Semana en el Oratorio

Desprecio de los bienes mundanos

1.3.18

La perfección cristiana


Non coronabitur, nisi qui legitime certaverit. (II Tim. II, 25).


En qué consiste la perfección cristiana, y que para adquirirla es necesario pelear y combatir; y de cuatro cosas que se requieren para este combate.

Si deseas, oh hija muy amada en Jesucristo, llegar al más alto y eminente grado de la santidad y de la perfección cristiana, y unirte de tal suerte a Dios, que vengas a ser un mismo espíritu con Él, que es la mayor hazaña y la más alta y gloriosa empresa que puede decirse e imaginarse, conviene que sepas primeramente en qué consiste la verdadera y perfecta vida espiritual.

Muchos atendiendo a la gravedad de la materia, creyeron que la perfección consiste en el rigor de la vida, en la mortificación de la carne, en los cilicios, disciplinas, ayunos, vigilias y otras penitencias y obras exteriores. Otros, y particularmente las mujeres, cuando rezan muchas oraciones, oyen muchas misas, asisten a todos los oficios divinos y frecuentan las iglesias y comuniones, creen que han llegado al grado supremo de la perfección.




Algunos, aun de los mismos que profesan vida religiosa, se persuaden de que la perfección consiste únicamente en frecuentar el coro, en amar la soledad y el silencio, y en observar exactamente la disciplina regular, y todos sus estatutos.

Así, los unos ponen todo el fundamento de la perfección evangélica en éstos, los otros en aquellos o semejantes ejercicios; pero es cierto, que todos igualmente se engañan, porque no siendo otra cosa las mencionadas obras que disposiciones y medios para adquirir la santidad, o frutos de ella, no puede decirse que en semejantes obras consista la perfección cristiana, y el verdadero espíritu.

No es dudable que son medios muy poderosos para adquirir la verdadera perfección y el verdadero espíritu, en los que los usan con prudencia y con discreción, para fortificarse contra la propia malicia y fragilidad; para defenderse de los asaltos y tentaciones de nuestro común enemigo; y en fin, para obtener de la misericordia de Dios los auxilios y socorros que son necesarios a todos los que se ejercitan en la virtud, y particularmente a los nuevos y principiantes.

Son también frutos del Espíritu Santo en las personas verdaderamente espirituales y santas, las cuales afligen y mortifican su cuerpo para castigar sus rebeldías pasadas contra el espíritu, y para humillarlo y tenerlo sujeto a su Creador; viven en la soledad y en una entera abstracción de las criaturas para preservarse de los menores defectos, y no tener conversación sino en el cielo (Phil, III, 20), con los Ángeles y bienaventurados; se ocupan en el culto divino y en las buenas obras; se aplican a la oración, y meditan en la vida y pasión de nuestro Redentor, no por curiosidad, ni por gustos o consolaciones sensibles, sino para conocer mejor la bondad y misericordia divinas, y la ingratitud y malicia, propia, y para ejercitarse más, cada día, en el amor de Dios y en el odio de sí mismas, siguiendo con la cruz, y con la renunciación (Matth. XVI, 24) de la propia voluntad los pasos del Hijo de Dios. Frecuentan los Sacramentos con el fin de honrar y glorificar a Dios, unirse más estrechamente con su divina Majestad, y cobrar nuevo vigor y fuerza contra sus enemigos.

Lo contrario sucede a las almas imperfectas, que ponen todo el fundamento de su devoción en las obras exteriores, las cuales muchas veces son causa de su perdición y ruina, y les ocasionan mayor daño que los pecados manifiestos; no porque semejantes obras no sean buenas y loables en sí mismas, sino porque se ocupan de tal suerte en ellas, que se olvidan enteramente de la reforma del corazón, y de velar sobre sus movimientos; y dejándole que siga libremente sus inclinaciones, lo exponen a las asechanzas y lazos del demonio; y entonces este maligno espíritu, viendo que se divierten y apartan del verdadero camino, no solamente les deja continuar con gusto sus acostumbrados ejercicios, pero llena su imaginación de quiméricas y vanas ideas de las delicias y deleites del paraíso, donde piensan algunas veces que se hallan ya, entre los coros de los Ángeles, como almas singularmente escogidas y privilegiadas, y que sienten a Dios dentro de sí mismas. Usa también el demonio del artificio de sugerirles en la oración pensamientos sublimes, curiosos y agradables, a fin de que, imaginándose arrebatadas al tercer cielo como San Pablo (II Cor. XII, 2), y persuadiéndose de que no son ya de esta baja región del mundo, vivan en una abstracción total de sí mismas, y en un profundo olvido de todas aquellas cosas en que más deberían ocuparse.

Mas, en cuantos errores y engaños vivan envueltas semejantes almas, y cuán lejos se hallen de la perfección que vamos buscando, se puede reconocer fácilmente por su vida y costumbres. Porque en todas las cosas, grandes o pequeñas, desean ser siempre preferidas a los demás: son caprichosas, indóciles y obstinadas en su propio parecer y juicio; y siendo ciegas en sus propias acciones, tienen siempre los ojos abiertos para observar y censurar las ajenas; y si alguno las toca, aunque sea muy levemente, en la opinión y estimación que tienen concebida de sí mismas, o las quiere apartar de aquellas devociones en que se ocupa por costumbre, se enojan, se turban y se inquietan sobremanera; y en fin, si Dios, para reducirlas al verdadero conocimiento de sí mismas y al camino de la perfección, les envía trabajos, enfermedades y persecuciones (que son las pruebas más ciertas de la fidelidad de sus siervos, y que no suceden jamás sin orden o permisión de su providencia), entonces descubren su falso fondo, y su interior corrompido y gastado, de la soberbia. Porque, en ningún suceso, triste o alegre, feliz o adverso, de esta vida, quieren formar su voluntad con la de Dios, ni humillarse debajo de su divina mano, ni rendirse a sus adorables juicios, no menos justos que impenetrables; ni sujetarse, a imitación de su santísimo Hijo, a todas las criaturas, ni amar a sus perseguidores como instrumentos de la bondad divina, que cooperan a su mortificación, perfección y eterna salud.

De aquí nace el hallarse siempre en un funesto y evidente peligro de perecer; porque como tienen viciados y oscurecidos los ojos con el amor propio y apetito de la propia estimación, y se miran siempre con ellos a sí mismas, y sus obras exteriores, que de sí son buenas; se atribuyen muchos grados de perfección, y, llenas de presunción y soberbia, censuran y condenan a los demás. A veces las deslumbra y ciega de tal suerte su orgullo, que es necesaria una gracia extraordinaria del cielo para convertirlas y sacarlas de su engaño, pues, como muestra cada día la experiencia, con más facilidad se convierte y se reduce al bien el pecador manifiesto que el que se oculta y cubre con el manto de la virtud.

De todo lo referido, podrás, hija mía, comprender con claridad que la vida espiritual no consiste en alguno de estos ejercicios y obras exteriores con que suele confundirse la santidad, y que son muchos los que en este punto padecen graves errores.

Si quieres, pues, entender en qué consiste el fondo de la verdadera piedad, y toda la perfección del Cristianismo, sabe que no consiste en otra cosa sino en conocer la bondad y la grandeza infinita de Dios, y la bajeza y propensión de nuestra naturaleza al mal; en amar a Dios, y aborrecernos a nosotros mismos; en sujetarnos, no solamente a su divina Majestad, sino también a todas las criaturas, por su amor; en renunciar enteramente a nuestra propia voluntad, a fin de seguir siempre la suya; y sobre todo en hacer todas estas cosas únicamente por la honra y gloria de Dios, sin otra intención o fin que agradarle, y porque su divina Majestad quiere y merece ser amado y servido de sus criaturas.

Ésta es aquella ley de amor que el Espíritu Santo ha grabado en los corazones de los justos (Deut, VI, 5; Matth. XX, 37); ésta es aquella abnegación de sí mismo y crucifixión del hombre interior, tan encomendada de Jesucristo en el Evangelio (Matth. XVIII,) ésta es su yugo suave y su peso ligero (Matth. XI, 22); ésta es aquella perfecta obediencia que este divino Maestro nos enseñó siempre con sus palabras y ejemplos (Phil. II).

Si aspiras, pues, hija mía, no solamente a la santidad, sino a la perfección de la santidad, siendo forzoso para adquirirla en este sublime grado, combatir todas las inclinaciones viciosas, sujetar los sentidos a la razón, y desarraigar los vicios (lo cual no es posible sin una aplicación infatigable y continua); conviene que con ánimo pronto y determinado, te dispongas y prepares a esta batalla, porque la corona no se da sino a los que combaten generosamente (II Tim. II, 25).

Pero advierte, hija mía, que así como esta guerra es la más difícil de todas, pues combatiendo contra nosotros mismos somos de nosotros mismos combatidos (I Petr. II), así la victoria que se alcanza es la más agradable a Dios y la más gloriosa al vencedor; porque quien con valor y resolución mortifica sus pasiones, doma sus apetitos y reprime hasta los menores movimientos de su propia voluntad, ejecuta una obra de mucho mayor mérito a los ojos de Dios, que si conservando alguna de ellas viva en su corazón, afligiese y maltratase su cuerpo con los más ásperos cilicios y disciplinas, o ayunase con más austeridad y rigor que los antiguos anacoretas del desierto, o convirtiese a Dios millares de pecadores. Porque aunque no es dudable que Dios estima y aprecia más la conversión de un alma, considerando este ejercicio en sí, que la mortificación de un apetito o deseo desordenado; sin embargo, tú no debes poner tu principal cuidado en querer y ejecutar lo que según su naturaleza es más noble y excelente, sino en obrar lo que Dios pide y desea particularmente de ti. Y es evidente que Dios se agrada más de que trabajes en mortificar tus pasiones que, si dejando advertidamente una sola en tu corazón, le sirves en cualquier otra cosa, aunque sea de mayor importancia.

Pues ya has visto, hija mía, en qué consiste la perfección cristiana, y que para adquirirla es necesario que te determines a una continua guerra contra ti misma; conviene que te proveas de cuatro cosas, como de armas seguras y necesarias para conseguir la palma, y quedar vencedora en esta espiritual batalla; éstas son, la desconfianza de nosotros mismos, la confianza en Dios, el ejercicio y la oración; de las cuales trataremos clara y sucintamente, con la ayuda de Dios, en los capítulos siguientes.

Lorenzo Scúpoli C. R. | Preparación: OratorioCarmelitano.com / OratorioCarmelitano.blogspot.com

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