25.2.19

Acto de Oblación de las Almas Víctimas


"Ecce venio! (¡Vedme aquí!)". (Salm., XXXIX, 8).

¡Oh, Jesús, mi dulcísimo Redentor!, permitid que uniéndome a las disposiciones con las que en Vuestra entrada en el mundo pronunciasteis Vuestro sublime "Ecce venio", os ofrezca hoy por manos de María Inmaculada el sacrificio pleno, entero, absoluto de todo mi ser. Deseo con este acto dar una íntima y dulce alegría a Vuestro Corazón y contribuir al aumento de Vuestra mayor gloria, al triunfo de la santa Iglesia, en reparación por las ánimas del purgatorio, y a la salvación de todos los hombres, mis hermanos.

Por estos sublimes fines y sagrados intereses, ¡oh Cordero de Dios!, dignaos aceptar mi humilde sacrificio. Os lo ofrezco con plena y entera voluntad y con júbilo de mi corazón. Aquí me tenéis: cuanto soy, tomadlo todo, dirigidlo todo, inmoladlo todo según Vuestro beneplácito.

¡Oh Dios Amor!, poned Vos mismo el fuego en el holocausto, que esta llama sagrada me purifique, me divinice y me transforme en Vos.




María, mi dulcísima e inmaculada Madre, dignaos ser el Sacerdote de mi sacrificio. Ofrecedme a la Santísima Trinidad como ofrecisteis en el Templo al Isaac de Vuestro Corazón.

¡Oh Virgen santísima, que tuvisteis la gloria de estar presente en la ofrenda del Sacrificio de Jesucristo, Vuestro muy amado Hijo; asistidme con Vuestro maternal cuidado y con Vuestra tierna compasión, en el camino y en la cima de mi Calvario! Obtenedme que unido estrechamente a la gran Víctima que se ofrece sin cesar en nuestros altares, sea yo una hostia pura, santa y agradable a los ojos de Dios y sea misericordiosamente aceptada por Él.

¡Oh Jesús, mi dulcísimo Salvador, contemplo con una alegre serenidad las consecuencias de mi sacrificio! Acepto y bendigo de antemano Vuestras disposiciones, me abandono con filial confianza en Vuestra paternal Providencia, y desapruebo las resistencias que mi naturaleza podría oponer a Vuestras operaciones en orden a la crucifixión de todo mi ser.

¡Oh mi dulcísima Vida! ¡Oh mi único y amadísimo Maestro!, bendigo Vuestro Real Corazón, por haberme hecho salir, mediante esta completa donación de mí mismo y de todo lo creado, para entrar en Vos, perderme en Vos, consumirme en Vos; para que siendo un mismo espíritu con Vos, ¡oh Dios de mi corazón!, seamos uno en el tiempo y en la eternidad. Amén.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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