Desprecio de los bienes mundanos

20.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (36)



CAPÍTULO 15.
Se explican los demás versos del poema.


¡Oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.


1. Toma por metáfora el mísero estado del cautiverio, del cual el que se libra tiene por dichosa ventura, sin que se lo impida alguno de los prisioneros. Porque el alma, despues del primer pecado original, verdaderamente está como cautiva en este cuerpo mortal, sujeta a las pasiones y apetitos naturales, de cuyo cerco y sujeción tiene ella por dichosa ventura haber salido sin ser notada, esto es, sin ser de ninguno de ellos impedida ni aprehendida.

2. Porque para esto le aprovechó salir en la noche oscura, que es en la privación de todos los gustos y mortificación de todos los apetitos, de la manera en que ya hemos dicho. Y esto, estando ya su casa sosegada, conviene a saber, la parte sensitiva, que es la casa de todos los apetitos, ya sosegada por el vencimiento y adormecimiento de todos ellos. Porque hasta que los apetitos se adormezcan por la mortificación en la sensualidad, y la misma sensualidad este ya sosegada de ellos, de manera que ninguna guerra haga al espíritu, no sale el alma a la verdadera libertad, a gozar de la unión de su Amado.

FIN DEL LIBRO PRIMERO


19.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (35)



CAPÍTULO 14.
En el cual se explica el segundo verso de la canción.


Con ansias en amores inflamada.

1. Ya que hemos explicado el primer verso de esta canción, que trata de la noche sensitiva, dando a entender qué tipo de noche es esta del sentido y por qué se le denomina "noche", y también habiendo dado el orden y el modo que se ha de tener para entrar en ella activamente, se sigue ahora por su orden tratar de las propiedades y efectos de ella, que son admirables, los cuales se contienen en los versos siguientes de la mencionada canción, los cuales yo apuntaré brevemente en gracia de declarar los dichos versos, como en el prólogo lo prometí, y pasaré luego avanzando al segundo libro, el cual trata de la otra parte de esta noche que es la espiritual.

2. Dice, pues, el alma que "con ansias, en amores inflamada" pasó y salió en esta noche oscura del sentido a la unión del Amado. Porque para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo para que, teniendo su gusto y fuerza en este, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros. Y no solamente era menester para vencer la fuerza de los apetitos sensitivos tener amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con ansias. Porque acontece, y así es realmente, que la sensualidad con tantas ansias de apetitos es movida y atraída a las cosas sensitivas que, si la parte espiritual no está inflamada con otras ansias mayores de lo que es espiritual, no podrá vencer el yugo natural que la ata a lo sensitivo, ni entrar en esta noche del sentido, ni tendrá ánimo para quedarse a oscuras de todas las cosas, privándose del apetito de todas ellas.

3. Y cómo y de cuántas maneras sean estas ansias de amor que las almas tienen en los principios de este camino de unión, y las diligencias e invenciones que hacen para salir de su casa, que es la propia voluntad en la noche de la mortificación de sus sentidos, así como cuán fáciles y aun dulces y sabrosos les hacen parecer estas ansias del Esposo frente a todos los trabajos y peligros de esta noche, no es este el lugar para explicarlo, ni siquiera se puede decir, porque es mejor vivirlo y considerarlo que escribirlo. Y así, pasaremos a declarar los demás versos en el siguiente capítulo.


18.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (34)




8. Lo que está dicho, bien ejercitado, basta de sobra para entrar en la noche sensitiva. Pero, para mayor abundancia, diremos otra forma de ejercicio que enseña a mortificar la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, que son las cosas que dice san Juan (1 Jn. 2, 16) reinan en el mundo, de las cuales proceden todos los demás apetitos.

9. Lo primero, procurar obrar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne).
Lo segundo, procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos).
Lo tercero, procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todos lo hagan (tambien contra sí, y esto es contra la soberbia de la vida).

10. En conclusión de estos avisos y reglas conviene poner aquí aquellos versos que se escriben en la Subida del Monte, que es la figura que está al principio de este libro, los cuales son doctrina para subir a ese monte, que es lo elevado de la unión. Porque, aunque es verdad que allí habla de lo espiritual e interior, tambien trata del espíritu de imperfección según lo sensual y exterior, como se puede ver en los dos caminos que están en los lados de la senda de perfección. Y así, según ese sentido los entenderemos aquí, o sea, según lo sensual. Dichos caminos después, en la segunda parte de esta noche, se han de entender según lo espiritual.

11. Dice así:

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.

Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.

Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.

Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.

Para venir a lo que no posees,
has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.


12. MODO PARA NO IMPEDIR AL TODO

Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo.

Porque para venir del todo al todo
has de negarte del todo en todo.

Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.

Porque, si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro.

13. En esta desnudez halla el espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad. Y es que, cuando algo codicia, en eso mismo se fatiga.


17.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (33)



CAPÍTULO 13.
Se explica la forma y el modo que se ha de tener para entrar en esta noche del sentido.


1. Falta ahora dar algunos avisos para conocer y poder entrar en esta noche del sentido. Para lo cual decir que el alma habitualmente entra en esta noche sensitiva en dos maneras: la una es activa; la otra, pasiva.
Activa es lo que el alma puede hacer y pone de su parte para entrar en ella, de lo cual ahora trataremos en las líneas siguientes.
Pasiva es el modo en el que el alma no hace nada, sino que es Dios quien obra en ella, y ella se deja hacer como paciente. Esta manera la abordaremos en el cuarto libro, cuando tendremos que tratar de los principiantes. Y porque allí tendremos también, con el favor divino, que dar muchos avisos a los principiantes, según las muchas imperfecciones que suelen tener en este camino, no me alargaré aquí en exceso ya que, además, no es esta la ocasión de darlos, pues por ahora sólo tratamos de las causas por las que se llama noche este tránsito, y cuál sea esta, y cuántas sus partes.
Pero, porque parece quedaba muy escaso y no de tanto provecho no dar también algún remedio o aviso para ejercitar esta noche de apetitos, he querido poner aquí el modo breve que se sigue; y lo mismo haré al finalizar en cada una de esas otras dos partes o causas de esta noche de las que más adelante, mediante el Señor, tengo que tratar.

2. Estos avisos que aquí se siguen sobre el vencer los apetitos, aunque son breves y pocos, yo entiendo que son tan provechosos y eficaces como si fueran un compendio, de manera que el que de veras se quisiese ejercitar en ellos no le harán falta otros ningunos, antes en estos los alcanzará todos.

3. Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, siguiendo el ejemplo de su vida y formándose un molde de ella, la cual debe considerar para saberla imitar y desenvolverse en todas las cosas como lo hubiera hecho Él.

4. Lo segundo, para poder hacer bien esto, cualquier gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, debemos renunciarlo y quedarnos vacíos de ese gusto por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni quiso otra cosa, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba Él su comida y manjar (Jn. 4, 34).
Pongo ejemplo: si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto el mirar cosas que no le ayuden a amar más a Dios, ni quiera darse ese gusto ni mirar tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente lo haga porque, si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por uno.
Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho.

5. Y para mortificar y apaciguar las cuatro pasiones naturales, que son gozo, esperanza, temor y dolor, de cuya concordia y pacificación salen estos y los demás bienes, es total remedio lo que se sigue, y de gran merecimiento y causa de grandes virtudes.

6. Procure siempre inclinarse:

- no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
- no a lo más sabroso, sino a lo más desagradable;
- no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
- no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
- no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
- no a lo más, sino a lo menos;
- no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado;
- no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
- no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo.

7. Y estas obras conviene las acoja y realice de corazón y procure allanar la voluntad en ellas. Porque, si de corazón las obra, muy en breve vendrá a hallar en ellas gran deleite y consuelo, obrando ordenada y discretamente.


16.10.22

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (32)



CAPÍTULO 12.
Se explica qué tipo de apetitos y su clase son los que causan en el alma los daños previamente explicados.


1. Mucho nos podríamos alargar en esta materia de la noche del sentido, abundando en lo mucho que se podría decir acerca de los daños que causan los apetitos, no sólo en las maneras mencionadas, sino de otras muchas. Pero, para lo que hace a nuestro propósito, lo dicho hasta aquí es suficiente, porque parece quedar claro de entender cómo se denomina la "noche la mortificación" hacia esos apetitos, y cuánto conviene entrar en esta noche para ir a Dios. Lo que viene a continuación, antes que tratemos del modo de entrar en la mencionada noche y para concluir con esta parte, es una duda que podría tener el lector sobre lo dicho.

2. Lo primero, se podría plantear si basta cualquier apetito para obrar y causar en el alma los dos males ya explicados, a saber: privativo, que es privar al alma de la gracia de Dios, y el impositivo, que es causar en ella los cinco daños principales que dijimos.
Lo segundo, si basta cualquier apetito, por mínimo que sea, y de cualquiera especie que sea, a causar todos estos cinco daños juntos, o solamente unos causan unos y otros otros, como por ejemplo si unos causan tormento, otros cansancio, otros tinieblas, etc.

3. Respondiendo a ello digo a lo primero que, cuanto al daño privativo, que es privar al alma de Dios, solamente los apetitos voluntarios que son de materia de pecado mortal pueden y hacen esto totalmente, porque ellos privan en esta vida al alma de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios.
A lo segundo digo que, así estos que son de materia de pecado mortal como los voluntarios de materia de pecado venial y los que son de materia de imperfección, cada uno de ellos basta para causar en el alma todos estos daños impositivos juntos. Los cuales, aunque en cierta manera son privativos, los llamamos aquí positivos o impositivos, porque inciden en la conversión de la criatura, así como el privativo incide hacia a la aversión de Dios. Pero hay esta diferencia: que los apetitos de pecado mortal causan total ceguera, tormento e inmundicia y flaqueza, etc.; y los otros de materia venial o de imperfección no causan estos males en total y consumado grado, pues no privan de la gracia, de donde depende la posesión de ellos, porque la muerte del alma es vida para ellos; pero hacen una causa en el alma remisamente, según la remisión de la gracia que los tales apetitos causan en el alma -es decir, disminución de la gracia-. De manera que aquel apetito que más entibiare la gracia, más abundante tormento, ceguera y suciedad causará.

4. Pero es de notar que, aunque cada apetito causa estos males, que aquí llamamos positivos o impositivos, unos hay que principal y específicamente causan unos, y otros, otros, y los demás lo mismo. Porque, aunque es verdad que un apetito sensual causa todos estos males, pero principal y propiamente ensucia al alma y cuerpo. Y, aunque un apetito de avaricia tambien los causa todos, principal y específicamente causa aflicción. Y, aunque un apetito de vanagloria también los causa todos, principal y específicamente causa tinieblas y ceguera. Y, aunque un apetito de gula los causa todos, principalmente causa tibieza en la virtud. Y así el resto.

5. Y la causa por la que cualquier acto de apetito voluntario produce en el alma todos estos efectos juntos, es por la contrariedad que directamente tienen contra todos los actos de virtud que producen en el alma los efectos contrarios. Porque, así como un acto de virtud produce en el alma y engendra y hace crecer juntamente suavidad, paz, consuelo, luz, limpieza y fortaleza, así un apetito desordenado causa tormento, fatiga, cansancio, ceguera y flaqueza. Todas las virtudes crecen en el ejercicio de una, y todos los vicios crecen en el de uno, y también los vestigios de ellos en el alma. Y aunque todos estos males no se echan de ver al tiempo que se cumple el apetito, porque el gusto temporal que produce entonces ese apetito no da lugar, antes o después se acaban padeciendo y sintiendo sus consecuencias. Lo cual se da muy bien a entender por aquel libro que mandó el ángel comer a san Juan en el Apocalipsis (10, 9), el cual en la boca le hizo dulzura y en el vientre le fue amargor. Porque el apetito, cuando se ejecuta, es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto, lo cual podrá bien juzgar el que se deja llevar de ellos. Aunque no ignoro que hay algunos tan ciegos e insensibles que no lo sienten porque, como no andan en Dios, no echan de ver lo que les impide gustar a Dios.

6. De los demás apetitos naturales que no son voluntarios, y de los pensamientos que no pasan de primeros movimientos, y de otras tentaciones no consentidas no trato aquí, porque estos ninguno de los mencionados males causan al alma. Porque aunque a la persona por quien pasan le haga parecer la pasión y turbación que entonces le causan que la ensucian y ciegan, no es así, antes la causan los provechos contrarios. Porque, en tanto que los resiste, gana fortaleza, pureza, luz y consuelo y muchos bienes. Según lo cual dijo Nuestro Señor a san Pablo (2 Cor. 12, 9) que la virtud se perfeccionaba en la flaqueza. Mas los voluntarios, todos estos males y aún más hacen. Y por eso el principal cuidado que tienen los maestros espirituales es mortificar primero a sus discípulos de cualquiera apetito, haciendoles quedar en vacío de lo que apetecían, para poder así librarles de tanta miseria.