Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

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17.2.19

Ofrecimiento de la Hora de adoración


Divino Jesús, dulcísimo Salvador mío, yo os ofrezco esta Hora de adoración, durante la cual, en unión con -nombrar los patronos de la hora o santos de devoción- deseo muy particularmente amaros, glorificaros y, sobre todo, consolar a vuestro adorado Corazón con mi amor. ¡Acercad a esta intención mis pensamientos, mis palabras, mis obras y también mis penas! Recibid, sobre todo, mi corazón, que os entrego sin reserva, suplicándoos le consumas con el fuego de vuestro purísimo amor.

Corazón de María, mi amor, proteged a todos los adoradores.

15.2.19

Oración para la Hora de Guardia u Hora de Adoración


¡Oh misericordiosísimo Jesús, abrasado en ardiente amor de las almas!, yo os suplico, por la agonía de vuestro Sacratísimo Corazón y por los dolores de vuestra Inmaculada Madre, que purifiquéis con vuestra preciosísima Sangre a todos los pecadores de la tierra, y en particular, aquel por cuya salvación yo hago esta Hora. Sumergidnos a todos, oh Jesús, en el océano de vuestra misericordia.

Padre Santo, recibid en sacrificio de propiciación por las necesidades de la iglesia, en reparación de los pecados de los hombres, y por la conversión de - puede decirse un nombre -, la preciosísima Sangre y Agua salidas de la Herida del divino Corazón de Jesús, y tener misericordia de nosotros.

13.2.19

Intercesión perpetua por los vivos y los muertos


"Orad los unos por los otros para que seáis salvos, porque la oración continua del justo es poderosa cerca de Dios" (Santiago, V, 16).

Es una práctica grata a todos los amantes del Corazón de Jesús, el reunirse en espíritu en ciertos días y a ciertas horas junto a este Corazón Sagrado, para rendirle los homenajes de adoración, de amor, de reparación. Y suele ser tan grande el sabor de devoción que se siente en estas piadosas reuniones, que se quisiera poder multiplicarlas y prolongarlas para imitar de alguna manera en la tierra, el cántico de los Ángeles, que no cesa jamás en el cielo.

Hay almas que nos gritan desde la cárcel del Purgatorio: "Miseremini, miseremini!", ¡Piedad, piedad, venid en nuestra ayuda, vosotros, nuestros amigos y hermanos nuestros! No nos hagamos, pues, sordos a su llamamiento: su aflicción, los lazos que las unen con nosotros, su calidad de esposas amadísimas de Jesús, todo las hace dignas de nuestra compasión.

11.2.19

La adoración reparadora


El Verbo encarnado, Jesucristo Nuestro Señor, es el solo adorador verdadero.

Sólo Él ha comprendido todos los derechos de Dios, todos los deberes de la criatura; sólo Él ha reconocido dignamente los primeros, y llenado los segundos por la adoración en espíritu y en verdad, tal como el Padre la quiere (Juan, IV, 23); tal como la adorabilísima Santísima Trinidad la merece.