Semana en el Oratorio

Mes de febrero, mes del Amor

5.5.21

Amor a María Santísima



Et ait Maria: Magníficat anima mea Dominum, ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes. (Luc. I, 46, 48).

Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor, pues ya desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.



Dice Nieremberg, tomo 2.° de sus "Obras espirituales", pág. 146 vuelto: "Hasta los mismos precitos deben tener por dicha haber nacido en estos tiempos, que no haya quien no alcance la piedad y clemencia de María; porque a los mismos que se han de condenar les tiene compasión librándoles en esta vida de muchas tribulaciones y trabajos, como compadecida de lo que después han de tener por no haberse querido aprovechar de su misericordia, o les acorta de compasión la vida porque no se condenen con más pecados, y después de caídos en el infierno deben a María que no les castigue Dios tanto como merecen, porque la pena menor con que dicen los teólogos que Dios castiga a los condenados, y el premio mayor con que galardona a los bienaventurados, deuda es y beneficio que se debe ahora a esta Señora. Y si, conforme a San Ildefonso, de alguna pena accidental se alivian los condenados, más razón hay para entender que regocijará en el cielo a los bienaventurados con nuevos premios accidentales. Pues los que van al Purgatorio, ¡cuan largo lo penaban antiguamente, cuando no había María que intercediese por ellos! Mas ahora con su piedad les abrevia aquellas penas, y les consuela en ellas. Para todos son dichosos estos tiempos del reino de María, después que Ella manda en el cielo y en la tierra".

Nuestras culpas, solamente ellas son las que han creado aquellos dos horribles lugares, a saber, el infierno y el Purgatorio. ¡Nuestras culpas! Pero, ¡oh feliz culpa, cantaré con la Iglesia, que nos mereció tener tal Redentor! Sí, por salvarme os hicisteis, Dios mío, Hijo de María. Por mi bien ¡oh María!, os hizo Dios su Madre. Ved, pues, Madre de mi alma, lo que ambos debéis a mis culpas, pues a no haber pecados que remediar, ni Vos, Jesús mío, seríais Hijo de María, ni Vos, Madre mía, fuerais lo que hoy sois, la Madre de Jesús. Luego ambos a dos me sois deudores; al paso que de uno y otro me reconozco con la misma obligación. Si debo, me debéis; si no hubiese de parte mía miserias que remediar, por demás fuera la misericordia, y a no haber pecados que redimir, tampoco tendríamos a Jesús, nuestra vida, por Redentor. "O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!". Por eso puesto en medio de las dos fuentes de piedad, el Hijo y la Madre, exclamaré: Señor, perdonad al esclavo de vuestra Madre; y a Esta la diré: Madre mía, perdonad al esclavo de vuestro Hijo. Salvador mío, ¿me habéis perdonado? ¿No me enviaréis al Purgatorio? Mirad que de sólo pensar en lo dudoso de mi ulterior destino, me hace perder el juicio. Rey de cielos y tierra, Jesús mío, perdón, perdón. Madre de misericordia, Virgen Purísima, miradme con piedad, compadeceos de mí, y alcanzadme de vuestro Hijo Jesús gracia para morir verdaderamente arrepentido.




No, yo no puedo dudar de vuestra compasión; lo que me duele, Jesús de mi alma, es el tener un corazón tan pobre y mezquino que no sepa agradecer el infinito amor que me mostrasteis en criar una mujer tal como María. Si a nuestros enemigos queréis que los amemos, de suerte que nos decís en el Evangelio: "Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian", pues si a los mismos enemigos hemos de amar, ¿qué será a vuestra Madre? ¿Qué será a aquella Mujer dichosa que os llevó nueve meses en sus entrañas, y vivió con Vos por lo menos treinta años de vuestra vida, y ahora vive y reina en el cielo, y vivirá y reinará por eternidad de eternidades? ¿A aquella mujer de quien sois Hijo, bajo cuyo supuesto le debéis nada menos que la vida mortal? Vos, Dios mío, queréis que sirvamos y amemos a vuestra Inmaculada Madre, ya por desempeñaros de la deuda que con Ella tenéis, ya también porque os obliguemos a hacernos nuevos beneficios. Pues bien, daremos este gusto a la Santísima Trinidad, de la cual la Virgen María es el templo vivo, y merece todo nuestro amor por los favores que nos ha alcanzado, por lo mucho que nos ama, por su grandeza y dignidad, por su hermosura de alma y cuerpo, por ser honra nuestra, por ser nuestra Reina, nuestra Madre y nuestra Abogada, por ser gusto de Dios, y por el amor que a nuestro Redentor Jesús le debemos.

Y porque escribimos en Santiago de Galicia, hemos de decir que el apóstol Santiago todos los días, cuando celebraba el santo sacrificio de la Misa, hacía conmemoración de la Santísima Madre de Dios, resumiendo sus grandezas; y después pedía que Dios quisiese principalmente acordarse sobre todos los Santos, de esta Señora, y ordenó que el coro le respondiese así: "Digna cosa es que te digamos verdaderamente bienaventurada, y de todas maneras sin culpa, y Madre de nuestro Dios, más preciosa que los Querubines, más gloriosa que los Serafines, que sin corrupción diste a luz al Verbo de Dios; verdaderamente te engrandecemos Madre de Dios. A a Ti llena de gracia toda criatura te da el parabién, la multitud de los Angeles y el linaje de los hombres a Ti que eres templo santificado, paraíso espiritual, gloria de las Vírgenes, de quien tomó Dios carne y se hizo niño. Hizo de tu vientre trono, y a tus entrañas les dio tal anchura y capacidad que ni los mismos cielos".

San Ireneo le dice tantas alabanzas, que asombran. Entre otras muchas, le dice:

Ave, esplendidísimo y clarísimo vaso de Dios.
Ave, Señora, llena de gracia.
Ave, Virgen beatísima entre las mujeres.
Ave, Estrella fulgentísima de quien salió Cristo.
Ave, ilustrísima luz, Madre y Virgen.
Ave, Tú que diste a luz maravillosamente al Rey de todas las cosas.
Ave, Tú por quien nos ha lucido el Sol clarísimo.
Ave, Señora más sublime que todas las criaturas.
Ave, cántico de los Querubines, e himno de los Angeles.
Ave, paz, gozo y salud del mundo.
Ave, alegría del linaje humano.
Ave, alabanza de los padres y decencia de los Profetas.
Ave, hermosura de los Mártires y corona de los Santos.
Ave, gloria de los devotos y píos.
Ave, himno de los solitarios.
Ave, ornamento clarísimo de las jerarquías celestiales.
Ave, oración de todos los escritores de alabanzas.
Ave, excelentísimo milagro de la redondez de la tierra.
Ave, paraíso de deleites.
Ave, vallado de los fieles y salud del mundo.
Ave, Madre de todos.
Ave, fuente de gracia y consolación.
Ave, refugio y mansión de los pecadores.


San Pedro Crisólogo dice también maravillas de la Virgen; entre otras son las siguientes: "No conoce bastante a Dios el que no se pasma del alma de la Santísima Virgen. El cielo se espanta, los Angeles se estremecen, la criatura no puede soportar, la naturaleza no es bastante. Y una doncella de tal manera cogió a Dios en su pecho, y le albergó, y le deleitó con su hospedaje, que la paz de la tierra, la gloria del cielo, la salvación de los perdidos, la vida de los muertos, el parentesco de los terrestres con los del cielo, y el comercio del mismo Dios con nuestra carne, le pidió por precio y arrendamiento de la casa".

Pues San Anselmo, ¿qué no dice en libros enteros que dedicó a esta Señora? Llámala Madre de salud, Templo de piedad y misericordia. Entre todos los Santos después de Dios, singularmente santa, Madre de admirable virginidad, que vence a los Angeles en pureza y a los Santos en piedad, Reina de los Angeles, suprema Señora del cielo y de la tierra, etc., etc.

San Bernardo y otros muchos dicen tantos elogios de esta Señora, que no nos es posible ni citar sus nombres, tan grande es el número de sus admiradores; pero si no podemos hacer nada de esto, por lo menos diremos algo, no mucho en verdad, de lo que se refiere a nuestra Orden, iniciando por lo siguiente.

En nuestras Crónicas se lee: En la ciudad de Coimbra, en Portugal, había un novicio de nuestra Seráfica Orden, muy virtuoso y devotísimo de la Santísima Virgen. El guardián, con buena intención, pero con poca prudencia, mandó al novicio que pidiese a la Madre de Dios le revelase cuál de los himnos que le compuso la Iglesia fuese más de su agrado, y en todo caso que no se volviese sin respuesta. Le fue de mucha mortificación al novicio, que era muy humilde, este precepto, pero cerrando los ojos a la obediencia, sin hacer caso de la indiscreción, se fuéea una imagen de María que había en una capilla de la iglesia y postrado en tierra, la dijo: "Madre Purísima, aunque el conocimiento de mi mucha indignidad me confunde, la fuerza de la obediencia me alienta para que con rendimiento os suplique me reveléis cuál de los himnos que os consagró la Iglesia es más agradable a vuestros ojos. Y ved, Señora, que no he de levantarme de vuestros pies sin este favor, que desmerezco por indigno y espero por obediente".

Le respondió la benignísima Madre de misericordia: "Hijo, el himno que es más de mi agrado es el que empieza: "O gloriosa Domina" (- Nota: posteriormente en el Breviario romano fue cambiado a "O gloriosa Virginum"-); y porque ocurras a la imprudencia de tu guardián, que no te dará crédito si no le convences con milagros, esta señal que ahora verás, será remedio de su incredulidad y premio de tu obediencia". Entonces el Niño Jesús, que tenía sentado sobre el brazo izquierdo, le pasó al derecho. "Anda, pues" - le dijo -, "llama a la Comunidad, para que visto este prodigio, me cante en acción de gracias este himno".

Convocada la Comunidad a vista de tan estupenda maravilla, se deshacía en tiernas demostraciones de alegría. Cantaron el himno, y decretaron que todos los sábados del año, tocada la campana mayor del convento para avisar al pueblo, los Religiosos todos con antorchas encendidas en bien ordenada procesión, salgan a dicha capilla, y canten el himno delante de este milagroso simulacro, como se hace, con mucha frecuencia del pueblo que concurre a función tan devota.

El himno es el siguiente:

Oh gloriosa Señora,
excelsa sobre las estrellas,
que amamantaste
a Quien sabiamente te creó.

Lo que nos quitó la infausta Eva,
lo restituyes con tu divino Hijo;
para que los desventurados entren en la gloria,
eres la entrada del cielo.

Tú eres la puerta del gran Rey,
la brillante puerta de la luz;
pueblos redimidos, aplaudid
a la Vida dada por la Virgen.

Gloria a ti, Señor,
que has nacido de la Virgen,
con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos sempiternos.
Amén.



Otra variante dice:

Oh gloriosa Señora, elevada sobre las estrellas, que en vuestro seno santificado habéis criado providencialmente a vuestro Creador.

Lo que nos quitó la triste Eva, Vos lo devolvéis por vuestra santa fecundidad; Vos sois el camino que hace entrar en el cielo a los que lloran.

Vos sois la puerta del gran Rey, la brillante entrada de la luz. Pueblos redimidos, cantad a la Vida dada por la Virgen.

Gloria a Vos, Señor, que habéis nacido de la Virgen, así como al Padre y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



En latín:

O gloriosa Domina
excelsa super sidera,
qui te creavit provide,
lactas sacrato ubere.

Quod Eva tristis abstulit,
tu reddis almo germine;
intrent ut astra flebiles,
sternis benigna semitam.

Tu regis alti ianua
et porta lucis fulgida;
vitam datam per Virginem,
gentes redemptæ, plaudite.

Patri sit Paraclito
tuoque Nato gloria,
qui veste te mirabili
circumdederunt gratiæ. Amen



Este himno, del siglo VI, se atribuye al obispo San Venancio Fortunato, amigo de San Radegondo, y es también el autor del Vexilla Regis y del "Quem terra, pontus, aethera", usado en los maitines de la Virgen. Este himno es la segunda parte del mismo, y se usa para los Laudes de la Virgen María.

La celebérrima indulgencia de Porciúncula la logró nuestro Padre San Francisco poniendo por intercesora a la Santísima Virgen. He aquí que hallándose en la iglesia de Porciúncula se le aparecieron Cristo nuestro bien, su Madre Purísima y multitud de Angeles. Dijo Francisco a la Inmaculada Reina, después de rogarlo humildemente a Jesucristo: "Madre de mi Señor, pues vuestra piedad os ha ganado el título de Abogada de los pecadores, sed medianera para que vuestro Hijo conceda por vuestra intercesión lo que no puede merecer este indigno esclavo vuestro, criatura inútil y pecador miserable". Oyó María Santísima con benignidad la súplica de su devoto siervo, y dijo a su Santísimo Hijo: "Señor mío, Hijo dulcísimo de mis entrañas, la petición que vuestro Siervo y mi devoto ha hecho a Vuestra Majestad, os repite hoy mi amor, alegando a favor de los hombres de quienes soy Abogada, las humildades de esclava y los privilegios de Madre vuestra, para que concedáis esta gracia". Respondió el Señor lleno de misericordia: "Francisco, mucho has pedido, pero con medio tan eficaz como los ruegos de mi Madre, aun a mayores empresas puede anhelar tu celo. Yo te concedo la indulgencia plenaria que me pides; pero quiero que vayas a mi Vicario, a quien deje en la tierra potestad para atar y desatar las prisiones de la culpa, etc".

Afortunadamente nuestra Orden ya desde sus principios se mostró devotísima de la Santísima Virgen. En el segundo Capítulo general convocado por nuestro Padre San Francisco, que se celebró en Asís en 1219, se estableció que en todos los conventos de la Orden se cantase solemnemente todos los sábados la Misa de la Inmaculada Concepción, misterio adorable que han defendido siempre los Franciscanos, hasta que por fin el Sumo Pontífice Pío IX, terciario nuestro, lo definió dogma de fe en 1854.

En el duodécimo Capítulo general celebrado en 1256, se dispuso por San Buenaventura, general entonces de la Orden, que al toque de oraciones por la tarde a puestas del sol, se saludase a la Santísima Virgen con la oración del Ángelus; costumbre santa que después adoptó la Iglesia, amplíandola a dos horas más, que son al amanecer del día y al mediodía.

La Corona Franciscana, compuesta de siete "dieces" (siete decenas), a la que hay concedida indulgencia plenaria, se debe a un novicio que tenía la costumbre de tejer una guirnalda de flores a María Santísima, y coronar con ella una de sus imágenes. Se le apareció, pues, la Santísima Virgen, y le enseñó el modo de espiritualizar aquel trabajo corporal, siendo de mucha mayor estimación que si se la ofreciera una corona de joyas las más preciosas. Lleno de gozo al saber el medio que debía emplear para hacerse acreedor a los agrados y gracia de la soberana Princesa de los cielos, se puso a rezar según la orden que se le había dado, y espiándole el maestro, vio a un Ángel que a cada Ave María que rezaba el novicio iba cogiendo de su boca una flor, y la ataba en un hilo de oro que tenía en las manos, y en llegando al Padre nuestro, cogía una bellísima azucena, y la ataba en el mismo hilo. Así lo estuvo ejecutando hasta que el novicio acabó con su devota tarea, y el Ángel entonces formando de todas las ensartadas rosas y azucenas una hermosa guirnalda, se la puso al novicio en la cabeza. Acercóse el maestro y todo desapareció; ni Ángel ni corona se vieron más, pero obligado el novicio por santa obediencia, contó todo lo que le había pasado. Esto sucedió a mediados del siglo XV, y desde entonces hasta aquí no se ha entibiado mucho esta devoción en nuestra Seráfica Orden, pues raro será el franciscano que no rece todos los días la Corona de la Santísima Virgen.

¿Y no fue también una maravilla debida a la Santísima Virgen que el doctor mariano, el celebérrimo Escoto, siendo un joven de 25 a 30 años, confundiera a los doctores de la Universidad de París en aquella renombrada disputa sobre la pureza original de María Santísima? Doscientos argumentos le presentaron los contrarios, y fue una acción verdaderamente milagrosa el contestar Escoto a todos uno por uno sin olvidarse del más mínimo, destruyendo todos los sofismas y deshaciendo todas las dudas, de modo tal, que todos hasta los mismos contradictores le proclamaron vencedor: "Victor Escoto" ("Vencedor Escoto"), he aquí el grito que resonó por doquiera en aquel paraninfo de las ciencias. La Madre de Dios en el primer instante de su animación santísima en el vientre de Santa Ana, fue preservada del pecado original.

Y en reconocimiento le dieron a Escoto aquellos doctores aquel excelso renombre de "Doctor Sutil".

Por su parte el Pontífice Pío IX declaró aquel punto cuestionable, dogma de fe en el año 1854, como hemos dicho antes.

Ahora, Madre mía purísima, a Vos os toca el rogar por mí. ¿A quién queréis que recurra sino es a Vos? Si para hallar al Padre Eterno es Jesús el camino, la luz y la guía, para hallar a Jesús, ¿quién ha de ser más que su dilectísima Madre? Por eso, Sacratísima Virgen María del Monte Carmelo, dulcísimo erario de las divinas misericordias, propiciatorio de la Divinidad; por eso yo, aunque totalmente indigno, espero el amparo de Vos. Verbo Eterno, experimente hoy este pecador, que por salvarme a mí quisisteis ser Hijo de María. Y Vos, Virgen benditísima, usando de vuestra natural indulgencia, mostrad que sólo por mi bien os hizo Dios su Madre. Ved, pues, Jesús, que vuestra amantísima Madre es también.Madre mía, y que por lo tanto, si Vos sois mi Dios, sois también mi hermano. Misericordia, Jesús mío, Rey de los siglos, inmortal e invisible; misericordia. Madre mía amorosísima, misericordia.

Padre mío San Francisco, misericordia. San Miguel, Santo Ángel de mi guarda, Angeles todos, misericordia. Apóstoles sagrados, misericordia. San José, abogado de los moribundos; Santo de mi nombre, misericordia. Santos Confesores, Doctores, Mártires, Vírgenes, anacoretas y todos los cortesanos del cielo: misericordia.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com




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