Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

8.8.17

Vida de ermitaño: de la importancia de huir de la ociosidad


Acabadas las tareas del rezo y sacrificio, y determinadas horas de oración y contemplación, así como alguna lectura de libros devotos, es muy del caso la persuasión de los antiguos monjes a las labores manuales. En efecto, porque la ociosidad es uno de los vicios en los que más se aprovecha el enemigo de nuestra salvación.

El gran Casiano refiere del Abad Paulo, célebre entre los solitarios de aquellos tiempos, que ocupaba las horas de ocio en recoger hojas de palmas para formar espuertillas, y al cabo del año pegaba fuego a sus tareas, para tener motivo de volver a rehacerlas. Y da la razón de esta actitud el santo monje: "probans sine opere manun neque in locum posse monachun perdurare; nec ad perfectionis culmen aliquando trascendere: et cum hoc fieri nequaquam necesitas victus erigeret; pro sola purgatino cordis, et cogitationum soliditate, ac perseverantia cellae, vel accediae ipsius victoria, et expugnatione perfiere". Dando a entender, que no siendo la necesidad del sustento cotidiano la que le hacia solícito en estas tareas, trabajaba en ellas solo para poder perseverar constante en tanto retiro, purgar en esta vida los defectos, y purificar el corazón de los malos gustos contraídos.




Dos utilidades se miran en esta aplicación al trabajo manual: cerrar con él la puerta a las invasiones con que tienta el enemigo a los solitarios ociosos ("otia si tollas periere cupidinis arcus"), y anticipar en esta vida la purificación de los corazones, que debía hacer en la otra el fuego del purgatorio.

En la Vida de San Bernardo, escrita por el abad Guillermo, se refiere que como viese el santo a uno de sus monjes muy aplicado, y perseverante en el trabajo de manos todo el tiempo de las tareas del Coro, tuvo el santo abad revelación, y predijo al monje que por aquellas voluntarias fatigas que abrazaba, quedarían descontadas las penas que debía padecer en el purgatorio. Buen estímulo es este para que nuestros ermitaños cobren odio a la ociosidad, y grande amor al buen empleo del tiempo, logrando los buenos espacios fuera de los dedicados a la oración, y contemplación, en fatigas del cuerpo con penitencias, y trabajo manual, pues granjean para sí tantos intereses, y no menores caudales, para repartir, y hacer participantes a las ánimas del purgatorio.

Otra práctica muy importante es la de orar por los bienhechores, mecenas y patronos de las ermitas. Algunas personas piadosas colaboran con el sostenimiento de los ermitaños, y éstos, en una práctica que viene ya de muy antiguo, oraban por ellos y su bienestar no solo en esta vida sino, y más importante, ofreciendo importantes oraciones y sacrificios para sus bienhechores cuando, una vez muertos éstos, estuvieran en el purgatorio, ellos o/y sus familias.

En este sentido recordemos la historia de la Venerable Madre Catalina de Cardona, la que por inspiración divina, para ayudar a satisfacer las penas que padecía su padre en el purgatorio, salió del Palacio de los reyes, y vestida de ermitaña y en completa soledad, estuvo retirada en una cueva muchos años, ayudando con penitencias exquisitas a la libertad de su amoroso padre, hasta que lo vio subir al Cielo.

Una de las tareas de los ermitaños es, por tanto, que no pongan en olvido la obligación que tienen de rogar por tantas nobles devotas personas que o bien han erigido, o dotado a las ermitas, con la esperanza de que ellos y sus difuntos fueran socorridos con los perpetuos sacrificios, oraciones y penitencias que en ellas hicieren sus moradores solitarios. Esto pide el pacto sobre la ley de agradecimiento, teniendo en cuenta que algunos de esos mecenas dotan a las ermitas a perpetuidad para que se mantenga en ellas siempre algún ermitaño.

Asimismo, deben estar advertidos los padres priores, cuando llegue la noticia de la muerte de alguno de los bienhechores de los monasterios o patrones de las ermitas, a notificarlo luego al punto a los solitarios ermitaños, escribiendo (para no faltar al perpetuo silencio que las leyes del destierro determinan en ciertos casos) en una octavilla el nombre del difunto, de una forma parecida a la siguiente:

"Querido hermano ermitaño, murió fulano-de-tal, especial bienhechor de este desierto. Piden oraciones, y sufragios; procure V. R. tenerlo presente en sus oraciones, y aplicarle la satisfacción de sus ejercicios y buenas obras. Vale in Domino".

Esta octavilla podrá llevarla luego un religioso por las ermitas solitarias, con el fin de que la lean los ermitaños el nombre del bienhechor difunto, y el encargo.

| Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario