1.2.19

El soldado en la Iglesia militante


El trabajo constante de la adorable Trinidad, después del pecado original, es el de volver a cada uno de los hijos de Adán a aquel estafo feliz en que el hombre, adornado de sus más nobles prerrogativas, era la imagen clara de Dios, que le había formado.

Pero el enemigo del bien, el que fue homicida desde el principio (Juan, VIII), se opone a esta misericordiosa reparación con un odio implacable; y desde la entrada de cada alma en la vida, se esfuerza en pervertirla y hacerla semejante a él en odio, en tinieblas y en malicia.




Tal es la doble acción que experimenta todo hombre durante las horas de prueba a que se haya expuesto durante su existencia sobre la tierra.

Puede que jamás la lucha entre el bien y el mal haya sido más temible que en nuestra época; tampoco nunca los campos estuvieron tan netamente deslindados como ahora. Se creía ver ya la última separación de los buenos y los malos y realizarse esta palabra de la divina Escritura: "Que el que es santo se santifique más; el que está manchado, se manche más" (Apoc. XXII).

Sin embargo, antes de sentarse al convite de las bodas del Cordero y de entrar en el reposo del eterno regocijo, la santa Iglesia, nuestra Madre, debe sostener una lucha suprema, más formidable que todas las demás.

Para salir victoriosos, los cristianos de estos últimos tiempos tendrán necesidad de ser singularmente iluminados y fortificados. Deben acercarse más aún a la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Juan, 1, 9); deberán alimentarse más abundantemente del FRUTO que da la inmortalidad, porque tal será entonces la sutileza del error, que llegará a seducir incluso a los escogidos, y tan grande será la tribulación, que nadie se salvaría si estos días no fueren abreviados, pero lo serán en favor y para consolación de los que han de salvarse.

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