Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

21.1.24

Práctica para prepararse ante la muerte (yIV)



Día tercero.
En este último día oiremos misa, y después tendremos una meditación de una hora o de media hora, sobre la muerte.

Procuraremos visitar a uno o más pobres enfermos, o bien a un hopital, llevando socorros según nuestras facultades, y por supuesto consuelos y consejos cristianos.

Sin embargo, si esto no es posible, convendría en la propia morada o donde podamos, repartir limosna a cierto número de indigentes.

Por la noche, después de nuestras oraciones de costumbre, realizaremos la Práctica de Oración que encontraremos al final de estas líneas.





Terminados los ejercicios de estos tres días, nos ocuparemos también en poner orden a nuestros negocios temporales, a fin de que la muerte, venga cuando Dios lo quiera, no nos halle desprevenidos, ni tengamos que pensar en cosas del mundo al llegar la hora de salir de él.

Asimimos, es otra excelente preparación (y aún la más necesaria), que antes de estos ejercicios -o durante ellos- hagamos desaparecer el menor vestigio de enemistad o disensión con nuestros prójimos. A cualquiera que nos haya ofendido o perjudicado, no solo le perdonaremos interiormente delante de Dios, sino que procuraremos, sin ostentación de generosidad, aprovechar las ocasiones que se nos presenten de hacer conocer a él mismo y a los demás, el sincero olvido que hemos hecho de lo pasado.

Si por el contrario somos nosotros los ofensores o causantes de daño, debemos satisfacer sin titubear a la persona ofendida, reparando en lo posible que esté en nuestra mano cualquier perjuicio causado. Aún cuando no se trate más que de pequeños piques, o simples desvíos, creemos muy propio de un buen cristiano que se dispone a bien morir, el que se apresure a dar los primeros pasos para la concordia y armonía, lleno de fraternal caridad.



Oración del tercer día.
Oración para alcanzar una buena muerte.

Señor mío Jesucristo, Dios de toda bondad y misericordia, puesto en vuestra divina presencia con el corazón humillado y lleno de confusión por mis pecados, que reconozco y confieso, os imploro por mi última hora y por el destino eterno de mi alma.

¡Oh Señor! Cuando llegue aquella hora tristísima de sufrir la pena merecida por el pecado,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando me advierta la inmovilidad de mis pies que he llegado al fin de mi carrera,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando trémulas mis manos no pueda abrazar vuestra efigie sagrada y la dejen caer en el lecho de mi dolor,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando, vidriados y débiles mis ojos, fijen en Vos miradas lánguidas y moribundas,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando mis mejillas cárdenas y hundidas muevan a lástima a los que me rodeen, y mis cabellos herizados se bañen de sudor mortal,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando mis oídos, prontos a cerrarse para siempre a todo ruido del mundo, oigan la voz de vuestro ministro que me alienta para bien morir,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando combatan mi turbada mente pavorosos fantasmas, que al recuerdo de mis iniquidades pasadas me intimide la idea de vuestra justicia, y el ángel de tinieblas redoble sus esfuerzos para hacerme dudar de vuestro perdón,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando mis labios yertos pronuncien por vez postrera vuestro adorable nombre,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando mi corazón debilitado y oprimido tiemble ante los horrores de la muerte, sintiendo que se le apagan sus latidos,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando brote mi última lágrima, señal evidente de destrucción, y ni aún pueda suplicaros que la recibáis en sacrificio de expiación, para que yo espire como víctima de penitencia,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando los llegados y amigos, que presencien el estertor de mi agonía, os invocaren en mi auxilio movidos de compasión,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando pierda el uso de los sentidos, aislándome de todo lo del mundo y entregándome sin fuerzas en brazos de la muerte,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando exhale el último suspiro y mi alma se desprenda del cuerpo, al que ha vivido unida por tanto tiempo,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando sólo quede de mí en la tierra un cadáver yerto y repugnante, destinado a ser pasto de los gusanos,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.

Cuando mi alma comparezca delante de Vos a rendiros cuenta de sus obras,
- tened, dulce Jesús, misericordia de mí.


Oración:
¡Oh Padre, Creador y Redentor mío! Desde ahora para entonces os pido humildemente que aceptéis como homenaje debido a vuestra inmortal grandeza y a vuestra divina Justicia, la destrucción de mi humano ser, y que pues Vos me lo dísteis y a Vos os lo restituyo, según vuestra soberana voluntad -que acato y bendigo-, os dignéis cumplir la esperanza que fundo en vuestra misericordia y en las sagradas promesas de vuestro Hijo Divino; mediante cuyos merecimientos aguardo firmemente que, perdonándome las humanas fragilidades, después de esta pasajera vida me habéis de conceder la dicha de veros y adoraros en la eterna.

Amén.

(Nota: Ahora se pueden decir las Letanías de los Santos, recitándolas diciendo "rogad por mi alma" en lugar de "rogad por nosotros").


Oración final (después de las Letanías de los Santos):
Oh Dios, que sentenciados a la muerte nos habéis ocultado piadosamente el día y la hora en el que vendrá aquel momento, escuchad mis humildes ruegos y dadme vuestra gracia, a fin de que, viviendo en justicia y santidad, pueda alcanzar partir de este mundo con vuestra divina bendición.

Por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, que con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos.

Amén.

(Nota: Esta última oración tiene concedidas indulgencias).




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