9.2.19

La Santa Milicia


Si desde su origen la Iglesia ha sido militante, si cada uno de sus miembros ha nacido como soldado de Cristo, ¿quién debe repetir con toda verdad estas palabras de San Pablo: "Yo combato un buen combate" (2 Timot., VI, 7), sino quienes se alistan bajo la bandera del amor, y guerreando al lado de su Madre la santa Iglesia, por el triunfo de este divino amor?

Nunca, en efecto, el imperio de las inteligencias y el reinado de los corazones han sido con más tenacidad disputados, que en esta hora de lucha decisiva.





El amor y el odio están el uno enfrente del otro.

El príncipe de las tinieblas despliega para conquistar a las almas el estandarte de la rebelión, de la iniquidad y del error.

Jesucristo le opone su Cruz, el Amor, la paciencia y los méritos de sus Santos... ¿Quién podrá dudar del éxito del combate?

Proclamado Rey en su cuna, coronado Rey por la Sinagoga, elevado en el trono real de la Cruz, ungido con real unción con la Sangra de su Corazón, Cristo Jesús será definitivamente el Señor y Dominador de todas las cosas; porque "para dar testimonio de la verdad vino a este mundo" (Juan, XVII, 27), y para unir a todos los hombres formando un pueblo de hermanos derramó su sangre, "y a Él, en fin, le ha dado el Padre el imperio de los siglos" (Ped., IV, II), y la soberanía de los corazones.

San Francisco de Sales dice: "El amor divino está sentado en el Corazón del Salvador, como en un Trono real, y mira por la hendidura de su costado atravesado a todos los corazones de los hijos de los hombres, de los cuales es Rey. Tiene sin cesar los ojos abiertos sobre ellos. Más todavía, cierto día considerando el Costado abierto de Nuestro Señor, y viendo su Corazón, me pareció que nuestros corazones estaban alrededor de este, rindiéndole homenaje, como a Soberano Rey de los corazones". Santa Margarita María hablando 200 años antes de este reinado del Corazón de Jesús, precisa claramente cual sería su carácter o modo de ser.

"Por fin, - añade -, reinará este Corazón Sagrado; reinará a pesar del infierno y de sus enemigos; esta seguridad me llena de alegría. ¡Bienaventurados de aquellos de quienes se sirva, para establecer su Reino! Estoy convencida de que este amabilísimo Corazón quiere reinar por la suavidad de su Amor y no por los rigores de la justicia".

"Me ha hecho entender que para esto nada tendrá que ver con los poderes humanos, porque la Devoción y el Reinado de su Corazón no se establecerán sino por personas pobres y desgraciadas, y entre espinas y contradicciones. El reinara y se hará reconocer; y esperar a que pasen, cerca o delante de Él, todos los que se le opongan".

Cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia Mi (Jn XII, 32).

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