15.10.17

La religiosa carmelita que cambió el palacio por un convento


La religiosa madre María de San José, fundadora del Carmelo en Lisboa, era de padres nobles, emparentados nada menos que con los duques de Medinaceli. Los ejemplos y virtudes que vio en Santa Teresa de Jesús -que era doña Luisa, en cuya casa se crió la religiosa, bienhechora de la santa- la conmovieron de tal modo que se decidió a dejar el mundo, y con mucha prudencia se adhirió a los ejercicios que había de abrazar en la vida religiosa, teniendo especial cuidado en que nadie en palacio descubriera sus intenciones, temiendo que se empeñasen en hacerla cambiar de parecer.

A veces espiaba a Santa Teresa, conmovida por su vida, viéndola en ocasiones arrebatada, otras atormentándose con rigurosa mortificación, e incluso disciplinándose a sí misma con semejante crueldad, que infundía terror a cuantos la oían. Todo ello renovaba los impulsos de María de San José a despedirse lo más deprisa posible de la vida regalada en palacio, y mientras estaba en su aposento, entre lágrimas componía versos amorosos hacia el Señor.




Su vida la escribió el sacerdote Fr. Melchor de Santa Ana, historiador de los carmelitas en Portugal, donde fue a fundar tras profesar en la vida religiosa. En uno de los poemas de esta monja carmelita se puede leer:

Por mil razones conviene
ojos, que siempre lloréis,
si gozar después queréis
del bien que el llanto proviene.

¿Cómo buscaré contento
viendo que por libertarme
quiso mi Rey rescatarme
a puro azote y tormento?

Si de lágrimas bañado
veo el rostro más hermoso
de aquel Señor poderoso
por lavarme de pecado:

¿quién no se ha de deshacer
y en lágrimas se ha de bañar
queriendo el llanto y pesar
y aborreciendo el placer?

No se enjuguen ya mis ojos
mi buen Señor, pues que os veo,
que es vuestra gloria y trofeo
coronarnos con abrojos.

Solía decirle a su amadísimo Jesucristo:

Si siempre en Ti pensase el alma mía,
sin apartarme un punto el pensamiento,
¡qué gozo, qué riqueza, qué alegría,
que llena me hallarás de contento!

Mas esta es la miseria y agonía,
esta es la desventura y el tormento,
que anda el pensamiento vacilando
aunque bien puede el alma estar amando.

Respecto al carmelo, escribió esta bella poesía:

Monte Carmelo, ilustre, hermoso, bueno,
claro, fértil, alegre y abundoso
de bienes celestiales te veo lleno,
en ti he hallado paz, gloria y reposo.

Eres un paraíso dulce y ameno,
donde mi alma ha hallado aquel dichoso
puerto seguro, lleno de contentos,
que no me los perturban mil tormentos.

¡Oh, más que bienaventurada vida!,
¡oh, rica, feliz y dichosa suerte!
¡Oh alma, que en tal bien te ves metida,
de un muro inexpugnable, y torre fuerte!

Da voces, y despierta a la perdida gente,
que sin saber corre a la muerte:
duélate su caída desdichada,
si del que amas quieres ser amada.

También dejó escritos unos consejos respecto al mando, que siempre sería muy conveniente recordar por quienes tienen poder, aún hoy en los tiempos que corren: "No sabrá se está bien mandar, sino sabe obedecer. El mejor modo de mandar, es obedeciendo. Prelado sin otro prelado sobre su jurisdicción, será muy libre prelado. Voluntad sin otra voluntad sobre sí, estará llena de propia voluntad. Sepa pues la amargura del obedecer, para que tenga dulzura, y suavidad en el mandar. Con esta prudencia y caridad es bien que gobiernen los superiores a sus súbditos".

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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