20.9.17

El camino de la cruz es el camino al Cielo


Dice San Agustín que la felicidad de la Vida Eterna es aquella que por un solo día en ella, aunque se pasen innumerables penas, se compraría barata. San Juan Crisóstomo añade lo que parece aún más encarecimiento, pero no lo es: conviene saber, que es de tan excepcional valor aquella felicidad y tan inmensa, que si fuera necesario padecer todos los días gravísimos tormentos, y los del mismísimo infierno, por algún tiempo, los deberíamos de sufrir por ver y gozar a Dios en compañía de sus ángeles en el Cielo.

¡Oh, gente desterrada de la Patria Celestial! Disponéos a mudar de patria, labrándoos para aquel edificio celestial, pues el padecer sobre este mundo terrenal ha de acabarse, y la gloria será eterna, siendo esta la puerta del Cielo, y esta vida no es de descanso, sino de cruz, pues como clama Santa Teresa, "padecer quiero, Señor, porque vos padecísteis".




Quien pretende cosas grandes, como el Cielo, desprecia las cosas pequeñas, como el mundo, como hacen los deseosos de alcanzar los bienes eternos. No se puede hacer lo grande, que es merecer, sin despreciar lo pequeño, que es padecer. No se puede conseguir lo grande, que es gozar de Dios, sin pasar por lo pequeño, que es padecer por Dios.

Esta doctrina enseñó el buen Señor Jesucristo desde el pesebre hasta morir en la cruz, con ella le siguieron San Pedro, San Pablo, y todos los demás Apóstoles, y cuantos le gozan en aquella dichosa Patria nos dieron estos ejemplos, y muchos nos dejaron en sus doctrinas y con sus vivencias. En los mismos escritos de Santa Teresa, la santa del carmelo exclamaba: "padecer, o morir; morir, o padecer quiero, Señor", esto repetía, saboreando estas palabras, y decía que no hay mayor gusto ni agrado, ni mayor regalo ni suavidad, que padecer por nuestro buen Jesús.

De la contemporánea a Santa Teresa, la venerable madre Catalina de Jesús, carmelita, se escribe que muchas noches le ocurrió que empezaba a hacer examen de conciencia, hincándose de rodillas, y cuando abría los ojos era de día, pareciéndole que no había pasado ni media hora en la oración, y así emergían en ella grandes deseos de mortificación, de desprecio, de hacer cuantos géneros de penitencia pudiese imaginar.

Fue tan grande el deseo con el cual vivía, de ver a Dios y salir de este destierro, que decía: "habrá dos años que traigo de ordinario presencia, y memoria, de la muerte tan continua, que nunca se aparta de mí, por más ocupada que esté en otras cosas. Y no hace el efecto que otros tiempos solía, que era dolor de pecados, y gran deseo de enmendar y cambiar de vida, porque el efecto que ahora hace es sumo contento y alegría, y parece que ya no siento el temor de la muerte. Que aunque me parece que cada palabra es la última, y cada hora es la postrera, me hace gran compañía y alegría. Y en esto no ha habido cambio de remisión en todo este timpo, antes ahora crece más, cuando me veo con menos salud".

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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