4.10.17

El Corazón de Jesús, mi fiel consejero


¿Cómo ser manso de corazón?
Un corazón manso ante Dios.

Tener un corazón manso ante Dios, es vivir bajo su mirada paternal, reconociendo en todas las cosas y acontecimientos de la vida esa mano cariñosa, llena de solicitud. con la que el Padre, en su Providencia, cuida de nosotros. (Mt 6,25-33).

Como una madre prepara con cuidado y esmero la ropa, la comida, la habitación de sus hijos, con más ternura, ¡mucha más!, Dios, mi Padre, prepara con solicitud amorosa cada hora del día, cada acontecimiento que pone delante de mí.

En mi quehacer diario, Él quiere que lo haga, y tengo para poderlo hacer bien todo cuanto necesito de tiempo, de inteligencia, de cualidades, aptitudes, porque Él me los ha ciado.

En la "cruz de cada día", la que tengo, la que me puede venir, me invita a que la lleve sobre mis hombros, aún cuando entonces no entienda su porqué. Y si el dolor me arranca una queja, me dice: "¡Ánimo, hijo mío, soy yo, tu Padre, quien te la envía!".

Lo que me dificulta en mi trabajo y lo que me contraria en mis proyectos, Él lo pone expresamente en mi camino para situarme en la verdad de mis limitaciones, para que no me apegue al éxito que pueda deslumbrarme, para que comprenda que no es el triunfo lo que me llevará al Cielo, sino la buena voluntad y el trabajo.

Así, ante estos pensamientos. ¡cómo se mantiene la paz por encima de todo! ¡Cómo el trabajo que se empieza, se interrumpe, se vuelve a tornar y se sabe acabar con paz!

Así, se pueden vencer esos enemigos que a todas horas nos asedian en nuestra vida diaria: la pereza, la impaciencia, la preocupación, la pérdida de la paz.

A veces los recuerdos del pasado vienen a atormentarme con dudas, escrúpulos, remordimientos por mis fallos y pecados, por haberme alejado tantas veces de la casa del Padre (Lc 15, 11 ss.); pero, ¿por qué, a pesar de todo, perder la paz? ¿No me ha dicho Dios, mi Padre, por boca del sacerdote, depositario de su poder: "yo te absuelvo"? ¿No he hecho lo que me pedía: confesión sincera, sumisión completa; y no estoy pronto, aún dentro de mis limitaciones, a hacer todo lo que me pida Aquél a quien he confiado mi vida?




¿Me inquieta el porvenir?
Debo sonreír ante estos desvaríos de mi imaginación: ¿Es que Dios se puede desentender de mí? (Mt. 6,31).

¿Qué me sucederá mañana? ¿Dentro de diez, de veinte años? "Acaso ¿no se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados" (Mt 10, 29-30). ¿Y tendré miedo de que "algo" de lo que me suceda, sea lo que sea, no sea bueno para mí?

"Señor, yo sé que Tú eres mi Padre, y eso me basta"...

"Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas;
no deseo nada más, Padre".

II-Un corazón manso ante los hombres
Los "sucesos" son los mensajeros de la bondad, de la Providencia de Dios o de su justicia divina.

Cada uno de ellos tiene una "misión" que llenar cerca de mí. ¿Por qué no dejar que esta misión que Dios les da se cumpla en mí? ¿Por qué, a veces, rebelarme contra ellos? ¿Por qué perder la paz cuando me vienen?

Penosos, dolorosos, desgarradores, todos los sucesos que me puedan ocurrir, no son, ni pueden ser, más que lo que Dios les permita que sean.

Enfermedades, pérdidas de fortuna, separaciones, olvidos, menosprecios, fracasos, humillaciones... Dios los ha permitido TODOS y para mi BIEN: "Para los que aman al Señor, TODAS las cosas se convierten en bien" (Rom. 8,28).

Debo mirarlos así y pensar que, cuando hayan cumplido su misión, "pasarán": "Las cosas de este mundo pasan" (1Cor 7,31),y si me he sabido mantener en paz y confianza, todo se habrá convertido en bien. Mi confianza y seguridad en el Padre que me ama se habrá fortalecido, pues, "aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan" (Salmo 22).

Ser manso ante los sucesos, no es esperarlos con firmeza estoica que es, a veces, una forma de orgullo, ni obstinarse contra ellos tratando de reprimir todo sentimiento que ante ellos se levante en nuestro corazón.

Dios permite prevenirlos, alejarlos, huidos, si es posible. Buscar consuelo para ellos, pedir consejo para superarlos.

Y este buen Padre, al mismo tiempo que nos los envía como medios de purificación o de corrección paterna, nos da, junto con ellos, los medios de saberlos sobrellevar, aceptar y hasta evitarlos. Nos da medicinas en la enfermedad, consuelo en el abatimiento, lágrimas en los dolores, ayuda de los demás en nuestras necesidades. Unas veces a través de otros acontecimientos o personas, otras infundiendo en nuestros corazones fe, esperanza, caridad, paz, de manera que podamos decir con el Apóstol: "Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni OTRA CRIATURA ALGUNA (y esto son todos los sucesos que nos puedan ocurrir, criaturas de Dios), podrán separamos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rom. 8,3 7-39).

III- Un corazón manso ante los demás
Ceder, doblegarse, retirarse un poco, dejar hacer a los demás, no es signo de debilidad sino que requiere una gran fortaleza de espíritu, y esa debe ser la conducta de quien quiere ser manso de corazón imitando al Corazón del Maestro.

Cuando antes de juzgar y condenar las acciones de los otros, aunque no esté de acuerdo con ellas, trate de ponerse en su punto de vista, para ver cómo y por qué los hace, tratando de salvar siempre su intención, y corrigiéndole con amor si obra mal o con mala intención, tratando de buscar todos los medios convenientes para que lo llegue a entender bien y pueda rectificar; cuanto más me oculte a mí mismo para dejar libre el camino a los demás, mejor iré moldeando mi corazón a la imagen del Corazón de Cristo, lleno de mansedumbre, e iré ganándome el corazón de los demás, según lo que Él mismo nos dijo: "Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos poseerán la tierra" (Mt 5,6).

Cuando sepa devolver bien por mal, hacer el bien a los que me odian o se desentienden de mí, o me arrinconan: cuando sepa bendecir a quien me insulte y rezar por quien me maltrate; cuando sepa perdonar a quien me ofenda y trate de comprender con un corazón grande los fallos de los demás, haciéndoles a ellos todo cuanto quisiera que hicieran conmigo, "entonces" me iré asemejando al Corazón manso del Salvador.

IV-Un corazón manso ante ti mismo
Ser manso conmigo mismo no es lisonjearme, permitirme todo, excusarme de todo, sino animarme, levantarme a mí mismo, fortalecerme.

Animarme ante el trabajo monótono, cansado e ingrato: "Dios quiere que lo haga y me ve".

Animarme en las tristes horas de abatimiento, cuando crea que nadie piensa en mí, cuando no reciba la menor prueba de simpatía, cariño, compañía, amistad, amor, sabiendo que "podrá una madre olvidarse de su hijo, pero yo no" (Is 49,15), me dice el Señor.

Animarme sabiendo que Cristo está conmigo, dentro de mí, delante de mí, detrás de mí, a mi derecha, a mi izquierda, en mi casa, en la calle, en mi puesto de trabajo...

Levantarme después de una caída, de una falta, de una debilidad que me humilla, sin escandalizarme de mí mismo, como diciéndome: "¡Cómo es posible que yo...!"; sin abandonarme al derrotismo: "¡no tengo remedio!", sin escandalizarme tampoco del amor del Corazón de Cristo que sé está siempre dispuesto a acogerme y perdonarme.

Fortalecerme, animarme con la oración ante el Sagrario donde Cristo me espera, me escucha, me anima y fortalece, me levanta, me ama.

Estos remedios que están siempre en mi mano y no la desesperación, mantendrán mi corazón en la mansedumbre y habré aprendido, como discípulo que soy, la gran lección de mansedumbre que me da Cristo mostrándome su Corazón manso: "Aprended de mí que soy manso de corazón".

"HUMILDES DE CORAZÓN" (Mt 11,29)
Dos notas o actitudes de un "buen corazón", nos muestra Cristo en estas palabras del Evangelio. Hemos comentado la primera: "manso de corazón", ahora teniendo delante de nuestros ojos la imagen de Cristo con su Corazón sobre el pecho, aprendamos qué nos quiere decir "tener un corazón humilde".

I-Un corazón humilde ante Dios
Permaneciendo habitualmente delante de El como un niño, o más bien, como un pobre que experimenta su pobreza y se acerca a quien "sabe" que puede remediársela; pues sabe que nada se le debe, pero que "sabe" también que, hora por hora, a medida que lo necesita, Dios su Padre, le proveerá de cuanto necesite y aún mucho más, pues si Él cuida de las flores del campo y de los pájaros que surcan el cielo (Mt 6), porque son criaturas suyas, ;cuánto más de quien es hijo suyo!

Vivir en paz bajo esta paternal Providencia; saber que cuanto más pequeño, pobre, débil, humillado e impotente me sienta, más necesaria se me hará la ayuda de Dios, lleno de bondad y rico en misericordia.

Quien es humilde ante Dios "sabe rezar", levantar su corazón a Dios y pedirle sus dones y ayudas. Su oración es piadosa, filial, dulce, llena de esperanza. "Sabe" que la oración es el único bien que le pertenece y nadie se lo puede arrebatar. "Sabe" orar en todo momento, en todas las circunstancias y siente que tiene en ella toda su riqueza, todo su poder. Gusta repetir con el corazón y los labios la oración que el mismo Señor nos enseñó para dirigirnos al Padre, cuajada toda ella de peticiones, compendio de todas las necesidades que el hombre experimenta en su pobreza y sabe que necesita para su vida.

Como el salmista, ha experimentado muchas veces en su oración aquellas palabras: "Yo amo a Yahveh, porque él escucha el clamor de mis súplicas, porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco" (Salmo 1 1 6, 1 ).

"Confía" porque "sabe" en quien confía. Confío, porque sé que Aquél en quien he puesto mi esperanza nunca me fallará; confío porque Jesús mismo me invita a ello: "Pedid y recibiréis, llamad y se Os abrirá..." (Le 11 ,9-10).

En mi trabajo, en mi quehacer diario, sentirme colaborador de Dios, de quien he recogido un encargo, una misión que me dignifica: "Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla" (Gn 1.28).

Sentir que Dios ha dejado "la obra de sus manos" en mis manos de hombre para que la perfeccione y complete; que tengo que rendirle cuentas como a mi Señor, de los talentos que de Él he recibido, para que los negocie, los haga rentar: "Señor, cinco talentos me entregaste, aquí tienes otros cinco" (Mt 25,20), y que por ello escuchará las palabras de mi Señor: "Bien, siervo bueno y fiel; por que has sido fiel en lo poco, te pondré por ello al frente de lo mucho; entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25,21).

Saber, además, que aún cuando haya hecho "todo lo que fue mandado", tendré que confesar sin vanagloria alguna: "somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lc 17,10), y nada más.

Y este trabajo de "colaborador" de Dios lo debo encontrar en todos los órdenes: material y espiritual, tratando de completar, perfeccionar, llevar hasta el grado más grande de desarrollo toda la creación entera que Dios ha puesto en mis manos, con mi trabajo constante, con mi esfuerzo de voluntad, con mi inteligencia y cualidades, ayudado siempre de la gracia de Dios que nunca me habrá de faltar.

Como "colaborador" de Dios y con Dios, sabré descubrir en los demás, otros colaboradores y no rivales ni competidores, y a través de ellos, jefes y subordinados, superiores y súbditos, padres e hijos, encontraré en sus órdenes y mandatos el modo de obedecer a Dios, de cumplir su voluntad, de realizar el "proyecto" de Dios sobre mí, sobre el mundo, sobre la humanidad.

Con la conciencia de "colaborador" de Dios, mi Señor, me esforzaré en cumplir como mejor sepa y pueda; y de tiempo en tiempo me preguntaré en su presencia: ¿Estás contento, Señor?

II-Humildad para con los demás
No cabe duda que, un corazón humilde, es un corazón dispuesto a servir a los demás; que tiene ese "sexto sentido" de saber encontrar en todo momento no "a quién puedo ser necesario o me necesita", sino caer en la cuenta de "a quién puedo servir".

Como María, Ella supo comprender las circunstancias que se avecinaban a su anciana prima Isabel, próxima a dar a luz, y allí se fue, a la montaña donde vivía, a "servir", a echarle una mano.

Ella, la Madre de Dios, la Reina del Cielo, de los Ángeles, Ella que en el momento de su máxima exaltación al hacerla Dios su Madre, respondió llamándose "esclava", sierva del Señor, (Lc 1,26 ss.), tuvo esa actitud de servicialidad, de sierva, para con los demás, adelantándose a lo que luego nos enseñaría su propio Hijo: "Yo no he venido para ser servido sino para servir" (Me 10,45).

Actitud permanente de Jesús ante sus discípulos, quienes le llamaban "Señor y Maestro", y que El les hace comprender que "os he dado ejemplo" (Jn 13,15), permaneciendo "en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,27).

Así, tener un corazón humilde es actuar con todos los que me rodean con naturalidad y sencillez, como si realmente estuviera a su servicio, ayudándoles, escuchándoles, sabiendo gastar mi tiempo con ellos, mostrándome siempre feliz cuando me mandan, aunque no tenga "obligación" estricta de obedecer.

¡Qué paz, qué tranquilidad, qué gozo sentiríamos si fuese esa nuestra actitud permanente! "Servicialidad" como sinónimo de nuestro reconocimiento sincero de que somos siervos de los demás.

Pero sabemos que servir a los demás es ser verdaderamente "siervos de Jesucristo", como le gustaba llamarse a San Pablo, pues "me diste de comer..., me diste de beber..., me acogisteis..., me vestisteis..., me visitasteis...", sabemos que es hacérselo al mismo Jesucristo: "a mí me lo hicisteis" (Mt 25,31-55).

Maravillosos consejos y ejemplos que Cristo me da en el Evangelio; consejos y ejemplos que brotaron de su Corazón a quien tengo que imitar y de quien debo aprender a ser "MANSO y HUMILDE DE CORAZÓN".

Pero puesto que solemos ser muy contrarios a estas dos virtudes, tan propias del Corazón de Cristo, acudamos a Él, con nuestras súplicas, poniendo a María, que se llamó a sí misma "la Esclava del Señor", corno Mediadora que nos obtenga de su Hijo, saber y poder imitarlo, conformando nuestro corazón a semejanza del Corazón de Cristo.

CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
Corazón de Jesú,. Rey y Centro de todos los corazones. Por medio de la Santísima Virgen, nuestra Madre, me consagro sin reserva a Ti, poniendo a tu disposición y bajo tu mirada mi alma, mi cuerpo, familia, obras, asuntos, todo cuanto soy y poseo. "En Ti confío", "cuida Tú de mí y de mis cosas".

Yo, como deseas, "cuidaré de Ti y de las tuyas", haciendo cuanto pueda para que reines en el mundo.

Con mi oración: pidiendo muchas veces "¡Venqa a nosotros tu reino!".

Con mis acciones: cumpliendo lo mejor posible mis deberes, y ofreciéndote "porque reines" todas mis penas, sacrificios y trabajos del día.

Con la propaganda: trabajando para que te conozcan, te amen y se consagren a Ti muchas personas, especialmente mi familia y amigos.

Te prometo: recibirte y visitarte con frecuencia en la Eucaristía, sobre todo los PRIMEROS VIERNES DE MES, para desagraviarte y repararte por las ofensas e ingratitudes con que tantas veces correspondemos a tu amor.

Concédeme vivir unido a Ti y en tu Corazón exhalar mi último suspiro. Amén.

CORAZÓN DE MI AMABLE SALVADOR
HAZ QUE ARDA Y SIEMPRE CREZCA
EN MÍ TU AMOR.
VENGA A NOSOTROS TU REINO.

Letanías al Sagrado Corazón de Jesús
"Hablamos en ellas del corazón y, al mismo tiempo, dejamos a los corazones hablar con este único Corazón que es "fuente de vida y de santidad" y "deseo de los collados eternos". Con el Corazón que es "paciente y lleno de misericordia" y "generoso para todos los que le invocan".

Esta oración, rezada y meditada, se convierte en una verdadera escuela del hombre interior: la escuela del cristiano".
(Juan Pablo II. 27-VI -82)

Señor, ten piedad de nosotros...
Cristo, ten piedad de nosotros...
Señor: ten piedad de nosotros.

Jesucristo, óyenos...
Jesucristo, escúchanos...

Oh Dios, Padre Celestial...
(todos responden:) !Ten piedad de nosotros!

Dios Hijo, Redentor del mundo...
!Ten piedad de nosotros!

Dios Espíritu Santo...
!Ten piedad de nosotros!

Santísima Trinidad, un solo Dios...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, Hijo Eterno del Padre...
!Ten piedad de nosotros!

formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre...
!Ten piedad de nosotros!

de majestad infinita...
!Ten piedad de nosotros!

templo santo de Dios...
!Ten piedad de nosotros!

sagrario del Dios Altísimo...
!Ten piedad de nosotros!

casa de Dios y puerta del cielo...
!Ten piedad de nosotros!

fuego inagotable de caridad...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, donde se encierra toda justicia y todo amor...
!Ten piedad de nosotros!

pleno de bondad y de amor...
!Ten piedad de nosotros!

ilimitado en todas las virtudes...
!Ten piedad de nosotros!

dignisimo de toda alabanza...
!Ten piedad de nosotros!

rey y centro de todos los corazones...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, en quien existen todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia...
!Ten piedad de nosotros!

en quien habita la plenitud de la divinidad...
!Ten piedad de nosotros!

en quien el Padre Celestial se ha complacido plenamente...
!Ten piedad de nosotros!

de cuya plenitud todos nos enriquecemos...
!Ten piedad de nosotros!

deseado de todas las naciones...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, paciente y de gran misericordia...
!Ten piedad de nosotros!

rico y generoso con todos los que te invocan...
!Ten piedad de nosotros!

fuente de vida y santidad...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, propicio a perdonar nuestros pecados...
!Ten piedad de nosotros!

saturado por los oprobios de la gente...
!Ten piedad de nosotros!

quebrantado por nuestros pecados...
!Ten piedad de nosotros!

Obediente hasta la muerte...
!Ten piedad de nosotros!

atravesado por una lanza...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo...
!Ten piedad de nosotros!

vida y resurrección nuestra...
!Ten piedad de nosotros!

paz y reconciliación nuestra...
!Ten piedad de nosotros!

víctima de los pecadores...
!Ten piedad de nosotros!

Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan...
!Ten piedad de nosotros!

esperanza de los que en ti mueren...
!Ten piedad de nosotros!

delicia de lodos los santos...
!Ten piedad de nosotros!

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...
¡perdónanos, Señor!

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...
¡óyenos, Señor!

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...
¡ten piedad de nosotros!

¡Jesús, manso y humilde de corazón...
haz nuestro corazón semejante al tuyo!

ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, mira al Corazón de tu amantísimo Hijo y a las alabanzas y satisfacciones que te dió en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en unión con el Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Récense para desagraviar al Sagrado Corazón de Jesús y por la paz del Mundo.

Decálogo de la convivencia
- Aceptarás al prójimo como es, amándole con todos sus defectos.
- No tomarás en cuenta sus ingratitudes y desvíos.
- No juzgarás su conducta a sus espaldas. Interésate de continuo por sus cosas.
- Alaba sus virtudes o cualidades en su ausencia, que pronto lo sabrá.
- Servirás al prójimo, aunque sea un comodón.
- Agradecerás al otro sus pequeñas atenciones, tratando de hacerlas mayores tú.
- Estarás siempre alegre para alegrar a todos.
- Te gozarás con los triunfos del otro sin envidiarlos.
- Pide las cosas por favor. Y si haces algo mal, pide perdón.

Novena de confianza al Sagrado Corazón de Jesús
¡Oh, Jesús!
a tu Corazón confío...
(se expone la petición),
míralo, después haz lo que tu Corazón te diga,
deja obrar a tu Corazón.

¡Oh, Jesucristo!
Yo cuento contigo,
yo me fío de Ti,
yo me entrego a Ti,
yo estoy seguro de Ti.

OFRECIMIENTO DIARIO POR LA IGLESIA
- Ven, Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo,
- para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con Él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón.
y me ofrezco contigo al Padre
en tu santo sacrificio del altar,
con mi oración y mi trabajo,
sufrimientos y alegrías de hoy,
en reparación de nuestros pecados,
por la conversión de los pecadores,
y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial:
- por el Papa y sus intenciones,
- por nuestro Obispo y sus intenciones,
- por nuestro Párroco y sus intenciones.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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