Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

19.1.23

"Subida al Monte Carmelo", de San Juan de la Cruz, actualizada (127)



3. Pero, volviendo a hablar de aquel segundo daño (el mueve el sentido a complacencia y deleite sensual y lujuria), que contiene en sí daños innumerables, aunque no se pueden comprehender con la escritura ni dar cuenta de su gravedad con las palabras, no es oscuro ni oculto hasta dónde llegue y cuánta sea esta desventura nacida del gozo puesto en las gracias y hermosura natural, pues que cada día por esta causa se ven tantas muertes de hombres, tantas honras perdidas, tantos insultos hechos, tantas haciendas disipadas, tantas emulaciones y contiendas, tantos adulterios, estupros y fornicios cometidos y tantos santos caídos en el suelo, que se podrían comparar a la tercera parte de las estrellas del cielo derribadas con la cola de aquella serpiente en la tierra (Ap. 12, 4); el oro fino, perdido su primor y lustre, en el cieno; y los ínclitos y nobles de Sión, que se vestían de oro primo, estimados en vasos de barro quebrados, hechos tiestos (Lm. 4, 1­2).

4. ¿Hasta dónde no llega la ponzoña de este daño? ¿Y quién no bebe o poco o mucho de este cáliz dorado de la mujer babilónica del Apocalipsis (17, 4)? Que al sentarse ella sobre aquella gran bestia, que tenía siete cabezas y diez coronas, da a entender que apenas hay alto ni bajo, ni santo ni pecador que no le dé a beber de su vino, sujetando en algo su corazón pues, como allí se dice de ella (17, 2), fueron embriagados todos los reyes de la tierra del vino de su prostitución. Y a todos los estados coge, hasta el supremo e ínclito del santuario y divino sacerdocio, asentando su abominable vaso, como dice Daniel (9, 27), en el lugar santo; apenas dejando fuerte que poco o mucho no le dé a beber del vino de este cáliz, que es este vano gozo. Que, por eso, dice que "todos los reyes de la tierra fueron embriagados de este vino", pues tan pocos se hallarán que, aún por santos que hayan sido, no les haya embelesado y trastornado en algo o de alguna forma esta bebida del gozo y gusto de la hermosura y gracias naturales.

5. Donde es de notar el decir que se embriagaron porque, por poco que se beba del vino de este gozo, luego al punto se ata a él al corazón, y embelesa y hace el daño de oscurecer la razón, como a los atrapados por el vino. Y es de manera que, si luego no se toma alguna triaca contra este veneno para que se eche fuera presto, peligro corre la vida del alma. Porque, tomando fuerzas la flaqueza espiritual, le traerá a tanto mal que, como Sansón (Ju. 16, 19), sacados los ojos de su vista y cortados los cabellos de su primera fortaleza, se verá moler en las atahonas, cautivo entre sus enemigos y después, por ventura, morir la segunda muerte, como él con ellos, causándole todos estos daños la bebida de este gozo espiritualmente, como a él corporalmente se los causó y causa hoy a muchos. Y tras lo cual le vayan a decir sus enemigos, no sin gran confusión suya: "¿Eres tú el que rompías los lazos doblados, desquijarrabas los leones, matabas los mil filisteos y arrancabas los postigos, y te librabas de todos tus enemigos?" (nota del corrector: que sería semejante a decir "¿eres tú el santo que daba sermones, aconsejabas cómo evitar la lascivia, y he aquí retorciéndote en el cieno apestoso por la seducción de una mujer?").

6. Concluyamos, pues, poniendo el argumento necesario contra esta ponzoña, que es: luego que el corazón se sienta mover de este vano gozo de bienes naturales y/o atractivos físicos, se acuerde cuán vana cosa es gozarse de otra cosa que no sea la de servir a Dios y cuán peligrosa y perniciosa, considerando cuánto daño fue para los ángeles gozarse y complacerse de su hermosura y bienes naturales, pues por esto cayeron en los terribles abismos, y cuántos males producen a los hombres cada día por esa misma vanidad. Por eso se deben animar a tomar con tiempo el remedio que dice el poeta a los que comienzan a aficionarse a tales encantamientos: "date prisa ahora al principio a poner remedio, porque cuando los males han tenido tiempo de crecer en el corazón, tarde viene el remedio y la medicina". No mires al vino, dice el Sabio (Pv. 23, 31­32), cuando su color está rubicundo y resplandece en el vaso, porque entra blandamente, pero luego muerde como serpiente y derrama venenos como el regulo.







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