Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

11.10.17

El verdadero gozo viene del Señor, el del mundo solo es falsedad


Sea siempre nuestro gozo lo que nos puede llevar a Dios, que no puede haber gozo verdadero sino en Él, porque el gozo que proviene de las criaturas es, por una parte, tan menguado, y por otra, tan breve y con tantos sobresaltos, que no merece nombrarse gozo, y tiene más de amargor que de dulzura. Repasemos un poco y por alto nuestra vida pasada, consideremos los pesares que hemos sufrido, los malos días y peores noches que hemos padecido, de dónde nos han venido, quién nos las ha causado, y hallaremos que todo lo han producido las criaturas, en quien pusimos nuestra afición y en quienes inútilmente esperábamos descansar. De ellas nos vinieron los trabajos sin un rato de consuelo ni satisfacción, y el que sólo hemos encontrado lo hemos tenido con Dios. Y pues la misma experiencia nos desengaña, no tomemos gozo sino en Él, y en lo que nos puede llevar a Él, que son las obras de su servicio.

Amigos y hermanos: acabemos de caer en la cuenta, y demos de mano a todo lo transitorio, y no tomemos gozo, sino en lo eterno y celestial, imitando los ilustres ejemplos de los santos que nos han precedido y que han transitado por este mismo camino.




Volvámonos sobre nosotros mismos para darnos cuenta de lo dormidos que estamos, abramos pues los ojos y miremos dónde estamos, con quién tratamos, que no es esta la tierra de nuestra morada, que somos unos simples pasajeros, y que vamos caminando de noche y en medio de una amenazadora oscuridad, de grandes peligros y de muchos enemigos.

Démonos cuenta que no nos crió Dios para que gocemos de las cosas mundanas, sino para que nos valiésemos de ellas para servirle aquí, y poderle así gozar después allá.

Una farsa es esta vida, todo es como un sueño, un decorado pintado, nada nos puede satisfacer de cuanto veamos, aunque nos pueda entretener y engañar, a la tarde nos cansa, y luego a la última hora se acabará la comedia y nos veremos despojados de cuanto hayamos poseído, de las cosas materiales que creíamos nuestras pero que, en realidad, ninguna poseíamos, o más bien eran ellas quienes nos poseían a nosotros. Quedaremos luego tan desnudos como cuando llegamos a este mundo: todas las criaturas nos abandonarán, y si pusimos en ellas nuestros corazón, nos dejarán burlados y no encontraremos al Creador, porque lo abandonamos en el tiempo en que lo teníamos que haber buscado.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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