia, cabeza del imperio del mundo, hoy enteramente desierta..., y tantas otras. Así como el imperio de los medos, el de los asirios, persas, griegos, romanos y muchos más, a todos los cuales pudiera aplicarse aquello de Joel, según observa Nieremberg en la "Diferencia de lo temporal y eterno": "Lo que dejó la oruga lo comió la langosta, y lo que dejó la langosta lo comió el pulgón, y lo que dejó el pulgón comió la roya".

Vanidad de vanidades y todo es vanidad. "Estas palabras" - decía San Juan Crisóstomo, - "debían estar escritas en las paredes, en los vestidos, en las plazas, en los edificios, en las calles, en las ventanas, en las puertas, y principalmente en la conciencia de cada uno; y en todo tiempo habíamos de pensar en ello, pues las ocupaciones engañosas de esta vida y enemigas de la verdad han ganado para con muchos autoridad y crédito. Este dicho se había de decir un hombre a otro, y oírle uno de otro en la comida, en la cena, en la conversación. Vanidad de vanidades y todo es vanidad".

Pues si tanta vanidad y miseria hay en el mundo, ¿quién se salvará? ¿Quién podrá contar la fealdad horrible de las almas, no precisamente de los miserables que están en pecado mortal, sino de los que se conservan en gracia de Dios, pero que por sus culpas veniales se hacen reos del Purgatorio? El P. Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, escribe de una Santa, que pidió a Dios luz para conocerse, y vio en sí tanta fealdad y miseria, que no lo pudo sufrir; y tornó a suplicar a Dios, diciendo: "No tanto, Señor, que desmayaré". ¡Ah!, si pensásemos en la eternidad con perfecto conocimiento de lo que ella es, no decimos ya desmayados, muertos quedaríamos los más de los mortales.

¡Oh qué infelicidad la nuestra! Y sin embargo, damos de comer a este cuerpo animal que tiene la culpa de todo; y le proporcionamos habitación, cama, vestido y distracciones, y si se pone enfermo, llamamos al médico que le asista. Todo, todo al que es el principal enemigo de nuestra alma.

¡Pobre alma, si no sabe conservarse pura y limpia, y qué plagas tan horrendas le aguardan, cuando se desencadenen los elementos, se abran las cataratas del cielo, y el horrible fragor del trueno estalle en sus dominios! Cuando brillen los relámpagos, se oiga el estremecedor ruido del terremoto, llueva granizo y fuego mezclado con sangre, y caigan las estrellas ardiendo como hachas, según la expresión de la Escritura. Cuando se hundan las islas y se allanen los montes, cuando caigan del cielo piedras del peso de un talento (Apoc. XVI, 21), es decir, de cinco arrobas; cuando, en fin, venga aquel fuego abrasador que lo reducirá todo a cenizas. Y nada más justo: el mundo está todo lleno de humo, humo de vanidad, humo que nos ciega y no nos deja ver las cosas como son; no es maravilla que tanto humo venga a parar en llamas. Para entonces, ¡oh Dios mío!, haced que lleve vuestra señal sobre la frente, que me preserve de los engaños y astucias del enemigo, que se salve esta alma, que consiga la eterna bienaventuranza sin necesidad de pasar por el Purgatorio. ¡Oh!, en el Purgatorio, en aquella caverna obscura y llena de tormentos, en aquel llanto inconcebible de las pobrecitas almas, en aquel fuego que obrará con un milagro totalmente opuesto al del.horno de Babilonia, porque allí lució sin arder, y en el Purgatorio arderá sin luz, de manera tal que mezcladas las llamas con el humo de aquel voraz incendio, formará una densa y pavorosa tempestad de tinieblas semejantes a las de Egipto. Sólo a las tinieblas de Egipto da la Escritura el nombre de horribles (Éxodo, X, 22). ¿Qué nombre daremos a aquellas tinieblas del Purgatorio, hechas por Dios para atormentar a las almas? "Exurge, Domine; salvum me fac, Deus meus!" ("¡Levántate, Señor; sálvame, Dios mío!", Salmos, III, 7).

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com




| ClamoresDeUltratumba | | Purgatorio | | Consejos | | Enseñanzas |

No hay comentarios:

Publicar un comentario