3.12.19

La muerte y resurrección de Cristo


El centro de nuestra fe es Jesucristo. En él reconocemos al Hijo de Dios hecho hombre como nosotros, menos en el pecado. Él nos enseñó una manera nueva de vivir, se hizo obediente hasta la muerte en cruz (Fil 2, 8) y al resucitar venció la muerte y nuestro pecado. La muerte de Jesús supuso para sus seguidores una crisis profunda que provocó su huida y el fin de sus esperanzas. No les fue fácil asimilar que el Mesías tenía que morir (Mc 8, 31). Era para ellos la manifestación de un Dios débil y a merced del hombre en el que no podían creer. La muerte de su enviado era un escándalo. A la luz de la nueva realidad de la resurrección pudieron comprender los designios de Dios ("estaba escrito", "debía suceder") y reflexionar sobre el sentido de esa muerte.

La muerte de Jesús es consecuencia de su fidelidad a Dios y de su solidaridad con los hombres. Él es el inocente que ocupó el lugar de los culpables, que somos nosotros; su muerte fue "por nuestros pecados" (1 Cor 15, 3). En su cruz se manifiesta Dios como débil, solidario con los dolores y muerte de la humanidad, como el Dios que ama hasta el extremo de la muerte. En esa muerte Cristo nos consiguió el perdón y nuestra amistad y reconciliación con Dios que establece con los hombres una alianza "nueva y eterna" sellada con su propia muerte. En la eucaristía, por mandato de Jesús, hacemos presente su cuerpo entregado a la muerte por nosotros y su sangre derramada por nuestra salvación y renovamos esta alianza definitiva entre Dios y los hombres.





ORATORIO CARMELITANO



La resurrección de Jesús es la base de nuestra fe y de la de los discípulos. La resurrección no significa que Jesús vuelve a la vida anterior, sino que su naturaleza humana es transformada por la divinidad y entra en la esfera de Dios.

"Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios" (Mc 16, 19). La resurrección es la que da sentido final a vida y a la muerte de Cristo: es el aval de Dios a la persona y a la obra de su Hijo; es la victoria sobre los dos grandes enemigos del hombre, el pecado y la muerte (Rom 8, 2; 1 Cor 15, 54- 57); es la garantía de nuestra propia resurrección (1 Cor 15, 22); y de la transformación final de todo el universo (Rom 8, 21). Su muerte y resurrección (Misterio Pascual) dan sentido a nuestra muerte y nos garantizan participar de su resurrección. Al morir por todos nosotros, nos asocia al misterio de su muerte y resurrección. "Muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida" (prefacio pascual). En la resurrección final la muerte será destruida para siempre (1 Cor 15, 26), porque no habrá ya más muerte.

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