Mes de junio

Mes de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús

En el mes de junio ofrece al Sagrado Corazón de Jesús diariamente estas oraciones. Consagración al Sagrado Corazón de Jesús ¡Oh Corazón d...

10.13.2017

Explicación de la subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz


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Partiendo de los textos del místico y santo San Juan de la Cruz, Fray Antonio Arbiol, franciscano, en su libro "Mística fundamental de Cristo Señor nuestro", incluyó una misteriosa estampa en la cual resumía el camino a la perfección cristiana. En realidad era una copia que originalmente formaba parte de unos 50 dibujos, que el santo realizó en torno al año 1579 para sus alumnos. El más representativo -con copia exacta y notarial, aunque original ninguno se conserva- fue dedicado a su hija espiritual Magdalena del Espíritu Santo, de la comunidad de las carmelitas descalzas de Beas de Segura. Ingeniosamente este santo pinta el encumbrado Monte de la Perfección, y para subir a él pone tres caminos: uno recto, en medio, y dos torcidos a los lados. Al pie del Monte, bajo el camino derecho que sube hacia el mismo, pone las palabras de Cristo Señor nuestro: "Estrecho es el camino que guía a la vida", y sobre ellas el mismo, en el mismo principio del Camino recto, pone: "Senda estrecha de la perfección".

Esta senda comienza muy angosta, pero a medida que se va ascendiendo por ella y se avanza, se va dilatando, haciéndose luego muy ancha y espaciosa. En esta senda recta, que está en medio, pone cinco veces esta palabra: Nada. Y así, desde su principio, y a medida que se progresa, nos da las pistas de cómo ir ascendiendo: Nada, Nada, Nada, Nada, Nada. Estas cinco "Nadas", que están en la Senda recta, corresponden a cinco géneros de bienes del Cielo, que están a la diestra de esta senda, que son: Sabiduría, Consuelos, Gozos, Seguridad y Gloria; entre ellos pone "ni estos", y a la siniestra de la Senda recta, otros cinco bienes de la Tierra, que son: Descanso, Ciencia, Honra, Libertad, Gusto. Entre ellos se ve inclinado el texto: "ni esto otro". Es decir, nada de eso, y nada de lo otro. O, dicho de otro modo: que de los bienes de la Tierra, ni aún de los bienes del Cielo, nada ha de apetecer el alma que desea rectamente subir a lo supremo del Sagrado Monte. Un vacío, por tanto, y desapego absoluto, sin inclinarnos ni por uno ni por otro.




En el principio del Camino torcido, que está a la diestra de la Senda recta, se encuentra este título: "Camino del espíritu imperfecto". Y en la entrada del Camino se dice: "Bienes del Cielo". Estos son los cinco referidos anteriormente. Sobre todos ellos se encuentra un pequeño título: "Tanto más algo serás", que viene a decir: "si nada de estos Bienes deseas, tanto más algo serás". A un lado de este Camino de los Bienes del Cielo se dice: "por haberlos procurado, tuve menos que tuviera, si por la Senda subiera". Y al otro lado de este Camino se dice: "Tardé más y subí menos, porque no tomé la Senda". Esto es: que no será tan perfecto, ni tan presto, quien anda por este Camino, como quien sube por la senda estrecha de la Nada. En resumen: todo es de quien nada quiere por el amor de Dios.

En este Camino lateral, que se dice del Deseo y amor propio de los Bienes del Cielo, no se sale del Monte, pero se va dando vueltas y no sube hasta lo supremo del Monte, es decir, hasta su cúspide. Como aconsejan los más grandes santos, no hay que desear nada, no solo ya lo mundano, que se da por hecho, sino lo celestial, dejando que sea Dios solo todo, y en todo, en el alma del cristiano.

En el principio del Camino torcido, que está en la parte siniestra de la Senda recta, se encuentra este título: "Camino del espíritu errado". Y en la entrada de este Camino se lee: "Bienes de la Tierra". Estos son los cinco que ya nombramos al principio, y sobre este camino torcido se dice: "Cuanto menos ser quisieras", y sobre el de la siniestra: "Tanto más algo serás". Uniendo ambos, tenemos, pues: "Tanto más algo serás, cuanto menos ser quisieras". Al lado de este Camino de los Bienes de la tierra se lee: "Cuanto más los procuraba, con tantos menos me hallé", o sea: cuando más se esfuerza uno por ellos, menos los encuentra. Y al otro lado en las orlas: "No pude subir al Monte, por llevar camino errado". Este Camino del espíritu errado, pues, se sale del monte por un lado, a diferencia del Camino torcido de los Bienes del Cielo, que aunque no sube a lo supremo, al menos no sale.

Volvamos ahora a la Senda recta, que indica con su "Nada": "nada quieras con amor propio, ni de los cinco Bienes del Cielo, ni de los cinco Bienes de la tierra. Sobre todos los bienes del Cielo, dice un pequeño título: "cuando con amor propio no los quise, dióseme todo, sin ir tras ellos". Y sobre el Camino de los Bienes de la Tierra se dice: "Después que me he puesto en Nada, hallo que Nada me falta". Todo ello insiste de nuevo en el razonamiento ya explicado, de que no apeteciendo el alma ninguno de esos bienes, lo encuentra todo en el todo, que es Dios, que se le da todo, y nada le falta.

Prosiguiendo más hacia lo alto en la Senda recta, dice otro título: "Y en el Monte Nada", porque el alma, aun cuando ya está en el Monte de la Perfección, siempre está y se conserva con su Nada. Un poco más arriba, sobre la misma Senda recta, dice: "Ya por aquí no hay Camino, que para el justo no hay ley". Esto es una alusión a lo dicho por San Pablo: "Lex justo non est posit, sed injustis" ("la ley no fue dada para los justos", 1 Timoteo 1). A los dos lados se cruzan estas palabras: Justitia, Fortitudo, Prudentia, Temperantia (justicia, fortaleza, prudencia, templanza); más arriba sobre la misma Senda recta dice: Securitas (seguridad). Y más arriba: Charitas (caridad). Entre las dos palabras, Securitas y Charitas, se ponen a su lado las Virtudes Teologales: Fe (fe), Spes (esperanza), no tan altas como lo está la de Caridad. Y cerca de lo supremo en el Monte, se dice: "Divinum silentium. Divina Sapientia" ("Divino silencio, divina sabiduría"). Y en lo más alto: Iuge Convivium, o sea: "Banquete continuo" ("fiesta continua", "alegría continua"...). Y sobre todo el Monte se puede leer: "Solo mora en este Monte la Gloria y la Honra de Dios".

Al lado derecho de lo encumbrado del Monte se ponen los siete Dones del Espíritu Santo, que son: Sapientia, Scientia, Fortitudo, Consilium, Intellectus, Pietas, Timor Dei (sabiduría, ciencia, fortaleza, consejo, inteligencia, piedad, y temor de Dios). Y al otro lado se ponen los doce Frutos del Espíritu Santo, que son: Charitas, Gaudium, Pax, Longanimitas, Patientia, Bonitas, Benignitas, Mansuetudo, Fides, Modestia, Continentia, Castitas (Caridad, Gozo, Paz, Longanimidad, Paciencia, Bondad, Benignidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Templanza, Castidad ). Quiere decir esto, que en lo más elevado del Monte de la perfección se ejercitan las Virtudes Teologales y Cardinales, y se participan los Dones y Frutos del Espíritu Santo, se hace Matrimonio espiritual entre Dios, y el alma feliz, y se llega al estado de la perfecta Unión del alma con Dios.

Sobre todo el monte, en la circunferencia interior se pone el texto sagrado del profeta Jeremías: "Introduxi vos in terram Carmeli, ut comederitis fructum eius, et bona illius" ("Y os introduje en tierra de abundancia, para que comieseis su fruto y su bien", (Jeremías 2:7). Y por la parte exterior encontramos el texto de David, que dice: "Mons Dei. Mons pinguis. Mons coagulatus. Mons, in quo beneplacitum est Deo habitare in eo" (Montaña de Dios, (...) una montaña en la que se agrada a Dios y en la que habita en ella" - Salmo 67:16-18 de la Vulgata-).

En esta maravillosa armonía se contiene un abismo de sagrados Misterios, y lo más elevado de la teología Mística de San Juan de la Cruz.


Modo de subir al Monte de la Perfección, para no ir por los dos Caminos torcidos.
En el pie de la preciosa lámina que San Juan de la Cruz diseño para instruir a los que se internaban por esta senda, se encuentra un titular: "Los versillos siguientes declaran el modo de subir por la senda al Monte de la Perfección, y dan Aviso y guía, para no ir por los dos Caminos torcidos". Los versillos, o sentencias, un tanto enigmáticas para los no entendidos o los poco sensibles a la acción del Espíritu, se distinguen por estos cuatro títulos. El primero dice: "Modo para venir al todo". El segundo: "Modo de tener al todo". El tercero: "Mono para no impedir al todo". El cuarto: "Indicio de que se tiene todo". Los tres primeros son como indicadores, y el segundo es una especie de prueba o examen para que podamos constatar de cumplir los tres primeros. Para cada uno se ponen, a su vez, cuatro sentencias, excepto para el cuarto, que únicamente tiene dos. Comencemos a exponerlos por orden, pues:


Modo para venir al todo:
1. Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.
2. Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas.
3. Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees.
4. Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.

Analicemos el primero: "Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes". El apóstol San Pablo nos dice: "Ninguno se engañe. Si a alguno le parece que es sabio, hágase inculto, para ser sabio"; ("Neme se seducat. Si quis videtur inter vos sapiens esse in hoc saeculo, snultus fiat, ut sit sapiens". Esto mismo dice San Juan de la Cruz: que para venir a lo que no sabemos, debemos de ir por donde no sabemos, puesto que si supiésemos ya no haría falta ir, obviamente.

El que presume de ser sabio, está muy errado, de tal manera que más esperanza puede tener el que no se tiene por sabio, que el que presume de serlo. Así también lo afirma Salomón en sus proverbios: "¿Has visto hombre sabio en su propia opinión?
Más esperanza hay del necio que de él" (Proverbios 26). Haciéndose ignorante por amor de Dios, el hombre, se hace sabio para Dios, y para el mayor bien de su alma. Por esto daba gracias Cristo Señor nuestro a su Eterno Padre, porque lo ocultaba a los sabios presuntuosos, y soberbios del mundo, y lo revelaba a los humildes y párvulos, que se habían ignorantes voluntarios por su amor.

Aquí debe notarse, ciertamente, que cada uno debe saber lo que tiene obligación para salvarse, y también debe saber las obligaciones inherentes a su estado, porque en esto no es virtud la ignorancia, sino que se convierte en reprensible culpa y origen de muchos males, como se dice en los Salmos: "Las palabras de su boca son injusticia y embustes: no ha querido instruirse para obrar el bien" (Salmo XXXV). Y en otro Salmo dice que quienes faltan a sus obligaciones, serán contados con los que obran la iniquidad.

Adviértase también, que los estudios honestos y decentes, ya por obediencia, ya por el santo fin de servir a la Iglesia de Dios y hacer bien a las almas, no es impedimento para la cristiana perfección. Así, la legítima inteligencia de nuestro doctor místico San Juan de la Cruz sería que "para venir a lo que no sabes" de las cosas del Cielo, "has de ir por donde no sabes" de las cosas de la Tierra. Y así por la Nada de la sabiduría terrena, llegarás al Todo de la Sabiduría Celestial. La sabiduría de la carne es enemiga de Dios, dice San Pablo. Al no saber de las cosas de la Tierra, para venir a saber de las cosas del Cielo, San Dionisio Areopagita las llama Nesciencia, y aun al mismo conocimiento que tenemos de Dios le dice Ingonición, porque en esta vida mortal conocemos a Dios por negociaciones, y así las explicaciones por aquellos términos, con que decimos de Dios, que es increado, infinito, inmenso, etc., es lo mismo que decir que no es creado, no es finito, ni es mensurable.

La segunda sentencia nos dice: "Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas". El hombre terreno no gusta de las cosas del Cielo, así es, en efecto. Y así también lo afirma el Apóstol San Pablo: Oirá y leerá el hombre racional estas espirituales materias, pero no llegará a comprenderlas (Animalis homo non percipit ea quae sunt Spiritus Dei). Tienen los hombres terrenos atrofiado el gusto, y por eso no perciben ni distinguen lo precioso de lo vil. El Señor les exhorta, para que lo separen como al Cielo de la Tierra. Así lo dice por Jeremías el profeta: "si separaveris pretiosum a vili, quasi os meum eris" ("si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos", Jeremías 15, 19). Y el Apóstol nos da el medio para conseguir tanto bien, diciéndonos que gustemos las cosas de lo alto, y no las de la Tierra ("preocúpense por las cosas de arriba, no por las de la tierra" -Colosenses, 3-). Porque en los textos sagrados se repite que, si gustásemos las cosas de Dios, aborreceríamos realmente lo terreno. Por esto, en los Salmos se insiste diciendo que gustemos la dulzura y suavidad incomparable del Señor: "Gustate et videte, quoniam suavis est dominus" (Salmo 33,9).

La dificultad está en llegar a gustar de Dios. Para esto nos encamina San Juan de la Cruz diciendo: "Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas". No gustas de la mortificación, del ayuno, del silicio, ni de cosas amargas a tu gusto: pues por estas cosas que no gustas, son por las que has de llegar a gustar de Dios, de quien no gustas por seguir tu propio gusto. Mortificándonos por amor de Dios en todo lo que no gustamos, se llegará a gustar en todo de de Dios.

La tercera sentencia nos dice: "Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees". El Señor nos lo enseña, diciendo que el que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser su discípulo ("así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo", Lucas 14:33). No ha de estar apegado el corazón humano a cosa creada alguna, para llegar a conseguir eternamente la posesión Divina. Verdad es que algunos ricos han sido santos, como lo fueron los antiguos patriarcas, y otros a quien Dios concedió riquezas temporales, pero debe notarse que aquellos no tenían el corazón pegado a sus riquezas, que Dios se las había confiado, sino al mismo Dios que se las daba. El dulcísimo San Bernardo nos previene que en las cosas temporales, más daña el afecto que la sustancia: "Plus enim concupiscentia mundi, quan subtantia nocet".

Algunos que tienen el afecto en pequeñas cosas están más poseídos por ellas, que otros que tienen muchas y no tienen el corazón en ellas. En cualquier caso, el camino más claro, rápido y seguro, es prescindir de ellas, puesto que cualquier posesión material no deja de ser una constante amenaza que nos puede hacer apartarnos del Señor, y se necesita la Gracia y la asistencia divina para no caer en ese enredo. Por eso, la mayoría de santos prefirió prescindir de todo. Como dice San Gerónimo, "el monje propietario de un alfiles, no vale un alfiler", ("monachus haben acum, non valet acus").

Para venir a llegar a los bienes Divinos, que no poseemos, habemos de ir por donde no poseemos, esto es, renunciando al afecto de todos los bienes humanos, de tal manera que de corazón ninguna cosa criada poseamos. El Apóstol San Pablo nos enseña que tengamos las cosas temporales como si no existieran, como si no las tuviésemos: "qui habent, tanquan non habentes fint" (" los que compran algo, como si no lo poseyeran", 1 Corintios 7:30).

Este generoso desapego del corazón hacia todo lo criado, nos dice San Juan de la Cruz, ha de ser nuestro camino seguro para llegar a ser perfectos. No poseyendo de corazón cosa alguna de la Tierra, llegaremos a poseer los bienes espirituales y del Cielo. Esto dice San Gregorio el Grande: "qui contempserit secularia, ipse merebitur sempiterna" ("quien desprecia las cosas del mundo, merece las eternas"). Muy similar lo dice San Gerónimo: "qui carnalia dimiserit, spiritualia recipiet" ("quien deja las cosas carnales, recibe las espirituales").

La cuarta Sentencia nos dice: "Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres". Dios es el que es, como el mismo Señor nos lo dijo: "Ego su, qui sum". Y tú eres el que no eres, porque sola la Nada es cosa tuya propia, que es el no ser, que no posees. Y aún después del ser que Dios te ha dado, nada eres celestial, sino terreno. No eres perfecto, sino imperfecto. No eres espiritual, sino carnal. Pues para venir a todo esto, que no eres, has de ir por donde no eres. Has de conocer tu propia Nada y caer en cuenta de ella. De tu cosecha no tienes otra cosa más que nada. Así lo confesaba David en la presencia de Dios: "Substantia mea tanquam nihilum ante te" (Salmo XXXVIII de la Vulgata). Y en otro lugar: "Non avertas faciens tuam at me, et similis ero descendentibus in lacum", ("No apartes de mí tu Faz, porque me sucedería como a los que bajan al sepulcro", Salmo CLXII).

Dios quiere que conozcamos esta verdad fundamental, y por ella debemos subir a lo que no somos. No somos espirituales, ni perfectos, ni celestiales, pero si nos fundamos bien en el verdadero conocimiento de la Nada que somos, unidos con nuestro Dios, lo seremos todo con la asistencia del Señor.


Modo de tener al todo:
1. Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada.
2. para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada.
3. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.
4. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

Prosigue San Juan de la Cruz con su Nada en todo, para llegar al todo en todo. La primera Sentencia dice: "Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada". El demonio engañó a Eva, diciéndole que sabría todas las cosas si comía de la fruta prohibida ("eritis sicut Dii, scientes bonum, malum"). Y San Juan de la Cruz nos guía por el camino contrario, diciendo: "para saberlo todo, no quieras saber algo en nada".

Esta regla general tiene la excepción que ya señalamos antes: cada uno debe saber de la doctrina Cristiana lo que ha de menester para salvarse y las obligaciones de su cargo, para así cumplir con ellas. De lo demás, de lo que no nos toca, ni nos importa, ni de ello hemos de dar cuenta a Dios, ni de vidas ajenas, nada quieras saber. De esto y de cosas impertinentes, cuanto menos sepas, mejor, y cuanto nada sepas, mejor. En lo que no te importa, ni te toca, no litigues, no porfíes, dice el Sabio: "de ea re, que te non molestat, ne certeris" ("por aquello que no te toca, no alterques", Eclesiástico capítulo XI). De lo que no es de tu obligación, no quieras saber algo en nada, y así vendrás a saberlo todo en Dios. Teme a Dios, y guarda sus mandatos: porque este es el ser de todo hombre, dice Salomón. Y San Pablo añade: "non plus sapere, quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem", ("que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener", Romanos 12:3). Lo que no es útil para nuestra alma, mejor es ignorarlo que saberlo. El saber, y conocer a Dios, es lo que nos importa, como nos lo dice por Jeremías el mismo Señor: "in hoc glorietur, qui gloriatur, scire, et nosse me, dicit Dominus" ("alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme", Jeremías 9:24). Con esta ciencia de Dios se sabe todo, y para ello conviene no querer saber algo en nada.

La segunda Sentencia dice: "Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada". Recordemos que en la anterior se decía: "Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas". Estas sentencias son muy distintas, porque la uno nos pide positiva mortificación de hacer por amor de Dios lo que no gustamos en hacer, y la otra nos pide total abstracción, de no gustar algo en nada. Quien no sabe de abstracción, no sabe en realidad de perfección, como dice el santo Job: "Elegit suspendium anima mea", ("mi alma, pues, escoge la asfixia, la muerte, en lugar de mis dolores", Job 7:15).

En innumerables cosas conviene suspender el juicio, y abstraernos de lo que no nos toca, ni nos importa. Sin este cuidado trabajamos en vano para ser perfectos. De lo que no te toca, nada preguntes, como Cristo enseñó: "Quid ad te? Tu me sequere", ("¿a ti qué? Tú sígueme", Juan 21:20-25).

No quieras, pues, gustar algo en todo, para venir a gustarlo todo. En Dios está todo: y así en nada quieras gustar algo, fuera de Dios. San Francisco decía muchas veces: "Deus meus, et omnia", ("Dios mío, y todas mis cosas"). Si en Dios está todo, busquemos todo en Dios. Todo lo del mundo le parecía estiércol a San Pablo: "Omnia arbitror ut stercora, ut Christum lucrifaciam", ("todo lo tengo por basura, para ganar a Cristo", Filipenses 3:8). Luego el que quiera ser algo en nada fuera de Cristo, no podrá serlo todo en Cristo, en cuyas manos puso Dios todas las cosas, como el mismo Señor nos lo dice: "Omnia mihi tradita sunt a Patre meo", ("todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre", Lucas 10:22).


Modo para no impedir al todo:
1. Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo.
2. Para venir de todo al todo, has de dejar del todo a todo.
3. Cuando lo vengas todo a tener, has de tenerlo sin nada querer.
4. Si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro.

Todas estas sentencias encaminan a la criatura que desea ser perfecta a purificar bien todos sus particulares afectos. La primera sentencia dice: "Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo". Dios es el todo, como dice San Pablo: "in ipso sunt omnia", y quien se detiene por algún reparo de mundo, para no entregarse del todo a su Dios, deja de arrojarse al todo. Las dificultades que nos ocurren y acontecen para llegarnos a Dios no nos han de detener, para arrojarnos confiados ala Providencia de Dios, que lo vence todo. Antes bien, han de servirnos como elementos para fortalecernos, y debemos aprovecharlas para afianzarnos más en la firmeza y adhesión al Señor. Si cuando a María Magdalena le ocurrió la dificultad de cómo mover la piedra del Santo Sepulcro, se habría vuelto de su camino y no hubiera visto a su Jesús resucitado. Prosiguió constante, y halló vencida la dificultad imaginada por manos de su Señor.

El Camino de la perfección cristiana pide gente animosa, como muchas veces dice Santa Teresa de Jesús. No valen para él gente que a las primeras de cambio flaquee, ni que cualquier viento contrario o brisa pasajera les desasosiegue. Los de ánimo apocado se privan de muchos bienes del Cielo. El tímido, si no se vence a sí mismo, nunca llegará a ser perfecto. Obviamente nos referimos a una timidez espiritual, una suerte de pereza en donde esperamos que todo acontezca como a nosotros nos apetece, o de la forma más simple y fácil posible, cuando en realidad estamos mirando a nuestros gustos y, por lo tanto, desviando la vista de Dios. Si la mantuviésemos en Dios, veríamos que todo con Él es fácil, sencillo y llevadero. "Mi carga es ligera", dice Cristo.

No es la perfección para cobardes, y solo los violentos animosos lo alcanzarán: "regnum Caelorum vim partitur, et violenti rapiunt illud", ("desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan", Mateo 11:12). El que repara mucho en las nubes, en cuándo vendrá la lluvia, y por ello deja de sembrar, nunca tendrá cosecha. No nos detengamos en reparos impertinentes, dejando por eso de arrojarnos al todo, que es Dios, sin reparar en algo fuera de Dios.

La segunda Sentencia dice: "para venir de todo al todo, has de dejar del todo a todo". Aquí dispone San Juan de la Cruz dos todos. Uno que se compone de todo lo creado, y otro que es el mismo Dios. Hemos de dejar del todo a todo creado, para venir de todo lo creado al todo Espiritual y Divino, que es Dios. Ha de ir todo, por todo. De Dios son todas las cosas, como el mismo Señor lo dice: "mea sunt enim omnia" (Salmo 50:10 de la Vulgata), y todas las puso a los pies del hombre: "omnia a subjecisti sub pedihus eius", y todas las ha de dejar el hombre por el amor a Dios, para ser perfecto, y las ha de dejar, del todo.

Hemos de dejar del todo a todo lo creado. Algunos lo dejan todo, pero no lo dejan DEL TODO. Son como el infeliz Ananías, que ofreció el precio de su campo a los pies del Apóstol San Pedro, pero no lo ofreció del todo. Y fue la parte que se reservó ocultamente la que le perdió. San Pablo nos dice que a Dios no le podemos engañar: "nolite errare, fratres: Deus non irridetur", ("no os engañéis; Dios no puede ser burlado", Gálatas 6:7). Por el fruto efecto, y por las obras, se conocerá si lo dejas todo del todo por el amor de Dios, y para ser perfecto. A los ingratos de su Pueblo dijo el Señor que, si le buscaban de todo corazón, y arrojasen fuera todos sus ídolos, Dios se volvería a ellos: "si in toto corde vestro reverti ad Dominum, auserte Deos alienos de medio vestri", ("convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento", Joel 2:12). Nuestros dioses falsos son nuestros afectos propios, todos los debemos de dejar del todo, para tener a nuestro Dios único y Señor, y ser así perfecto. Para venir, pues, de todo al todo, has de dejar, del todo, a todo.

La tercera sentencia nos dice: "Cuando lo vengas todo a tener, has de tenerlo sin nada querer". En ninguna cosa creada debemos poner el afecto, todo lo que tenemos, lo habemos de tener "sin nada querer". Aun en las cosas de devoción no tenemos que poner especial afecto hasta el modo que lo sintamos si nos las quitan. San Francisco de Sales decía que hasta nuestras oraciones cotidianas o actos de devoción nos pueden suponer una carga si no sabemos vivir sin ellos, y ponía el ejemplo de gente que parecía no poder estar en paz o vivir sin su cotidiana visita al oratorio o a la iglesia, y en este sentido se había transformado en una simple costumbre, cambiando el objeto de devoción (Dios) con la devoción propia, y confundiendo el camino con el destino. Aunque el religioso tenga muchas cosas en la celda, ha de pensar que allí están, porque sus superiores quieren, pero que así las tiene, como si no las tuviera. Así las tiene, sin ser su propietario. Así las ha de tener, sin nada quererlas, de manera que disfrutándolas o abandonándolas, no le suponga ni carga ni pena ninguna. De esta manera podrá decir lo que San Pablo: "tanquan nihil babentes, et omnia possidentes", ("como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo", 2 Corintios 6:10).

La cuarta sentencia dice: "Si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro". Porque, realmente, quien tiene a Dios no es que no necesite ya nada, sino que ni siquiera desea nada, pues teniendo a Dios, ¿qué más puede querer? De esta misma manera, si al revés, quiere algo, es que no tiene realmente a Dios y, por lo tanto, no ha alcanzado la perfección cristiana. Y dice Cristo: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón" ("ubi est thesaurus tuus, ibi est, et cor tuum". Por lo que si se quiere tener algo en todo lo criado, no lo tienes en Dios todo junto, luego no tienes puro en Dios tu tesoro. Lo que tenemos con imperfección, y con pecado, no lo tenemos en Dios, ni en Dios lo hallaremos. No podemos hallar en Dios lo que no tenemos en Dios. El Señor dijo, que el demonio nada tenía en él, y así nada hallaría en él: "venit enim huius mundi princeps, et in me non habet quicquam", ("viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí", Juan 14:30). Y a San Pedro le dijo, que si no se dejaba lavar los pies, no tendría parte en él ("si non lavero te, non habebis partem mecum").

La perfecta sujeción al querer de Dios, y el no tener algo fuera de Dios, es el modo para tenerlo todo en Dios. "Si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro". Lo que piensas tener fuera de Dios, aparte de Dios, aislado de Dios, ya no lo tienes puramente en Dios, y ello falta para tenerlo todo en el todo, que es Dios. De Dios son todas las cosas: no las quieras tener fuera de Dios, de quien son. Todo lo bueno, de Dios lo recibes, dice San Pablo ("quid habes, quod non accepisti?", "¿qué tenéis, que no os haya sido dado?"). Si de Dios lo recibes todo, no quieras tener algo fuera de Dios, como esos paganos, que creen dedicar a Dios media hora a la semana y el resto dedicarse "a sus cosas", o como los insensatos, que piensan que pueden esconder de los ojos de Dios sus acciones menos buenas, loables, o sus actos de maldad y deshonestos. Si en todo quieres tener algo, estará dividido tu corazón, y no llegarás a ser perfecto. Teme la sentencia de Jacob, que dijo a un hijo suyo: "effusus es sicut aqua, non crescas", ("inestable como las aguas, no serás el principal;", Genesis 49:4).


Indicios de que se tiene todo:
1. En esta desnudez halla el alma quietud y descanso. Porque como nada codicia, nada le impide hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, sino que está en el centro de su humildad.
2. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga.

En estas dos principales Sentencias pone San Juan de la Cruz la prueba constante de que se tiene en el todo, que es Dios. "En esta desnudez, dice, halla el alma quietud, y descanso". Llama "desnudez" a las cinco Nadas que puso en el Sendero recto de la Subida del Monte Carmelo, o sea, del Monte de la Perfección: no codiciando nada con afecto propio, ni de los bienes del Cielo, ni de los bienes de la Tierra. Estando, así, el alma, ésta es libre para arrojarse a los brazos de Dios, y no hay impedimento ni atadura terrena ni espiritual que la retenga o la distraiga, y directamente se eleva al Señor.

En esta perfecta desnudez se encuentra el alma en quietud y descanso. En la codicia de ninguna cosa creada se puede tener cumplidamente esta quietud. Por esto dijo San Agustín que estaba inquieto su corazón, no se podía relajar hasta que llegase a su Dios. Y el salmista dijo que solo se saciaría cuando apareciese la gloria de su Dios ("satiabor cum apparuerit gloria tua").

En la perfecta desnudez halla el alma quietud y descanso, esto es cierto, porque todo es de quien nada quiere, sino a Dios solo, y lo que sea gusto de Dios. Y siendo Dios todo, absolutamente todo, lo tiene, pues, todo. "Omnia vestra sunt", dice San Pablo a los Judíos ("todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios", 1 Corintios, 3:22). El apóstol Santiago dice que las inquietudes proceden de las propias concupiscencias. Si el alma está perfectamente desnuda de sus propios afectos y caprichos, de tal manera que nada repugna, ni nada apetece, ni nada quiere, ni nada desea, sino únicamente hacer en todo momento y en todo sitio la voluntad de su Dios, en su misma desnudez halla entonces esta quietud y descanso.

"Como nada codicia, nada le impide ni le pesa ir hacia arriba, y nada le oprime para empujarla a ir abajo". Nada quiere, sino únicamente lo que Dios quiere, y así está con perfecta quietud, como en su mismo centro. Esto es vivir de todos modos, pero los que se dejan llevar de sus afectos propios, no hallan el camino verdadero de su paz interior, como dijo David: "viam pacis non cognoverunt", ("no han conocido el camino de la paz", Salmo 13).

El alma dichosa, que nada codicia y solo quiere lo que Dios quiere, sin más ni menos, y sin querer propio alguno, descansa en su Dios y Señor. Posee esa "muerte mística" a sí mismo que hace bienaventurados aun en esta vida, como dice San Juan: "beati mortui, qui in Domino moriuntur", ("bienaventurados los muertos que mueren en el Señor", Apocalipsis 14:13). Este es el descanso pacífico que ofreció Cristo Señor nuestro a los humildes de corazón. En esta preciosa paz, se halla el descanso opulento, que dice Isaías: "sedebit in requie opulenta", ("mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo", Isaías 32:18).

"Cuando el alma algo codicia, ésto mismo le fatiga", esta práctica verdad nos la enseña la experiencia. Si en nuestro corazón reina algún afecto desordenado, algún deseo de poseer, nos quita el sueño, nos desvela, nos estorba y no podemos tener paz interior perfecta. No es la paz para los impíos, dice Dios por Isaías ("non est pax impiis, dicit Dominus", "no hay paz para los malos", Isaías 48:22). El Señor nos asista, pues, a buscarle sincera y constantemente, con perseverancia y humildad, y nos ayude a transitar por la senda estrecha y en cuesta donde se empieza con esfuerzo, pero que es la única que lleva al descanso y a la paz y tranquilidad. A la auténtica libertad de los hijos de Dios. Que así sea.

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Fray Antonio Arbiol, franciscano. Revisión y actualización por Ludobian de Bizance, carmelita. Preparación y edición: OratorioCarmelitano.com

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