7.2.19

Unión con el Salvador perpetuamente Inmolado


"Dichosos los que han lavado sus vestidos con la sangre del Cordero, para tener derecho al Árbol de la vida y entrar en la ciudad por las puertas" (Apoc. XXII, 14).

El amor divino nunca dice: ¡Basta!. Por lo tanto, después de consolar al Corazón de Jesús con nuestro amor y celo, podemos también consolarle con nuestras inmolaciones.




"Me amó y se entregó por mí" (Galat., 11, 20). Yo le amé y me entregué por él. Pero, ¿hasta dónde seguirá en el camino del sacrificio a su tierno y generoso Maestro? ¿No le ha acompañado ya hasta el calvario? ¿No ha recogido la Sangre y Agua salidas de la herida de su Corazón? ¿Y no tiene sin cesar levantado hacia el cielo en favor de la Iglesia y las almas, este cáliz bendito? ¿Hay todavía en el amor una cima más elevada?

La respuesta es de San Juan: "Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, in finim" (Juan, XII, 1). Es decir, hasta constituirse Victima permanente en el Altar Eucarístico, en donde sin cesar renueva delante de su Padre la oblación de su sangre derramada; de sus méritos y de su muerte en favor de los que ha amado tanto, y esta oblación durará también "in finem", "estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos" (Mat., XXVIII, 20).

A las humillaciones e inmolaciones del Calvario, van a sucederse las inmolaciones y humillaciones de la Eucaristía. Pero el Cordero sacrificado (Apoc. V, 6) y en pie sobre este trono de perpetuo sacrificio, ¿se quedará solo en este puesto supremo de su indefectible amor? ¿No encontrará a nadie que quiera unirse a Él y participar del cáliz de su amargura?

San Francisco de Sales viene a enseñarnos que esta es la última expresión del culto al Corazón herido de Jesús. "Nuestro Señor - dice - ha querido que su Corazón fuera abierto para que viéramos en él el amor que nos tiene; y que viendo este amor, nos animáramos a amarle y a beber su Cáliz". (San Francisco de Sales, sermón sobre San Juan).

La ocupación interior de una "alma víctima" consiste en seguir en espíritu, de altar en altar, al Salvador perpetuamente inmolado; en unirse a sus santísimas disposiciones e intenciones por estas palabras del augusto sacrificio, que puede repetir de tiempo en tiempo, durante el día:

"Por Jesucristo, con Jesucristo, y en Jesucristo: toda gloria y honor os sean dados, oh Dios Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo. Amén".

¿Quién podrá decir la gloria que dan a Dios estas almas, la eficacia de sus súplicas, los méritos que adquieren, la hermosura interior a que se elevan y los consuelos que llevan al más amante y más ultrajado de los corazones?

¡Ah!, este Real Corazón no se deja vencer en generosidad. Estos cristianos pueden, es verdad, repetir con el Apóstol el Quotidie morior (Corint., XV, 31), pero si mueren todos los días, es para vivir con Cristo, y esta muerte es una ganancia (Filip., 1, 21). El mundo está crucificado para ellos, y ellos para el mundo, he aquí su "Confixusmum" (Galat., V, 14). Pero tal es la liberalidad de Aquel por quén y con quién se inmolan, que se les oye decir con el mismo Apóstol: "Reboso de alegría en todas mis tribulaciones" (2 Corint., VII, 14). Se ve a estas nobles víctimas del Amor, avanzar radiantes con su cruz, a través de los senderos tortuosos de este valle de lágrimas, y por continuas ascensiones, "elevarse del desierto, colmadas de delicias, apoyadas en su Amado" (Cant., VIII, 4).

Han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero: tienen derecho al árbol de la vida, y se alimentan con abundancia de sus frutos. Para ellas, "vivir es Cristo" (Galat., II, 20). Ellas se acercan a Él, y Él les hace entrar en la Ciudad de Dios, en su Corazón, por la suave Herida de este Corazón que es la puerta; pueden decir con verdad: "Ya no vivo yo, Jesucristo es quien vive en mí" (Galat., II, 19,20).

Y el mayor deseo del Corazón de Jesús es que se realicen en estas almas aquellas palabras: "Padre, lo mismo que vos estáis en mí, y yo en vos, que ellos sean uno en nosotros, y sean perfectos en la unión" (Juan, XVII, 21).

¡Qué hermosa es semejante vida! ¡Qué preciosa tal muerte! Es la muerte de aquellos valerosos cristianos, que han vivido muertos y sepultados en Jesucristo, de quienes la Iglesia canta estas sublimes palabras: "Beati mortui qui in Domino moriuntur" ("Bienvaventurados los muertos que mueren en el Señor" (Apoc., XIII, 13).

Un docto y piadoso autor se expresa así: "Aun cuando la iniquidad, creciendo todos los días, obligara a Dios a no mirar más a la tierra, si encontrara un alma, una sola, así unida al sacrificio de Jesucristo, no solamente volvería Dios a mirarla, sino que la bendecería, se complacería en ella, y trabajaría a nuestro modo de hablar, por salvar todo lo que se pudiera salvar aún".

Un día, Nuestro Señor se apareció a Santa Margarita María: "Hija mía - le dijo -, busco una víctima para mi Corazón, y tú eres la que he escogido". Dichosas las almas que oigan el mismo llamamiento, que correspondan fielmente y que repitan esta hermosa frase de la gran Víctima, al entrar en el mundo, ofreciéndose a su Eterno Padre. "Ecce venio" ("Heme aquí", Salm., XXXIX, 8)).

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