Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

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24.9.19

Rezo del Vía Crucis


Oración preparatoria

¡Oh Jesús! Deseamos seguir con Vos el camino del Calvario. Hacednos comprender la grandeza de Vuestros sufrimientos, y moved nuestros corazones para detestar nuestros pecados y amaros siempre más. Dignaos aplicarnos los méritos infinitos de Vuestra pasión, y con memoria de Vuestros dolores, tened misericordia de las benditas ánimas del Purgatorio, sobre todo del alma de (dígase el nombre del difunto que se desee), y de las que están más abandonadas en aquel lugar de alejamiento de Vos. A esta intención Os ofrecemos las indulgencias concedidas a este tan piadoso ejercicio de caridad.

¡Oh divina María del Carmelo!, que fuisteis la primera en enseñarnos el camino de la Cruz; obtenednos la gracia de seguir a Jesucristo con los afectos de los que Vuestro Corazón estaba lleno, cuando le acompañásteis en el camino del Calvario. Haced que lloremos con Vos, y que como Vos amemos a Vuestro divino Hijo. Os lo pedimos por su sagrado Corazón, tan profundamente herido por el olvido, la ingratitud y los pecados de los hombres.

Así sea.

17.9.19

Conclusión de la Hora Santa


¡Padre Santo, que habéis amado tanto al mundo que le habéis entregado y sacrificado a Vuestro Hijo único, nosotros Os bendecimos por esta incomprensible misericordia! No pudiendo hacerlo dignamente, Os damos gracias por medio del Corazón de nuestra dulce y santa Víctima. ¡Después de hacerse nuestra redención, se hará nuestra acción de gracias! Y a Vos, oh Salvador, oh Cordero, oh amor nuestro inmolado, Os alabamos, Os bendecimos, Os glorificamos por todos los siglos, por haberos sacrificado por la salvación de Vuestras pobres criaturas.

Por medio del Corazón de María inmolada al pie de la Cruz, por la voz elocuente de sus lágrimas de Madre, Os damos gracias, y Os rogamos, oh Jesús amadísimo, que con tu gracia podamos huir del pecado, combatir nuestras perversas inclinaciones, vencer nuestra repugnancia y resistencia para el bien, y nuestro apego al mundo y sus falsos placeres, repitiendo con Vuestra fiel amante Santa Margarita María:

"El amor divino me ha vencido, él solo poseerá mi corazón".

Concedednos también, ¡oh Jesús, Pan de Vida!, la perseverancia hasta el final.

Amén.

15.9.19

Último cuarto de hora de la Hora Santa


"Ya el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos".

Jesús había orado tres veces diciendo: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz", añadiendo luego: "No se haga mi voluntad, sino la Vuestra". Ahora bien, esta voluntad santa era que el adorable agonizante muriese, "porque la muerte es la paga del pecado".

"Levantaos - dijo a sus discípulos -, y vamos". "¿A dónde, mi dulce Maestro y Señor". "Al beso de Judas, al Pretorio, a la Columna, al Calvario, al patíbulo infame...". Y, adelantándose a la tropa enemiga que viene a prenderle: "¿A quién buscáis?", - les preguntó. "-A Jesús de Nazaret...". "Yo soy".

¡Oh gran Combatiente de amor! ¡Oh Luchador magnánimo que nos convidáis a seguiros! "Henos aquí", vuestros adoradores Os escoltarán debidamente, subirán con Vos a la montaña santa de los dolores, que es "el monte de los amantes". Bajo Vuestras órdenes, oh Rey inmortal de los siglos, queremos pelear el buen combate, vencer al príncipe de las tinieblas, triunfar del mundo, y morir resueltamente a nosotros mismos, a fin de vivir solo para Vos.

"Vamos y muramos con él".

Transportémonos en espíritu al Calvario. Adoremos al divino ajusticiado expirando en el árbol de la Cruz: Él es el Amor muerto de amor. ¿No viviremos en adelante para amarle únicamente? Sí, en retorno entreguémonos todos a Jesús, y por Él, con Él y en Él, al beneplácito divino.

Unamos nuestras pobres inmolaciones a su continua inmolación en el altar. Volvamos sacrificio por sacrificio, amor por amor, al Corazón herido de Jesús, y entremos en seguimiento de la Santísima Virgen María, San Juan y Santa María Magdalena, en su Llaga adorable, para no salir jamás de ella.

Haec Requies Mea.

Haec requies mea in saeculum saeculi; hic habitabo, quoniam elegi eam.

Señor, mi corazón no es soberbio, ni mis ojos altivos;
no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles para mí;

sino que he calmado y acallado mi alma;
como niño destetado en el regazo de su madre,
como niño destetado reposa en mí mi alma.

Espera, oh Israel, en el Señor,
desde ahora y para siempre.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

12.9.19

Tercer cuarto de hora de la Hora Santa


"¡Qué! ¿No habéis podido velar una hora conmigo?".

La Víctima santa, inundada en su sangre, se levanta buscando quien la consuele... Pero, ¡ay!, el gran Justo abandonado en Getsemaní hubo de exprimir solo el lagar... Sus tres más queridos e íntimos amigos, Pedro, Santiago y Juan, dormían a algunos pasos de allí. ¿Quién podrá decir el dolor que sintió Jesús por semejante abandono, a tal hora, en tal lugar? Pero su amantísimo Corazón debía conocer todos los dolores y cubrirnos con toda su indulgencia: "¡Qué! ¿No habéis podido verla ni una hora conmigo?". Qué dulce reprimenda, seguida de aquella caritativa advertencia: "Velad y Orad, para que no caigáis en tentación".

¡Oh Maestro agonizante, y siempre paciente y bondadoso, no permitáis que Vuestros escogidos, Vuestros adoradores, se adormezcan jamás cobardemente en el puesto de amor en que Vos los habéis tan misericordiosamente colocado!

En Vuestro tabernáculo, como en el Huerto de los Olivos, sufrís aún todos los horrores de una lenta agonía. Allí Os persiguen las traiciones, la ingratitud de los hombres Os hace gemir, lloráis nuestros crímenes, y los confesáis día y noche a Vuestro Padre Celestial. ¡Oh Jesús, dulcísimo Jesús que, careciendo de los divinos consuelos, nos habéis convidado a consolaros!, hacednos vigilantes y esforzados, generosos y enteramente dedicados a Vuestro sagrado Corazón. Enseñadnos a orar y velar, para no caer en la tentación y para que así nos libremos de todos los peligros de la hora presente.

Por el incomparable desamparo de Vuestro Corazón en Getsemaní, tened piedad, ¡oh, Jesús!, de los afligidos. Consoladlos, sostenedlos y santificadlos en la hora de la prueba.

Piedad también, Señor, para los agonizantes, y para nosotros mismos, cuando llegue la terrible hora de comparecer delante de Vos, y de recibir la sentencia que nos hará dichosos o desgraciados por toda una eternidad.

Amén.

10.9.19

Segundo cuarto de hora de la Hora Santa


"Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz".

No solamente Jesús se ha revestido de nuestras iniquidades y las ha confesado a la Majestad divina, sino que las ha expiado en su Corazón, en el Huerto, en su carne santísima, sobre la Cruz.

Consideremos, lo primero, que sobre el Corazón santísimo de su muy amado Hijo va a descargar el Eterno Padre su enojo, y a ejercer todo el rigor de su justicia.

Consideremos a Jesús, dulce Cordero, mansedumbre infinita, entregado al terror de la vista de su Padre irritado. El temor, el tedio, la tristeza, se apoderan de su alma santísima. Comienza a temer, "pavere", a la vista de los tormentos que le esperan, a sentir un tedio mortal, "taedere", causado por la ingratitud de los hombres y por la inutilidad de su Pasión para tantos, y a afligirse, "maestus esse", con amarga tristeza mirando nuestros innumerables pecados, los cuales ha tomado sobre sí, abrevado de amargura.

Y el alma santísima del Salvador, llena de temor, pide misericordia: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz"... Su espíritu se turba, su cuerpo tiembla y suda sangre hasta regar con ella la tierra.

Escuchemos lo que el mismo Nuestro Señor reveló a santa Margarita María acerca de la lucha formidable que sostuvo en el huerto de Getsemaní:

"He comparecido - dijo - ante la Santidad de Dios, quien, sin atender a mi inocencia, me ha anonadado en su santa ira, haciéndome beber el cáliz lleno de la hiel y de la amargura de su justa indignación, como si hubiera olvidado el nombre de Padre para sacrificarme a su justa cólera".

"No hay criatura alguna - añadió Nuestro Señor -, que pueda comprender los grandes tormentos que sufrí entonces, y este mismo dolor es el que experimenta el alma criminal cuando comparece ante el tribunal de la santidad divina, que pesa en algún modo sobre ella, la lastima con su peso, la oprime y la destroza porque así lo pide la divina justicia".

¡Oh!, pensemos que un día tendremos nosotros que comparecer también ante la santidad de Dios; preparémonos a sufrir sus rigores, porque "si esto se hace en el leño verde, ¿en el seco qué se hará?".

Y sobre todo, seamos indulgentes con nuestros hermanos, no los juzguemos y no seremos juzgados. Con la misma medida con que midiéramos, seremos medidos.

Miserere mei Deus... In te Domine speravi. ("Misericordia mi Dios. En tí espero").

8.9.19

Primer cuarto de hora de la Hora Santa


"Mi alma está triste hasta la muerte".

Consideremos a Jesús, el gran penitente de amor, al Cordero inmaculado presentándose delante de su Padre, cargado con todas las iniquidades del mundo: "se hizo pecador por nosotros", dice San Pablo. Se hizo nuestro fiador, y ha de pagar hasta el último cuadrante de nuestra deuda.

Todas las abominaciones, impurezas, traiciones, atentados, maldades, sacrilegios..., todos los crímenes, para decirlo en una palabra, que han manchado y mancharán a la humanidad entera, Él, la Santidad infinita, se ha revestido de ellos como de una lepra asquerosa.

Cubierto con este manto de ignominia, se arrodilla para confesar, en el tribunal de la Justicia divina, todos los pecados de los hombres.

Confiteor Deo omnipotenti...
Yo confieso ante Dios omnipotente...


Y no solamente los confiesa uno a uno, sino que le producen una vergüenza inexplicable y contrición infinita, e implora desde el fondo del abismo de humillación y de dolor en que está sumergido, el más humilde perdón de ellos.

De profundis clamavi ad te Domine...
Desde lo hondo a ti clamo, Señor...


¡Ah!, el pecado, ese lodo inmundo, ese mal abominable con que el nobilísimo Hijo de Dios se siente como impregnado hasta lo más íntimo de su sustancia, le llena de tan gran angustia que, cayendo postrado sobre su rostro, exclama: "Tristis est anima mea usque ad mortem!" ("Mi alma está triste hasta la muerte").

Dulcísimo Cordero que quitáis los pecados del mundo, preservadnos para siempre de este único y supremo mal. Por el mortal desamparo a que nuestras iniquidades Os redujeron en Getsemaní, hacednos concebir un vivo dolor de nuestros pecados y la enérgica resolución de no ofenderos más en adelante.

Perdón, Señor, para nosotros; perdón para los pobres pecadores, nuestros hermanos.


Acto de contrición. - Parce Domine.

6.9.19

Oración de preparación para la Hora Santa


¡Oh amantísimo Jesús, inmolado por nosotros! ¡Oh amado Salvador nuestro!, permitid que me arrodille a vuestro lado, en el huerto de los Olivos, y que pase íntimamente unido a vuestro corazón agonizante, la Hora Santa que habéis pedido a vuestra fidelísima amante y víctima, Santa Margarita María.

Concededme, oh adorable Salvador, una íntima participación de vuestros incomprensibles dolores, y de los sentimientos de compasión que llenaron el alma de vuestra Santísima Madre en aquella noche de mortales angustias. Os ofrezco, para suplir mi insuficiencia, los afectos de esta Madre amantísima, los de los Santos, y los de todas las almas que más os han consolado en este Misterio de dolor y de amor; y también los de todos vuestros fieles que, en esta misma hora, se asocian al amarguísimo desamparo de vuestra santísima Alma en el huerto de Getsemaní.

Oh Jesús, misericordia y dulzura mía, oh suavísimo y afligidísimo Maestro, toleradme en vuestra presencia, escuchadme, bendecidme y sumergidme en el océano de amargura que va a invadir y llenar de vuestro dulcísimo Corazón.

Amén.

3.9.19

Origen de la devoción de la Hora Santa


La devoción de la Hora Santa tuvo su origen en la oración que Jesús hizo en Getsemaní, la víspera de su muerte en la noche del Jueves al Viernes Santo.

Consiste en pasar una hora entera en oración, de las once a las doce de la noche de ese día, todas las semanas.

Su institución se debe a Nuestro Señor mismo, que la pidió a su fiel sierva Santa Margarita María en estos términos:

"Todas las noches del Jueves al Viernes, te haré participante de aquella mortal tristeza que quise sentir en el huerto de los Olivos... Y para acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a mi Padre, te levantarás entre las once y las doce de la noche, y prosternada, pegando el rostro con la tierra, procurarás no solo aplacar la ira divina pidiendo la gracia para los pecadores, sino también endulzar de alguna manea la amargura que sentí por el abandono de mis Apóstoles, a quienes reprendí por no haber podido velar una hora conmigo".