Desprecio de los bienes mundanos

5.4.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (200)



CAPÍTULO 21
Se explica el motivo de "disfrazada", y se muestran los tonos y colores del "disfraz del alma" en esta noche.


A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,


1. Falta ahora saber, pues, tras haber explicado las causas por las que el alma llamaba a esta contemplación "secreta escala", abordar la tercera palabra del verso, conviene a saber: "disfrazada", y por qué causa también dice el alma que ella salió por esta secreta escala con un disfraz.

2. Para inteligencia de esto conviene saber que disfrazarse no es otra cosa que disimularse y encubrirse debajo de otro traje y figura diferente del que se tenía, bien sea por debajo de aquella forma y traje, mostrando hacia fuera la voluntad y pretensión que en el corazón se tiene para ganar la gracia y voluntad de quien bien lo quiere (nota del actualizador: frase difícil de entender; se refiere a que, usando un disfraz, éste se aproveche para conseguir el beneficio o llevar a cabo la tarea que se desea). Y también puede ser ese disfraz para encubrirse de sus émulos (nota del actualizador: es decir, de los adversarios, de los que podrían impedir hacer tal acto), y así poder hacer mejor su hecho. Y entonces aquellos trajes y librea toma lo que más represente y signifique la afección (o intención) de su corazón, y también lo que mejor se pueda uno disimular o camuflar respecto de los adversarios.

3. El alma, pues, aquí tocada del amor del Esposo Cristo, pretendiendo caerle en gracia y ganarle la voluntad, sale aquí disfrazada con aquel disfraz que más al vivo represente las afecciones de su espíritu y con que más segura vaya de los adversarios suyos y de sus enemigos, que son: demonio, mundo y carne. Y así, la librea que lleva es de tres colores principales, que son blanco, verde, y rojo, por los cuales son denotadas las tres virtudes teologales, las cuales son: fe -blanco-, esperanza -verde- y caridad -rojo-, con las cuales no solamente ganará la gracia y voluntad de su Amado, sino que además irá muy amparada y segura de sus tres enemigos. Porque la fe es una túnica interior de una blancura tan sublime, que disgrega la vista de todo entendimiento. Y así, yendo el alma vestida de fe, no ve ni atina el demonio a perjudicarla o estorbarla, puesto que con la fe va muy amparada -más que con todas las demás virtudes- contra el demonio, que es el más fuerte y astuto enemigo.

4. Y por eso san Pedro (1 Pe. 5, 9) no halló otro mayor amparo que ésta fe para librarse de él, cuando dijo: "Cui resistite fortes in fide" ("resistidlo fuertes en la fe"). Y para conseguir la gracia y unión del Amado no puede el alma encontrar mejor túnica y camisa interior, para fundamento y principio sobre las que llevar las demás vestiduras de virtudes, que esta blancura de fe, porque sin ella, como dice el Apóstol (Heb. 11, 6), imposible es agradar a Dios, y con ella es imposible dejarle de agradar, pues Él mismo dice por el profeta Oseas (2, 20): "Desponsabo te mihi in fide" ("te desposaré conmigo en la fe"). Que es como decir: "Si te quieres, alma, unir y desposar conmigo, has de venir interiormente vestida de fe".

5. Esta blancura de fe llevaba el alma en la salida de esta noche oscura, cuando caminando -como hemos dicho arriba- en tinieblas y aprietos interiores, no dándole su entendimiento algún alivio de luz, ni de arriba (pues le parecía el cielo cerrado y Dios escondido), ni de abajo (pues los que la enseñaban no le satisfacían), sufrió con constancia y perseveró, pasando por aquellos trabajos sin desfallecer y sin faltar al Amado. Es precisamente su Amado quien en los trabajos y tribulaciones prueba la fe de su Esposa, de manera que pueda ella después con verdad decir aquel dicho de David (Sal. 16, 4): "Por las palabras de tus labios yo guardé caminos duros".


4.4.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (199)



CAPÍTULO 20
Se muestran los otros cinco grados de amor.


1. El Sexto grado hace correr al alma ágilmente hacia Dios y dar muchos toques en Él, y sin desfallecer corre por la esperanza, ya que aquí el amor que la ha fortificado la hace volar ligero. De este grado también dice el profeta Isaías: "Los santos que esperan en Dios mudarán la fortaleza, tomarán alas como de águila y volarán y no desfallecerán" (Is. 40,31), como hacían en el grado quinto. A este grado pertenece también aquel texto del salmo (41,2): "Así como el ciervo desea las aguas, mi alma desea a ti, Dios", ya que el ciervo en la sed con gran ligereza corre a las aguas. La causa de esta ligereza en amor que tiene el alma en este grado es por estar ya muy avivada la caridad en ella, debido a que está aquí el alma poco menos que purificada del todo, como se dice también en el salmo (58,5), es a saber: "Sine iniquitate cucurri" ("sin iniquidad corrí"); y en otro salmo (118,32): "El camino de tus mandamientos corrí cuando dilataste mi corazón". Y así, de este sexto grado se pasa luego al séptimo, que es el siguiente.

2. El séptimo grado de esta escala hace atreverse al alma con vehemencia. Aquí el amor ni se aprovecha del juicio para esperar, ni usa de consejo para retirarse, ni con vergüenza se puede refrenar, porque el favor, que ya Dios aquí hace al alma, la hace atreverse con vehemencia. De donde se sigue lo que dice el Apóstol (1 Cor. 13, 7), y es: "La caridad todo lo cree, todo lo espera y todo lo puede". De este grado habló Moisés (Ex. 32, 31-32), cuando dijo a Dios que perdonase al pueblo o, de lo contrario, que le borrase a él del libro de la vida en que le había escrito. Estos alcanzan de Dios lo que con gusto le piden. De donde dice David (Sal. 36, 4): "Deléitate en Dios, y darte ha las peticiones de tu corazón". En este grado se atrevió la Esposa (Ct. 1, 1) y dijo: "Osculetur me osculo oris sui" ("me besó con el beso de su boca"). A este grado no le es lícito al alma atreverse, si no sintiere el favor interior del cetro del rey inclinado para ella (Est. 6, 11), porque podría caer en el ascenso hacia los demás grados que hasta este ha subido, en los cuales siempre se ha de conservar en humildad. De esta osadía y determinación, que Dios la da al alma en este séptimo grado para atreverse a Dios con vehemencia de amor, se pasa el octavo grado, que es hacer ella presa en el Amado y unirse con Él, según explicaremos a continuación.

3. El octavo grado de amor hace al alma agarrarse y sujetarse sin soltarse, según la Esposa dice (Ct. 3, 4) de esta forma: "Hallé al que ama mi corazón y ánima, y túvele, y no le soltaré". En este grado de unión satisface el alma su deseo, mas no de continuo, porque algunos llegan a poner el pie y luego lo vuelven a quitar. Y es que si durase esta unión constantemente sería cierta gloria en esta vida, y así por breves momentos se queda el alma en él. Al profeta Daniel (10, 11), por ser varón de deseos, se le mandó de parte de Dios que permaneciese en este grado, diciéndole: "Daniel, está sobre tu grado, porque eres varón de deseos". De este grado se sigue el nono, que es ya el de los perfectos, como veremos a continuación.

4. El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad. Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente, debido a que el Espíritu Santo les causa este ardor suave y deleitoso por razón de la unión que tienen con Dios. Por esto dice san Gregorio de los Apóstoles que, cuando el Espíritu Santo vino visiblemente sobre ellos, interiormente ardieron por amor suavemente.

De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en este grado no se puede hablar porque, si de ello escribiesen muchos libros, aún quedaría la mayor parte por decir. Del cual, por esto y porque después añadiremos algunas palabras, aquí no profundizo más sino tan sólo baste que de éste se sigue el décimo y el último grado de esta escala de amor, el cual ya no es de esta vida.

5. El décimo y último grado de esta escala secreta de amor hace al alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios que a continuación posee inmediatamente el alma que, habiendo llegado en esta vida al nono grado, sale de la carne. Porque éstos -que son muy pocos-, por cuanto ya por el amor están purgadísimos, no entran en el purgatorio. De donde san Mateo (5, 8), dice: "Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt" ("Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"). Y, como decimos, esta visión es la causa de la similitud total del alma con Dios, porque así lo dice san Juan (1 Jn. 3, 2): "Sabemos que seremos semejantes a Él", no porque el alma se haga tan capaz como Dios, porque eso es imposible, sino porque todo lo que ella es se hará semejante a Dios, por lo cual se llamará -y lo será realmente-, Dios por participación.

6. Esta es la escala secreta que aquí se muestra sobre el ascenso del alma, aunque ya en estos grados de arriba no es muy secreta para el alma, puesto que se le descubre abundantemente el amor por los grandes efectos que en ella ese amor hace. Mas en este último grado de clara visión, que es lo último de la escala donde estriba Dios -como ya mencionamos hace poco-, ya no hay cosa para el alma encubierta, por razón de la total asimilación. Es por ello que nuestro Salvador (Jn. 16, 23) dice: "En aquel día ninguna cosa me preguntaréis", etc. Pero hasta este día todavía, por mucho que el alma más alta vaya le queda algo encubierto, y tanto cuanto le falte para la asimilación total con la divina esencia.

De esta manera, por esta teología mística y amor secreto, se va el alma saliendo de todas las cosas y de sí misma y subiendo a Dios. Porque el amor es similar al fuego, que siempre sube hacia arriba, con el apetito de atiborrarse en el centro de su esfera (nota del actualizador: es decir, con las energías de la materia que está quemándose y de la que obtiene sus fuerzas).


3.4.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (198)



4. En el cuarto grado de esta escala de amor se causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin fatigarse. Esto ocurre así porque, como dice san Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi ningunas las hace el amor. En este grado hablaba la Esposa (Ct.8, 6) cuando, deseando ya verse en el último grado de unión dijo al Esposo: "Ponme como señal en tu corazón, como señal en tu brazo". Porque la dilección, esto es, el acto y obra de amor, es fuerte como la muerte, y dura emulación y porfía si fuese necesario hasta contra el infierno. El espíritu aquí tiene tanta fuerza, que tiene tan sujeta a la carne y la tiene tan en poco como tiene el árbol a una de sus hojas. De ningún modo busca aquí el alma su consuelo ni su gusto, ni en Dios ni en otra cosa, ni anda deseando ni pretendiendo pedir gracias o favores a Dios, porque ve claro que hartas las tiene hechas, y dedica todo su cuidado a cómo podrá dar algún gusto a Dios y servirle algo por lo que Él merece y de Él tiene recibido, aunque fuese muy a su costa. Dice en su corazón y espíritu: "¡Ay, Dios y Señor mío, cuán muchos hay que andan a buscar en ti consuelo y gusto y a que les concedas mercedes y dones! ¡Mas los que te pretenden dar gusto a ti y darte algo a su propia costa, pospuesto su particular interés, esos son muy pocos! Porque no está tú falto, Dios mío, en no querernos hacer gracias y favores de nuevo, sino que más bien la falta se encuentra en no emplear nosotros las recibidas sólo en tu servicio, para obligarte a que nos las hagas de continuo!".

Enormemente elevado es este grado de amor ya que, como aquí el alma con tan verdadero amor se mueve siempre tras Dios con espíritu de padecer por Él, le da Su Majestad muchas veces y muy de ordinario el gozar, visitándola en espíritu sabrosa y deleitablemente, porque el inmenso amor del Verbo Cristo no puede sufrir penas de su amante sin acudir a él. Lo cual por Jeremías (2, 2) lo afirma Él, diciendo: "Acordádome he de ti, apiadándome de tu adolescencia y ternura cuando me seguiste en el desierto". Hablando espiritualmente, es este el desapego que aquí interiormente trae el alma hacia toda otra criatura, no parando ni deteniéndose en nada. Este cuarto grado inflama de tal manera al alma y la enciende de tal deseo de Dios, que la hace subir al quinto, el cual es el siguiente.

5. El quinto grado de la escala de amor hace al alma apetecer y desear a Dios impacientemente. En este grado el amante tanta es la vehemencia que tiene por comprehender al Amado y unirse con Él, que toda demora, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre piensa que halla al Amado; pero cuando se ve frustrado su deseo de mantenerse junto al Amado -lo cual es casi a cada paso- desfallece en su anhelo, según lo dice el Salmista hablando en este grado (Sal. 83, 2): "Codicia y desfallece mi alma a las moradas del Señor". En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama, o morir transformado en una flecha enamorada, como si fuera Raquel quien, por la gran vehemencia que tenía a los hijos, dijo a Jacob su esposo: "Dame hijos, si no, yo moriré" (Gn. 30, 1). Padecen aquí los contemplativos hambre como canes y cercan y rodean la ciudad de Dios (Sal. 58, 7). En este hambriento grado se ceba y devora en sus amores el alma, porque según el hambre así es la hartura. De manera que de aquí puede subir al sexto grado, que hace los efectos a los que nos referiremos a continuación.


2.4.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (197)



CAPÍTULO 19
Se da inicio a explicar los diez grados de la escalera mística de amor divino según San Bernardo y Santo Tomás, empezando por los cinco primeros.


1. Decimos, pues, que los grados de esta escala de amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios, son diez.

El primer grado de amor hace adolecer al alma provechosamente. En este grado de amor habla la Esposa (Ct. 5, 8) cuando dice: "Conjúroos, hijas de Jerusalé, que, si encontráredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amores". Pero esta enfermedad o dolencia no es para muerte, sino para la gloria de Dios, porque en esta enfermedad desfallece el alma al pecado y a todas las cosas que no son Dios, por el mismo Dios, como David (Sal.142,7) testifica diciendo: "Desfalleció mi alma" -esto es, acerca de todas las cosas- "a tu salud". Porque así como el enfermo pierde el apetito y gusto de todos los manjares y cambia su color y semblante habitual, así también en este grado de amor pierde el alma el gusto y apetito de todas las cosas, y muda como amante el color y las formas de la vida pasada. De este tipo de influjo o herida no se percata el alma si de lo alto no le envían el exceso de celo, según se da a entender por este verso de David (Sal. 67, 10), que dice: "Pluviam voluntariam segregabis, Deus, haereditati tuae, et infirmata est", etc. ( "Dios, tú distribuirás una vía abundante y apacible a tu heredad").

Esta enfermedad y desfallecimiento a todas las cosas, que es el principio y primer grado para ir a Dios, bien lo hemos dado a entender líneas arriba, cuando mencionamos la aniquilación en que se ve el alma cuando comienza a entrar en esta escala de purgación contemplativa, en la cual en ninguna cosa puede hallar gusto, apoyo, ni consuelo, ni asiento. Por lo tanto, de este grado luego va comenzando a subir al segundo grado, y es:

2. El segundo grado hace al alma buscar sin cesar. De donde, cuando la Esposa dice que, buscándole de noche en su lecho -cuando según el primer grado de amor se encontraba desfallecida-, y no le halló, dijo (Ct. 3, 2): "Levantarme he, y buscaré al que ama mi alma". Lo cual, como decimos, el alma hace sin cesar, como lo aconseja David (Sal. 104, 4) diciendo: "Buscando siempre la cara de Dios y, buscándole en todas las cosas, en ninguna reparé hasta hallarle", como la Esposa que, en preguntando por Él a los guardas, luego pasó y los dejó (Ct. 3, 3-4, "me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?"). María Magdalena ni aún en los ángeles del sepulcro reparó (Jn. 20, 14).

Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma que en todas las cosas busca al Amado. En todo cuanto piensa, acaba pensando en el Amado; en cuanto habla, en cuantos negocios se le ofrecen, de inmediato es hablar y tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa, todo su cuidado es en el Amado, según arriba queda dicho en las ansias de amor.

Aquí, como va ya el alma convaleciente cobrando fuerzas en el amor de este segundo grado, entonces avanza y comienza a subir al tercero por medio de algún atisbo de nueva purgación en la noche, como después diremos, el cual hace en el alma los efectos siguientes.

3. El tercer grado de la escala amorosa es el que hace al alma obrar y la pone ardor para no caer. De esto dice el Real Profeta (Sal. 111, 1) que: "Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque sus mandamientos codicia obrar mucho". Donde, si el temor -por proceder éste del amor- le hace esta obra "de codicia" o anhelo, ¿qué hará entonces el mismo amor?. En este grado las obras aun grandes por el Amado se tienen por pequeñas, las muchas por pocas, el largo tiempo en que se le sirve por corto, debido todo ello al incendio de amor que ya va ardiendo en el interior del alma. Como a Jacob que, con haberle hecho servir siete años sobre otros siete, le parecían pocos por la grandeza del amor (Gn. 29, 20). Pues si el amor con Jacob, con ser de criatura, tanto podía influir, ¿qué podrá el del Creador cuando en este tercer grado se apodera del alma?

Siente el alma aquí, por el gran amor que tiene a Dios, grandes lástimas y penas de lo poco que hace por Dios y, si le fuese lícito deshacerse mil veces por Él, estaría consolada. Por eso se tiene por inútil en todo cuanto hace, y le parece vive de balde.

Aquí se le produce al alma otro efecto admirable, y es que tiene un convencimiento de ser más mala en lo tocante a lo suyo, que todas las otras almas. Lo uno, porque le va el amor enseñando lo que merece Dios y lo poco que el alma posee y su penosa situación, y lo otro porque, como las obras que aquí hace por Dios son muchas, y en todas reconoce tener faltas y ser imperfectas, de todas saca confusión y pena, dándose cuenta de esa tan baja manera de obrar por un Señor tan sublime. En este tercer grado muy lejos va el alma de tener vanagloria o presunción y de condenar o criticar a los otros. Estos solícitos efectos causa en el alma, con otros muchos de este estilo, en este tercer grado, y por eso en este nivel cobra ánimos y fuerzas para subir hasta el cuarto, que es el que sigue.


1.4.23

"Subida al Monte Carmelo" y "Noche Oscura", de San Juan de la Cruz, actualizada (196)



CAPÍTULO 18
Se explican los motivos por los cuales esta sabiduría secreta es también escala.


1. Pero resta ahora ver lo segundo, conviene a saber: cómo esta sabiduría secreta es también escala. Acerca de lo cual es de saber que por muchas razones podemos llamar a esta secreta contemplación "escalera".

Primeramente, porque así como con la escalera se asciende y se alcanzan los bienes y tesoros y elementos diversos que hay en las fortalezas, así también por esta secreta contemplación, sin saberse cómo, sube el alma a escalar, conocer y poseer los bienes y tesoros del cielo. Lo cual da bien a entender el real profeta (Sal. 83,6-8), cuando dice: "Bienaventurado el que tiene tu favor y ayuda, porque en su corazón este tal puso sus subidas en el valle de lágrimas en el lugar que puso; porque de esta manera el Señor de la ley dará bendición, e irán de virtud en virtud como de grado en grado, y será visto el Dios de los dioses en Sión, el cual es el tesoro de la fortaleza de Sión, que es la bienaventuranza".

2. Podemos también llamarla escala porque, así como ocurre con la escala, esos mismos peldaños que tiene para subir los tiene también para bajar, así también esta secreta contemplación: esas mismas comunicaciones que hace al alma, que la levantan en Dios, la humillan en sí misma. Porque las comunicaciones que verdaderamente son de Dios poseen esta propiedad: que a la misma vez levantan y humillan al alma. Y es que en este camino el bajar es subir, y el subir, bajar, pues el que se humilla es ensalzado, y el que se ensalza, humillado (Lc. 14, 11). Y, además de esto de que la virtud de la humildad es grandeza, para ejercitar al alma en ella suele Dios hacerla subir por esta escala para que baje, y hacerla bajar para que suba, para que así se cumpla lo que dice el Sabio (Pv. 18, 12), es a saber: "Antes que el alma sea ensalzada, es humillada; y antes que sea humillada, es ensalzada".

3. Lo cual, hablando ahora de manera natural, echará bien de ver el alma que quisiere detenerse en ello, y cómo en este camino material (dejando aparte lo espiritual, que no se percibe) se dará cuenta de los numerosos altibajos que padece, y cómo tras la prosperidad que goza, luego se sigue alguna tempestad y trabajo, tanto que parece que le dieron aquella bonanza para prevenirla y esforzarla para la siguiente penuria, y cómo también, después de la miseria y tormenta, se sigue abundancia y bonanza, de manera que le parece al alma que, para hacerla aquella fiesta, la pusieron primero en aquella vigilia. Y éste es el ordinario estilo y ejercicio del estado de contemplación hasta llegar al estado de quietud: que nunca permanece en un estado, sino todo es subir y bajar.

4. Y la causa de esto es que, como el estado de perfección -el cual consiste en perfecto amor de Dios y desprecio de sí mismo- no puede estar sino con estas dos partes, que es conocimiento de Dios y de sí mismo, de necesidad ha de ser el alma ejercitada primero en el uno y en el otro, dándole ahora a gustar lo uno engrandeciéndola, y haciéndola a continuación probar lo otro y humillándola hasta que, adquiridos los hábitos perfectos, cese ya el subir y bajar, habiendo ya llegado y viéndose con Dios, que está en el fin de esta escala y sobre la cual se apoya y estriba (nota del actualizador: nos elevamos cuando conocemos y nos acercamos a Dios, y nos humillamos cuando reconocemos nuestras miserias y nos damos cuenta de ellas, percatándonos de lo indignos que somos de Su presencia, compañía o/y gozos).

Tengamos en cuenta que esta escala de contemplación que, como hemos dicho, procede de Dios, es figurada por aquella escala que vio Jacob durmiendo, por la cual subían y descendían ángeles de Dios al hombre y del hombre a Dios, el cual estaba situado en el extremo de la escala (Gn. 28, 12). Todos estos acontecimientos dice la Escritura divina que pasaban de noche y estando Jacob dormido, para dar a entender cuán secreto y diferente del saber del hombre es este camino y ascenso para llegar a Dios. Lo cual se ve bien puesto que, ordinariamente, lo que en el alma es de más provecho, que es irse perdiendo y aniquilando a sí misma, se tiene sin embargo por peor; curiosamente lo que menos vale (que es hallar su propio consuelo y su gusto, con lo cual ordinariamente antes pierde que gana), si eso hace, el alma tiene como si fuera algo mejor (nota del actualizador: siendo, sin embargo, lo peor para el alma).

5. Pero hablando ahora algo más sustancialmente de esta escala de secreta contemplación, diremos que la propiedad principal por la que aquí se llama escala o escalera es porque la contemplación es ciencia de amor, la cual, como hemos dicho, es una comunicación infusa y amorosa de Dios, que simultáneamente va ilustrando [dando luz] y enamorando al alma hasta subirla de grado hasta Dios, su Creador, porque sólo el amor es el que une y junta al alma con Dios.

Por lo tanto y para que se pueda ver más claro iremos aquí apuntando los grados de esta divina escala, mencionando con brevedad las señales y efectos de cada uno de ellos, para que por ellos pueda deducir cada alma en cual de ellos se encontrara. Y así, los distinguiremos por sus efectos, como hace san Bernardo y santo Tomás [el escrito que sigue muy de cerca el Santo en los dos capítulos siguientes es un apócrifo atribuido por unos a S. Tomás, por otros, a S. Bernardo. La crítica moderna está de acuerdo en prohijárselo a un dominico del s. XIII o XIV de nombre Elvico Teutónico. El opúsculo en cuestión "De decem gradibus amoris secundum Bernardum", junto con el otro apócrifo tomista "De dilectione Dei et proximi", corrió en impresiones asequibles al Santo, como en la edición piana de 1571] ya que conocer estos grados en sí, por cuanto esta escala de amor es, como hemos dicho, tan secreta que sólo Dios es el que la mide y pondera, no es posible por vía natural (nota del actualizador: de manera que para reconocerlos en esta existencia sólo nos es posible por sus efectos y señales, como acaba de indicarnos el Santo).