Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

18.2.20

Homilía con motivo de la acogida de las reliquias de Santa Bernardita


Las reliquias de Santa Bernardita nos llaman hoy a hacer memoria de su vida agraciada con la bienaventuranza destinada en el Reino de Dios a los pobres y con la gloria reservada a los humildes. Pero, sobre todo, nos hacen presente el encargo de orar por la conversión de los pecadores, que la Virgen Inmaculada le confió para que nos lo transmitiera a todos sus hijos.

Es un mensaje que está presente desde el origen en el centro de toda la historia de la salvación, como expresión de la voluntad de Dios de volver a traer de nuevo a sus dos criaturas preferidas más queridas, al hombre y a la mujer, al verdadero conocimiento de Dios y a la comunión de amor con él. El mensaje fue primero promesa de victoria de la descendencia de Eva en la lucha con el mal, a cuyas consecuencias le ha sometido la seducción por el demonio. Y la promesa alcanzó su plena realización "cuando llegó la plenitud del tiempo" y "envió Dios a su Hijo, nacido de mujer", "para que recibiéramos la adopción filial", con el envío "a nuestros corazones del Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre!" El Hijo enviado por Dios es el nuevo Adán, nacido de María, la nueva Eva, la Virgen Inmaculada. Y el mensaje que la Inmaculada transmite a Bernardita es el mismo que anunció Jesús por encargo del Padre: la llegada del Reino de Dios y la necesidad de la conversión para entrar en él y participar de sus bienes. Así lo narra el Evangelio de Marcos: "Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 14-15).







ORATORIO CARMELITANO



Este anuncio del Evangelio del reino de Dios es el inicio de la plenitud del tiempo de la salvación que se ofrece a los hijos que se han rebelado contra él. Al dar a conocer su nombre, y su amor fiel y misericordioso, Dios comenzó a ayudar a cada uno de sus hijos a dar respuesta a las preguntas dirigidas a Adán y Eva en el paraíso: ¿dónde estás?, ¿qué has hecho? ¿quién te informó de que estabas desnudo? Son preguntas eternas de Dios a cada hombre y mujer; expresan la solícita y tierna providencia de Dios para con sus criaturas preferidas, en las que ha puesto su imagen y ha visto con complacencia una obra suya muy buena. Son preguntas de la pedagogía paternal de Dios para conducir a Adán y Eva a reconocer que no son como Dios, que no son dioses: no son dueños del árbol de la vida, no son fuente de la vida; y no pueden conocer el bien y el mal como Dios lo conoce, sin dejarse dominar por el mal. Tienen que respetar la soberanía de Dios. Su osadía de invadir y apoderarse del conocimiento y del poder de Dios, se les ha manifestado como una peripecia de engaño y frustración, de vergüenza y de miedo ante Dios.

Las preguntas de Dios a los hijos caídos no son el interrogatorio de un severo juez que acusa y condena. Son lamentos de amor paternal que llama a la reconciliación.

Expresan la dolorosa sorpresa del Padre bueno ante la huida de los hijos de su presencia, ante su miedo y vergüenza de aparecer desnudos, engañados, hechos semejantes al demonio por el conocimiento del mal.

A pesar de todo, Dios solo condena de forma definitiva, para siempre, a la serpiente enemiga y causante de los males de sus criaturas preferidas. Al hombre y la mujer les promete desde el inicio que no va a cesar en su compromiso de amor misericordioso y restaurador, para dar origen a la nueva familia de hijos de Dios.

La conversión del agua en vino en Caná de Galilea es el primer signo realizado por Jesús para acreditar la verdad de su anuncio de la llegada del reino de Dios y de la necesidad de la conversión de los pecadores, a los que ha venido a llamar con preferencia (cfr. Lc 13, 3.5; 15, 7.10). De hecho, con este signo "manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él" (Jn 2, 11).

El milagro acontece porque María descubre la apurada situación de necesidad de los esposos y le dice a Jesús: "No tienen vino". Y aunque Jesús manifiesta que su preocupación no coincide en ese momento con la de su madre, porque todavía no ha llegado su hora, cambia de intención y adelanta su hora, ante la convicción y confianza con las que su madre dice a los sirvientes: "Haced lo que él os diga". Y el agua de las tinajas fue convertida por Jesús en el vino mejor.

El texto evangélico tiene un significado histórico y también un sentido simbólico y espiritual, que ha sido puesto de relieve en la interpretación tradicional de la Iglesia. A él nos referimos ahora. El relato, en el contexto de una fiesta de bodas, representa las bodas de Dios, evocado en la figura del esposo, con Israel, evocado en la madre de Jesús y los demás asistentes al banquete; y estas bodas se realizan por la presencia y la acción de Jesús. En las palabras de María se expresa el pueblo de Israel, que reconoce su situación desgraciada en la espera del cumplimiento de las promesas de las bodas definitivas anunciadas por los profetas, y que expresa su disposición de hacer todo lo que el Señor le pida. María pone a su hijo en presencia de la miseria de Israel, del que ella es parte y al que representa. Sus palabras expresan la fe en una acción de su hijo para manifestar a Israel la salvación definitiva en un contexto de celebración de bodas relacionado con la alianza. Y Jesús responde a la esperanza de Israel dando un vino mejor, el de las bodas del final de los tiempos.

En el signo realizado por Jesús en Caná, el significante no es tanto el vino cuanto el paso del agua al vino, porque el vino nuevo no puede separarse del agua del que procede. El agua con la que llenaron las tinajas procede del pozo o de la fuente; es el agua de la creación original de Dios. Jesús no quiso hacer el vino de la nada. La conversión del agua en vino es el símbolo del paso de la alianza antigua con Israel a la alianza nueva; el acto de Jesús manifiesta que ha llegado el tiempo en que Israel y la humanidad entera entrarán en la comunión definitiva con Dios. Por ello, el vino saboreado por el maestresala es mejor que el primer vino bebido en el banquete de Caná.

En el relato del signo de Caná Jesús habla de "mi hora"; y se llama a María "madre de Jesús" y "mujer". En el resto del Evangelio de Juan (7,30; 8,20 y 13,1) "la hora" es el momento de la pasión y resurrección de Jesús. Por ello, se puede pensar que cuando Jesús habla en Caná de "mi hora" situaba ya a su madre en la perspectiva de la pascua, en la que todo sería consumado. En el Calvario, cuando Jesús confía a su madre al discípulo amado, se emplean los mismos términos usados en Caná: "madre de Jesús" y "mujer". En consecuencia, parece que la manifestación de la gloria de Jesús en Caná es una primera etapa en el camino que conduce a la cruz y la glorificación.

María nos abre las puertas del paraíso, que Eva nos cerró. Es la Hija fiel del Padre, que con su obediencia restaura la herida causada por la desobediencia de Eva. La madre Inmaculada lleva a sus hijos a conocer en Jesús el misterio de Dios, que nos hace semejantes a él en el bien; y a reconocerle como el verdadero árbol de la vida, que nos alimenta con sus frutos. María nos llama siempre a hacer lo que Jesús nos diga; y hoy nos recuerda que Jesús nos llama siempre a todos a la conversión para alcanzar por su sangre derramada en la cruz la salvación y el perdón de los pecados, y la anhelada comunión con Dios y con los hermanos, en el Pueblo de la nueva y eterna alianza.

María Inmaculada nos llama hoy en nombre de su Hijo a orar por la conversión de los pecadores; necesitamos suplicarla cada uno para sí mismo y para todos los demás, porque es fruto de la gracia de Jesucristo. Orar por la conversión de los pecadores es suplicar la apertura al Evangelio; y es una manifestación de nuestra participación en la misión evangelizadora de Jesucristo y de la Iglesia, que alcanza su meta en el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, para entrar en el reino de Dios. El Mensaje de la Virgen Inmaculada en Lourdes, que hoy nos recuerda santa Bernardita, nos prepara con la oración a la celebración del inminente Mes Misionero Extraordinario.


Sr. Obispo Carlos López Hernández, Catedral Nueva, 25 de septiembre de 2019