Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

18.4.21

Los sufragios: El ayuno



El cuarto y último de los sufragios en el orden numérico es el ayuno, del cual todos los Santos hacen los mayores encomios, tanto por los bienes que nos reporta, cuanto por los males de que nos libra. La Sagrada Escritura nos dice que este género de mortificación fue muy usado de los antiguos. Para persuadirse de ello, basta conocer el ejemplo de los ninivitas, los cuales deseosos de aplacar a Dios, no hallaron otro medio más adecuado que el decretar un ayuno general, que ordenó el Rey con estas palabras: "Hombres y jumentos, bueyes y ganados, no gusten cosa alguna, ni pazcan ni beban agua". Y sucedió lo que era de esperar del carácter y condición de Dios, esto es, que enternecidas sus entrañas con aquel generoso rasgo de penitencia, al que se unían los lamentos de tantos niños inocentes, levantó la mano al castigo.

Entre los hebreos existía la costumbre de acompañar los duelos mortuorios, y también en otros sucesos con el ayuno, que por lo común duraba siete días, como lo leemos en el libro I de los Reyes, donde se dice que los moradores de Jabes de Galaad ayunaron aquel tiempo por la muerte de Saúl y de sus hijos. Y por lo visto, en el siglo VIII de la era cristiana aún se observaba aquel ayuno de siete días, porque hablando de los fieles difuntos uno de aquellos contemporáneos, el Venerable Beda, dice: "Ut ad requiem pervenire valeant, septem diebus ieiunatur" ("Para que puedan llegar al descanso, se ayuna siete días").




Con razón es considerado el ayuno como uno de los medios más aptos para aliviar a las almas, porque siendo de suyo una obra laboriosa y penal con que se mortifica y doma la lozanía y rebeldías de la carne, forzosamente tiene que ser muy satisfactoria. Pues aunque este efecto no consista precisamente en lo aflictivo de las obras, como quieren muchos, es indudable que la penalidad aumenta mucho la satisfacción.

Mas para nuestro particular provecho, conviene tengamos presente esto que trae Casiano en sus Colaciones: "La pureza de nuestra alma pende mucho de que el estómago vaya siempre aligerado. Pero aunque el ayuno es el gran baluarte de la pureza y castidad del cuerpo y del alma, no basta él solo si las demás virtudes no acompañan a la templanza. Hemos de abrazarnos también con la humildad por la obediencia, la continua contrición de nuestras culpas y la aplicación al trabajo".

A las objeciones que los enemigos de la maceración de la carne hacen contra el ayuno, contesta San Buenaventura con varios argumentos, de los cuales tomamos los siguientes:

- 1.° que el ayuno es una obra penal, y por lo tanto satisfactoria.

- 2.° que es de gran utilidad para la salud espiritual, porque pone en armonía a las dos sustancias, el cuerpo y el alma, por la reforma de ambas.

- 3.° que no se ha de considerar como una acción meramente material que sólo sirve para castigar al cuerpo, puesto que en ella se castiga juntamente el espíritu, toda vez que el dolor no cae en la carne, sino en el alma sobre la carne; y en una palabra, que lo dice todo: que el ayuno es aceptable a Dios.

Verdaderamente el ayuno es una mina que prudentemente explotada conserva la salud del cuerpo, y llena el alma de bendiciones. Oigamos a San Juan Crisóstomo: "Ieiuna quia peccasti; Ieiuna ut non pecces; IeIuna ut accipias; Ieiuna ut permaneant quae accepisti". Analicemos estas sentencias.

- "Ieiuna quia peccasti". Ayuna porque pecaste.

Nada más justo; el miserable que se ha atrevido a ofender al Rey de cielos y tierra, si no fuere aniquilado, como merece, es preciso que se ejercite en acciones de mortificación y penitencia para desagraviarle.

El ayuno quita los impedimentos que a la divina amistad opone la culpa, y nos dispone además para recibir la gracia santificante, mientras que satisface maravillosamente el débito contraído por el pecado. "Ieiuna quia peccasti".

- "Ieiuna ut non pecces". Ayuna para que no peques.

Es poco para el ayuno el servir de medianero para restablecer la paz entre Dios y el hombre; aspira además a asegurarla, a fin de que esta dichosa alianza no se rescinda. El ayuno, ha dicho San Bernardo, no sólo borra los pecados que cometimos en lo pasado, mas rechaza igualmente los que cometer pudiéramos en lo futuro. "Ieiuninm non solum delet peccata praeterita, quae commissimus, sed et repellit futura quae committere poteramus. Ieiuna ut non pecces".

- "IeIuna ut accipias". Ayuna para que recibas; es decir, aumento de gracias y los méritos consiguientes.

Nuestro padre Adán por haber quebrantado la ley del ayuno y abstinencia, fue causa de que el mundo se innundara de males, y el nuevo Adán, Jesucristo nuestro Salvador, ayunó cuarenta días para dar principio a su predicación, y enseñarnos a vencer a las potestades de las tinieblas.

Todos los demonios son ciegamente obstinados, pero la misma rabia y vergüenza que les causa el verse tantas veces ventajosamente combatidos con las armas del temor de Dios, de la humildad u otras virtudes, obliga a muchos de ellos a abandonar los reductos y posiciones en que se habían parapetado para tentar a los hombres. Sin embargo, demonios hay tan fieramente adheridos a la presa, que de ningún modo la quieren soltar ni darse por vencidos, a no ser que se les ataque con la oración y el ayuno. Así nos lo enseñó el Salvador cuando dijo: "Hoc autem genus non ejicitur nisi per orationem, et ieiunium" (Mateo, XVII, 20) ("Mas esta casta -de demonios- no se elimina, sino por oración y ayuno". Hay que juntar, pues, la oración con el ayuno, como le dijo el ángel San Rafael a Tobías: "Buena es la oración con el ayuno". "IeIuna ut accipias".

- "Ieiuna ut permaneant quae accepisti". Ayuna para que permanezcan los bienes que recibiste. Esta sentencia se declara por sí misma, y no hay para que comentarla.

"Sanctificate jejunium", dice el Señor. "Santificad el ayuno". Por ser el ayuno el crisol en cuyas llamas se limpian y purifican las manchas de los pecados que se cometen con todos los miembros del cuerpo, y se engendran en el interior del alma, no es de loar que ayune el estómago, y que los demás miembros y el alma sobre todo, se apacienten y corran libremente por los prados del deleite. Muy bien lo dice San Bernardo con estas palabras: "Si sólo pecó la gula, ella sola ayune, y basta; mas si pecaron los demás miembros, ¿por qué no han de ayunar también ellos? Ayunen los ojos de la vista curiosa, y de toda petulancia; ayunen los oídos por la comezón de oir cosas fabulosas, etc. Sin este ayuno, todos los demás los reprueba Dios, como está escrito: 'En el día de vuestro ayuno se descubre vuestra voluntad'".

Para que el muy Alto no nos eche en cara esta última tan amarga reprensión, hemos de convertirnos totalmente, con ayunos y con lágrimas de contrición, porque dice el Señor: "Convertios a Mí de todo vuestro corazón, con ayunos, y con llanto, y con gemidos. Y rasgad vuestros corazones..., porque benigno y clemente es, paciente y de mucha misericordia".

Es preciso desengañarse, que sin haber vencido el vicio de la gula, no se puede emprender la reforma interior. Hemos de aligerar y espiritualizar nuestra alma, no sólo con ayunos, sino también con vigilias, lección devota, y continua contrición de nuestras culpas. Corregidos con el ayuno y la compunción devota, mitigaremos las lozanías de la carne, que con el calor de los manjares se vuelve más rebelde. Esta ha de ser nuestra primera lucha: vencer con el deseo de la perfección los apetitos del vientre y de la gula, como quiera que es solidísimo fundamento en materia de tentaciones de la carne, que lo primero se han de ahogar con el ayuno los deseos sensuales.

Y no nos persuadamos que basta para la perfección del alma y pureza del cuerpo este ayuno de manjares materiales, si no procuramos que ayune también el alma. Manjar suyo es la murmuración, lo mismo que la ira. Cébase también en la envidia, que de su naturaleza llena de veneno, la corrompe.

Es manjar suyo la vanagloria, que un poco de tiempo la entretiene, aunque luego la deja boquiabierta y chasqueada. Cualquier mal deseo es finalmente pasto del alma, que la sustenta con comida dañosa, dejándola sin el pan del cielo. Absteniéndonos, pues, de estos manjares, nos será posible lograr adelantos en la vía espiritual, pero si ayunamos solamente con el cuerpo, de poco servirá la mortificación de la carne.

Tres son las causas que señalan nuestros mayores de que se reproduzcan las tentaciones de la carne:

- 1a. El haber excedido en comer o beber.

- 2a. Haber dado antes lugar a pensamientos deshonestos.

- 3a. Por ilusión del demonio.

Para remediar lo primero, hay que abstenerse no sólo de manjares delicados, sino aun de los comunes y ordinarios; ni aun de pan y agua es acertado el cargar la mano. La segunda causa de esta fragilidad es estar el hombre ocioso, y no emplear su alma en ejercicios espirituales.

También nace esta tentación de ocuparse la imaginación en pensamientos de cosas torpes, por leves que sean, y no cuidar de la pureza de espíritu.

Y si del todo no podemos desterrar estas tentaciones de nuestro cuerpo, ni con ayunos, ni con la guarda del corazón, a lo menos procuremos con la gracia de Dios proceder de manera que cuando aquello suceda, sea todo obra de la naturaleza, sin mezcla de culpa. La tercera causa es por ilusión del demonio, que trata de persuadir que nos cansamos en vano en ayunos, pues cuando más se ayune, menos pureza se siente en el cuerpo, y con esto darnos a entender que la abstinencia que todos confesamos ser madre y guarda de la incorrupción y pureza, no es cosa de importancia. Estemos muy atentos, que en abriendo la puerta a un vicio, se abre para que poco a poco todos se vengan a juntar.

Entiéndase, empero, que no es lo mejor ayunar siempre: la soledad, el retiro, las vigilias, la lección y meditación de la Sagrada Escritura, los ayunos, etc., ni quiso Dios que hubiésemos de guardarlos siempre, ni condenó el abstenernos de ellos en su tiempo. El ayuno que Dios quiere de nosotros es que nos apartemos de las malas compañías; que no oprimamos a los pobres, ni permitamos que nadie lo haga; que demos ayuda y libertad a todos los que padecen agravios o cautiverios; que aliviemos a los fatigados y afligidos; que repartamos los bienes con los necesitados; que hospedemos a los peregrinos; que vistamos al desnudo, y que nadie se descuide de sí mismo. Dice muy bien la Escritura: "Cada cosa tiene su tiempo y sazón". Tiempo hay de nacer y de morir; de plantar y de arrancar lo plantado; de castigar y de perdonar; de derribar y de edificar; de llorar y de reir; de entristecerse y alegrarse; de guardar la hacienda y distribuirla; de callar y de hablar; de amar y aborrecer; de guerra y de paz.

Esto de ayunar no siempre es acertado; por eso es preciso que se haga con prudencia y circunspección, según la ocasión, lugar, modo y tiempo. Porque en su sazón es conveniente, y fuera de ella es dañoso. Por eso pregunta la Escritura: "¿Por qué ayunamos, y no lo miraste, humillamos nuestras almas, y te desentendiste?". Y contesta: "He aquí que en el día de vuestro ayuno se descubre vuestra voluntad, y repetís contra todos vuestros deudores". Es decir, se les contesta: Porque en el día de vuestro ayuno hacéis lo que os agrada, no lo que Dios quiere.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com




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